Por ti se bendecirán todos los Pueblos de la Tierra

Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.
New York, 08 de Marzo, 2020. Segundo Domingo de Cuaresma.

Génesis 12:1-4a; 2 Timoteo 1: 8b-10; San Mateo 17: 1-9.

La cultura popular (o más bien, vulgar) ha abrazado la idea de que las personas no pueden cambiar. Además, ante una elección o un dilema, la tendencia es aconsejar «Sé tú mismo», debido a una idea dominante de libertad ciega que se basa en un individualismo bastante desesperado y lleno de ansiedad.

Recuerdo, por ejemplo, a una persona que, cuando era muy joven, cometió un ingenuo y poco importante acto de homosexualidad y cierto psicoterapeuta le había aconsejado… que siguiera haciendo lo mismo «si era lo que le hacía feliz». Afortunadamente, era un joven equilibrado y no siguió el consejo.

Pero la experiencia nos dice que los seres humanos pueden cambiar. Profundamente. Sólo se necesita una condición: la apertura del corazón que está a nuestro alcance cuando tenemos un mínimo de paz. Cristo insiste en que viene a traernos la paz y eso es lo que transmitió a Pedro después de su negación y lo que le permitió cambiar de manera inesperada y radical; una verdadera transfiguración. Juntos, como individuos y como comunidad, nos convertimos en el rostro de Cristo en el mundo.

Si somos discípulos de Jesús, entonces Dios ya está operando en nuestra vida transfigurándonos para que expresemos aspectos de su radiante esplendor en este mismo momento. Cuanto más obedecemos a Cristo, más reflejamos su gloria. La llamada de Cristo, su vocación permanente, está inmediatamente ligada a una transfiguración. Así lo manifestó, al decir que convertiría a los pescadores ordinarios en pescadores de hombres.

La negación de Pedro y su posterior arrepentimiento nos recuerdan que la persona puede cambiar, que incluso para los peores pecadores, el perdón y la reconciliación son posibles. Judas, por otro lado, negó a Cristo y luego simplemente se lamentó de sus acciones, no creyendo que el perdón y el arrepentimiento son posibles, y por eso se ahorcó.

La transfiguración no es un cambio cualquiera, sino la transición gradual a lo que realmente somos.

Máscara (1985) es una de esas películas que se esfuerzan tanto por captar el mensaje de que todos escondemos detrás de una máscara, de una forma u otra, nuestro verdadero ser. La película está basada en la historia real de un chico de 16 años llamado Rocky Dennis. Tenía una rara enfermedad que hacía que su cráneo y los huesos de su cara se agrandaran más de lo debido. Como resultado, la cara de Rocky estaba terriblemente deformada y desfigurada. Su grotesca apariencia hace que algunas personas se alejen de él, y otras se rían de él. A pesar de todo, Rocky nunca se compadece de sí mismo. Se siente mal por su apariencia, pero la acepta como parte de la vida.

Un día Rocky y algunos de sus amigos visitan un parque de diversiones. Entran en una «Casa de los Espejos» y empiezan a reírse de lo distorsionados que están sus cuerpos y rostros. De repente, Rocky ve algo que le asusta. Un espejo distorsiona su rostro deforme de tal manera que parece normal, incluso sorprendentemente guapo. Por primera vez, los amigos de Rocky lo ven de una forma totalmente nueva. Ven desde el exterior lo que es por dentro: una persona verdaderamente hermosa.

Durante la Transfiguración de Cristo, sus discípulos, por primera vez vieron desde fuera lo que era por dentro: el glorioso y precioso Hijo de Dios. Pero no se trata sólo de conocer la identidad de Jesús, sino de ser más conscientes de cómo actúa en nosotros, de lo que hace (Motus Christi) junto con el Padre y el Espíritu Santo. Una de sus acciones más evidentes es lo que llamamos en nuestro Examen Místico precisamente Unión Transfigurativa: nos une a Él haciéndonos cada vez más parecidos a su persona. Nuestra fe, semejante a la suya; nuestra esperanza, cada vez más cercana a la de Jesús; nuestra caridad, cada vez más parecida a su forma de amar.

Los dones son un recurso particular que el Espíritu Santo pone en acción para que nuestro amor, nuestra esperanza, nuestra fe, nuestra justicia, en una palabra, nuestro deseo de amor alcancen un techo mucho más alto que el cielo (…) Los dones del Espíritu Santo tienen una misión transfigurativa (Nuestro padre Fundador. El Carisma Idente).

Esto explica que la vocación, la llamada de Cristo, está necesariamente ligada a nuestra transfiguración: Necesito ver claramente que «soy otro», diferente del que creía ser, para llevar a cabo la misión que se me ha confiado, que se hace cada vez más evidente como la razón de mi breve y modesto paso por este mundo.

Hay un cambio en nuestros deseos, perspectivas, afectos y sueños cuyo origen no puede explicarse como algo «fabricado por nosotros». Esta transformación se produce de formas muy diferentes, a veces con un acontecimiento espectacular y otras veces como algo discreto, imperceptible para los demás.

* San Pedro se convirtió por la pesca milagrosa antes de su conversión y después, cuando Jesús se le apareció tras su resurrección.

* San Pablo se encontró con el Señor Resucitado en Damasco y fue elegido por él para ser su apóstol.

* Muy diferente fue el caso de Narciso Yepes (1927-1977), uno de los mejores virtuosos de la guitarra clásica del siglo XX. A los 24 años, después de un exitoso concierto, se apoyó en el parapeto de un puente de París para ver pasar la corriente del Sena. Inesperadamente escuchó una voz dentro de él que le preguntó: ¿Qué estás haciendo? Había sido un no creyente durante muchos años, perfectamente convencido de que no había Dios o trascendencia o vida después de la muerte. Pero esa pregunta existencial, que entendió como la llamada de Dios, cambió todo para él. Se convirtió en un católico devoto, y así permaneció por el resto de su vida.

Como dice nuestro padre Fundador en sus Transfiguraciones: Se reconoce la verdadera plegaria porque, cuando cesa, no somos lo mismo.

Los cambios que el Espíritu Santo hace en nuestra alma tienen el mismo efecto que la Transfiguración de Cristo en los apóstoles. Nos recuerdan el poder y la misericordia divina, por ejemplo, cuando nos llevan a amar al enemigo, a quien nos hiere, de una manera que no se puede explicar sólo con la ciencia o la razón. Estas transformaciones nos darán siempre fuerza en todas las situaciones de la vida, especialmente en los momentos de pruebas y dudas.

Una de las ideas comunes a las tres lecturas de hoy es que Abraham, San Pablo o nosotros, en nuestra indignidad, hemos sido llamados a algo más que a la transformación personal. Moisés dijo a Israel: El Señor te ha elegido entre todos los pueblos de la faz de la tierra para que seas su propio pueblo (Dt 14:2). Cuando Dios llama a una persona o elige un pueblo, le confía una tarea, una misión, para que sea portador de sus bendiciones destinadas a todos los seres humanos.

Abraham vivía en Ur de los caldeos, una región rica y avanzada, regada por el Tigris y el Éufrates. Pero el territorio era frecuentemente invadido por varias tribus y Abraham probablemente estuvo involucrado en una de estas migraciones forzadas que tuvo lugar a principios del segundo milenio AC. Pero este patriarca fue capaz de capturar la voluntad de Dios en estos dramáticos eventos: Dios le llamaba a una gran misión y él dio su aceptación confiada.

Uno de los efectos más notables, llamativos e importantes de la transfiguración es la victoria sobre el miedo: Jesús se acercó y los tocó. «Levántense», dijo, «no tengan miedo». En lugar de quedarse en la montaña, debían seguir a Jesús al valle para hacer frente a la realidad, los sufrimientos y las luchas de la vida.

Después de haber sido revestidos por la transfiguración, con una nueva fe, esperanza y caridad, estamos listos para volver a la vida cotidiana: los problemas, conflictos y desacuerdos que nos atemorizan. Estamos preparados para seguir a Jesús, que sube a Jerusalén para ofrecer su vida.

Esta voz del cielo que declaró la identidad de Jesús ya se había escuchado en el bautismo: Este es mi hijo amado. Ahora se añade una exhortación: Escúchenlo. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra «escuchar» no sólo significa «oír» sino que sugiere «obedecer» (Ex 6:12; Mt 18:15-16). La recomendación que el Padre da a todos los discípulos es poner en práctica lo que Jesús enseña.

Esta actitud de escucha, docilidad y disponibilidad en la vida de Abraham, Timoteo y más tarde Santiago, Pedro y Juan, produjo en sus vidas verdaderos comportamientos extáticos, gestos de ir más allá de sus costumbres, su carácter y sus gustos. Signos reales de la presencia divina en ellos.

Pedro era la cabeza de los doce apóstoles. Sus responsabilidades eran muy duras e incluso experimentó crisis en su vida. Fue crucificado como nuestro Señor, pero cabeza abajo. Pero se aferró a su fe y a Dios hasta su muerte. Santiago fue el primero de los once apóstoles que murió como mártir. Juan murió en su vejez y, seguramente, experimentó dificultades en su vida como discípulo de Cristo, debido a la persecución. Pero fueron capaces de perseverar como siervos fieles hasta el final porque sus experiencias de transfiguración, que comenzaron especialmente en el Monte Tabor, les permitieron cambiar sus corazones y les dieron suficiente valor, esperanza y fuerza.

 En la transfiguración de Cristo, vemos las primicias de la transfiguración del mundo. Poco a poco, nuestro Padre Celestial está revelando y llevando a cabo sus planes.

Y cuando todo esté sujeto a Él, entonces el Hijo mismo estará también sujeto a Aquel que le sometió todo, para que Dios sea todo en todo (1Cor 15: 28). Ahora bien, esta realidad última debe comenzar en nosotros que hemos recibido la llamada a la filiación, aunque tengamos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia sea del poder de Dios y no de nosotros (2Co 4:7). Continuamente tenemos momentos de transfiguración en nuestras vidas y vamos percibiendo la obra del Espíritu Santo, cuando nos despertamos del sueño, de nuestra rutina y de nos hacemos gradualmente conscientes de su presencia activa.

La Eucaristía es uno de los momentos más profundos de la transfiguración en nuestras vidas y muchas veces no nos damos cuenta. Creemos que el pan y el vino ordinario se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿Estamos dispuestos a comprender lo que nos sucede a cada uno de nosotros en la Eucaristía?

Llevamos nuestras ofrendas al altar. Sin embargo, son un símbolo, somos nosotros mismos a quien llevamos a Dios en ese pan y vino comunes. Y en la epíclesis (la oración que invoca al Espíritu Santo) el celebrante ora para que el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En las palabras de la oración eucarística decimos: Señor, te rogamos que en tu bondad y misericordia tu Espíritu Santo descienda sobre nosotros y sobre estos dones, santificándolos y mostrándolos como dones sagrados…

Sobre nosotros… igual que sobre el pan y el vino… ¡qué milagro!

One Comment

  • CRISTINA ROMERO TALLON dice:

    MUY SUSTANCIOSAS LAS PALABRAS DE ESTA MEDITACION….NUEVOS ENFOQUES PARA VIVIR LA TRANSFIGURACION DE CADA DIA, TRANSFIGURACION QUE EL PADRE ESTA OBRANDO EN NOSOTROS….GRACIAS PADRE CASASUS

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