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Cruz y vida | Evangelio del 3 de septiembre

By 30 agosto, 2023No Comments
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Evangelio según San Mateo 16,21-27:

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»

Cruz y vida

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 03 de Septiembre, 2023 | XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Jer 20: 7-9; Rom 12: 1-2; Mt 16: 21-27

Las palabras de Cristo a Pedro son duras: ¡Apártate de mí, Satanás! Dejando a un lado las sutilezas de la traducción, una de las consecuencias más serias de esa advertencia, para todos nosotros, es que el diablo realmente aprovecha todo, incluida nuestra bondad natural, para separarnos de Dios y del prójimo. Todos los días, al contemplar lo mejor de nuestros esfuerzos, nos sentimos tentados (sí, verdaderamente tentados) a pensar algo así:

Estoy haciendo todo lo posible, así lo creo sinceramente, pero siempre estoy muy por debajo de las expectativas de mis superiores y de Dios. Incluso mi salud se ha resentido. Lo más sensato es abandonar este camino. Esa es la reacción de Jeremías en la Primera Lectura.

Mi comunidad no es como antes. No me siento identificado con las decisiones que se toman y mi experiencia nunca es tenida en cuenta. Seguiré adelante; por no escandalizar a nadie no me marcharé, pero casi todos han perdido el entusiasmo inicial. Me limitará a caminar con ellos en silencio, discretamente, sin causarles problemas, hasta el fin de mis días.

La realidad es que no tenemos en cuenta la actividad del diablo. Quizás porque nos queremos sentir lejos de ciertas representaciones o ideas primitivas sobre el demonio. Pero, por alguna razón, muchas culturas han entendido que el mal tiene una personificación, una personalidad, podríamos decir, caracterizada por el engaño, la mentira orientada a la separación, a crear la división.

Esta separación, efectivamente, es buscada no sólo a través de la atracción directa al mal (las llamadas tentaciones), sino a veces por la atadura a una cierta forma de bondad humana, como la que Pedro manifiesta en el Evangelio de hoy, donde cree saber mejor que su Maestro lo que es más conveniente.

Por supuesto, en las llamadas tentaciones de Jesús en el desierto, el diablo utiliza todo el arsenal a su disposición. Cuando propone a Cristo que salte al vacío desde el pináculo del Templo (Mt 4: 5-7), está sugiriendo la forma de demostrar que efectivamente Él es el Mesías prometido, a lo cual responde Cristo simplemente calificándolo de “tentación”.

Naturalmente, no tenemos la impresión de emprender un diálogo con una persona diabólica, pero su personalidad se manifiesta, precisamente, por una oposición a la voluntad divina, una oposición que siembra y alimenta en nuestro corazón.

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La Contemplación Negativa de Dios, que el Espíritu Santo pone en nuestra mente, no se refiere a los males del mundo, a la perversidad y el pecado, sino a las buenas acciones que ejecutamos pero que nacen sólo de nuestra compasión natural, de las virtudes de nuestro temperamento, que es un complejo de tesoros e inmundicia. Poco a poco vamos comprendiendo que nuestras acciones de cualquier tipo sólo merecen la pena si están directamente relacionadas con el reino de los cielos.

Nuestro padre Fundador nos decía en alguna ocasión que procuraba hacer solamente lo que consideraba una “indicación divina”, es decir, no llevar adelante nada si no veía que era un deseo explícito de Dios para él. Desde luego, para vivir de esa manera, con un espíritu de obediencia permanente, es necesaria una abnegación cada vez mayor, un desprendimiento de hábitos, acciones y deseos que consideramos moralmente buenos… pero esa cualidad de “buenos” no garantiza que vengan de Dios.

Hemos de recordar siempre que nuestra visión es limitada. En la historia de Abraham, Dios le promete que tendrá un hijo, y tuvo que esperar 25 años para ver realizada esa promesa. Cuando nació Isaac, el fruto de esa promesa, y se convirtió en un adolescente, recibió esta orden divina: Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, a Isaac, dirígete a la región de Moriá y, una vez allí, ofrécemelo en holocausto, en un monte que yo te indicaré (Gen 22: 2).

Como sabemos, su obediencia hizo posible un diálogo con Dios, pero un diálogo de hechos, no simplemente de ideas o palabras. La orden recibida de Yahveh era más fuerte que la idea de Abraham de amor y ternura hacia su hijo. Con la aparición de un carnero, Yahveh comenzó a responder a Abraham. Cumplió su promesa de una forma extraña, le prometió una descendencia numerosa como las estrellas del cielo… y comienza ¡pidiéndole sacrificar a su único hijo! Ciertamente, no es posible comprender los planes de Dios sólo con nuestras razones y nuestra limitada experiencia.

De igual modo, la Primera Lectura termina diciendo que Jeremías no podía contener la palabra de Dios, que estaba en sus huesos como fuego ardiente. Es difícil aceptar esta lógica divina que nos dice cuál es su voluntad oponiéndola a la nuestra. Pero ¿no fue el propio Cristo quien respondió al Padre diciendo que se haga Su voluntad y no la propia?

Así queda expresado en el Apocalipsis: Han sido ellos quienes lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por medio del mensaje con que testificaron, sin que su amor a la vida les hiciera rehuir la muerte (Apoc 12: 11).

Como nos advierte San Pablo hoy, necesitamos renunciar a la lógica de este mundo para discernir la voluntad divina.

Cuando Pedro quiere oponerse a los planes de Cristo, no es que esté cometiendo un error lógico, sino que se está moviendo, con su afecto humano, en una dirección opuesta a la de Dios. Por eso tiene sentido y es necesaria la purificación de nuestro espíritu, que comporta el ser consciente de que mi alma está en lucha con mi espíritu, que se produce una Segregación, una separación de ambos en cuanto a sus objetivos, sus verdaderos fines o intenciones. Esto lo experimentamos en nuestra capacidad de unión, en la llamada Facultad Unitiva.

En realidad, Dios está respondiendo a una realidad íntima, a nuestra verdadera naturaleza, que, aunque tema el dolor y la muerte, busca el modo más completo de agradar a quien ama y a quien le ama, encontrando en ello una libertad muy superior a la que nos piden nuestros instintos y la lógica de este mundo: Señor, ¿a quién iríamos? Sólo tus palabras dan vida eterna (Jn 6: 68).

Todo lo bueno y lo malo de este mundo tiene su fin. Hasta el apasionado y nada religioso Premio Nobel de Física Richard Feynman (1918-1988), cuando un amigo le recordó que le quedaba poco de vida, por el cáncer pancreático que padecía, dicen que respondió: Es igual, no importa, porque uno va teniendo cada vez menos cosas con las que sorprender a los amigos.

Akbar (1542-1605) fue un emperador mogol de la India, de gran cultura y sensibilidad. En una ocasión, estaba en duelo y entristecido por la muerte de su madre y no conseguía vencer su dolor. Sus amigos y sus ministros intentaban consolarle recordándole lo afortunado que era por tener influencia, poder y buenas relaciones. El respondió: Sí, lo reconozco, pero hay algo que me entristece. Todos se inclinan ante mí, pero, cuando yo entraba en el palacio, había alguien ante quien podía inclinarme humildemente… y no puedo explicar el gozo que esto me producía.

—ooOoo—

Dentro de nosotros, el Espíritu Santo suplica que abracemos la verdadera libertad, aquella que se consigue sólo con la abnegación, con el abrazo a la cruz y tiene carácter eterno, contrariamente a la libertad y a la dicha del mundo, que independientemente de su calificación moral es breve y pasajera. La antigua sabiduría así lo reconoció, como lo expresa el Salmo 39:

Concedes a mi vida unos instantes, mi existencia no es nada para ti. Sólo es vanidad el ser humano, una sombra fugaz que deambula, que en vano se angustia acumulando riquezas que no sabe para quién serán.

Esa cruz que hoy menciona Cristo no se refiere simplemente a soportar pacientemente las dificultades y tribulaciones, que nunca faltarán a cristianos o no creyentes, sino la forma de amar, pues en la cruz se entregan la vida y la fama.

Debemos insistir en este punto; no se trata de que la vida y la fama sean destruidas, sino ofrecidas en sacrificio para hacer feliz a quien contempla que le entregamos todo. Eso es muy diferente y deja en nosotros el sabor de la victoria sobre el mundo, como precisamente exclamó Cristo en sus últimos momentos en la Cruz.

La cruz, nuestra cruz, no es pasiva, es una ofrenda de juicios, deseos y exigencias de nuestro instinto de felicidad que sólo podemos llevar a cabo mirando permanentemente a Cristo. Por eso hoy nos invita, literalmente, a seguirle. Es un aprendizaje continuo el lograr ofrecer situaciones difíciles, pequeños contratiempos, pensamientos, deseos y opiniones. Pero al hacerlo, se hace visible en nuestra pequeñez la fuerza de quien nos sujeta.

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Ya que hemos hablado de ese famoso científico, Richard Feynman, me gustaría concluir con un acontecimiento en el que le tocó investigar lo sucedido.

El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger explotó al poco de ser lanzado, por lo que murieron sus siete tripulantes. Por supuesto, se llevó a cabo una investigación. Se llegó a la conclusión que la tragedia fue causada por el fallo de unas juntas de goma. Pero, lo que muchos ignoran, es que la posibilidad de ese fallo fue anunciada por varios inteligentes ingenieros, cuyas serias advertencias y recomendaciones fueron ignoradas. Insistieron en que podría suceder algo trágico no sólo para la misión, sino para los tripulantes. Pero la decisión de llevar a cabo el lanzamiento prevaleció.

Nos podemos preguntar si hay algún dilema más importante que elegir entre la vida y la muerte. Cristo hoy nos dice que, en realidad, la cuestión relevante es que vida y muerte están unidos de forma diferente. Nos recuerda que todo lo que hagamos ahora, en nuestro paso por este mundo, tendrá una relevancia eterna, en una forma de vida que estamos proyectando día a día.

Cada vez son menos las personas que lo creen así…y seguramente por eso crece tan deprisa la desesperación y el desconsuelo del mundo. Una razón de peso para ser auténticos apóstoles de la esperanza.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente