Evangelio a mano

¿Qué es un almud? | Evangelio del 8 de febrero

Publicado por 4 febrero, 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 5,13-16
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

¿Qué es un almud?

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 08 de Febrero, 2026 | V Domingo del Tiempo Ordinario

Is 58: 7-10; 1Cor 2: 1-5; Mt 5: 13-16

En un pueblo pequeño, donde el mar respiraba despacio y las casas parecían dormidas al caer la tarde, vivían dos hermanos gemelos, Tomás y Alba, que ya tenían 18 años.

Tomás salía a pescar en su pequeña barca cada día y regresaba al atardecer.

Alba trabajaba en una panadería y cada mañana, antes de que saliera el sol, encendía la vieja farola que estaba en la colina junto a su casa. Nadie se lo había pedido; simplemente lo hacía porque sabía que su hermano sonreía al regresar al puerto y ver la luz encendida. A veces el viento apagaba la llama y Tomás se burlaba cariñosamente de su hermana, pero Alba fue poco a poco mejorando la vieja farola, poniendo vidrios nuevos que la protegían del viento. Era su manera de decir a su hermano: Te espero.

Un día, una tormenta fuerte azotó el pueblo. Bastantes casas quedaron sin electricidad.

Mientras tanto, en el mar, los pescadores luchaban contra las olas; perdieron la orientación, no veían la costa y no sabían hacia dónde remar. El miedo se extendió como el frío.

La tormenta había apagado las luces del pueblo… excepto una: esa humilde farola de la colina, que Lucía había encendido antes de ir a trabajar. Esa luz, pequeña pero firme, fue lo que les permitió a Tomás y a todos encontrar el camino de regreso. Una a una, las barcas encontraron el camino de vuelta al puerto.

—ooOoo—

Esta pequeña historia podría servir como ejemplo de lo que hoy nos dice Jesús: si en verdad somos sus discípulos, somos luz del mundo, aunque no nos demos cuenta. Y tampoco nos damos cuenta del alcance de nuestra pequeña luz. Sucede que la respuesta de la Providencia no guarda proporción con nuestro esfuerzo ni con nuestros sueños. Es lo que ya anunciaba la Primera Lectura: Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

No sólo eso; la Primera Lectura también anuncia que la repuesta divina estará entonces garantizada, y a quien “no se desentiende de los suyos”, Dios le contestará: Aquí estoy. Así se produce el diálogo con las Personas Divinas, a través de acciones. Jesús lo anuncia con claridad: El que me ama, obedecerá mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y con él nos quedaremos a vivir (Jn 14: 23).

El actuar según su voluntad lleva a que Dios responda actuando en la vida del creyente: habitando, transformando, reconociendo y bendiciendo. Ocurrió así cuando aquella mujer que todos consideraban pecadora, se acerca a Cristo, se pone a su lado, llora. le unge los pies con perfume y los seca con su cabello. Es un acto de amor, arrepentimiento y entrega. Su acción habla más que cualquier discurso.

Esa mujer no pronuncia una oración formal, pero su gesto es su oración y el Maestro responde transformando su vida.

Todavía más claro; En la escena del juicio final, Jesús identifica las obras de misericordia (“dar de comer”, “visitar”, “acoger”) como acciones dirigidas a Él mismo.

Y el diálogo de acciones es este: la acción humana es servir al necesitado; la acción divina es que Jesús se identifica con ese servicio y lo recibe como si fuera para Él. Se trata de un intercambio vivo: el ser humano actúa, y Dios responde haciéndose presente en el prójimo.

—ooOoo—

Estos días, circula por Internet un informe estadístico donde se ve el decrecimiento de participación en los sacramentos y la formación religiosa en varios países tradicionalmente católicos. Ciertamente, no es una buena noticia, pero hoy Jesús no habla de cifras, pues tenía la experiencia de ser aclamado por miles de personas, que luego, en su mayoría, le abandonaron o incluso pidieron su muerte. También, en el momento de morir, pocos estaban a su lado, pero sentía cómo su vida daría un fruto imposible de medir en las personas de buena voluntad de todas las generaciones futuras.

Prefiere explicarnos la lógica de sus planes: espera que seamos una pequeña luz en la inmensa oscuridad del mundo y un poco de sal en medio de toda la corrupción y descomposición que invaden la vida de los seres humanos.

El efecto de la sal es visible: aunque las estadísticas sean sombrías, la verdad es que millones de personas tienen acceso a la unión con Dios gracias al testimonio de quienes se abrazan a la abnegación y el servicio, como sucedió a los corintios, que se vieron conmovidos por Pablo, que se dirigió a ellos no con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, como nos dice hoy en la Segunda Lectura.

Más que discursos o lecciones bien elaboradas, lo que mueve los corazones son los actos de servicio; así concluye Jesús hoy: Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Es justamente después de proclamar las Bienaventuranzas cuando Jesús nos invita a ser sal y luz, pues las Bienaventuranzas describen un tipo de persona que no domina por el poder ni se impone por la violencia y, sin embargo, transforma el mundo von la fuerza humilde de la sal y con la claridad luminosa de la luz.

Cristo hace una advertencia seria: cuidado con que la sal que somos se desvirtúe y atención a no esconder la luz bajo el almud o celemín, que era una especie de caja que servía como medida de volumen de granos y semillas.

Las imágenes que nos da Cristo son llamativas: ¿cómo se puede desvirtuar la sal, si lo que hace es preservar los alimentos? ¿a quién se le puede ocurrir poner una luz bajo una caja opaca? En realidad son sucesos poco naturales; el primero revela una actitud artificial, contraria a la naturaleza de la sal y el segundo un uso incoherente y absurdo de algo tan precioso como la luz.

֍ Cristo está usando una metáfora muy potente que sus oyentes entendían de inmediato: A diferencia de la sal refinada actual, la sal que se recogía del Mar Muerto estaba mezclada con yeso y otros minerales. Si la parte realmente salina se disolvía con la humedad, lo que quedaba era un polvo blanco sin sabor ni utilidad. A eso se refería Jesús: una sal que ya no sala. Podemos entenderlo como una fe vivida de forma superficial, rutinaria o irrelevante. Y esto ocurre, efectivamente, cuando permitimos que nuestra fe se mezcle con otras ideas o deseos que compiten por llenar nuestra interioridad.

Así sucede con muchas personas en su matrimonio, o en su vida de comunidad religiosa. La fe que podría hacerles cambiar, mantenerles en movimiento, permitirles crecer… se hace estéril porque nada puede salar la sal, nada ni nadie puede hacer crecer la fe, sino el don que recibimos del Espíritu Santo, porque Él sabe que lo vamos a acoger.

֍ No menos potente es lo que Jesús nos quiere decir al hablar de la luz que neciamente escondemos bajo el almud o celemín. Fácilmente somos capaces de cubrir la luz que hemos recibido, que puede  aportar alegría donde hay pesadez, esperanza donde hay cinismo, y humanidad donde hay indiferencia. Es llenar esa exterioridad, que necesita escucha y reconciliación de pequeños o grandes conflictos. La luz revela lo que estaba oculto, y no debemos olvidar que es la imagen predilecta del mismo Dios, con lo cual Jesús nos está confirmando que podemos ser luz, como Él.

El miedo, la comodidad, la tristeza o el cansancio, la falta de sensibilidad que produce mi ambición o la rutina son capaces de ocultar (no apagar) la luz de la fe. Si no terminamos de comprenderlo, recordemos estos ejemplos del Evangelio:

  1. El miedo ocultó la luz cuando Pedro negó a Jesús (Mt 26: 69‑75). Pedro ama a Cristo, cree en Él, pero el miedo al rechazo y al peligro lo paraliza. La luz recibida queda escondida detrás del temor.
  2. La comodidad ocultó la luz cuando los discípulos manifiestan que no quieren que Jesús vaya a Jerusalén (Mt 16: 21‑23). Cuando el Maestro anuncia su pasión, Pedro intenta detenerlo, pues no quiere complicaciones, sufrimiento ni riesgos.

La comodidad puede llevarnos a imaginar y preferir un Jesús “sin cruz”, un camino sin exigencias, y eso tapa la luz de una fe madura.

  1. La tristeza o el cansancio ocultan la luz cuando los discípulos se quedan dormidos en Getsemaní (Mt 26: 36‑46). Jesús les pide que velen con Él, pero “sus ojos se les cerraban de sueño”. El cansancio, la tristeza, el agotamiento emocional puede apagar nuestra vigilancia interior y hacer que la luz quede cubierta por tu debilidad y la mía.
  2. La ambición insensibiliza y oculta la luz en el momento de la petición de los hijos de Zebedeo (Mc 10: 35‑45). Santiago y Juan piden los primeros puestos en el Reino; la ambición y el deseo de reconocimiento distorsionan la fe; ya no ven a Jesús, sino su propio interés.
  3. La rutina oculta la luz en la vida de los fariseos que cumplen la Ley sin corazón (Mt 23: 23‑28):cumplen normas, pero sin vida interior. La fe se vuelve mecánica, repetitiva, sin amor. La rutina religiosa puede vaciar la fe de sentido, dejando la luz encendida pero encerrada en formalismos.
  4. La falta de sensibilidad espiritual se manifestó cuando los discípulos no entendieron la multiplicación de los panes (Mc 8: 15‑21) y Jesús les reprocha: ¿Tienen el corazón endurecido? Están tan centrados en lo material (el pan que falta) que no ven el signo espiritual.

Jesús les mandó: Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos, y también de la levadura de Herodes. Ellos se decían entre sí: Lo dice porque no trajimos pan. Pero Jesús se dio cuenta y les dijo: ¿Por qué discuten de que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni se dan cuenta? ¿Todavía tienen cerrada la mente? ¿Tienen ojos, pero no ven? ¿Tienen oídos, pero no oyen? ¿Acaso ya no se acuerdan? Cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántas cestas llenas del pan que sobró recogieron? Y ellos dijeron: Doce.

Y cuando repartí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas del pan que sobró recogieron? Ellos respondieron: Siete. Entonces les dijo: ¿Y cómo es que todavía no entienden?

A nosotros nos sigue ocurriendo lo mismo: la preocupación excesiva por lo inmediato nos endurece el corazón y oculta la luz que ya hemos recibido y tanto necesita nuestro prójimo.

_____________________________

En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente