¿Por qué Él ya no interviene más?

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes
New York, 19 de Julio, 2020. |  XVI Domingo del Tiempo Ordinario.

Libro de la Sabiduría 12: 13.16-19; Carta a los Romanos 8: 26-27; San Mateo 13: 24-43.

Estos días reflexionaba sobre la continua e inevitable mezcla de acontecimientos alegres y dolorosos en la vida de cada uno de nosotros y de nuestras familias y comunidades.

Pero, sobre todo, si soy sincero, en mi propia vida espiritual. Como los trabajadores agrícolas («esclavos») de la Parábola del trigo y la cizaña (o mala hierba), estamos sinceramente interesados en la Palabra de Jesús y como ellos estamos impacientes por el mal que hacemos y el mal que hacen nuestros semejantes. ¿Cómo pueden el bien y el mal estar tan estrechamente entrelazados en nosotros? Estos pensamientos me recordaron la siguiente anécdota:

Una linda noche un hombre entró a un lugar de comida rápida y compró dos raciones de pollo. Llevó su pollo al parque para un picnic romántico bajo la luz de la luna con su novia.

Sin embargo, al abrir la caja, se llevó una sorpresa. En lugar de pollo descubrió lo que aparentemente era el depósito nocturno del restaurante: diez mil euros. Siendo básicamente honesto -y además estaba muy hambriento- el joven llevó la caja a la tienda y pidió su pollo a cambio del dinero. El gerente, asombrado por la honestidad del joven, le preguntó su nombre y le dijo que quería llamar al periódico y a la radio local de noticias para hacer un reportaje sobre él. Se convertiría en un héroe local, un ejemplo de honestidad y moralidad que inspiraría a otros.

El hambriento joven ignoró la propuesta. Mi acompañante está esperando. Sólo quiero mi pollo. El asombro del gerente por la humildad del joven casi lo abrumó. El honrado joven se enojó con el gerente y le pidió su pollo. No lo entiendo, respondió el gerente ¡Eres un hombre honesto en un mundo deshonesto! Esta es una oportunidad perfecta para mostrarle al mundo que aún hay gente honrada que está dispuesta a tomar partido por lo que es correcto. Por favor, dame tu nombre y también el nombre de la mujer.

Ese es el problema, dijo el joven. Mi esposa está en casa. La mujer del coche es mi amante. Ahora deme mi pollo para poder salir de aquí.

La pregunta de los apóstoles durante la tormenta en la barca, de los cristianos perseguidos en el momento en que se escribió el Evangelio de Mateo y también nuestra pregunta es: ¿Cómo es que Cristo no hace algo para evitar los males en la Iglesia, en nuestras comunidades y en cada uno de nosotros? ¿Por qué Dios no acelera la llegada de su Reino?

La existencia de la mala hierba en los demás y en nosotros mismos nos duele y nos molesta. Apenas podemos aceptar lo que ya dice el Antiguo Testamento: No hay hombre justo en la tierra que haga siempre el bien y nunca peque (Ecl 7:20). Somos como el hombre que compró su ración de pollo.

En los días de San Mateo, habían pasado 50 años desde la muerte y resurrección de Cristo. Pero las comunidades cristianas se daban cuenta de que el mal estaba presente y seguía aumentando y floreciendo. ¿Por qué el Reino de los Cielos, inaugurado por Jesús, nunca tuvo un éxito total e inmediato? Incluso leemos en la Segunda Epístola de San Pedro: Desde que nuestros padres en la fe murieron, todo sigue igual, como desde el principio del mundo (2 Pt 3:4).

El Espíritu Santo no sólo me hace sentir herido y arrepentido por mis faltas, sino que me lleva a un verdadero aborrecimiento de mí mismo, incluso cuando no tengo ningún pecado o infidelidad en el primer plano de mi memoria. Esta es una experiencia que los santos han tenido, aunque no todos se han tomado la molestia de describirla en detalle. Es una clara visión de mi debilidad como ser humano, entendiendo que hay semillas de cizaña en mí que pueden crecer con vigor en cualquier momento. Otras veces, nuestra reacción es una forma de aborrecimiento de Dios, porque nos parece que no responde a nuestras expectativas, nos exige pasar pruebas cuyo sentido no comprendemos, o parece querer intervenir en todos los aspectos de nuestra vida… lo cual es muy cierto.

Tal vez sea apropiado hacer una observación «botánica» aquí. La cizaña ocupa una zona gris en la historia de la agricultura humana. Definitivamente no es buena para nosotros. Cuando alguien come sus semillas, se marea, se desequilibra y tiene náuseas, y su nombre oficial, Lolium Temulentum, viene de una palabra latina que significa «borracho». Uno de los efectos de la planta es que afecta a la visión y al habla de una persona. No es casualidad que Jesús usara las imágenes del trigo y la cizaña para resaltar la intención maliciosa del diablo: causar problemas y confusión.

Llega un momento en el que es imposible para nosotros distinguir el bien del mal, imposible dejar de justificar lo que va directa y abiertamente en contra de la voluntad divina… y al mismo tiempo somos capaces de hacer algunas buenas obras. Por supuesto, esto sucede cuando no recurrimos a la verdadera oración, al Espíritu del Evangelio y a la dirección espiritual.

Tratar de destruir la cizaña significaría destruir gran parte del trigo, y separar uno del otro estaría más allá de las habilidades de los sirvientes. Sólo cuando el trigo ha madurado se puede detectar la cizaña. Luego la cizaña se recoge en haces en el campo y se destruye en el fuego.

De esta manera, Jesús nos dice que seamos pacientes y que llevemos la cruz de nuestra permanente debilidad, mientras que al mismo tiempo seamos honestos y no nos dejemos llevar por ella. Lo mismo le dijo a San Pablo cuando pidió ser liberado de su espina en la carne: Te basta con mi gracia, porque la fuerza se extiende en la debilidad (2Cor 12,9).

A veces es fácil ver lo que está mal: nuestras acciones claramente parecen espinas. Otras veces, no es tan fácil. Lo que hacemos parece bueno, tiene buen aspecto e incluso sabe bien… en ese momento. Pero, ¿traerá enfermedad o salud a largo plazo?

La Primera Lectura de hoy nos recuerda que Dios dio a sus hijos un buen fundamento para la esperanza de que permitiría el arrepentimiento de sus pecados. Dios es paciente y nosotros también tenemos que ser pacientes. Es difícil distinguir el trigo de la cizaña, incluso cuando crees que sabes qué hierba quieres arrancar. Más vale seguir trabajando duro en el terreno de la esperanza de Dios, y esperar que el Espíritu Santo se encargue de la cosecha.

Esto explica por qué, en la Segunda Lectura, Pablo reconoce que no sabemos cómo orar; no tenemos ni idea de qué pedirle a Dios y nuestras oraciones son a menudo sólo intentos de hacer que se ajuste a nuestros planes.

El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad y nos sugiere las palabras que debemos dirigir al Padre. Sólo tenemos que abrir la mente y el corazón a su luz y dejarnos llevar por su voluntad en cada momento de la vida. Esta es la oración continua. El Espíritu Santo nos da la luz y la fuerza para seguir la voluntad de Dios.

Nos hace partícipes de los pensamientos de Dios, que son incomprensibles para la sabiduría de este mundo, por lo que Pablo los llama gemidos inexpresables.

Por lo tanto, si nuestra oración viene del Espíritu, siempre es respondida porque está en conformidad con los deseos divinos. No trata de doblegar su voluntad a la nuestra, sino que consigue nuestra conversión a Él.

Dios está tratando de llamar nuestra atención en todas nuestras dificultades. Él está en control de todas las circunstancias que rodean al creyente. Como se muestra en la historia de Job, el diablo no puede hacer nada en la vida del cristiano sin el permiso expreso de Dios. ¿Pero por qué Dios le da ese permiso? Porque los ataques del diablo nos muestran de qué estamos hechos. Separarán lo real de lo falso, el trigo de la cizaña. Al ser atacado, un verdadero creyente se volverá hacia Dios.

Entre otras enfermedades espirituales y emocionales, el Espíritu Santo trata de curar nuestro orgullo y nuestro ciego narcisismo. Todos tenemos rasgos de verdadero narcisismo. Y como se puede ver, un narcisista es totalmente carnal, totalmente egoísta y centrado en sí mismo. No están dispuestos a someterse totalmente a la voluntad de Dios. No estamos hablando de guardar los mandamientos. No estamos hablando necesariamente de trabajar duro. El problema es que no se humillarán, no se humillarán ante Dios, no se pondrán de rodillas y se humillarán diciendo: Padre, lo que quieras, eso es lo que haré. Tampoco están dispuestos a humillarse ante el prójimo y decir simplemente, sin victimización: Hagámoslo a tu manera. Lo haremos según tus preferencias.

No están dispuestos a hacer eso. Y, sin embargo, pueden pasar toda su existencia en la vida religiosa, ser superiores, ser admirados por su incansable actividad, o su inteligencia aplicada a la evangelización, … El hecho es que el mal se disfraza a menudo de ángel de luz (2 Cor 11:14).

Por otro lado, la Parábola del Trigo y la Cizaña nos enseña a tratar con lo que es malo y bueno en nuestro prójimo.

Como discípulos de Cristo, debemos resistir la tentación de ver sólo la oscuridad a nuestro alrededor recordando que Cristo es la Luz del Mundo. Rechazamos intencionadamente el impulso de abandonar la esperanza y vivir en el miedo recordando uno de los mandatos más frecuentes del Evangelio: No tengan miedo.

Cuando nos toca acompañar a las almas, corremos el peligro de querer eliminar las malas tendencias lo antes posible. No hay nada malo en ello, pero a menudo olvidamos el carácter extático de nuestra alma, el trigo que ha sido sembrado en el alma de una persona y que -si se le permite crecer vigorosamente- no dejará que la cizaña progrese.

El Evangelio de hoy nos advierte contra la intolerancia. Debemos ser pacientes con aquellos que no están de acuerdo con nosotros, o que realmente son nuestros enemigos. Se necesita tiempo, amor y compasión para que la gente cambie y se convierta. Algunos de nosotros no podemos esperar. Podemos hacer daño, especialmente con nuestros comentarios en el momento equivocado y en el tono equivocado, que otras personas perciben como una falta de paciencia, no como diligencia o coraje.

No es lo mismo decirle a un niño No seas perezoso, que pedirle ayuda para recoger las hojas del jardín. Cristo no se contenta con corregir la impetuosidad de Pedro, sino que le muestra cómo canalizarla en una misión única, a su medida. Esta es la educación del éxtasis, que Jesús siempre practicó y que el Espíritu Santo lleva a cabo en nosotros.

Jesucristo nos exhorta a ser pacientes con el escándalo de los pecados en la comunidad cristiana. El juicio de Dios no se hace apresuradamente. Más bien Dios ve toda nuestra vida en lugar de sólo las acciones individuales que hacemos, buenas y malas. Así que, frente a los escándalos, no deberíamos sorprendernos como algunos de nosotros cuando oímos de hermanos y hermanas que fallan en su conducta y vida moral. Por supuesto, deberíamos estar tristes por los escándalos que escuchamos, pero no deberíamos sorprendernos ya que la Iglesia es una comunidad de peregrinos en camino hacia la perfección. Además, enfrentando el mal y el sufrimiento, podemos llegar a ser realmente perfectos en la verdad y la santidad. Los pecados de los demás pueden purificarnos en el amor y la compasión.

Las otras dos Parábolas, del grano de mostaza y de la levadura, son complementarias a la Parábola de la cizaña. Así como es muy difícil para nosotros entender y soportar la presencia del mal, tampoco podemos comprender o imaginar cuáles son los frutos de las acciones que realizamos por el reino de los cielos. Aunque sean insignificantes. Lo importante no es sólo la desproporción entre la semilla y la planta que nacerá, sino la sorpresa, lo que la Providencia logrará con nuestra pequeña, modesta e incompleta participación. De la misma manera, los malos hábitos se harán grandes algún día, así como los buenos hábitos también crecerán. Un solo pensamiento, una mala acción pronto se transformará en un hábito y luego se convierte en parte de nuestro carácter, que determina nuestro destino.

Deja un comentario