
Justo en el momento en que el público aguardaba el fallo del jurado —esa fracción de silencio donde la expectación se vuelve casi música— unas palabras han resonado con una fuerza inesperada. Eran frases que iluminaban la ceremonia y que, por su densidad, han dado un marco espiritual y estético a la velada:
“La calidad de la música depende de la pureza del encuentro con lo divino.”
“La música que nace del amor o del dolor nos transporta a la verdad del compositor.”
Con estas ideas, seleccionadas del mensaje del Presidente de la Fundación Fernando Rielo, Luis Casasús, se ha introducido un momento especialmente significativo del acto celebrado en la Iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, donde se han estrenado las cuatro obras finalistas del XI Premio de Música Sacra mientras se esperaba conocer al ganador.
La Fundación ha expresado un agradecimiento profundo al padre José María, Prior del Monasterio, y a toda la comunidad de padres benedictinos, por la acogida generosa en este templo que ha ofrecido un marco sonoro excepcional. Se ha agradecido igualmente la participación de los treinta y seis compositores de diez países y la presencia de los finalistas: Girolamo Deraco, Matteo Magistrali, Alejandro Civilotti Carvalho y Miguel Ribeiro Teixeira.
Ha sido Juana Sánchez-Gey quien ha dado lectura al mensaje del Presidente. A continuación, lo publicamos íntegramente.
Mensaje del Presidente de la Fundación Fernando Rielo
Luis CASASÚS
Presidente de la Fundación Fernando Rielo
Queridos y distinguidos amigos,
Hace diez años (4 JUL 2015), el Papa Benedicto XVI hizo una valiente y certera declaración donde aseguraba que la música, en primer lugar, proviene de la experiencia del amor, su segunda fuente es el padecer la tristeza y, finalmente, se origina en el encuentro con Dios. Concluía afirmando que, al estar Dios presente en el amor verdadero y en la muerte, podemos decir que la calidad de la música depende de la pureza y de la grandeza del encuentro con lo divino.
Creo que, sin necesidad de ser expertos en este arte, nuestro corazón nos dice que es así. También lo hemos comprobado en las cuatro obras finalistas de este Premio de Música Sacra, al igual que sucedió en las diez ediciones anteriores.
Visto ahora en la otra dirección, no cabe duda de que la música nacida de una experiencia amorosa, o del dolor de la muerte, nos conmueve o, como suele decirse, “nos transporta” a sentimientos y emociones parecidas a las que llevaron a sus autores a componer esas obras. Si nos referimos al caso de la muerte, es lo que sucede con el Réquiem de Mozart en re menor, concluido por su discípulo Franz Xaver Süssmayr y que transmite a la vez una tristeza y una esperanza inigualables, o el Réquiem de Gabriel Fauré, estrenado en 1888, que ofrece una visión íntima y consoladora del fin de esta vida.
Si nos fijamos en los poderosos sentimientos de algunas composiciones amorosas, podemos citar la Symphonie fantastique (1830), de Héctor Berlioz, escrita bajo la influencia de su pasión por la actriz Harriet Smithson; donde combina magistralmente delirio romántico y devoción.
Hoy, precisamente, nos hemos sentido inmersos en el Capítulo 13 de la Epístola de San Pablo a los Corintios, que habla del amor auténtico según el Apóstol lo recogió de Cristo.
Pienso que Fernando Rielo diría que esas joyas de la historia de la Música son genuinos casos del éxtasis que provoca la belleza, como nos ha sucedido hoy al escuchar las cuatro obras finalistas, en la emocionante interpretación de la Orquesta y Coro de Cámara QNK Ópera, bajo la dirección del maestro Ignacio Yepes. A todos ellos damos las gracias por esta velada, que sin duda nos ha acercado más a Dios.
A todos los participantes, a todos los asistentes, a nuestros cuatro finalistas nuestra felicitación por el trabajo realizado y los frutos obtenidos, entre ellos, sin duda, el contagiar su pasión a otros compositores, que dedicarán sus talentos a reflejar lo más sagrado de nuestras experiencias.
Un cordial saludo a todos ustedes.
Luis Casasús
Presidente de la Fundación Fernando Rielo















