La paz esté con ustedes

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los Misioneros Identes.

Europa, 11 de Abril, 2021. | II Domingo de Pascua (de la Divina Misericordia)

Hechos de los Apóstoles 4: 32-35; 1 Juan 5: 1-6; San Juan 20: 19-31.

Jesús sabe que la paz es una urgencia para cada uno de nosotros. Por eso, ante los atemorizados discípulos, toma una medida de emergencia y se aparece en medio de ellos, en la habitación donde estaban encerrados. Al aparecer el resucitado, pronuncia estas sencillas palabras La paz esté con ustedes. No una, sino dos veces: La paz esté con ustedes.

Con este saludo tradicional y con su presencia, Jesús nos enseña que la paz es una tarea permanente, por eso había llamado “bienaventurados” a los pacificadores. Y es notable que los que construyen la paz serán llamados hijos de Dios, lo que significa, entre otras cosas, el testimonio innegable de los pacificadores: realizan esta obra sólo porque ciertamente vienen de Dios mismo.

A veces no nos damos cuenta de que quien está a nuestro lado necesita urgentemente la paz, igual se necesita el aire para respirar. Pero, ¿qué es la paz?

Durante su audiencia semanal del 15 de abril de 2020, el Papa Francisco destacó la necesidad de la verdadera paz y el papel de los pacificadores. Dijo que la palabra paz necesita ser explicada, porque puede ser malinterpretada o quedar sin sentido.

En primer lugar, señaló que hay dos conceptos de paz, uno proviene del término bíblico Shalom, que significa una vida abundante o floreciente, mientras que el otro es la noción moderna de paz, que es la serenidad interior. Todo el mundo habla de ella y propone métodos para alcanzarla, desde meditar unos minutos al día hasta dar un paseo por el campo, o escribir un diario de gratitud.

Esta segunda idea de la paz es una idea moderna, psicológica y más subjetiva, que es incompleta y no puede convertirse en un absoluto porque las inquietudes en la vida pueden ser un momento importante para crecer. Muchas veces el Espíritu Santo se sirve de la inquietud que hay en nosotros para que vayamos hacia Él, para encontrarlo.

Como dijo el Papa Francisco, la paz de Cristo es un fruto de su muerte y resurrección. El verdadero shalom y el verdadero equilibrio interior brotan de la paz de Cristo que viene de su Cruz y genera humanidad

El shalom bíblico indica el don, la venida, la presencia de Dios mismo, pues Dios es la única fuente de paz. El título mesiánico “Príncipe de la paz” que encontramos en el Antiguo Testamento, se aplica en su plenitud a Cristo, el rey de la paz.

Sin embargo, esta paz no es un repliegue sobre sí mismo. El hombre está llamado a participar en la vida misma de la Trinidad: Que sean uno, como nosotros somos uno, dijo Jesús a su Padre al que ha hecho nuestro. Nuestra paz personal se realiza en la paz de la comunión. El cristiano, dondequiera que se encuentre, ha de convertirse en un pacificador de la existencia humana. Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Heb 12, 14).

De hecho, los que, como Tomás, no están dentro de una comunidad, no pueden tener la experiencia del Señor resucitado. No pueden escuchar su saludo y su Palabra; no pueden aceptar su perdón y su paz, ni experimentar su alegría y recibir su Espíritu.

La paz de Jesús no da seguridad contra las dificultades; los apóstoles sufrieron toda clase de pruebas y finalmente la muerte por martirio. Y en efecto, poco después, Cristo les dice Estas cosas les he dicho, para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación (Jn 16, 33).

Está claro que no se promete la liberación de la violencia en este mundo. Pero con la paz de Cristo llega la profunda seguridad interior de que todas las cosas, incluso nuestros mayores sufrimientos, serán para nuestro bien. Al igual que Jesús acalló la tormenta con las palabras “Paz, cálmate” y provocó “una gran calma” (ver Marcos 4: 39), también puede hablar de paz a la mente atribulada y calmar el corazón afligido.

La paz se consigue cuando vivimos y encontramos la manera adecuada de caminar junto a nuestro prójimo.

Y debemos reconocer que el Espíritu Santo empuja suavemente nuestra voluntad hacia la paz, es decir, en dirección contraria a nuestros afectos y deseos nocivos. Esto es válido para toda persona, de cualquier creencia o con cualquier vida moral. La victoria de nuestras ideas o deseos “sobre los demás” no nos trae la paz. Veamos un ejemplo de cómo unas mujeres encontraron y transmitieron la paz al encontrar una forma de caminar juntas.

Dulces Sueños (Sweet Dreams, 2012) es un documental que muestra a un grupo extraordinario de mujeres ruandesas que salen de la desolación del genocidio para crearse un nuevo futuro. En 1994 Ruanda sufrió un genocidio devastador. Cerca de un millón de personas fueron asesinadas por vecinos, amigos e incluso familiares. El horror se apoderó del país. Y cuando terminó, los que quedaron estaban destrozados, muertos por dentro.

Poderosos sonidos perforan el silencio del campo ruandés. Los niños, curiosos, se quedan mirando en la puerta. Esto es algo nuevo en Ruanda: un grupo de mujeres, de 60 personas, tocando en los tambores ritmos de fuerza y alegría.

El país ha dado grandes pasos en la recuperación económica, pero “las personas no son como carreteras y edificios“, dice Kiki Katese, pionera directora de teatro ruandesa. “¿Cómo reconstruir un ser humano?”.

Kiki decidió fundar la primera y única compañía femenina de percusión de Ruanda, abierta a mujeres de ambos bandos del conflicto. Sólo había un requisito: dejar aparcadas en la puerta las categorías del pasado.

Para las mujeres – huérfanas, viudas, esposas e hijas de los asesinos- el grupo ha sido un lugar para empezar a vivir de nuevo, para construir nuevas relaciones, para curar las heridas del pasado. Sin embargo, la lucha por sobrevivir y mantener a sus familias aún persiste.

Así que, cuando a Kiki se le ocurrió la idea de abrir la primera y única heladería de Ruanda, las mujeres estaban intrigadas… ¿Qué era exactamente un helado y cómo lo harían? Kiki invitó a dos expertos heladeros americanos a venir a Ruanda para ayudar a las tamborileras a abrir su tienda, que llamaron acertadamente Inzozi Nziza (Dulces Sueños).

Esto es precisamente lo que nos dice la Primera Lectura. El ejemplo de paz y armonía continuas en una comunidad no es un testimonio personal. Es imposible de explicar sin la presencia de Dios en cada uno de sus miembros. Por eso causó admiración y asombro. No se podía ver a Cristo resucitado, pero la comunidad fraterna, nacida de la fuerza de su Espíritu, era evidente para todos. Sólo la comunidad que predica y vive la fraternidad, que practica el compartir los bienes, testimonia con fuerza la presencia del Espíritu del Resucitado en el mundo.

El precio de la paz no es pequeño ni rápido. Hace falta valor y desinterés para ir más allá de nuestra propia voluntad y buscar el bien común. A menudo significa renunciar al poder y al control personal para considerar cómo debemos cambiar. Por lo general, el pacificador suele ser objeto de abuso o daño, pero ¿cuál es la alternativa: herir a los demás? Piensa en una persona que no soportas. Ahora, piensa en un rasgo positivo o redentor de esa persona. Si no puedes hacerlo, ¿cómo puedes esperar que las personas, las comunidades y los países pasen de la ira al amor?

Para Jesús, la verdadera paz comienza con el perdón. Él dice: Si ustedes perdonan los pecados de alguno, quedan perdonados… y si se niegan a perdonar, no quedan perdonados. El verdadero perdón inicia el proceso hacia la verdadera paz. Mientras que rechazar el perdón no conduce a la verdadera paz. A través de su historia hemos visto a Jesús vivir de acuerdo con esta afirmación. Durante su ministerio terrenal ha proclamado la buena noticia del perdón de Dios.

Las personas que han cometido pecados imperdonables son acogidas y comen en la misma mesa con Jesús. ¿Puede darse un signo más claro y contundente de perdón, que demuestre que la unidad no se ha roto a pesar de todo? Muchos de ellos no sólo son perdonados por Jesús… sino que se convierten en sus seguidores más cercanos: Encuentran la paz en sus corazones sabiendo que cuando todos los demás les han rechazado por sus pecados… Jesús les ha perdonado.

En contra de lo que se suele decir, el rechazo a aceptar el perdón y la paz que Dios nos ofrece no proviene de nuestra idea de un Dios severo y despiadado. Suele ser la convicción de que no podemos cambiar, porque la repetición de una falta y nuestro intento de superarla por nosotros mismos, con nuestras propias fuerzas, nos lleva a repetidos fracasos y a un escepticismo que nos paraliza.

La paz esté con ustedes era un saludo común, pero un simple saludo, sin embargo, no era suficiente para los discípulos. Eran judíos, convencidos de que este hombre sabio, carismático y apasionado, era el Mesías, el que liberaría a Israel de la esclavitud de Roma y traería la paz perpetua.

No había sucedido así. Más bien, todo lo que habían esperado y en lo que habían confiado había sido aniquilado. Les resultaba inconcebible que el Mesías fuera ejecutado como un vulgar criminal. No estaban preparados para encontrarse acobardados ante el temor de que su asociación con Jesús llevara a los romanos a perseguirlos y clavarlos en sus propias cruces.

Ante la responsabilidad y el riesgo de desafiar tanto al poder religioso como al político, un “La paz sea con ustedes” como mero saludo no sería suficiente.

Todos y cada uno de nosotros tenemos y nos enfrentaremos a desafíos, algunos personales y otros a causa de nuestra fe.

Uno puede quedarse sin trabajo, sin saber cómo puede mantener un techo sobre su cabeza. Otro puede encontrarse entre los escombros de una relación que estaba seguro de que tendría un final de cuento de hadas y ver que no hay forma de que su corazón pueda sanar. Alguien puede, a pesar de una fe profunda e intensa, luchar con un vicio o una pasión que tiene un dominio tan fuerte que parece imposible de romper. En esos momentos, Jesús dice: “La paz esté con ustedes“… y es más que un saludo.

Cuando actuamos desde la fe para lograr la justicia y la paz, a veces nos encontramos en el punto de mira de personas que tienen una visión diferente. Y a veces surgen malentendidos, desconfianza o envidia, de modo que puede producirse alguna forma de persecución. En esos momentos, Jesús dice: “La paz esté con ustedes“… y es más que un saludo.

La paz de Cristo es una gracia, una fuerza mística que brota de la reconciliación entre el ser humano y nuestro Padre celestial, según la providencia de Cristo, que lleva todas las cosas a la perfección en Él y que hace la paz inefable y predestinada desde los tiempos, y quien nos reconcilia con Él mismo, y en Él, con el Padre (Dionisio Areopagita).

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