Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes
Comentario al evangelio del 26-2-2017 (VIII Domingo del Tiempo Ordinario) (Libro de Isaías 49:14-15; 1 Corintios 4:1-5; San Mateo 6:24-34)

No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. No podemos quedarnos en una interpretación pobre de estas palabras de Cristo. No es una llamada a aceptar con resignación la realidad del mal presente en el mundo y en nuestra vida personal. No es para personas abatidas y deprimidas que aceptan pasivamente y con resignación la voluntad de Dios. Tampoco es un consejo de terapeuta o de un coach para vencer el estrés o la ansiedad. Cristo nos llama a una unidad con Dios. Una llamada a todos: flemático o colérico; melancólico o sanguíneo; tú o yo.

Su conclusión viene después de observar los pájaros y las flores. La creación es obediente al Creador, a través de las leyes de la Naturaleza. Así, las plantas y los animales no viven con temor respecto a sus necesidades, sino que ponen sus vidas, voluntariamente o no, en las manos de Dios. Da igual si se trata de algo microscópico o inmenso; las partículas atómicas o las galaxias masivas del espacio exterior son obedientes. En el caso del ser humano, se trata de alinear nuestra libertad con la voluntad de Dios. Esto es un verdadero diálogo, la interacción entre vida ascética y vida mística, que se puede describir también como una danza.

En la primera lectura, Dios nos confirma su deseo de tener esa relación:

¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! 

Es algo que se repite en el Nuevo Testamento:

Escuchen, yo estoy a la puerta  llamando; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo (Ap 3:20).

¿Qué nos impide disfrutar plenamente de esta relación? En términos clásicos de la Teología, el Mundo, la Carne y el Demonio.

El Evangelio de hoy habla del Mundo, de los cuidados del mundo y la seducción de las riquezas: Amamos lo que podemos hacer, lo que podemos tener, lo que podemos ver. Reflexionemos sobre la relación existente entre Mundo, Carne y Purificación:

Muchas personas religiosas (incluidos misioneros identes) tienen la idea de que la Apatía Purificativa es poco más que estar sometidos a una “prueba” de nuestra fidelidad. Pero, imaginemos que el Espíritu santo no ejerciera ese acto de moldear y dar forma a nuestra purificación ascética ¿Cuál sería el resultado? O un sentido patológico de la purificación (masoquismo, represión, sentimientos obsesivos de culpa,…), es decir, el resultado de una simpatía por la penitencia, o un desánimo y el consiguiente abandono del esfuerzo ascético, debido a la antipatía hacia esa penitencia. Esta purificación tiene que ver especialmente con “la carne”, con nuestras pasiones.

Nos puede ayudar el entender el Vaciamiento Purificativo como el esfuerzo del Espíritu Santo por cambiar nuestras inclinaciones, quitándonos previamente el gusto y la satisfacción que tenemos por los cuidados del mundo y la seducción de las riquezas. Esto conecta especialmente con las palabras de Cristo en el Evangelio de hoy: Las necesidades que nos impone el mundo, el sufrimiento y el dolor son demasiado profundos y el atractivo de los bienes del mundo demasiado seductor para que nosotros podamos trabajar por el Reino, a menos que seamos antes transformados. Esta purificación tiene que ver especialmente con “el mundo”, con nuestro apego “estructural” a él.

Evidentemente, el ser conscientes y el aceptar la Purificación, tiene como resultado inmediato la Unión Transfigurativa, que inclina nuestra alma al cuidado de las cosas del Reino, como un perro se inclina hacia un hueso jugoso. Esta es la mejor educación del éxtasis con el mejor educador, el Espíritu Santo.

Cuando Cristo dice que pongamos nuestros corazones a disposición del Reino y todo lo demás se nos dará por añadidura, no podemos suponer ingenuamente que ese “todo” se refiere a todo lo que queremos o deseamos, sino a todo lo que él desea para nosotros, especialmente paz, unidad y libertad. A través del Espíritu Santo, esta es su respuesta a nuestro esfuerzo ascético y a nuestra aceptación de la purificación.

Por supuesto, tanto en las trampas de la carne como en los cuidados del mundo, el Enemigo intenta aprovecharse distorsionando nuestra visión y ocultando las consecuencias y el alcance de nuestras acciones, la verdadera importancia de los acontecimientos y de las cosas. Ilustremos esta horrible ceguera con un toque de humor:

Había un hombre sentado en el suelo, llorando. Le preguntaron qué había pasado y respondió: Me acabo de enterar que el hombre más rico del mundo ha muerto. La otra persona le pregunta: ¿Y por qué lloras? Tú no eres pariente suyo ¿verdad? A lo que respondió: ¡Precisamente por eso estoy llorando!

Irónicamente, suele ocurrir que las cosas sencillas de la vida son las que nos alegran: unas gotas de lluvia, un libro, un atardecer, el humo caliente de una taza de café, compartir un fuego de campamento con los amigos,…cosas que el dinero no puede comprar.

Cuando meditamos en el mensaje del Evangelio de hoy, normalmente pensamos en el dinero, pero también mordemos el anzuelo del placer, los medios sociales, el consumismo, las doctrinas “modernas”,…

Un ejemplo: nuestro uso del tiempo. No se trata de “mejorar nuestra productividad”, sino más bien de abrir nuestros corazones, de gustar y ver al Señor.

— Mi tiempo libre y de descanso ¿es simplemente la finalización de mis actividades diarias? No era ese el caso de Cristo, quien aprovechaba las comidas, los paseos, cualquier momento informal, para dar un testimonio sencillo y concreto.

— ¿Estoy esperando acabar mis estudios o una época menos ajetreada para ser un apóstol? El que espera el tiempo perfecto, nunca sembrará; y el que mira a las nubes, nunca segará (Eclesiastés 11: 4).

— ¿Soy consciente de las tareas que tiendo a aplazar o a evitar? Algunas veces, después de escuchar el Evangelio y de reconocer nuestra necesidad espiritual, retrasamos nuestra respuesta. Este es el tipo más peligroso de aplazamiento. También es torpe el aplazar la restauración de una relación deteriorada o el resolver nuestra cólera: No debe ponerse el sol sobre vuestra ira (Ef 4: 26).

En Gal 4: 4, San Pablo dice que en la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo. En todo momento estamos viviendo la “plenitud del tiempo”. Es el tiempo de Dios, no el nuestro. Si nos falta sensibilidad para comprender el valor del tiempo, estamos robando a Dios y a nuestro prójimo. Como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios, nuestros talentos, nuestro tiempo y salud están a su disposición y al servicio de nuestros hermanos, especialmente de los pobres y necesitados.

De la misma forma que decimos que el orgullo es la fuente de todas las pasiones (la Carne), podemos afirmar, con San Pablo, que la ambición es la raíz de todo mal (el Mundo). Sí; la ambición representa los cuidados del mudo y la seducción de las riquezas, como dice Jesús en la Parábola del Sembrador. Muchos líderes religiosos, políticos y de corporaciones empiezan poniendo su confianza en Dios, pero al triunfar, se hacen orgullosos y arrogantes, confiando en su popularidad, su atractivo y sus métodos. Entonces, eso se transforma en algo crónico: Hay quien todo el día codicia lo que no tiene (Prov 21: 26).

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia: El reino es la nueva vida fraterna en común, en la cual cada uno es responsable de los demás. El contraste entre la ambición del mundo y el servicio del Reino está reflejado en la parábola del rico insensato que recogió una gran cosecha y construyó más graneros para guardarla. Así lo hace y luego reposa orgulloso, felicitándose por haber asegurado su futuro; pero justo en ese momento llega la muerte. Su riqueza no le ha hecho ningún bien. No puede salvarle la vida.

Esta parábola no explica cómo esa búsqueda de seguridad afecta a los demás, pero en la historia no se dice nada que sugiera que fuese un hombre generoso, interesado en compartir su riqueza con otros. La parábola sólo habla de él, porque sólo se ocupa de sí mismo.

Poner toda nuestra atención en lo que Dios está haciendo ahora mismo; la confirmación del Motus Christi en nuestro corazón, la oración y el consuelo del Espíritu Santo, la confianza de nuestro Padre celestial, nos ayudará a enfrentarnos a cualquier situación, por dura que sea, cuando llegue el momento.

Es difícil decir todo esto de forma más elocuente que San Agustín:

Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

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