
Evangelio según San Mateo 17,1-9:
En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».
Los tocó y dijo: “No tengan miedo”
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 01 de Marzo, 2026 | Domingo II de Cuaresma
Gén 12,1-4a; 2Tim 1,8b-10; Mt 17,1-9
A pesar de que la escena de la Transfiguración nos resulta -y en verdad lo es- única y espectacular, nos parecemos a Pedro, Santiago y Juan, en su reacción cuando en aquel monte: pasaron en pocos momentos del gozo más profundo al temor y al estado de confusión más insoportables.
Fue uno de esos pocos momentos escogidos que cada uno de nosotros guarda en su corazón para volver a ellos en las situaciones más delicadas, de duda o de dolor. Moisés y Elías, acompañando al Maestro, representaban para los israelitas toda la autoridad de la Ley y los Profetas; la voz del Padre, invitando a escuchar a Jesús y, sobre todo, esa mano de Cristo, sobre el hombro de los discípulos, a la vez que les decía: No tengan miedo, fueron lo que les permitió seguir caminando, como Jesús les pide, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
Nosotros no necesitamos subir a una montaña, pero al volver la vista atrás, cada uno ve algunos de esos episodios de su biografía como un monte que se eleva poderosamente por encima de las experiencias que quizás ahora nos cuesta superar y comprender.
¿Qué es lo característico de esos episodios?
* No son “premios” ni casualidades. Son parte del plan divino para cada uno de nosotros y es fácil quedarse sólo en la emoción del momento y la nostalgia del tiempo en que sucedió.
* Son íntimas, personales. Pueden producirse junto a otros y serán también muy significativas para ellos, pero tienen un mensaje personal para quien las vive, con el cual queda marcado para toda la vida. Pueden contener algún elemento de luz sobre el reino de los cielos, sobre el mensaje evangélico, pero, sobre todo, su poder es la confirmación de haber sido perdonado y convocado a la misión. Nuestro Fundador, Fernando Rielo, cuando sólo tenía 16 años y -según nos cuenta- no podía comprender muchas verdades, sintió profundamente la llamada de Dios al ayudar a un niño que se desvaneció durante una marcha campamental.
La imagen de Cristo que se percibe entonces es la de quien pone toda su confianza en nosotros ¡Qué impresión tendrían Pedro, Santiago y Juan desde el momento en que Cristo los lleva aparte, a un monte! Fue tan fuerte que la huella de esa llamada superaría todos los sentimiento de miedo, orgullo y envidia que luego les asaltarían “en el valle”. Auténtica medicina preventiva…
Incluso las personas que no están interesadas en una relación con Dios, atesoran momentos que siempre iluminarán su camino. Otros, sensibles a la vida espiritual, pero con dificultad para integrarse en la Iglesia, han sabido aprovechar las experiencias más bellas del pasado para seguir su andadura. Es el caso del poeta español Antonio Machado (1875-1939): En su famoso poema “A un olmo seco” (1912) contempla un árbol viejo y casi muerto, símbolo del desgaste, del dolor y de la enfermedad. Lo escribió mientras su esposa estaba gravemente enferma, a punto de fallecer. Sin embargo, al descubrir que al árbol le han brotado unas hojas verdes, surge una chispa de esperanza:
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas nuevas le han salido
(…)
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
El árbol seco representa la enfermedad y la cercanía de la pérdida, pero esas hojas nuevas simbolizan la certeza de poder renacer, incluso cuando todo parece perdido. El poema no niega el sufrimiento; lo reconoce plenamente. Pero, aun así, el poeta mantiene la esperanza en un “milagro”, en una renovación siempre posible, basada en la experiencia feliz vivida hace tiempo.
* Esas experiencias que la Providencia nos concede, siempre son para compartir con el prójimo. Primero, porque nos confirman como instrumentos de su reino; segundo, porque seguramente quien tenemos al lado necesita recordar momentos por él vividos que le ayudarán a superar estados de dolor e impotencia.
Ese fue el caso de Moisés, al recibir los Mandamientos en la cumbre del Monte Sinaí e igualmente de Elías, que, desesperado y escondido en el Monte Horeb recibió el perdón y la confianza de Yahveh para guiar a su pueblo. Seguramente, uno de los ejemplos más significativos es el momento en que Jesús perdona a Pedro tras haber negado al Maestro y le encomienda una misión única. Y un caso espectacular, al cual no tiene por qué parecerse a nuestra experiencia, es el de San Pablo en Damasco, donde recibió una misión de forma imprevisible y con signos que no ofrecían duda: su caída de un caballo, la ceguera, la ayuda de quienes perseguía.
—ooOoo—
La negativa de Cristo a que los discípulos construyan tres tiendas es el modo de hacerles entender que su vida y la nuestra es breve y -como decía el Papa Francisco- hemos de ser una Iglesia y una comunidad siempre “en salida”, identes, conscientes de que hemos de vivir cada día con un propósito nuevo de acercarnos a Cristo y al prójimo. Eso es siempre contenido esencial del plan divino del que antes hablamos.
Nuestra inclinación a “construir tiendas” es muy fuerte. Se manifiesta en la pereza para afrontar los retos que continuamente presenta el trato con las personas. Intentamos que todo siga igual que en los “buenos tiempos” y no aceptamos fácilmente que las personas cambian y que toda relación necesita nuevas formas de expresión. Por no hacerlo así, por no aceptar los cambios que la Providencia nos presenta, nos frustramos al ver surgir en quienes nos rodean exigencias, tensiones o diferencias.
Un hermoso ejemplo contrario a esta rigidez fue la actitud de María y José, cuando vieron que su hijo iniciaba su apostolado adolescente y una dedicación cada vez más visible para ellos “a las cosas del Padre”.
Es importante el detalle que recoge el Evangelio, diciendo que el Maestro tocó a los tres discípulos para decirles que no tuviesen miedo, pues nos recuerda que se acerca a nosotros con ternura y humanidad; nos transmite seguridad con la sola impresión de su presencia. El miedo paraliza, pero ese toque de Cristo devuelve confianza y capacidad de ponerse en pie.
No se trata de ninguna magia; el recuerdo de la persona de Cristo como alguien que históricamente nos precedió, el ser consciente de que me ha ayudado antes y el saber cómo muchas personas han sabido aprovechar ese toque, me confirman que no me dejará nunca solo.
Su cercanía me está diciendo:
* Conozco tu dolor. Además, como hombre, yo he sufrido también; en eso nos parecemos.
* Aún en tu situación de miedo y confusión, te necesito para caminar juntos en la misión que te voy mostrando.
En la Llama de amor viva, San Juan habla del “toque” como una irrupción súbita de la gracia en el alma:
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Es una forma tan poética como exacta de expresar que el consuelo de Cristo NO nos proporciona precisamente el alivio que pide mi naturaleza humana: quisiera ver con claridad el futuro, sentir que soy capaz y que estoy apoyado incondicionalmente por quienes me rodean. No es exactamente así; nuestra herida no se cierra, pero el “cauterio” (curación de una herida) es comprobar que mi dolor es fecundo, es siempre utilizado por la Providencia como humilde elemento en los planes divinos.
La experiencia de la Aflicción y de la Beatitud van unidas. Refiriéndose a la Transfiguración y a Getsemaní, Santo Tomás escribía:
Jesús mismo ha elegido los mismos testigos para ver su Rostro transfigurado por la Gloria de Dios y desfigurado por el pecado del mundo (III q. 45).
En realidad, si tenemos un poco de sensibilidad, nos ocurre como a los matrimonios que están a punto de separarse por alguna crisis: recordar los buenos tiempos que pasaron juntos les da el valor para continuar trabajando por lo que un día les unió.
Justo después de la Transfiguración, San Lucas relata cómo inmediatamente después de que Jesús bajase de la montaña con Pedro, Santiago y Juan, un hombre corre hacia él y le pide ayuda: Mi hijo está poseído por un espíritu que lo agarra, lo tira al suelo, lo hace echar espuma por la boca y gritar hasta que cae exhausto; he suplicado a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido.
¿Por qué no fueron capaces de cumplir su misión si el Maestro les había dado los poderes necesarios? Porque quien no ha visto su rostro glorioso es incapaz de contrarrestar las fuerzas del mal que afligen a la humanidad. Esos discípulos no estuvieron en la montaña con Cristo.
Nuestros momentos de oración en silencio y de reflexión sobre el Evangelio son ocasiones privilegiadas para ser más conscientes de cómo ha tocado nuestro hombro en situaciones donde el propio pecado y la dificultad con el prójimo nos empujan a abandonar el camino. No podemos ser sus testigos a menos que en la oración “veamos su rostro”, el rostro de Jesús crucificado y resucitado.
En el texto evangélico de hoy, encontramos la imagen bíblica de la nube luminosa que envuelve a todos. En el libro del Éxodo se habla de una nube brillante que protegía al pueblo de Israel en el desierto y que era el signo de la presencia de Dios junto a su pueblo en camino hacia la tierra prometida. Cuando Moisés recibió la ley, también el monte se envolvió en una nube y él descendió con el rostro resplandeciente. La nube y el rostro resplandeciente son el reflejo de la presencia de Dios y el propio Cristo tuvo esa experiencia en el Tabor.
No olvidemos pues, que a los momentos de entusiasmo, quizás al sentir por primera vez la llamada de Dios, siguen las desavenencias con quienes tenemos cerca, o el cansancio y la contrariedad: Seguir al Maestro no parece ser lo que esperábamos. Basta recordar que, aunque sólo sea una vez, aunque fuese sin comprenderlo del todo… hemos visto su rostro.
_____________________________
En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











