La espiral del fracaso

By 12 febrero, 2017febrero 17th, 2017Evangelio, Sin categorizar

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes.
Comentario al Evangelio del 12-2-2017, VI Domingo del Tiempo ordinario (Eclesiástico 15,15-20; 1 Corintios 2:6-10; San Mateo 5:17-37)

¿Cuál es el origen del pecado? Por supuesto, el Pecado Original. Algunos católicos no reconocen que cometemos los mismos errores y repetimos los mismos pecados que nuestros predecesores. Pero es difícil encontrar una explicación mejor y que esté de acuerdo con la Creación, la Genética y la Evolución.

 

Somos capaces de afectar negativamente a quienes están alrededor de nosotros y a quienes nos seguirán con los valores negativos y estilos de vida que absorben de nosotros. Compartimos la naturaleza caída de nuestros padres. Esta naturaleza caída nos afecta física, emocional, espiritual y sicológicamente y de modo inconsciente hacemos sufrir a los demás con lo que nos ha tocado sufrir en la vida.

 

¿Cuál es el Pecado Original? El desear ser dios, poder determinar lo que es bueno y malo. Ese es el Pecado Original, nuestro egocentrismo, nuestro orgullo extremo, aunque se puede describir de otras maneras. Es también Lafuente de los demás pecados.

 

El Evangelio de hoy es profundamente revelador y práctico, pues Cristo nos da una clave de cómo este orgullo actúa en nosotros. Los mecanismos inmediatos son la obsesión y el miedo y el efecto es la espiral de fracaso y caída espiritual en la que más o menos inconscientemente somos prisioneros. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, en libertad y para la libertad. Por lo tanto, estar bajo cualquier tipo de esclavitud viola la dignidad de la persona humana. Pero he aquí que la mayor atadura es el miedo. El miedo destruye la paz y arrebata la alegría a los creyentes.

 

Por eso Cristo repetía: No tengan miedo, no teman y saludaba a sus discípulos una y otra vez diciendo: La paz esté con ustedes. Luego, les dijo: Como el Padre me ha enviado, así les envío yo. Él era un pacificador enviado por el Padre y por eso envió Él a los discípulos a proclamar la paz a las naciones.

 

Jesús envió a setenta de sus discípulos a trabajaren la cosecha. Les dio instrucciones detalladas sobre la actitud que tendrían que tener al llegar a cada nueva ciudad; antes de comer y beber, antes de consolar y curar, les indicó que dijeran: Paz. Sí; la paz es la primera necesidad, la primera condición para una vida plena y santa.

 

Pero el Miedo y la Obsesión se alimentan mutuamente en una poderosa espiral de fracaso, capaz de empujarnos a rechazar la paz, lo que más necesitamos en nuestra existencia. Jesús instruyó a sus discípulos: algunas personas, inexplicablemente, rechazarán la paz. Si no la quieren compartir, la paz volverá a ustedes. Ustedes seguirán teniendo esa paz, regresará a ustedes; cárguenla en su mochila hasta llegar a la siguiente puerta; pero dondequiera que vayan, llévenla con ustedes. A todos los que encuentren, ofrézcansela, porque cuando se comparte, llega el Reino.

 

Recordemos un relato de Gabriel García Márquez (Escritor colombiano, Premio Nobel, 1927-2014). He aquí una versión simplificada:

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora que tiene dos hijos, Alberto y Laura. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

 

Ellos se ríen de la madre. Alberto se va a jugar al billar con su amigo Bernardo, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, falla el golpe y pierde la partida. Admite que ha sido por la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y Bernardo regresa a su casa, donde están su mamá y su hermana y les dice: Le gané este peso a Alberto en la forma más fácil porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

La hermana lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: Véndame una libra de carne. Y en el momento que se la están cortando, agrega: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas. Entonces la señora responde: Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.

El carnicero mata otra vaca, la vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.

-Sí, pero no tanto calor como ahora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

Yo me voy, grita uno.

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está la pobre gente viéndolo. Hasta el momento en que dicen: Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa. Y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando: Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

Esta historia refleja bien el mecanismo de retroalimentación entre obsesión y miedo.

La obsesión más común y devastadora en la vida espiritual no es en principio una actividad (sexo, alcohol, comprar, trabajar, hacer ejercicio,…) sino el victimismo, o sea la “mentalidad de víctima. Esto significa tomar las cosas trágicamente, hacer una tragedia de un suceso normal y corriente. Si tenemos sentimientos constantes de culpa o de impotencia, ese papel de víctima permanente puede ser especialmente atractivo y peligroso.

Una razón para refugiarse en el victimismo es que nos da excusas virtualmente para todo:

 

—Si pierdes tu trabajo es porque el jefe era intratable, no te entendía, la había tomado contigo y te odiaba desde el primer día que entraste en la oficina.

—Si no cumples un compromiso, es porque tuviste que hacer muchas otras cosas.

—Si no hiciste la tarea, es porque tu compañero tomó el libro de texto y no lo devolvió.

—Si se rompe una relación, no puede ser por tú culpa. Por supuesto que no. Eres una buena persona. El otro es un desastre.

—Si pierdes la paciencia es porque “ellos” te provocaron.

—Si llegas tarde a una cita dirás que el tráfico era intenso, que tuviste una llamada telefónica de último minuto, que hubo una emergencia en el trabajo…y cosas parecidas. Esa clase de excusas ocultan el problema verdadero. Si llegas tarde es porque has sido incompetente al manejar tu vida. La próxima vez que llegues tarde, di simplemente: Lo siento, he sido (al menos esta vez) incompetente para manejar mi vida.

—En general: Los genes, el diablo, “el sistema” me empujaron a hacer esto.

 

No nos damos cuenta que el victimismo desata nuestros mecanismos de defensa, destruye nuestras relaciones y nos permite excusar nuestro comportamiento agresivo: ¡A pesar de las apariencias, podemos ser bastante insensibles! Esa es la advertencia de Cristo en el Evangelio de hoy:

* Todo aquel que insulta a su hermano, merece la Gehena de fuego [Cuando no controlamos nuestro mal genio y pronunciamos palabras desapacibles y duras].

* Si al presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda [Falta de sensibilidad a las ofensas que cometemos].

* El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón [Nuestra idea extremadamente limitada y represiva de la castidad].

Decimos frases solemnes contra el homicidio, el adulterio, el divorcio y los juramentos y al mismo tiempo quitamos importancia a las “insignificantes obsesiones” de nuestra mente y al miedo al dolor y a la muerte de nuestra voluntad. Obsesiones y miedo son una mezcla explosiva; mientras temamos el dolor y la muerte, no podemos vivir una vida en libertad y creamos víctimas inocentes. Además, la obsesión suele ser exacerbada por la influencia del diablo.

El victimismo es terreno fértil para la coexistencia de obsesión y miedo. Es algo generalizado e insidioso. Por ejemplo, San Pablo nos dice hoy:

Lo que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo; aquella que ninguno de los dominadores de este mundo alcanzó a conocer, porque si la hubieran conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria.

¿Más ejemplos?

* Herodes estaba obsesionado con el poder y tenía miedo de un niño recién nacido. Ya sabemos las consecuencias de esto para los Santos Inocentes.

* Saulo de Tarso, antes de convertirse en Pablo el apóstol, es un ejemplo de obsesión destructiva; su obsesión nacía del miedo, manifestado en odio y celos.

* Algunos párrocos son obsesivos y extremadamente rígidos, porque tienen miedo de la presencia de las personas en sus vidas; no saben cómo manejar eso. Pero también para hacerse importantes, los sacerdotes “intermediarios” emprenden el camino de la rigidez: tantas veces, separados de la gente, no saben lo que es el dolor humano; pierden lo que habían aprendido en su casa, con el trabajo del papá, de la mamá, del abuelo, de la abuela, de los hermanos… Pierden estas cosas. Son rígidos, aquellos rígidos que cargan sobre los fieles tantas cosas que ellos no llevan, como decía Jesús a los intermediarios de su tiempo. La rigidez.…. Y tanta gente que se acerca buscando un poco de consuelo, un poco de comprensión es espantada con esta rigidez (Papa Francisco, 9 DIC 2016).

El “cumplimiento” de la Ley y los Profetas es la obediencia al mandamiento del amor (Rm 13: 9-10). La obediencia constituye el signo de que vivimos bajo la gracia de la caridad. Si me aman, cumplirán mis mandamientos (Jn 14: 15), porque el amor no sustituye a la ley, sino que la realiza. De este modo, cada acto humano es un acto de obediencia, aunque no se reciba una indicación de una autoridad.

Como explica San Pablo, no hemos alcanzado la madurez espiritual para entender la sabiduría divina y si nuestra virtud no va más allá de la de los Escribas y Fariseos, entonces no formaremos parte del Reino de los Cielos, nunca experimentaremos una plenitud de vida, ni aquí ni en el otro mundo.

Si somos conscientes de nuestras motivaciones, podemos ver la sabiduría de la Ley. Los cuatro ejemplos que Cristo pone están basados en una obediencia que tiene en cuenta a los demás. No permitimos que el rencor nos domine porque eso nos lleva a dañar a los demás. No pensamos en los otros como objetos despersonalizados, destinados a nuestra propia satisfacción. Entendemos que Dios no desea el divorcio porque provoca mucho dolor a todos los que están relacionados con él. Cualquier concepto de obediencia que nos lleva a ignorar el sufrimiento de los demás, no es la obediencia del Reino. La obediencia que sólo se refiere a nosotros, no es la de Cristo.

Podemos vencer nuestros miedos cuando les damos nombre. Eso fue lo que Cristo quiso cuando le preguntó al hombre que iba a curar: ¿Cuál es tu nombre? Y el espíritu maligno respondió: Mi nombre es Legión, porque somos muchos. De modo que reconocer que sí tenemos obsesiones o bajo qué esclavitud vivimos es el primer paso para la salud y la libertad. Una de las mejor conocidas es el miedo. Miedo de nuestra vulnerabilidad, al darnos cuenta que nosotros y las personas que amamos somos frágiles y vivimos en un mundo peligroso. Es un sentimiento que desencadena nuestro impulso de protección. De manera que, si queremos librarnos del miedo y de otras esclavitudes, debemos dar nombre específico a nuestra pasión y así perderá todo su poder.

Es por eso que reconocer nuestro Defecto Dominante es tan esencial. Esta ha sido siempre la enseñanza de nuestro Padre Fundador, que nos impulsa a declarar nuestras faltas con sinceridad y de manera específica.

A fin de cuentas, la obediencia en el Reino significa apertura a Dios, que siempre nos lleva a actuar de forma que valora, respeta y estima las necesidades de los demás. Cualquier otra idea de obediencia es una confusión y frecuentemente una manifestación de nuestro miedo al castigo, o una obsesión con nuestras ideas. La obediencia evangélica es imposible de encerrar en un código de mandamientos escritos. Más bien, el Espíritu Santo nos guía con sugerencias múltiples, personales y continuas; por eso dice Cristo que el que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos.

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