¿Qué tiene de malo ser un pollito?

Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes

New York, 17 de Mayo, 2020. VI Domingo de Pascua.

Hechos de los Apóstoles 8: 5-8.14-17; 1 Pedro3: 15-18; San Juan 14:15-21.

La experiencia nos enseña poco a poco que la victoria en la vida cristiana no es sólo eliminar un pecado aquí y otro allá, sino más bien llenarse del Espíritu de Dios.

Así es la vida mística, en la que el Espíritu Santo toma el timón, y de nosotros se espera fidelidad en la vida ascética, en aferrarse al rumbo marcado y no perder el tiempo y la energía mirando a otra parte, a lo que no tiene nada que ver con el reino de los cielos, sea moralmente bueno, neutro o negativo.

Una persona verdaderamente espiritual, sosteniendo un vaso vacío, preguntó a la audiencia: Díganme, ¿cómo puedo sacar el aire de este vaso? Un hombre dijo: Aspirando con una bomba. Él respondió: Eso crearía un vacío y rompería el cristal. Después de muchas sugerencias imposibles, sonrió, tomó una jarra de agua y llenó el vaso. Ahora, dijo, se ha eliminado todo el aire.

A menudo llevamos vidas mediocres, como un vaso lleno sólo de aire, sin darnos cuenta del potencial que hay en nosotros y terminamos en la frustración y el fracaso porque ignoramos el poder que Dios nos ha dado a través del Espíritu Santo. En el Evangelio de hoy, los discípulos están angustiados por el anuncio de la partida de Cristo. No podían imaginar, como nosotros, el alcance y el poder del Espíritu para cambiar nuestras vidas, que sin Él serían muy diferentes.

Se cuenta una vieja fábula sobre un águila adoptada. Un granjero, un día encontró un huevo de águila. Se lo llevó a casa y lo dejó empollar junto con los otros huevos de gallina. El aguilucho empezó a crecer con los otros polluelos. Empezó a comer gusanos, picoteando aquí y allá como los otros pollitos. Pero nunca aprendió a volar como un águila. Un día mientras buscaba comida en el suelo, vio un águila volando majestuosamente en lo alto del cielo. Mientras el aguilucho admiraba la grandeza del águila, los otros polluelos vinieron y le dijeron: Mira, esa es el águila, el rey de los pájaros. Tú y yo somos pollos. No podemos volar como el águila.

Esta pequeña historia nos enseña que la dificultad de caminar sin estar atento al Espíritu es más que un problema moral. Nuestra propia naturaleza está herida. Podemos elegir ser un pollito, incluso un pollito ejemplar, pero… algo importante, esencial, se está perdiendo.

La Primera Lectura presenta un ejemplo de cómo los primeros cristianos vivieron esta experiencia y acogieron la inspiración del Espíritu Santo. La pequeña comunidad cristiana comenzó a ser perseguida en Jerusalén, y el blanco de la persecución fueron los helenistas, como el diácono Felipe. Así que decidió dirigirse al norte, a Samaria, donde su ejemplo y su predicación dieron los primeros frutos de curación y conversión. El Espíritu Santo hace milagros en quienes creen y se convierte en una fuente de fuerza espiritual en medio de ellos. Si somos humildes y estamos atentos a los signos del Espíritu, podremos decir con San Agustín que los milagros no son contrarios a la naturaleza sino sólo contrarios a lo que sabemos de la naturaleza.

La joven comunidad de Jerusalén estaba muy atenta a los signos, por lo que Pedro y Juan fueron a Samaria y continuaron la evangelización iniciada por Felipe. En esta Primera Lectura, San Lucas nos dice sucintamente que los samaritanos sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. De esto podemos aprender al menos dos lecciones: que el apostolado es ciertamente una tarea compartida, comunitaria, ya que requiere, tarde o temprano, la confirmación y el testimonio de una comunidad, y que el Espíritu Santo, prometido por Jesucristo, está siempre activo y su presencia toma muchas formas, requiriendo de nosotros una continua atención a sus signos, que se dan en la vida de las personas, especialmente de las que están cerca de nosotros.

Pero el texto del Evangelio de hoy se refiere a un asunto delicado, algo que nos hace perder las pistas que el Espíritu nos ofrece. Todos somos víctimas de muchas formas de ansiedad e impaciencia, con Dios y con nuestro prójimo. Literalmente, Jesús afirma sobre el Espíritu Santo que el mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce.

Esta impaciencia todavía va más allá de lo que normalmente sufrimos (que ya es algo notable…) en nuestras actividades diarias. Generalmente, hablamos de paciencia/impaciencia con una perspectiva individualista, tanto en las conversaciones informales como en el análisis de las emociones.

La paciencia se entiende generalmente como la capacidad de aceptar o tolerar el retraso, la dificultad o la molestia sin enojarse o molestarse. Cada día, todos nosotros, vemos la impaciencia surgir en nosotros. Las manifestaciones pueden ser muy diferentes, pero debemos reconocer que afectan a todos nuestros pensamientos, nuestros estados de ánimo y nuestro comportamiento.

Y eso ocurre todo el tiempo: cuando estamos atascados en el tráfico o en una larga fila, cuando se trata de aprender nuevas habilidades, cuando tenemos que escuchar a alguien que se toma lo que parece ser un tiempo interminable para explicar algo sencillo… La impaciencia surge cuando las personas o nuestro entorno, o nosotros mismos no se ajustan a nuestras expectativas. En particular, un discípulo de Jesús debe recordar las palabras de San Pablo: Todo el que pertenezca a Cristo Jesús y quiera vivir justamente tendrá problemas con los demás (2 Tim 3:12).  La impaciencia es un rechazo de ver las cosas como son, un rechazo de la realidad.

Generalmente, las personas bien intencionadas y dispuestas guiar a los demás, nos recuerdan que la impaciencia produce un estrés increíble, aliena a las personas que nos rodean y distorsiona nuestra capacidad de disfrutar y apreciar la vida.

Pero hay más. La impaciencia es una de las consecuencias más poderosas y frecuentes de nuestra falta de esfuerzo para canalizar nuestro instinto de felicidad. Y la peor consecuencia de nuestra falta de paciencia es que no nos permite escuchar ni al Espíritu Santo ni a las personas que nos rodean. La impaciencia hace imposible la unidad… y nuestra oración se supone que es unitiva.

La paciencia implica mucho más que la mera capacidad de contenerse con el fin de obtener alguna ganancia futura. El ejercicio de la paciencia (note el uso del verbo ejercer) puede compararse con el cultivo de un jardín. El esperar es un elemento necesario, pero también hay que recordar que no se está solo. El sol, la lluvia, la tierra, todos participan en la vida de las plantas.

Así, cuando se trata de nuestro prójimo, la paciencia no equivale a una mera contención o tolerancia, sino a un compromiso explícito con su lucha y aspiración, en su búsqueda más o menos consciente de la perfección. En ese sentido, la paciencia es una forma de compasión que, en lugar de despreciar y alienar a las personas, las convierte en amigos, hermanos y tal vez aliados.

En el libro Siddhartha de Herman Hesse, el protagonista, Siddhartha, dice: cuando tiras una piedra al agua, encontrará el camino más rápido al fondo del agua. Lo mismo ocurre cuando Siddhartha tiene un objetivo, una meta. Siddhartha no hace nada; espera, piensa, ayuna, pero pasa por los asuntos del mundo como la piedra a través del agua, sin hacer nada, sin revolverse; es atraído y se deja caer. Se siente atraído por su meta porque no permite que nada entre en su mente que se oponga a su meta… todos pueden alcanzar su meta, si pueden pensar, esperar y ayunar.

El Evangelio nos enseña hoy que, en nuestro esfuerzo por seguir a Cristo, el Espíritu está a nuestro lado, nos consuela cuando lo pedimos, nos ayuda en los momentos difíciles, y habla en nuestro nombre cuando estamos en necesidad. Jesús no sólo ha enseñado el camino. Él ha transmitido su Espíritu, su fuerza para alcanzar la meta. El Espíritu Santo es como la fuerza de gravedad invencible en la historia de Siddhartha y su empuje es lo que hace posible nuestra paciencia.

De hecho, en el Evangelio de hoy, Cristo llama al Espíritu Santo el Paráclito. Es una palabra tomada del campo forense. A veces, cuando un acusado no podía probar su inocencia, el Paráclito era algún ciudadano conocido por su conducta impecable y justa, que se colocaba al lado del acusado y su sola presencia era suficiente. Sin pronunciar palabra, se levantaba e iba a ponerse a su lado. Este gesto equivalía a una absolución. Nadie se habría atrevido a pedir una condena. Este defensor se llama el paráclito, es decir, el que es llamado al lado de otro que se encuentra en dificultad. La presencia y el acto del Espíritu Santo nos ayuda en nuestra batalla contra el mundo, que es contra las fuerzas del mal.

Pero la realidad cotidiana está llena de personas que abandonan su fe, por falta de acompañamiento, de ejemplo o por las apremiantes exigencias de la vida. Hay muchos religiosos que se ven superados por el desánimo y los problemas psicológicos o los viejos vicios. Muchas de estas personas se preguntan qué es lo que hicieron mal y por qué Dios no les escucha. ¿Cómo podemos ayudarles a ser pacientes, a saber cómo resistir?

¿Dónde está Dios? Este es el grito universal del hombre. Es el grito de un huérfano. ¿Qué respuestas podemos dar? ¿Podemos dar nuestras razones para la esperanza que tenemos, como Pedro nos dice en la Primera Lectura? Sólo tenemos que acudir a lo que Jesús nos dice hoy en el Evangelio: que el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad. Esta es la segunda forma en que lo nombra, además de Paráclito.

El Espíritu de la Verdad no nos muestra una verdad doctrinal o intelectual, sino la Verdad en el sentido evangélico, que es Cristo mismo. Su manera de mostrarla es recordándonos las bendiciones que hemos recibido.  En pocas palabras, en los malos tiempos, recordar los buenos tiempos; no por nostalgia o añoranza, sino para darse cuenta de que Dios siempre ha estado a mi lado, sobre todo perdonándome, encontrando una nueva forma de caminar a mi lado y confirmándome en mi modesta misión. Es nuestro deber permanecer abiertos al impulso del Espíritu que siempre revela cosas nuevas.

Por supuesto, aprender esto lleva tiempo; somos discípulos y nos hacemos cada vez más sensibles a la presencia activa de Dios.

Podemos constatar que, de lo que nos parecen los acontecimientos más difíciles, se sacan los mayores frutos. Muchos de nosotros, debido a la enfermedad, nuestros fracasos y nuestras ambiciones de poder y comodidad, nos hemos vuelto más realistas con la vida y más compasivos con los demás.

Cuando se tiene que tratar con personas confundidas, solitarias y heridas, no se puede tocar sus corazones sólo con información. Pero cuando te sinceras con ellos y compartes tu propio dolor, frustración y sentimientos de fracaso, tu honestidad los motivará a abrir sus corazones también. A partir de tu propia fragilidad y vulnerabilidad serás capaz de impartirles la vida, porque estás compartiendo una parte de ti mismo y no sólo algo que leíste en un libro. Serás capaz de darles esperanza, porque el Padre te ha guiado a través de tu noche oscura y te ha llevado a lo más profundo de tu corazón como nunca lo habías hecho.

Esto es lo que le sucedió a Felipe: a causa de la persecución que comenzó en Jerusalén, viajó a Samaria y recogió frutos que nadie hubiera soñado. Jesús ya lo había anunciado: Ustedes harán cosas más grandes que yo. Nuestra esperanza y paciencia se basan en nuestra experiencia pasada de su amor. Entonces seremos capaces de soportar nuestras pruebas y sufrimientos de forma positiva y con confianza, sabiendo que en cada sufrimiento hay una razón, un significado y una bendición.

Y es un pecado contra el Espíritu el ignorar u oponerse al viento que, a veces como una brisa y otras veces como un huracán, trae la renovación y aumenta la alegría y la paz, que nos ayuda a orar mejor y a liberar el corazón de temores inútiles.

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