Transformarse en un Templo

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 7 de Marzo, 2021. | Tercer Domingo de Cuaresma.

Éxodo 20: 1-17; Primera Epístola a los Corintios 1: 22-25; San Juan 2: 13-25.

Cristo es un poeta que nos habla con imágenes nuevas y sorprendentes de Dios Padre, de nuestra naturaleza y de nuestra relación con la Santísima Trinidad.

No debemos quedarnos simplemente en una admiración superficial de su vida y sus palabras. Estas imágenes y analogías, que la gente de su tiempo podía comprender, se dirigen también a nosotros; transmiten un mensaje esencial y nunca son superfluas.

Hoy nos dice que Él es un Templo. Más adelante, San Pedro nos lo recordará diciendo que Jesús es la Piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida por Dios y preciosa para él (1Pe 2, 4).  E inmediatamente después, nos dice: También ustedes, como piedras vivas, están siendo edificados en una casa espiritual para ser un sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1Pe 2, 5).

¿Adónde quiere llevarnos con esta metáfora arquitectónica? Otras veces el Evangelio nos dice que formamos parte del cuerpo de Cristo (1 Cor 12, 27), pero podemos tener la impresión de que una piedra no transmite la misma idea de vida, de unidad, que las partes de un cuerpo vivo. De hecho, todos recordamos cómo la Biblia nos habla con dolor de lo que significa tener un corazón de piedra, como nos dice Ezequiel: Quitaré de ti tu corazón de piedra y te daré un corazón de carne (Ez 36, 26).

En primer lugar, cuando Cristo dice que Él mismo es un Templo, está indicando algo que en Jerusalén era fácil de entender: el Templo es un lugar destinado a crear una atmósfera y realizar acciones que nos unan a Dios y, por tanto, también un espacio privilegiado donde el acto de Dios se hace sentir en el silencio y en la palabra orante. Por eso, ante el espectáculo de codicia y negocios rapaces que se abría ante sus ojos, Jesús decidió tomar un látigo y poner fin a esta situación de dolor y escándalo.

De hecho, la actitud de los vendedores y de las autoridades religiosas que se aprovechaban de los peregrinos era la imagen más clara de la hipocresía, en este caso traducida en un aparente deseo de servir a los demás, cuando en realidad lo que se busca es aprovecharse de sus vidas.

Esta hipocresía era tan grave porque atacaba el deseo más profundo del ser humano: servir con alegría a Dios y al prójimo.

Hay que entender la dureza e insensibilidad de los comerciantes y de las autoridades del Templo desde el contexto de la época de Jesús.

Una vez que los peregrinos llegaban a la cima del Monte de los Olivos, se encontraban con una magnífica vista panorámica de la ciudad santa, a sólo una milla de distancia. Al frente de su vista estaba el enorme templo de Jerusalén, el centro de la vida nacional y religiosa de Israel. Allí era donde Dios había elegido morar, según las Escrituras hebreas; allí se podían hacer sacrificios para el perdón de los pecados; allí se podía escuchar a los principales maestros del país; allí se reunían los peregrinos por decenas de miles, especialmente en la época de la Pascua, para cantar y rezar al único Dios verdadero. Para el judío devoto, llegar a la cresta del Monte de los Olivos y contemplar el templo de Dios debía despertar extraordinarios sentimientos de orgullo nacional y de reverencia espiritual.

Para el judío, el Templo representaba la majestuosa presencia de Dios. Es mejor pasar un día en sus atrios que mil en otro lugar. Es mejor incluso ser un simple portero aquí que habitar en las tiendas de los impíos (Salmo 84).

El cuerpo de Jesús, crucificado y resucitado, es el Templo. Pero varias veces en el Evangelio, Jesús se identifica, sin palabras, con el Templo. En efecto, lo hace cada vez que otorga el perdón divino a las personas.

En el judaísmo del primer siglo, sólo los sacerdotes del templo podían pronunciar el perdón y, aun así, sólo después de haber ofrecido el sacrificio correspondiente. Por eso, después de que Jesús perdonara a la prostituta en casa de Simón el fariseo, los invitados murmuraron: ¿Quién es éste, que incluso perdona los pecados? (Lc 7,49). Jesús concedía el perdón cada vez que alguien se acercaba humildemente a él. Actuaba como un templo vivo y en movimiento. Este es el Templo, como dijimos antes: un lugar, un espacio donde la relación de Dios con el hombre es más evidente, más íntima, en particular, donde se encuentra el perdón.

¿Y qué tiene que ver esto con cada uno de nosotros?

También nosotros entramos y nos convertimos en el templo de Dios: Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo en ustedes (Cor 6, 19).

El templo que somos es la morada de la Santísima Trinidad. Las personas divinas no “nos visitan”, sino que habitan en cada uno de nosotros. La condición que pone Jesús para ello es bien conocida: Si alguien me ama, guardará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 23).

Y no por casualidad, la Primera Lectura de hoy se refiere a los Mandamientos. Abordaremos este punto más adelante.

En segundo lugar, el significado de ser la morada de la Santísima Trinidad es que ellos no dejan de estar activos, día y noche, inclinando nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestra compasión natural hacia el corazón del Padre. Esto debe hacernos comprender por qué es necesario, por nuestra parte, mantener un estado permanente de oración, descubrir lo que significa estar en continua oración en todos los momentos de la vida.

Por otra parte, todos necesitamos adorar y el templo significa el lugar de adoración y sacrificio.

El sacrificio no es un concepto de las culturas antiguas, ni exclusivo de las religiones. Todos adoramos algo o a alguien, por quien estamos dispuestos a dar cualquier cosa. Desde la persona que da su vida y pone en riesgo su salud por sus hijos, hasta la que pierde su trabajo por su adicción a alguna sustancia. Conscientemente o no, todos ofrecemos sacrificios a aquello que es objeto de nuestra adoración.

Tanto si lo interpretamos simbólica como literalmente, para que se produzca un sacrificio son necesarios tres elementos: el sacerdote, el altar y la víctima del sacrificio. Esto es precisamente lo que se dice de Cristo en el Prefacio V de la Pascua. Y por eso el Bautista dio testimonio: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1,36). La gran novedad que nos aporta Cristo es precisamente ésta, que nuestra necesidad de ofrecer un sacrificio puede ser satisfecha en cada instante, sin necesidad de acudir a ningún lugar concreto y de la forma más completa: la ofrenda de nosotros mismos, de nuestra vida. Esto es fácil de decir, pero sólo con Él podemos hacerlo realidad en nuestra vida. Así se comprende que Cristo es realmente un Templo y que cada uno de nosotros puede serlo también.

A la mujer samaritana que le preguntó a Jesús el lugar donde se adora al Señor, Él le respondió: Créeme, mujer, llega la hora en que ustedes adorarán al Padre, pero eso no será en este monte ni en Jerusalén. Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esa es la clase de adoradores que el Padre quiere (Jn 4,21-24).

En la novela de Charles Dickens Historia de dos Ciudades, el clímax llega cuando una familia se encontraba en graves problemas. El marido estaba a punto de ser ejecutado durante el Reinado del Terror (La Terreur) en París, y el hombre que amaba a la esposa del héroe tenía el extraño don de ser prácticamente idéntico en apariencia al condenado. Si el héroe hubiera muerto, tal vez este personaje habría tenido la oportunidad de cortejar a la esposa del muerto. En lugar de ello, sustituyó al héroe, mediante engaños, convirtiéndose así en el propio héroe. Fue a la guillotina y murió en lugar del otro con las palabras: Es mucho, mucho mejor esto que hago, que lo que jamás he hecho. En este relato se ve el tipo de amor que es gozoso, sacrificado y completo. Al encarnarse, al tomar un cuerpo, Jesús transformó el nuestro y su alma, la morada de nuestro espíritu, en oración.

Una conclusión inmediata: ¿Dónde encontramos a Dios cada día? A través de los acontecimientos cotidianos de nuestra vida, especialmente en la relación con nuestros semejantes, en sus necesidades y aspiraciones.

Parece oportuno recordar ahora el mensaje de la Primera Lectura.

Los diez mandamientos pueden parecer, a un observador poco reflexivo o superficial, una lista de prohibiciones… que suscitan un sentimiento instintivo de rechazo.

Pero no son normas legales impuestas por alguien que no está obligado a justificar sus órdenes. No hay ninguna sanción. Sólo hay una promesa de bien para los que honran al padre y a la madre. Para que tengan una larga vida en la tierra que el Señor les ha dado.

Es simplista y mundano presentarlos como meros preceptos sobre los que, un día, todo hombre será juzgado y podrá recibir un castigo. Quien no escucha la voz de Dios está llamado a darse cuenta de que hoy está arruinando su vida y dañando también la de los demás. Es hoy cuando Dios, como padre amoroso, se dirige a su hijo y le recuerda sinceramente: He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición, elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia (Dt 30,19).

Si queremos no tener ídolos, ser verdaderamente libres y no esclavos de la sabiduría o del poder del mundo, como dice San Pablo en la Segunda Lectura, debemos ser fieles a la enseñanza de los Diez Mandamientos. Los cuatro primeros se centran en nuestra relación con Dios: No tendrás otros dioses aparte de mí, No harás ídolos, No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano, Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Estos cuatro mandamientos son el punto de partida. Siendo fieles a ellos estaremos preparados para obedecer los seis restantes, que se refieren a nuestra relación con el prójimo. Jesucristo, después de darnos el ejemplo de su vida, pudo ser aún más explícito: Como yo les he amado, así deben amarses los unos a los otros (Jn 13, 34).

Una consideración puramente moralista y legalista de los Mandamientos conduce a la autosuficiencia y al pecado de omisión, que inevitablemente acompaña al de comisión, porque nos volvemos ciegos y sordos a la voz de Dios, que siempre nos pide algo nuevo.

El precepto del amor no sólo es la síntesis de todos los mandamientos, sino que abre infinitos horizontes y posibilidades. Ninguno de los mandamientos obliga a amar al enemigo, ni a perdonar sin condiciones, pero la ley del amor lo exige. Reclama una atención constante a los hermanos, una generosidad sin límites. El esfuerzo permanente (no sólo en los momentos “críticos”) por imitar a Jesús en su forma de amar, pensar, desear, hablar y actuar, es lo que llamamos Espíritu Evangélico.

El gesto de Jesús en el texto evangélico de hoy no equivale a una simple corrección de los abusos, sino al anuncio de un nuevo culto: La religión pura e irreprochable consiste en socorrer a los huérfanos y a las viudas en su necesidad y en guardarse de la corrupción del mundo (Santiago 1,27).

Ahora queda claro: el único sacrificio aceptable para Dios es la entrega de la vida; son las obras de amor, el servicio desinteresado prestado a las personas, especialmente a los más pobres, los enfermos, los marginados, los hambrientos y los desnudos. Quien se inclina ante un hermano para servirle, realiza un gesto sacerdotal: unido a Cristo, templo de Dios, que eleva al cielo el dulce aroma de una ofrenda pura y santa.

Las manifestaciones religiosas responden a una profunda necesidad humana: celebrar con gestos y signos sensibles, individualmente y en comunidad, aquello en lo que se cree. La verdadera fe es aceptar convertirse, con él, en las piedras vivas del nuevo templo y en sacrificar la vida por los hermanos.

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