
Evangelio según San Juan 20,1-9
El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Memorias de un centurión
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 05 de Abril, 2026 | Domingo de Resurrección
Hch 10: 34a.37-43; Col 3: 1-4; Jn 20:1-9
Me llamo Julius Longinus, hijo de un veterano de Siria, y he servido en la cohorte durante doce años. Nunca olvidaré aquella noche. He vigilado puertas, campamentos, prisioneros… pero jamás pensé que custodiaría una tumba.
Los sacerdotes del Templo llegaron al amanecer del día anterior, agitados, casi temblando. Decían que el cadáver de un tal Jesús de Nazaret -un predicador ejecutado por sedición- debía ser vigilado. Temían que sus discípulos lo robaran y proclamaran que había resucitado. Para nosotros era un encargo extraño, pero no el más absurdo que Roma ha recibido de los locales.
Sellamos la piedra con el sello oficial. Revisé personalmente la cuerda y la arcilla. Nadie podría moverla sin que lo notáramos.
La noche llegó fría. El aire olía a tierra húmeda y a olivos. Mis compañeros murmuraban para mantenerse despiertos. Yo me apoyé en la lanza, atento a cualquier ruido. Todo estaba en silencio, demasiado silencio para las afueras de Jerusalén.
Entonces ocurrió. No sé describirlo sin que parezca locura. No fue un temblor normal: el suelo vibró como si algo desde dentro de la tierra quisiera salir. La piedra -una roca que requería varios hombres para moverla- se desplazó como empujada por una fuerza invisible. La luz nos envolvió; no era fuego, ni antorcha, ni relámpago. Era… otra cosa. Blanca, viva, imposible de mirar de frente.
Sentí que mis piernas cedían. No por cobardía, sino por algo más profundo: una mezcla de temor y de certeza, como si la verdad misma se hubiera abierto ante nosotros.
Recuerdo haber caído al suelo. Mis manos temblaban. Oí a uno de mis compañeros gritar, pero su voz se perdió en el estruendo. Cuando la luz se disipó, la tumba estaba abierta. Vacía.
No había señales de lucha, ni huellas, ni cuerdas rotas. Solo el sudario, cuidadosamente doblado. Ningún ladrón haría eso. Ningún hombre podría mover la piedra así. Ningún engaño podría producir aquella luz.
Corrimos. No por miedo a los discípulos, sino por miedo a lo que habíamos visto. Los sacerdotes nos ordenaron callar y repetir una historia distinta. Nos pagaron bien. Pero el dinero no borra lo que mis ojos vieron.
Desde entonces, cada amanecer me pregunto si aquel hombre, Jesús, era realmente quien decía ser. Y si lo era, entonces no custodiábamos un cadáver, sino algún mensajero que el mundo aún no comprende.
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Y ¿cuál es mi recuerdo de la Resurrección de Cristo? Irónicamente, aunque estoy bautizado, a pesar de haber realizado esfuerzos para ser fiel al Maestro… puede ser que el sabor de la Resurrección en mi memoria y en mi corazón se parezca a lo que sentía el centurión: Aún no he abrazado del todo su mensaje, todavía vivo como si su Resurrección no tuviera relación con lo que cada día hago, desde que abro los ojos hasta el fin del día.
Sin embargo, es algo común entre personas mínimamente sensibles que los sucesos importantes en la vida de aquellos a quien se ama, tienen una influencia poderosa en la propia vida. A veces, se trata de una tragedia que nos marca para siempre con un dolor profundo. Pero, en ocasiones, ser testigos de un evento feliz en un ser querido, como puede ser un éxito profesional, o la llegada al mundo de un hijo suyo, o la recuperación definitiva de una enfermedad, son más importantes que cualquier cosa que pueda suceder a la propia persona.
Eso sucede, por ejemplo, cuando alguien ve llegar su primer nieto, lo cual puede tener tal impacto en la familia, que las posibles diferencias o distancias desaparecen y los abuelos centran su vida en el pequeño que acaba de nacer.
Esto debería ser un indicio de cómo la Resurrección que celebramos hoy, hecho histórico, tenga un poderoso efecto en nosotros y marque nuestras vidas.
► Al igual que le sucedió a María Magdalena, a Julius Longinus y a los discípulos, ha de crear en nosotros una confianza que es imposible tener sin haber oído de la Resurrección.
En efecto, el miedo a la muerte, “al final”, incluso a los signos de envejecimiento y debilidad que hacen prever nuestra muerte, tienen un poder que siempre está presente en el ser humano. Hoy, por ejemplo, en nuestras sociedades modernas, hay síntomas como la obsesión por la salud, el culto al cuerpo (siempre joven, para “negar” la muerte), la búsqueda compulsiva de experiencias (“vivir intensamente” como sustituto de “vivir con sentido” )…
Algo muy común es la hiperactividad y la productividad, como anestesia), de modo que el ritmo frenético de trabajo y consumo funciona como un mecanismo de distracción. En realidad, la persona teme detenerse porque teme encontrarse con su finitud.
Para el cristiano que contempla a Cristo Resucitado, sobre todo en los momentos difíciles, cuando todo parece perder sentido, se hace verdad que la esperanza en los frutos de quien quiere servir como Cristo, tiene un carácter indestructible: ¿Dónde está muerte tu victoria? (1Cor 15: 55).
► Si nos fijamos en que la Resurrección es obra de nuestro Padre celestial, al seguir a Cristo también podemos estar seguros que Morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre (Rom 6: 4). Eso nos abre no sólo a una esperanza futura de vivir plenamente unidos a nuestro Padre, sino a ir siendo cada vez más conscientes de su cuidado, de su perdón, a pesar de nuestra mediocridad, dudas, inconsistencias y pecados.
► La muerte y la cruz de Cristo y las nuestras, cobran sentido. Hay una unidad y -como suele decirse- no hay gloria sin cruz, pero también conviene leerlo al revés: No hay cruz sin gloria.
Una vez, un joven preguntó a su maestro espiritual: ¿Cómo podemos vivir plenamente? Y el maestro respondió: Prepárate para la muerte. El joven preguntó con ansiedad: Y ¿cómo podemos prepararnos para la muerte? Y el maestro respondió: Viviendo plenamente.
De modo que vida y muerte no son dos realidades separadas. Vivimos muriendo a nosotros mismos y, cuando morimos, vivimos. Si no vivimos plenamente ahora, no tiene sentido hablar de la plenitud de la vida después de la muerte. Podemos experimentar cada día que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12: 24).
► De forma inesperada, en contra de nuestras muchas experiencias, de lo que dice la historia, de lo que yo puedo imaginar…la Resurrección que hoy celebramos nos dice que el mal y la muerte siempre pueden ser vencidos y -sobre todo, no lo olvidemos- de forma imprevisible para nuestro limitado entendimiento. Así ocurre en la Pasión, cuando para todos está claro que el esfuerzo de Cristo es en vano y que sus seguidores han perdido el tiempo y han arriesgado la vida inútilmente.
Eso explica por qué, en el momento de mayor angustia e impotencia en la Cruz, Jesús grita: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Lo más imprevisible, lo más conmovedor y hermoso es que, ante Cristo Resucitado, tengo la seguridad de que puedo morir a mi egoísmo, lo cual puede ser en verdad sorprendente para los demás y para mí. Es una prueba de que he sido perdonado, de que Cristo desea contar conmigo.
Por eso, en la Primera Lectura leemos: De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.
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Todo lo anterior debe llevarnos no sólo a una creencia intelectual en la Resurrección, sino a tenerla presente en el corazón, como recordamos los momentos felices vividos con una persona querida: son más que datos, más que imágenes, aromas o sonidos… se trata de una realidad en nuestro corazón que auténticamente nos sujeta y nos impulsa ahora.
Un cristiano puede afirmar: Sí, Cristo resucitó, del mismo modo que afirma que Roma cayó en el año 476. Pero eso no cambia la vida. Creer intelectualmente no sana heridas, no exige, no transforma ni nos envía.
Sin embargo, se puede encarnar la Resurrección, como literalmente dice hoy San Pablo: Si ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios(Col 3: 1).
Hay un encuentro personal con Jesús Resucitado, como le ocurrió a la Magdalena, que oyó pronunciar su nombre, o a los discípulos de Emaús, que comieron con Él, o a Tomás, que tocó sus llagas. Nuestro encuentro con Él, el tuyo y el mío, no tiene por qué ser físico, sensible, pero es igualmente real, nada imaginario o ilusorio. Es su presencia, especialmente en los seres humanos, que necesitan de nuestra ayuda para sentirlo y comprenderlo de forma que se sientan consolados y apreciados.
De manera que, el sentido de nuestro encuentro con Jesús Resucitado tiene las mismas características y el mismo mensaje que sus encuentros con todas las personas que le vieron después de salir del Sepulcro: Ahora me ves, pero voy a desaparecer y te dejo a ti la misión que he estado realizando; pero no te dejaré, estaré siempre cerca, para darte el consuelo que necesitas y la luz que necesites.
Eso produce en nosotros una paz que bien puede llamarse Beatitud y una responsabilidad profunda y siempre renovada sobre nuestro prójimo, lo cual nos provoca una Aflicción aguda y nos transforma. De manera que todos los encuentros que tenemos con Jesús, en la Eucaristía, en la Palabra, en la vida del prójimo que me interpela -con o sin palabras- o en los eventos que tal vez los demás no consideren relevantes, son encuentros con Cristo, pero no lo olvidemos: con Cristo Resucitado.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











