¿Cómo se atreve a pedirle de beber a ella, una mujer samaritana?

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes

New York, 15 de Marzo, 2020. | Tercer Domingo de Cuaresma.

Éxodo 17: 3-7; Carta a los Romanos 5: 1-2.5-8; San Juan 4: 5-42.

En la Biblia, el símbolo del agua aparece en contextos muy variados. Las emotivas palabras del profeta, que llama a su pueblo a la conversión: A todos los sedientos: Venid a las aguas (Is 55:1) anticipan lo que luego diría Cristo: El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva” (Jn 7: 38). Él es la fuente de agua pura que calma toda sed.

Un filósofo contemporáneo dijo que el hombre se encuentra, por naturaleza, sediento o hambriento. Pero en su sed o hambre, el hombre recurre a cosas materiales o a experiencias y emociones placenteras para saciar su sed o satisfacer su hambre. Tristemente, nunca llega a satisfacerse porque simplemente entra en un círculo vicioso. Esto sólo termina hasta que uno encuentra a Dios que puede finalmente saciar nuestra sed.

Pero, mucho antes, esto fue claramente formulado por San Agustín diciendo: Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Seguramente, estas son diferentes maneras de expresar lo que la mujer samaritana le dijo a Cristo. Era una persona que encarnaba la cuarta bienaventuranza: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

¿Qué tengo que hacer realmente en esta vida? Esta es la pregunta que se hace la gente de buena voluntad, algunos en medio del sufrimiento y otros en la comodidad del mundo. Son personas que abren sus corazones. La mujer que dialogó con Cristo en el pozo no permaneció cerrada. No se aferró al orgullo, las racionalizaciones y los hábitos que le impedían comprender y aceptar la verdad. En otras palabras, se dejó llevar, se rindió y permitió que Jesús se apoderara de su vida.

Antes de preguntarnos quiénes somos o de dónde venimos, la compasión natural y la misericordia inspirada por Dios nos lleva a investigar cómo amar verdaderamente a nuestros semejantes. Antes de preguntarnos quiénes somos o de dónde venimos, la compasión natural y la misericordia inspirada por Dios nos llevan a buscar cómo amar verdaderamente a nuestros semejantes. Otra cuestión es si estamos dispuestos a escuchar las sugerencias de Dios, a abrazar la sabiduría como lo hizo la mujer samaritana.

Un hombre rico tenía un perro de mascota y lo cuidaba muy bien. Pero el perro, como cualquier otra criatura, también quería un cambio. Salió de la casa y deambuló por la calle para buscar su comida. Vagó en vano durante días. Era incapaz de luchar contra los perros callejeros. Al no conseguir comida ni siquiera de la basura y las hojas tiradas con los restos de comida, se encontró con un hueso seco. Como tenía hambre, el perro mordió el hueso.

Mientras masticaba el hueso, su encía se perforó y empezó sangrar. En el proceso, el perro pensó que la sangre salía del hueso y empezó a masticar a fondo. Un perro sabio lo miró y le dijo: ¡Oye! La sangre sale de tus encías y no del hueso; es sólo un hueso seco lo que estás masticando. El perro lo miró con desdén y dijo, ¡Hasta que mordí el hueso, mi lengua no había conocido el sabor de la sangre! Sólo después de morder este hueso, llegué a sentir este sabor. Así que la sangre viene del hueso. ¡No me vas a engañar! Tras decir eso, el perro mordió el hueso más ferozmente.

Del mismo modo, a veces seguimos la lógica del perro, no la de la mujer samaritana ¿Existe alguna diferencia entre el perro de esta historia y nosotros, cuando pretendemos buscar la felicidad siguiendo nuestros instintos y experiencia?

Por supuesto, escuchar no es suficiente. También tenemos que abrir nuestros corazones. Debemos tener cuidado de no reducir nuestra relación con Dios a una actividad intelectual. Debido a que la samaritana estaba abierta a Jesús, fue capaz de tener una verdadera relación con Él y así se liberó de su esclavitud y de su vida destrozada. Debemos aprender a relacionarnos con Cristo en la oración de una manera personal. Al hablarle de nosotros mismos, también seremos liberados de todas esas ataduras que nos aprisionan y no nos dejan convertirnos en la persona que Dios quiere que seamos. Él nos dirá cómo hacerlo: Ve primero a buscar a tu marido.

Cristo dijo, además: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra. La comida, como el agua, es una necesidad básica. No podemos vivir sin ella. Cuando Jesús dijo que su alimento es hacer la voluntad de Dios, sugiere que no puede vivir sin obedecer la voluntad del Padre. Esto también es algo que debemos reflexionar. La obediencia, seguir a Dios y sus leyes, también debería ser el alimento que nos nutre.

A fin de cuentas, nuestras necesidades físicas y emocionales, aunque ciertamente importantes, no pueden darnos la satisfacción que realmente buscamos. Incluso si nuestro cuerpo está bien cuidado porque hemos atendido nuestras necesidades físicas; e incluso si nuestra alma está satisfecha porque tenemos relaciones sanas con los demás, nuestro espíritu está hambriento porque el Espíritu de Dios está ausente en nuestras vidas. La mujer samaritana es el símbolo de las necesidades más íntimas del ser humano: un afecto profundo, compartir la vida y pertenecer a una comunidad, por eso buscaba desesperadamente y sin éxito un buen esposo. Pero una vez que recibimos algo, inmediatamente buscamos otra cosa. Ese es el problema con los seres humanos. Una vez saciada la sed de los israelitas, se quejaron de la falta de pan, y luego de ser satisfechos, se quejaron de que no tenían carne. Ninguna cantidad de bienes materiales, experiencias o emociones puede satisfacer las necesidades de una persona. Tal satisfacción no se convertirá en fuente de satisfacción sino sólo en vacío y frustración.

Dios es irremplazable. Ninguna persona humana puede descansar mientras su espíritu no esté en contacto con el Espíritu de Dios. Por esta razón, necesitamos más que simplemente agua y relaciones humanas para estar satisfechos. Necesitamos agua viva, que es el Espíritu de Dios, para nutrirnos y fortalecernos. De esto es de lo que habla Pablo en la Segunda Lectura. Sobre esta base, podríamos decir con él que esta esperanza no es engañosa porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Conversaciones apostólicas. Cristo nos da hoy una lección ejemplar sobre cómo acercar a las personas a nuestro Padre celestial. Lo hace con su propio ejemplo en su diálogo en el pozo. Es bien sabido que hay tres niveles de comunicación interpersonal.

El primer nivel es el del cliché, es decir, el nivel superficial de hablar de cosas, eventos y acontecimientos: El tiempo es bueno… El coronavirus está siendo derrotado… Esta lasaña es maravillosa… Dame de beber… Este fue el comienzo de su conversación entre Jesús y la mujer.

El segundo nivel es el nivel racional o de intercambio de ideas, opiniones, puntos de vista, pensamientos y funciones. Lo que veo en la vida política es corrupción… Si Dios existe, ciertamente no se preocupa por nosotros… Sé que el Mesías vendrá… Dios es Espíritu, y los que le adoran deben adorar en Espíritu y verdad… ¿Eres tú más grande que nuestro padre Jacob?

El tercer nivel es el de compartir corazones y miedos, sentimientos y sueños, visiones y aspiraciones. Ojalá pudiera tener más fe… Lamento las palabras que le dije a esa persona… Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad… ¿Podría ser éste el Mesías?

En el primer nivel, hablamos; en el segundo, intercambiamos; en el tercero, compartimos. Es en el tercer nivel donde la mujer compartió y abrió su corazón y su alma a Cristo.

La fe requiere un compartir profundo del mismo espíritu de Jesús, el Espíritu del Evangelio, que es el compartir de la misma mente y corazón. Si realmente queremos tener la mente de Cristo, también debemos escuchar atentamente su palabra leída y proclamada. Su palabra es perceptible en la vida de las personas, en sus ansiedades, sus virtudes y sus limitaciones, culpables o no. Por ejemplo, cuando tenemos sed, nos sentimos inquietos, incómodos, cansados, fatigados, irritables e incapaces de concentrarnos en lo que estamos haciendo. Ese es un signo de un contacto nulo, superficial o sólo racional con nuestro Salvador.

Por esta razón, las Lecturas de hoy utilizan el símbolo de la sed para expresar estos sentimientos nuestros que van más allá de la simple sed física. De hecho, todos estamos buscando algo en la vida que nos pueda satisfacer. Tal necesidad puede ser tan atormentadora como la necesidad de agua.

Se dice que la educación consiste en reemplazar espejos por ventanas. Esto explica por qué Cristo nos invita a ser como niños, a mirar siempre con ojos nuevos lo que es grande, conmovedor, bello o generoso. Y por eso nuestro Padre Fundador nos convoca a compartir en comunidad, de la manera más adecuada, todos los aspectos de nuestra vida, y especialmente lo que constituye nuestra relación con la Santísima Trinidad, por medio del Examen de Perfección.

Prestemos atención a las palabras de los otros samaritanos que la mujer lleva a Jesús. Ellos le dijeron a la mujer: Ya no creemos por tu palabra; porque hemos oído por nosotros mismos y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.

En base de estas palabras podemos decir que hay dos etapas en el proceso de conversión: La primera es creer por lo que alguien nos ha dicho sobre Cristo, y la segunda es creer porque nosotros mismos hemos llegado a conocer personalmente a Jesús. La mujer samaritana simplemente dijo a la gente, con alegría, confianza y convicción, lo que Cristo había hecho por ella. E invitó a la gente a venir y experimentarlo por sí mismos.

La experiencia de los israelíes que salen de Egipto se repite en la vida de cada cristiano. Cada conversión es un abandono de la «tierra de esclavitud» y marca el comienzo de un éxodo. Los primeros momentos de una nueva vida pueden ser bastante serenos, sobre todo si están apoyados por la buena voluntad y el entusiasmo y son animados y asistidos por los hermanos en la fe. Luego comienzan lo inevitable, los disgustos y la nostalgia y, a veces, la decepcionante experiencia de la vida de la comunidad cristiana. Las últimas palabras de la Primera Lectura son la síntesis de este desafío: ¿Está el Señor con nosotros o no? Dudas, vacilaciones y la tentación de poner en tela de juicio la elección hecha. Uno siente la necesidad de ciertos signos, reclamando a Dios la prueba de su lealtad.

San Pablo nos da hoy seguridad hoy. La esperanza no se basa en nuestras buenas obras sino en el amor de Dios. Nosotros sólo podemos amar a los buenos, a los amigos, a los que nos hacen el bien. Por ellos, podríamos, en algunos casos excepcionales, incluso estar dispuestos a sacrificar nuestra vida. Pero Dios es diferente. Él ama a cada persona, aunque sea su enemigo, y ha dado prueba de ello: mientras que los israelitas rechazaron su amor, lo despreciaron, se mantuvieron alejados de Él, les envió a su Hijo. Por esta razón, asegura Pablo, nuestra esperanza no nos defrauda, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno… y de esa manera nos hace capaces de amar como Él, incondicionalmente.

Por extraño que parezca, Dios tiene más sed de nosotros que nosotros de Él. Jesucristo va más allá de las barreras que nosotros, los seres humanos, creamos y pasa rápidamente de lo superficial a las cosas que realmente importan. Jesús, con infinita paciencia lleva a la Samaritana desde el agua de ese pozo hasta el agua verdadera que le puede dar, que se convertirá en el manantial interior que lleva a la vida. Estaba cansado del viaje. Pero ninguna distancia, dificultad o esfuerzo le desanimó. Nos viene a la mente inmediatamente en el himno de la Carta a los Filipenses: Aunque era de naturaleza divina,… renunció a lo que le era propio y tomó naturaleza de siervo. …se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz (Fil 2:6-8).

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