
Evangelio según San Mateo 16,21-27:
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»
La cruz que purifica y conforma nuestro corazón
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 30 de Agosto, 2026 | XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Jer 20: 7-9; Rom 12: 1-2; Mt 16: 21-27
Al leer el texto Evangélico de hoy, es fácil que, ante todo, llame nuestra atención la reacción de Pedro y la respuesta de Cristo. Pero, seguramente, conviene no perder de vista el inicio de este episodio, que comienza con un conmovedor acto de confianza por parte del Maestro:
Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Sin duda, podía prever la reacción y el estupor del impetuoso Pedro, pero lo importante es que, a pesar de todo, a pesar de ese anuncio fuese difícil de digerir, Cristo decidió compartir con sus discípulos todo lo que le esperaba.
Esto nos enseña algo característico de lo que hoy llamamos Espíritu Evangélico, de la forma de ser de Jesús: su confianza total y explícita en quienes estaban a su lado, no por las virtudes o talentos que tuviesen, no porque fueran a comprender todo aquello que les transmitía, sino por la certeza de que esa muestra de intimidad iría abriendo sus corazones a la voluntad divina.
En efecto, la lectura de hoy podría resumirse así: Yo voy a subir a la cruz; si alguno desea en verdad seguirme, haga, lo mismo. Jesús no habla del valor y la importancia del sufrimiento, sino que se dispone a ser el primero en padecer lo que es realmente necesario para la conversión y la salvación de todos y de cada uno.
Los romanos tenían muchas formas de practicar la pena de muerte, pero la cruz, en muchos casos se asociaba con la traición, con alzamientos militares, con terrorismo, con algún delito que hubiese conllevado a un derramamiento de sangre, es decir, cuando alguien era especialmente violento, se le castigaba también con especial violencia. Se trataba en muchos casos de una muerte lenta, a la que se llegaba tras un fallo multiorgánico. Cristo no tardó varios días en morir, como ocurría a muchos condenados, seguramente por la intensa pérdida de sangre en la flagelación que había sufrido antes.
De esta forma, Cristo dejó claro que ofrecía toda su vida, incluyendo su fama, siendo absolutamente fiel a lo que está claro en el Evangelio: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15: 13). Ese amor no consiste en arreglar todos los problemas de los amigos, ni compartir muchos momentos o actividades; ni siquiera entregar todos los bienes y todo el tiempo para el bien de los demás. Es dar la propia vida, lo cual simboliza la cruz de forma inequívoca.
La cruz, que se ponía en lugar bien visible a todos, también nos dice que dar completamente la vida se convierte en testimonio incontestable, para pocos o para muchos, antes o después, pero tiene siempre el valor de una prueba sublime de amor sin límites.
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Hace unos días, uno de los deportistas superestrellas en la Copa Mundial de Fútbol, contaba emocionado cómo su papá trabajaba 12 horas al día en un almacén y sólo podía verlo al regresar a casa. Entonces, sin descansar, se apresuraba a llevar a su hijo al entrenamiento para que pudiera seguir soñando en ser un campeón, como así fue en su caso. Este futbolista afirmaba que ha tenido entrenadores excelentes, pero nadie le había enseñado tanto como su querido papá, que a veces se quedaba adormilado en las gradas, cansado del largo día, esperando el fin del entrenamiento, para llevarle a cenar.
Sólo años después, supo que su papá tenía una sencilla afición desde jovencito: jugar al dominó con su grupo de amigos al terminar el trabajo. Cuando murió, su hijo encontró en el fondo del armario la caja con las fichas que… casi estaban sin estrenar.
Esta anécdota entrañable nos puede ayudar a comprender qué es nuestra cruz. Cristo nos dice hoy que significa perder la vida por Él, no simplemente por las enfermedades, las contrariedades y los trabajos que la vida nos impone. Como el papá de ese futbolista, se trata de mirar continuamente la persona amada -Cristo y el prójimo- mientras les dedicamos nuestro esfuerzo… aunque a veces nos venza el sueño, pero nada, ni el mundo ni nuestra alma, nos pueden distraer del servicio que da sentido a nuestra vida.
Una cosa es el sufrimiento que todo ser humano ha de padecer -a veces de forma sobrecogedora, o digna de imitar- y otra cosa es mirar desde la Cruz, como Jesús, al Padre y a los seres queridos, que en su caso estaban representados por María y por San Juan.
La cruz no es un accidente ni un obstáculo en el camino espiritual. Todo ser humano necesita una seguridad plena en su relación de amor, por eso un niño llora, se queja y se desespera hasta que siente la voz, el abrazo, la caricia y el rostro de su madre. Tomar la cruz, para ti y para mí, significa algo muy concreto y preciso en relación con el prójimo, un verdadero pacto que no sólo nos une, sino que abre el corazón de ambos a la confianza y la voluntad de nuestro Padre celestial.
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Hay un personaje literario cuya historia revela con una claridad extraordinaria la necesidad humana de una seguridad plena en el amor. Se trata de Heathcliff, de Cumbres Borrascosas, la famosa novela escrita por Emily Brontë en 1847.
Él nos muestra qué ocurre cuando el corazón humano no recibe la seguridad afectiva que necesita y cómo toda su vida queda marcada por esa carencia.
Heathcliff llega al seno de una familia como un niño abandonado, sin nombre, sin origen, sin pertenencia. Su corazón nace en un mundo sin sostén afectivo. La única seguridad que encuentra es Catherine: ella es su hogar, su identidad, su refugio. Para Heathcliff, Catherine no es solo un amor romántico: es la única certeza de su existencia. Ella es: la que lo reconoce, la que lo afirma, la que le da un lugar en el mundo.
Cuando Catherine decide casarse con otro hombre, Heathcliff experimenta una ruptura interior semejante a la de un niño que pierde su único sostén afectivo. No pierde solo a la mujer que ama: pierde la única seguridad que tenía para existir.
Su vida se convierte en un intento desesperado de recuperar esa seguridad perdida. De este modo, se vuelve cruel, más por desesperación afectiva que más que por maldad. Su violencia nace de un corazón que nunca tuvo un lugar seguro donde descansar. Esta brillante novela muestra que sin seguridad afectiva, el amor se vuelve posesión, el deseo se vuelve obsesión, y además, la identidad se desmorona.
En su vejez, Heathcliff confiesa que toda su vida ha sido una búsqueda de Catherine, no por pasión, sino por profunda necesidad de seguridad; de manera que su muerte es un acto de rendición: solo en la unión con ella -más allá de la vida- encuentra la seguridad que nunca tuvo.
De manera semejante, si llevamos todo sufrimiento en nombre de Cristo, se transformará en cruz, en seguridad y redención para el prójimo, que podrá anticipar en nuestra vida limitada y mediocre lo que es el amor de Dios Padre.
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San Ignacio de Antioquía, que sucedió a San Pablo en el gobierno de la iglesia de esa ciudad, al sur de la actual Turquía, vivió una experiencia muy semejante a la de los apóstoles. Cristo le reveló interiormente que debía ir hacia el martirio, y esa revelación fue una purificación, transformación y configuración de su corazón, igual que en vemos en el texto evangélico de hoy.
Dice de él San Ireneo de Lyon:
Y por esto, también la aflicción es necesaria para los que se salvan, para que algunos, al ser despedazados y amasados, por la paciencia, con el Verbo de Dios y horneados al fuego, sean dignos del banquete del Reino, como dijo uno de los condenados al testimonio (dado) a Dios ante las fieras: «yo soy trigo de Dios y soy despedazado por los dientes de la fieras para ser encontrado cual pan puro de Dios» (Adversus haereses).
Ignacio ya había vivido una vida entregada, llena de dificultades y esfuerzos para superar las divisiones y conflictos que infestaban las comunidades cristianas, escribiendo, exhortando y sirviendo a todos de forma conmovedora e incansable. Pero llegó lo que sospechaba en su interior: se le pedía más, ir a Roma para morir allí devorado por las fieras, como así ocurrió en tiempos del emperador Trajano, debido a su valiente testimonio, que hacía temblar a los poderosos y a los pecadores.
Por supuesto, sufrió una angustia y un temblor difíciles de imaginar, pero aceptó que esa forma de ofrecer su vida sería aún más fecunda que todos sus escritos, llenos de fuego y sabiduría. Hoy, en la Primera Lectura, también Jeremías manifiesta cómo fue empujado, sin poder resistirse, a perder la fama y vivir en continuo peligro de muerte, animado por una gracia que le permitió llegar hasta el final de su misión. A esa misma purificación, transformación y configuración del corazón anima hoy San Pablo a los romanos:
No se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
El mundo y el pensar “como los hombres”, nos llevan a la falsa prudencia, al amor incompleto que sintió Pedro cuando intentó convencer a Cristo de no ir a Jerusalén. Pero la confianza que nos muestra Jesús, y sobre todo su testimonio personal, nos muestran lo que en verdad es bueno, agrada y es perfecto ante Dios Padre.
Como muestra el siguiente Capítulo de San Mateo, “seis días después” el Maestro dio otro signo sublime de confianza a Pedro, Santiago y Juan, haciéndoles testigos de su Transfiguración. Ojalá estemos atentos a los signos que íntimamente y en comunidad, recibimos de su inquebrantable seguridad en que vayamos pasando de verdaderos pecadores a verdaderos santos.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











