“Cristo ha vencido: ¿Por qué tanto miedo?”. Estas palabras fueron una ráfaga de esperanza en los corazones de los 150 participantes en el Motus Christi virtual del domingo 3 de mayo.

Con la fuerza de quienes se sumergen cada día en el Padre Nuestro, canto de amor y de victoria, el Padre Jesús Fernández, Presidente de los Misioneros Identes, nos condujo al íntimo recinto de nuestro espíritu que el pecado, antinatural y disgenético, deja como muerto. Y es sobre la sexta petición del Padre Nuestro: “no nos dejes caer en la tentación” que desarrolló su reflexión. Hay una diferencia entre la tentación y el consentimiento. Cuando ofendemos a nuestro Padre Celestial se levanta un muro ante nosotros y es difícil romperlo, es un veneno que nos destruye, por eso tenemos una gran necesidad de su misericordia.

¿Cómo podemos entonces liberarnos de la tentación y el pecado? La vigilancia, la voluntad de cambio, la oración continua, me harán ver que siempre hay luz al final del túnel, luz que es gracia, energía de un Padre que está dentro de nosotros, que actúa eficazmente y no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. En el Amén, finalmente, está la síntesis de nuestros deseos, me uno a lo expresado anteriormente. Así, Cristo me da la mano para salir del lodo y transforma las tentaciones en gracia, los vicios en virtud. Unidos a Él en el Padre somos un regalo gratuito para los demás. Un regalo que todos podemos tener si nos dejamos amar.

Seguidamente hubo el testimonio de Augusto Cinelli, un misionero idente casado de Arpino, sobre el maravilloso descubrimiento de que se puede ser santo en medio de todas las tareas de este mundo y de lo ordinario de la vida cotidiana. Compartió con nosotros la belleza de saber que siempre somos amados, perdonados y pensados por nuestro Padre Celestial. Es un don-dijo- poder dedicarle un poco de tiempo cada día, hacer todo con Él, con el apoyo de la Eucaristía y el Evangelio, conformarse a Él, superar las razones, el carácter para renacer con su gracia. Sentir que estamos en el corazón del Padre, siempre amados.

Un momento de silencio y el toque carismático enriqueció la vida de todos al alimentar la conciencia de ser una comunidad de hermanos y hermanas. La sinceridad y la apertura de los corazones fue impresionante y conmovedora. Hubo testimonios fuertes: desde el miedo a ser amado por otros, en el contraste entre racionalidad y amor, de una joven mujer de Milán; hasta la experiencia mística de conversión, después de una vida de agnosticismo de una profesora universitaria turca.

La relación íntima con el Padre compartida por una mujer que siempre ha estado cerca de la Iglesia pero que confesó la dificultad de verlo, sentirlo y chocarse con su propia finitud humana en el dolor de haber perdido a un ser querido. Captar las palabras del Padre Nuestro en la vida cotidiana era el deseo de una pareja de Varese.

El deseo de confianza, de abandono en sus manos y de transformación, de sentir la ternura del Padre, su presencia, su ayuda para vivir las relaciones terrenales son otros sentimientos que surgieron durante las intervenciones de los participantes.

Y es con este sentimiento de ternura que queremos dejarnos, a la espera de encontrarnos de nuevo la semana que viene para compartir nuevos y emocionantes caminos del Padre en nuestros corazones.

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