
Evangelio según San Juan1,29-34
En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».
¿Se puede “quitar el pecado del mundo”?
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 18 de Enero, 2026 | II Domingo del Tiempo Ordinario
Is 49: 3.5-6; 1Cor 1: 1-3; Jn 1: 29-34
Hoy el Evangelio nos vuelve a presentar la figura del Bautista. En esta ocasión, para darnos la lección de que no es el trabajo duro, ni la inteligencia, ni la experiencia, sino la abnegación el camino para que Dios se haga presente y visible en nuestra vida, para poder mostrar a Cristo a quienes acompañamos en este mundo. Esta lección no es fácilmente acogida… por nadie. A veces son necesarias vivencias dolorosas o incluso estar al borde de la muerte, para aceptar esta verdad, que tenemos el privilegio de comprender gracias al ejemplo de San Juan en su vida apostólica del desierto.
Se cuenta una leyenda sobre los últimos tres deseos del gran Alejandro Magno, que vivió en el siglo IV antes de Cristo. Después de conquistar muchos reinos, regresaba a casa. En el camino, enfermó y eso lo llevó a su lecho de muerte. Seguro de que su vida terminaba, el joven Alejandro se dio cuenta de que sus conquistas, su gran ejército, su afilada espada y toda su riqueza no tenían ninguna importancia.
Así que el poderoso conquistador yacía postrado y pálido, esperando impotente su último aliento. Llamó a sus generales y les dijo: Pronto partiré de este mundo, tengo tres deseos; por favor, cúmplanlos sin falta.
Mi primer deseo -dijo Alejandro- es que solo mis médicos deben llevar mi ataúd.
Tras una pausa, continuó: En segundo lugar, deseo que, cuando lleven mi ataúd a la tumba, el camino que conduce al cementerio esté cubierto de oro, plata y piedras preciosas que he acumulado en mi tesorería.
Mi tercer y último deseo es que mis dos manos cuelguen fuera del ataúd.
El general favorito de Alejandro preguntó: Oh, rey, te aseguramos que todos tus deseos se cumplirán. Pero dinos, ¿por qué esos deseos tan extraños?
Entonces Alejandro respiró hondo y dijo: Me gustaría que el mundo conociera las tres lecciones que acabo de aprender. Y Alejandro explicó: Quiero que mis médicos lleven mi ataúd porque la gente debe darse cuenta de que ningún médico en esta tierra puede salvar a una persona de las garras de la muerte. Así que no dejemos que la gente dé la vida por sentada.
El segundo deseo de esparcir oro, plata y otras riquezas en el camino al cementerio es para decirle a la gente que ni siquiera una fracción del oro vendrá conmigo.
Pasé toda mi vida codiciando el poder, amasando riquezas, pero no puedo llevarme nada conmigo. Que la gente se dé cuenta de que perseguir la riqueza es una pura pérdida de tiempo.
En cuanto a mi tercer deseo, el de que mis manos cuelguen fuera del ataúd, quiero que la gente sepa que llegué a este mundo con las manos vacías y que me voy de él con las manos vacías.
Con estas palabras, el rey cerró los ojos, la muerte se apoderó de él y exhaló su último aliento.
Evidentemente, Alejandro Magno no podía ser cristiano, pero entendió que lo que uno hace para sí mismo muere sin remedio, pero lo que hacemos por los demás vivirá para siempre. Juan el Bautista nos mostró cómo vivir con abnegación para señalar a Jesús a los demás.
Su vestido de áspera piel de camello y su alimento de saltamontes y miel silvestre no eran más que signos poderosos de algo más profundo: vivir con libertad respecto a los propios juicios, los deseos y el ansia de ver los resultados de sus esfuerzos más generosos.
Sin duda, San Juan Bautista comprendió mejor que nadie el valor de la abnegación y por eso dijo: Él debe crecer y yo debo disminuir (Jn 3: 30).
Sólo esta abnegación hace posibles los frutos de cualquier iniciativa espiritual. Incluso en la pícara y clarividente sabiduría popular, esto se ilustra con una referencia cómica a una devoción venerable y antigua, como es el Rosario de la Aurora. Desde hace siglos, en muchas ciudades, grupos de personas salen por las calles antes del amanecer, con faroles e instrumentos sencillos para rezar el Santo Rosario antes de ir al trabajo. Esta meritoria y loable devoción podría terminar como dice un refrán: la cosa acabó a farolazos (golpes de farol), como el rosario de la aurora. Es decir, el deseo de que todo se lleve a cabo según mi opinión, mi preferencia y mi costumbre, lleva a deteriorar lo que comenzó con una intención generosa y degenera en conflicto y amargo desacuerdo.
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¿Cómo mostramos a Cristo a nuestro prójimo? La pregunta es importante, porque no siempre lo hacemos desde nuestra experiencia personal. Algunos, utilizan verdades dogmáticas que nada interesan a quien escucha; otros, pretenden empujar al prójimo a vivir alguna virtud que suponen indispensable para él. Unos aman la polémica, casi siempre estéril y otros tienen miedo de ofender o aparecer como proselitistas…
Pero Juan Bautista relata cómo conoció a Jesús, porque, según confiesa dos veces, antes “no lo conocía”. Ahora manifiesta cómo lo ve, y lo dice de una manera que lo podía entender la gente que acudía a él: Este es el Cordero de Dios. Nunca antes se había escuchado esta expresión; por supuesto que todos los israelitas sabían qué era el Cordero Pascual, pero ahora Juan le llama así porque puede ver lo más importante en Jesús, en ese Cordero: Que quita el pecado del mundo.
Conviene que estemos convencidos de que, en el Evangelio, salvar es liberar del miedo, de la culpa paralizante, de la esclavitud al mal, de una vida cerrada en uno mismo. Jesús no solo dice “tus pecados están perdonados”, sino también: “levántate y camina”, “queda sano”, “vete y no peques más”. El perdón recrea la vida y de esto tenemos experiencia todos los seres humanos, cuando de verdad nos sentimos perdonados por alguien, sea otro ser humano o por el mismo Dios.
Un ejemplo muy claro y hermoso es el encuentro de Jesús con la mujer pecadora en casa del fariseo (Lc 7: 36-50). Esa mujer entra llorando, unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. El fariseo, como hacemos la mayoría de nosotros, la juzga interiormente. Jesús, en cambio, revela lo que ocurre en lo profundo de su corazón: Sus muchos pecados quedan perdonados, porque ha amado mucho (Lc 7: 47).
Pasa de la vergüenza a la dignidad; entra marcada por el rechazo social y sin embargo Jesús no la humilla ni la identifica con su pecado. Al perdonarla públicamente, le devuelve su dignidad frente a Dios y a todos. El pecado ya no la define; ahora puede amar sin cadenas, libre del peso que la oprimía, reconciliada con Dios y con su misión en el mundo, porque quitar el pecado implica dar al ser humano un corazón nuevo (cf. Ez 36: 26): una nueva manera de amar, de mirar al otro, de relacionarse con Dios.
Y es que el pecado tiene todo tipo de consecuencias negativas, porque significa una ruptura de relaciones, un deterioro global de nuestro carácter unitivo.
Imaginemos un tejido, un tapiz que representa la comunión original con Dios, de la persona con los demás y con la creación, todo entrelazado como hilos que se sostienen mutuamente. El pecado, en la mentalidad bíblica, no es romper una norma escrita en un código jurídico; es tirar de un hilo de ese tejido, de modo que todo el tapiz comienza a desgarrarse.
֍ En Génesis 3, después de comer del árbol prohibido, Adán y Eva no reciben inmediatamente un castigo jurídico. Lo primero que ocurre es un deterioro de su relación con el Creador: Se escondieron de la presencia del Señor Dios. El pecado se manifiesta como distancia, como pérdida de confianza, como miedo donde antes había intimidad. No es un siempre un delito, pero sí hay siempre una relación que se fractura.
֍ La historia de Caín y Abel es el primer caso de ruptura con los demás que produce el pecado. El hermano se convierte en amenaza.
Dios no le dice a Caín: Has infringido el artículo 63 del código moral, sino: ¿Dónde está tu hermano?La pregunta revela la naturaleza limitante del pecado: la incapacidad de reconocer al otro como hermano. El pecado es la muerte del vínculo, la pérdida de la fraternidad.
֍ El pecado introduce una fractura interior, una especie de exilio dentro del propio corazón. San Pablo lo expresará así: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero (Rom 7: 15). El pecado es desintegración, pérdida de unidad interior. En el mismo Génesis 3, Adán y Eva sienten vergüenza y se cubren. La vergüenza no es un castigo impuesto; es un síntoma de que algo dentro de ellos se ha roto.
֍ Además, hay una ruptura con la creación. Tras el pecado, Dios dice a Adán: La tierra te producirá espinas y abrojos. No es una maldición mágica; es la descripción de un desorden verdaderamente ecológico: la armonía entre el ser humano y la tierra se ha roto, el no respetar nuestra naturaleza tiene consecuencias, pues el pecado introduce violencia en la creación, que deja de ser jardín y comienza a ser campo de batalla. Muchas personas que hacen actos de masturbación, o caen en adicciones consideradas “no severas”, o no respetan un horario y régimen de vida sano, niegan vigorosamente esta verdad.
Un ejemplo bien conocido en la psicología, que ayuda a entender cómo el perdón produce liberación es el caso de una persona atrapada en lo que se llama “culpa crónica”.
Así, alguien que cometió un error serio en el pasado (como dañar una relación importante), puede quedar atrapado en una rumiación constante (“siempre arruino todo”), la autoacusación permanente, una dificultad para vincularse con otros, e incluso en conductas de autocastigo. Aquí la culpa no cumple una función sana, que sería reconocer el error y repararlo, sino que se vuelve tóxica y paralizante. Cristo, como el mejor psicólogo que podría existir y con su forma de perdonar, nos lleva a aceptar la verdad de lo ocurrido (sin negarlo ni exagerarlo), nos ayuda a integra el pasado sin quedar prisioneros de él, y nos impulsa a vivir una vida más auténtica y responsable.
La pregunta que debo hacerme entonces es si me he sentido liberado del pecado a través de Jesús, para después confesar cómo es mi vida ahora y cómo deseo seguir caminando… aunque tropiece y tenga miedo, como todo el mundo.
El quitar el pecado no significa solamente salvarnos de algún castigo, ni darnos un consuelo anestesiante. En efecto, en su Primera Epístola, dice Juan: Les escribo estas cosas para que el gozo de ustedes sea completo (1 Jn 1: 3-4). Eso significa una transformación real de la persona. Jesús entra en la condición humana herida y la transforma desde dentro: enfrenta el egoísmo con el amor, la violencia con el perdón, la muerte con la vida.
El pecado es vencido porque su poder deja de dominar a la persona; aunque vuelva a pecar, tiene siempre la oportunidad de ser llamado para colaborar con el reino de los cielos ¿Puede haber una prueba mayor de confianza?
Recordemos que Cristo no nos perdonó una sola vez. Su relación contigo y conmigo es un perdón constante de nuestros pecados, nuestras torpezas y nuestra mediocridad.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente










