Motus Christi jóvenes: Cuál es tu pasión?

By 22 abril, 2020abril 28th, 2020Asia, Idente news, Motus Christi

Durante esta cuarentena se realizaron diversos motus christi online, en inglés, español e italiano, en los que participaron numeros jóvenes de varios países.

A continuación publicamos el texto de la rica reflexión ofrecida por María del Carmen García Viyuela, Superiora General de las misioneras identes.

¿Y cuál es tu pasión?

En este momento histórico, los seres humanos del mundo entero estamos sufriendo una gravísima situación, para nosotros desconocida: una pandemia por la que están muriendo miles de personas. Y todos, ante este enemigo invisible y hasta ahora no vencido, hemos sentido que el suelo se nos mueve debajo de nuestros pies. Y ante esta nuestra fragilidad extrema nos preguntamos ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿qué estoy haciendo con mis pocos o muchos días que creo tener hoy?, ¿y mañana, cuántos tendré?

¿Qué es lo que me apasiona hoy? Si me apasiona el juego ¿voy a ser adicto a él? Si mi pasión es la vida sexual ¿voy a ser esclavo de ella? ¿Es el dinero o el poder lo que me mueve día a día hasta el punto que no me importan las vidas humanas que yo pueda sesgar con el tráfico de drogas o con el tráfico de seres humanos? O sin ir tan lejos, ¿utilizo yo a las personas de la forma que sea para mi beneficio o mi placer?

En definitiva, ¿en qué quiero emplear mi vida? ¿cuál es el origen de mi vida, su sentido, y el fin de la misma? 

Nosotros, que hemos recibido el don de la fe, tenemos en nuestro espíritu una gran luz. Imaginemos que nuestro espíritu fuera una habitación. Y nosotros entrásemos en ella para ver cómo es, qué tiene dentro, ver si ahí, en lo más mío, hay algo que nos pueda servir, orientar, y decirme quien soy yo; y cuál es mi futuro y de qué herramientas dispongo para realizarme plenamente a mí mismo como persona humana que soy. Sin embargo, si entro en esta habitación y está a oscuras ¿qué puedo ver? Muy poco o nada. Tengo percepciones difusas de un Dios que no sé cómo es y a veces me asusta. Otras veces siento el deseo de vivir un amor tan bello que no encuentro en esta vida. Pero si yo tengo la luz de la fe que he recibido como don, entonces sé que Jesucristo es Dios mismo, que es el Hijo Divino, primogénito de Dios-Padre, no creado sino engendrado de su misma sustancia, de su misma naturaleza, una sola cosa con El.

Y sé que el Padre, el Hijo que es Jesucristo y el Espíritu Santo, un solo Dios, están en mi espíritu, en lo más mío, inhabitándome porque me han creado a su imagen y semejanza. ¡Qué alegría! Es más, si yo los acojo formarán conmigo una sola cosa . Me asemejo a mi Padre, que me ha creado; soy y he de ser imagen suya, de la misma forma que en muchos rasgos físicos y anímicos me asemejo a mi papá y a mi mamá. En el momento en que mis padres me han concebido aportando para mí los componentes anímicos y biológicos, mi Padre Celestial ha creado un espíritu para mí, en ese mismo momento. Él no tiene un stock de espíritus que distribuye indistintamente; Él es mi Padre, quién me piensa, me ama, me sueña, me concibe desde toda la eternidad. Y en ese momento en que mis papá y mamá se unen para concebirme, mi Padre-Dios crea, con amor infinito, un espíritu único para mí, ¡personalmente para mí! Y me lo infunde en el sicosoma (mi alma unida a mi cuerpo) que aportan mis papás. Y antes de infundirme ese espíritu, lo besa porque me ha creado por amor. Él es amor, amor no mezclado. Nosotros amamos, pero nuestro amor no es sin egoísmo, orgullo, envidia, etc. Él es Amor puro y solo Amor. Él me ha creado porque me ama de forma pura, absoluta, total y libre. El amor, si no es libre, no es amor. No nos ha creado porque nos necesita, sino sencillamente y solamente porque nos ama. Y nos crea a cada uno, como hijos, no como esclavos, sino como hijos Suyos, amados por Él desde toda la eternidad.

Es como si alguno de ustedes se casa y desde el principio ese matrimonio que han formado desea tener un hijo o varios hijos y sueñan con inmenso cariño a cada uno de ellos, desde antes de concebirlos. Nuestro Padre Dios nos sueña a cada uno desde toda la eternidad porque Él es eterno. Y de la misma manera que nuestros padres desean lo mejor de lo mejor para cada uno de sus hijos y hacen todo para conseguirlo, así es la Providencia de nuestro Padre Celeste, que en su omnipotencia, prevé y provee de aquello de lo que tendremos necesidad hoy y cuando hayamos de crecer en edad, sabiduría y gracia  a lo largo de nuestra vida en esta tierra.

Pero volvamos a esa habitación secreta, el lugar más íntimo mío, ¿qué veo en ella? Veo a la luz de la fe y de mi experiencia, que mi Padre Celeste me ha dotado de un patrimonio. Mis papas aquí en la tierra también me dan lo que tienen ¿verdad?, pues mi Padre- Dios me ha donado sus virtudes y sus dones. En Él son infinitos; en mi finitos, limitados, pero susceptibles de ir más allá de mi límite, por gracia suya. Y me ha dado una conciencia para que yo sea consciente de todo ello y, en primer lugar, de su Infinito Amor, de su infinita misericordia, y de mi destino celeste como hijo suyo. También me ha dado una potestad: capacidad inmensa para yo poder actuar libremente según Dios; o bien en contra de Dios, si es que decido dejarme arrastrar por mis pasiones.

Y ¿qué es eso de dejarme arrastrar por mis pasiones? Por ejemplo, me gusta una muchacha o un muchacho y aunque no le amo de verdad, le digo que le quiero y que para mí es único, que le querré siempre, etc. Hasta que le conquisto y me lo llevo a la cama. Y utilizo a esa persona por el placer de lograr convencerla y de tomar de ella la satisfacción de dominarla y el placer sexual de poseerla ¡y después me vanaglorio de esto con mis amigos! Juego así con los sentimientos del otro sin considerar el daño que le supone a esa persona y a la persona que he podido engendrar con ella. ¿Cómo puedo hacer esto yo, hijo de Dios, con otro hijo de Dios? Cuando decimos que no podemos actuar según nuestras pasiones ¿qué queremos decir? Que no podemos ser esclavos como en este caso de la prepotencia, del orgullo, del egoísmo y de la lujuria. Tampoco puedo actuar por envidia, hablando mal de aquel que creo superior a mí- y por eso le envidio- y quiero destruir su fama. Etc., etc. Sin embargo, no siempre son pecados tan graves. Los hay también aparentemente más leves pero que hacen mucho mal al otro. Por ejemplo, mi mirada fría, mi desprecio, mi indiferencia, mis gestos y palabras que juzgan, que acusan, que dejan al otro en mal lugar. O bien no escucho cuando me hablan. Cuando necesitan que yo les escuche, yo estoy pensando en mis cosas; ¡y eso se nota! Y el que cree que yo soy su amigo, se queda solo, desconsolado, decepcionado.

En mis estudios quiero ser el mejor y no dejo apuntes a mis compañeros. Si salgo de fiesta y los demás me invitan a fumar droga o a beber alcohol acepto para no quedar mal con ellos y que me digan: ¡tú has nacido en el siglo XVI! La pasión de quedar bien, me hace valorar más mi fama que mi salud. E incluso me digo que, por una vez, no va a pasar nada.

Dejarme arrastrar por mis pasiones es también perder horas y horas al día viendo en mi móvil o en internet cosas inútiles o pornografía, por ejemplo.

Vuelvo de nuevo a mi habitación íntima ¿Qué veo en ella? Veo que tengo también la capacidad de hablar, de expresarme por medio de la palabra. La palabra no es solo externa; no es solo la que yo pronuncio con mis labios, sino también la interna que yo pronuncio y también escucho en mi corazón. Él también tiene Su Palabra con la que se comunica conmigo.  Y Su Palabra se hizo carne –en Jesucristo- para yo poder saber que mi Padre es Dios. Si Jesucristo no se hubiera encarnado ¿cómo podría yo haber conocido esto? El Hijo Divino se anonadó, se despojó de sí mismo, no retuvo para sí el privilegio de ser Dios para tomar también nuestra naturaleza y ser Dios –como lo es desde toda la eternidad- y al mismo tiempo ser hombre. Jesucristo es una sola Persona Divina con dos naturalezas: divina y humana. Si nacía como hombre, había de morir como tal. Y, por amor a nosotros, se sometió a una pasión en la que le ultrajaron y le humillaron y finalmente dio su vida en la cruz por ti, por mí, y por cada uno de sus hermanos. Solo Dios mismo podía tener tanta misericordia de sus hijos como lo hizo el Padre enviando a su Hijo Amado para liberar a sus hermanos todos, no solo del pecado, sino también de una muerte total sin posibilidad de vida eterna. En esta Semana Santa conmemoramos precisamente el amor sin límite y hasta el extremo de Jesucristo que tomó sobre sí mismo, en su Persona Divina nuestros pecados todos, de todos y cada uno de los seres humanos, sus hermanos todos.

¿Podemos imaginar lo que supone tomar Él sobre sí mismo el pecado, lo cual es lo más contrario a Dios? ¿Podemos imaginar tomar sobre mí lo que me da más asco y es más contrario a mí mismo y hacerlo mío ¡mío! por amor a mis hermanos? Jesucristo nos dice que no hay mayor amor que el de dar la vida por el amigo y esto es precisamente lo que El hizo.

Jesús “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo” (Flp 2, 7)”Dios nos salvó sirviéndonosnos dice el Papa Francisco. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva”

¿Cómo nos sirvió Jesucristo? Dando su vida por nosotros. Jesucristo es el único hombre inocente y por amor cargó sobre sí todo nuestro mal. Él “pagó” –digámoslo así- por cada uno de nosotros para que nosotros podamos ser también inocentes de nuevo, para que además podamos ser hijos del Padre en plenitud. Solo el Amor total, hasta el extremo que vivió Jesucristo por nosotros, solo ese Amor vence nuestro mal.

Porque entre nosotros, en nuestras familias, hay muchos hijos ¿verdad? Pero ¿todos viven, actúan son verdaderamente hijos? Para ser hijos, necesitamos haber sido creados como hijos, pero además nosotros hemos de aprender a ser hijos de Dios. ¿Quién nos lo hubiera podido enseñar? Solo el Hijo Absoluto, Eterno, Divino que se encarnó para que aprendamos de Él como ser hijos de Dios.

San Juan nos dice:

Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos lo recibieron les dio la potestad (el poder, la capacidad) de hacerse (con esa gracia poderosísima) hijos de Dios, a los que creen en su nombre 

(su nombre indica su Persona) Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de sangre, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.” (Jn 1, 11-13) 

Es como si yo tuviera la inteligencia, la capacidad de ser médico, y tengo el tiempo y  los medios para serlo y puedo pagarme la carrera en la mejor universidad. Y empiezo. Sin embargo, cada lunes y también cada martes, es decir, casi todos los días me voy de fiesta con mis amigos y no asisto ni a las clases teóricas ni a las prácticas. ¿llegaré así a ser médico? Y si aún así me dieran el título ¿a cuantas personas mandaré a la vida eterna antes de tiempo?

La pregunta que nos hace Jesucristo hoy a cada uno de nosotros es ¿quieres ser hijo de Dios a la manera como yo lo soy? Si crees en mí ya tienes la potestad, la gracia para, con ella, hacerte cada día más y más hijo de Dios. Yo te enseñaré también cada día. Yo estaré contigo hasta el final de tus días. Te acompañaré y haré todo para que, si tú quieres, seas hijo santo de un Dios- Padre que es santo. Los hijos de Dios han de ser santos porque su Padre es santo . Y para ayudarte, el Padre y Yo os enviaremos nuestro Espíritu que es Santo para que te recuerde toda la Verdad (la verdad es Dios mismo) y no os perdáis en el camino.

Si me preguntáis a mí: Jesucristo, ¿cuál es tu pasión? Yo os diré: ser Hijo de Dios santo, como mi Padre es santo y que mis hermanos todos sean santos como mi Padre es santo.

Jesucristo ya es santo por naturaleza. Pero Él me pregunta hoy personalmente a cada uno de nosotros ¿y tu pasión cuál es? 

William: ¿Quieres ser tu santo como tu Padre Celestial es santo?

Tom: ¿Quieres de verdad tú también ser santo como tu Padre es santo?

Chamberly: ¿Quieres de verdad tú también ser santa como tu Padre es santo? ¿es esa tu pasión?

Y cada uno ha de responder personalmente y directamente ante Dios.

Decidme, ¿alguno de nosotros nos hubiéramos podido imaginar que las Personas Divinas nos amaran tanto como hacer todo, ¡todo! hasta el extremo, hasta la muerte de Cruz para que yo sea santa como ellas lo son?

¿Qué desea un padre y una madre para cada uno de sus hijos? Que sean más que ellos: más inteligentes, más capaces de desenvolverse en esta vida. Que tengan los estudios que ellos no pudieron tener. Que tengan éxito en la vida, en su profesión, etc. Y por ello los padres trabajan y dan su vida día a día por sus hijos.

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quieren también esto para nosotros, pero, como no podemos ser más que ellos, nos llaman a ser con ellos y como ellos. Y nos dan la capacidad y todas las gracias y dones para que, unidos a las Tres Personas Divinas, lo consigamos. Y para ello tenemos también la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, y de San José.

¿Y qué tengo yo que hacer? ¡Vivir como Jesucristo; ser como Jesucristo; amar como Jesucristo! Él es el Maestro, Él es mi Camino, mi verdad; Él es mi vida . Tengo que tomar con pasión y emoción la vida de Jesucristo- Dios encarnado – en mis manos, sus Palabras, sus hechos, el Evangelio y leerlo con mi corazón. Y unirme a él, que es mi Hermano divino, para que me lleve a mi Padre.

Y veo con sorpresa que Cristo me dice: El Padre y yo somos una misma cosa.  Quien me ve a mí, ve a mi Padre ¡Ya empiezo yo a conocer a mi Papa, a mi Abba, mi Papaíto!

¿Y cómo es santo mi Padre? ¡Como Jesucristo es santo! ¿Cuál es mi pasión? ¿Quiero ser yo como Cristo? ¿Quiero ser yo otro Cristo para mi Padre y mis hermanos?

¿Y qué he de hacer yo?Mi alimento, me dice Jesucristo, es hacer la voluntad de mi Padre”  

Fijémonos bien: el alimento es lo que necesito para vivir. Sin alimento no me es posible vivir. Lo más importante en mi vida es, por tanto, hacer la voluntad de mi Padre. ¡Mi vida se alimenta de hacer la voluntad de mi Padre!

Yo diré: soy egoísta, soy orgulloso, perezoso, envidioso, ¿qué puedo hacer? Puedo, con su gracia, ayunar de todo esto para poder amar como Cristo nos ha amado. Este es su mandamiento nuevo:

Amaos los unos a los otros como Cristo nos ha amado 

A leer el evangelio, he de concebir cómo Cristo ama, pues es esta y no otra la forma en que yo he de amar. Además, el Espíritu Santo vierte, derrama en mi espíritu el amor divino. Y lo hace sobreabundantemente. Si mi corazón está lleno de orgullo, egoísmo, etc. ¿cómo podría recibir el don del amor divino? Es como un vaso lleno de cosas no buenas. Para que ese vaso pueda recibir el amor divino, he de vaciarlo de aquello que lo ocupa. A esto se llama hacer penitencia que no es flagelarme y seguir con mi corazón lleno de defectos y maldades, sino sencillamente, ayunar de eso que es contrario a Dios. No unirme al mal en ningún grado, ni con mi pensamiento, ni con mi sentimiento y permitir al Espíritu Santo que me purifique del mal. Nuestro Padre Fundador, Fernando Rielo, nos dice: ¡huid del mal como del fuego! Con el fuego no puedo hacer pruebas poniendo mi mano sobre él a ver si quema mucho o quema poco ¿verdad? ¡En un minuto puedo perder mi mano!

¿Y quién me puede ayudar a hacer esta penitencia?

Cuando dos o más estéis reunidos en mi nombre (en mi Persona) yo estoy en medio de vosotros”

Él, Cristo es el que me va a ayudar, pero me da un consejo: que me reúna con otros. Y me promete que si lo hago Él estará en medio de nosotros especialmente para aquel fin para el que me reúno que es ser santo como mi Padre es santo y ser apóstol de Cristo. Porque Él también me dice en imperativo: Id y predicad el evangelio a todas las gentes .Y Cristo envió a sus discípulos de dos en dos, en comunidad de dos. Y Cristo vivía en comunidad con sus doce discípulos. Todo lo hacían juntos. También la Santísima Trinidad son comunidad de Tres Personas Divinas y un solo Dios verdadero. Con esta comunidad divina viviremos eternamente. ¿O pensamos que en el cielo cada santo estará en su nube como un desterrado?

Si quiero ser médico me he de reunir con otros médicos para que me enseñen con su ciencia y su experiencia. Las comunidades científicas nos son necesarias, tanto en la práctica como en la investigación.

Si quiero ser santo, me he de reunir con otros que quieren serlo y lo están seriamente intentando.

Cristo Resucitado además se queda entre nosotros sustancial y realmente en la Eucaristía para perdonándonos nuestros pecados, darnos vida, darnos Su vida, que es vida eterna, ya aquí y ahora. Hemos de recibir a Jesucristo en la Eucaristía, a ser posible, cada día.

La lectura del Evangelio

La oración

La Eucaristía

son los tres pilares, en los que recibo la abundante gracia que necesito. También la comunidad en la que Cristo se hace presente porque nos reunimos en su nombre, en su Persona.

Contamos con la promesa de nuestro Hermano Divino. Y Él, Jesucristo, es fiel.

En sucesivos Motus Christi podremos explicar estos pilares de esta nuestra pasión, este nuestro propósito de ser santos como nuestro Padre Celestial es santo. Y ser apóstoles de Cristo a la manera como lo ha sido Jesucristo.

El pasado domingo de Ramos, el Papa Francisco ha dirigido a los jóvenes estas palabras:

“Quisiera decirlo de modo particular a los jóvenes, en esta Jornada que desde hace 35 años está dedicada a ellos. Queridos amigos: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentíos llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande, es decir, sin condiciones, sí al amor. Es decir, sin condiciones, sí al amor, como hizo Jesús por nosotros.

Termino con dos frases de nuestro Padre Fundador, Fernando Rielo:

«El parámetro fundamental, general, de nuestra vida y de nuestro destino, es nuestra filiación mística a imagen y semejanza de la filiación divina de Cristo; y lo que hace el Hijo es, ciertamente, obedecer al Padre, y no el Padre obedecer al Hijo, sino que es el Hijo quien obedece siempre al Padre».

Como hijos de Dios cada uno de nosotros hemos de obedecer al Padre como Cristo lo hizo dándonos su ejemplo como auténtico Maestro nuestro de cómo hemos de obrar si queremos ser hijos de Dios.

Nuestro Padre Fundador nos describe cual fué su propia pasión y la nuestra si así lo queremos que no es otra que la pasión que vivió Jesucristo.

«Decir Padre no es, simplemente, pronunciarlo, sino entregarle lo mejor de nuestra vida, recorriendo el mundo, y atravesándolo de parte a parte, como formidables y magníficos hijos, para anunciarlo a tantos millones, que no lo conocen, que no saben que son también hijos suyos, que desconocen este mensaje de su existencia. ¡Son tantos los seres humanos inscritos en las religiones, o en ninguna, e incluso, muchísimos entregados a los vicios, o viviendo muchas y gravísimas desgracias! Hay quienes lo rechazan, quienes niegan tener un Padre absoluto, eterno y celestial. Hay quienes sienten que no son hijos de nadie, que no tienen origen, ni tienen tampoco destino; que han venido de la nada y que vuelven a la nada, y, sobre todo, llegan a considerar que ellos mismos son nada. […]. Cristo es un hombre que muere en la cruz, condenado a muerte por haber dado testimonio de su filiación divina ante el Sumo Sacerdote (cf. Mt 26,64), y por hacerse Él una misma cosa con el Padre –porque eso es lo propio de un hijo–, le mereció eso: la muerte. Esto es, derramó su sangre, precisamente, por la gloria de su Padre: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4). Todo lo que hizo Cristo en la vida fue por esta razón y nada más que por ella: la gloria del Padre».

 

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