¡Alguien como tú pidiendo agua a una chica como yo!

By 24 marzo, 2017abril 7th, 2017Evangelio

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 19-3-2017, Tercer Domingo de Cuaresma (Éxodo 17:3-7; Carta a los Romanos 5:1-2.5-8; San Juan 4:5-42)

Normalmente decimos que la oración es una diálogo o conversión con Dios. Lo que queda claro en el Evangelio de hoy es que Dios toma la iniciativa en la oración. Inmediatamente, Cristo comienza a hablar. Él inicia la conversación. Pide de beber a la samaritana, aunque ésta venía al pozo a buscar agua para sí misma. Jesús le dice: Dame de beber.

Actuando así, Jesús fue consistente con su pedagogía de maestro y médico de almas: como decía nuestro Padre Fundador, la caridad es la virtud más saludable, y por eso Cristo potencia la caridad de la samaritana como verdadero tratamiento inicial y terapia principal. Lo primero que hace Cristo no es ofrecerle algo, sino pedirle un favor. Le dice si puede hacer algo por Él.

La forma en que Cristo hace esto es pulsando la tecla de nuestra generosidad, pero de una manera singular que se llama Aflicción, que es una verdadera relación mística. Como nos revela el Evangelio de hoy, Cristo nos lleva a comprender tres verdades:

      1.Él necesita realmente ayuda en su cuidado de los seres humanos.

Cristo estaba cansado de su largo viaje, por eso se sentó junto al pozo. Para cumplir su misión, necesitaba y necesita ayuda.

  1. Puedo, realmente, ayudarle en esa tarea.

La mujer samaritana tenía un cubo para el pozo. Tenía los medios y la oportunidad de saciar la sede de Jesús.

  1. Aunque yo tenga muchas limitaciones y defectos, no puedo ser sustituido por otra persona.

Las mujeres del pueblo normalmente iban a por agua sólo al amanecer y al atardecer; la mujer de esta historia era probablemente la única que había allí a mediodía y podía ayudar a Cristo.

La Aflicción es una poderosa experiencia, capaz de transformar el corazón más duro en un corazón agradecido y confiado. Dios, compartiendo con nosotros su preocupación por su rebaño, demuestra una confianza renovada en todos nosotros, pase lo que pase. Como nos dice hoy San Pablo, la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Y el Espíritu ha sido derramado en nuestros corazones.

No sabemos nunca cómo pueden cambiar las personas con nuestras modestas acciones. No necesitan ser grandes cosas; pueden ser tan sencillas como acercarnos a un pozo a por agua. Y esto, al menos por dos razones; en primer lugar, la vida de nuestro prójimo es un milagro y segundo, no estamos solos; el Espíritu Santo está siempre listo para responder a nuestra generosidad. Un ejemplo “mundano” sobre la primera observación:

El Sr. Karnofsky era un hombre de negocios en Nueva Orleans. Se dedicaba a repartir carbón en la ciudad, ayudado por su hijo y el amigo de su hijo, que empujaban la vagoneta de carbón. Cada día pasaban por una tienda y el amigo de su hijo se quedaba mirando a una trompeta que había en el escaparate, algo que no podría comprar, pero le gustaría mucho tocar. Un día, el Sr. Karnofsky separó en la tienda, entró y salió con la trompeta. Se la entregó al amigo de su hijo y le pidió que la probase. El muchacho así lo hizo y resultó muy bien. Su nombre era Louis Armstrong.

El Salmo de hoy expresa perfectamente el origen de la Aflicción divina: Si hoy escuchan su voz, no endurezcan su corazón. Continuamente recibimos una llamada de ayuda la Santísima Trinidad, especialmente a través del sufrimiento y de los sueños de nuestro prójimo. Jesús estaba cansado, pero eso no le impedía ver las necesidades de la vida de los demás ¿Cómo actuamos cuando estamos cansados? ¿Nos hacemos irritables y perdemos sensibilidad hacia las necesidades de los demás? ¿O mantenemos nuestros ojos y el corazón abiertos a las ocasiones de amar a las personas como hizo Cristo? De igual manera, cuando la mujer samaritana oyó la voz de Cristo, no endureció su corazón. Cooperó con Jesús y prosiguió el diálogo, incluso cuando la conversación se volvió comprometida. Podría haber respondido rechazando lo que Cristo decía o podría haber abierto su corazón a la verdad, que es lo que hizo.

Una vez que se abrió por completo para recibir el agua, ese diálogo personal alcanzó su clímax, entrando de esa forma en un diálogo de dos vidas, un diálogo de la sed de Cristo y de su sed. Este diálogo (de hecho con cada una de las personas divinas) es sólo posible por medio de un compromiso renovado de oración. Empezando nuestros días con una ofrenda explícita, en nuestra oración de la mañana (Trisagio), preparamos nuestro corazón para el encuentro con Dios y con el prójimo. Como los israelitas, tenemos dudas sobre los planes de Dios: ¿El Señor está realmente entre nosotros, o no? Nuestros miedos, enojos, resentimientos, culpas y ansiedades, nos hacen prisioneros de nosotros mismos. Más que nada, nuestros prejuicios, como el odio entre Judíos y Samaritanos, nos separa y crean hostilidad entre nosotros.

Con seguridad, debido a nuestras preocupaciones y afanes, no hemos experimentado plenamente esta Aflicción, como la vivió Moisés: ¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas? La experiencia de Moisés y también la nuestra, nos dice que Dios responde siempre y normalmente de una forma muy inesperada: Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo.

Todos hemos observado cómo frecuentemente las personas son acercadas a Cristo porque alguien les invita a poner sus talentos y sus dones al servicio del prójimo.

Cristo dijo a la samaritana que él tenía mucho más para ella de lo que nosotros podemos dar a Él, pero nos da honor a nosotros y a ella pidiéndonos ayuda. Cuando estamos evangelizando, a veces olvidamos que Dios ha dado a las personas dones y que podríamos ampliar nuestro apostolado invitándoles a utilizarlos, a ayudar. Por supuesto, hemos de recordar todo lo que Cristo les ofrece, pero su movimiento inicial con la mujer del pozo fue una petición: ¿Puedes ayudarme?

En vez de mirarnos a nosotros mismos, hemos de abrirnos a las voces de la Santísima Trinidad, que nos habla desde lugares inesperados. Cuando escuchemos la voz del Señor, puede ser que no nos guste lo que nos dice. Puede que nos haga contemplar nuestros errores. Puede que nos pida abandonar una forma de vida que no es aceptable para Él. Por medio de este diálogo, Cristo lleva a la mujer samaritana a Dios con amor y compasión. No condena; pero sí la invita a otra forma de vida.

No toda el agua es agua de vida. Agua de muerte es ese pensamiento, ese razonamiento en el que caes cada día. Agua de muerte es ese pequeño hábito que sigues alimentando, ese hábito que en sí es pequeño, pero que te aleja de Dios. Agua de muerte es todo lo que has conservado desde hace tiempo, pero que hoy ya no te da gozo y vigor. Agua de muerte es especialmente nuestra soledad, nuestro sufrimiento (¡incluso espiritual!) cuando no es explícitamente ofrecido a nuestro Padre celestial, nuestras rebeldías contra Dios porque nono conseguimos lo que queremos cuando lo queremos.

La reacción de la mujer samaritana es admirable; deja su cántaro de agua, representando todo lo que la abrumaba y regresa a la ciudad, a las mismas personas que intentaba evitar, para darles testimonio de su encuentro con el Mesías. Empieza con una invitación abierta…Vengan y vean…Nuestro reto es proclamar el Reino de los cielos de una manera que sea atractiva y convincente, debido al testimonio de nuestra vida personal.

La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros? (Evangelii Gaudium).

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