Evangelio a mano

El dolor: ¿por qué? …o ¿para qué? | Evangelio del 15 de marzo

Publicado por 11 de marzo de 2026abril 23rd, 2026No Comments

Evangelio según San Juan 9,1-41:
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo.

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?». Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». Pero él decía: «Soy yo». Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?». El respondió: «No lo sé».

Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». Él respondió: «Que es un profeta».

No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él».

Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?». Y le echaron fuera.

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».

El dolor: ¿por qué? …o ¿para qué?

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 15 de Marzo, 2026 | Domingo IV de Cuaresma

1Sam 16: 1b.6-7.10-13a; Ef 5: 8-14; Jn 9: 1-41

Seguramente, lo más sorprendente del encuentro del ciego de nacimiento con Jesús es el juicio que hace el Maestro sobre la ceguera de ese hombre: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.

En tiempos de Jesús, la creencia popular (y de muchos teólogos) era que la enfermedad o la desgracia eran un castigo directo por el pecado. También esto era una creencia en otras religiones de esa época. Al preguntar si pecó él o sus padres, los discípulos están atrapados en una lógica de culpa. Piensan: Si hay sufrimiento, alguien tiene que haber hecho algo malo.

El «Para qué» en lugar del «Por qué»; esta es la clave de la frase. Mientras los discípulos miran al pasado buscando una causa, un culpable, Jesús mira al futuro buscando un propósito.

El dolor, aunque nadie podemos explicarlo, no es un absurdo, sino que puede convertirse en un lugar de encuentro. Y en este caso, la manifestación de las obras de Dios no se limita al milagro de recuperar la vista, sino a la iluminación espiritual. El ciego acaba viendo quién es Jesús (la Luz del Mundo), mientras que los fariseos, que tienen ojos sanos, se quedan en la oscuridad.

Esta frase es el consuelo de quien vive en oración, cuando sufre enfermedades limitantes o situaciones injustas: Mi dolor no es porque Dios esté enfadado conmigo, sino un espacio donde Él puede hacer algo nuevo.

Cuando atravieso tiempos de purificación en mi vida espiritual (impotencia, contrariedad, apatía…) me parezco a ese ciego: se supone que he de seguir caminando, pero estoy cansado, inseguro y sin el entusiasmo que en otro momento me sirvió de bastón para apoyarme, como puede ser contemplar los frutos de mis esfuerzos, ver cómo me comprenden las personas o sentirme confirmado por su gratitud.

Tampoco es “por culpa mía”, pero Dios decide vaciarme de la confianza que había puesto en mi cayado… para que así sólo tenga como consuelo el saber que le estoy sirviendo.

También puede verse en la tradición bíblica con la narración del Libro de Job. El protagonista, tras perderlo todo, atraviesa un sufrimiento extremo. En ese proceso, el dolor se convierte en el espacio donde su relación con Dios se profundiza. No es un encuentro fácil, dulce ni sentimental; es más bien una confrontación, un clamor, un diálogo desgarrado. Pero precisamente en esa experiencia límite, Job pasa de una fe heredada a una fe vivida: de oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven (Job 42: 5).

En realidad, también sucede así entre los seres humanos, sobre todo cuando el sufrimiento, porque revela la vulnerabilidad compartida. En la novela La noche de Elie Wiesel (1928-2016), el autor relata cómo, en medio del horror de los campos de concentración, el sufrimiento compartido se convierte en un lazo profundo entre los prisioneros. El dolor los despoja de todo lo superficial -estatus, orgullo, diferencias- y deja al descubierto algo esencial: la necesidad del otro. Un pedazo de pan compartido, una palabra de aliento o simplemente permanecer juntos en silencio se vuelven actos de humanidad radical. Allí el dolor se transforma en un lugar de encuentro entre hombres.

Esto puede suceder en situaciones mucho más cotidianas, incluso muy sencillas.

Cuando alguien muere que amamos, por ejemplo en una familia, el dolor puede aislar… pero también puede unir profundamente. Hermanos que casi no hablaban empiezan a compartir recuerdos. Un amigo que no sabías cómo acompañar se sienta contigo en silencio. En ese momento, no se necesita brillantez ni discursos; basta la presencia. El sufrimiento derriba máscaras. Nos muestra frágiles, necesitados, humanos. Y esa vulnerabilidad compartida crea un espacio auténtico de encuentro.

Algo parecido ocurre cuando alguien atraviesa una enfermedad, un fracaso laboral o una ruptura amorosa. Muchas veces es en esas heridas donde descubrimos quiénes están realmente al lado, y también aprendemos a acercarnos a otros con más compasión. Por supuesto, si no caemos en la desesperación o el cinismo, en esos momentos, la oración cambia. Ya no puede ser rutina; se vuelve grito, silencio, búsqueda sincera. Muchas personas descubren entonces que, cuando ya no pueden sostenerse por sí mismas, pueden apoyarse en Dios de manera más real. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque desnuda el corazón.

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Ciertamente, poco sabemos y podemos imaginar de los planes divinos, como nos enseña hoy la Primera Lectura. Ni el gran Samuel podía imaginar que sería David, el hijo menor de Jesé, el ungido para ser rey de Israel.

Irónicamente, recordemos cómo Saúl, consagrado por el mismo Samuel, de quien leemos que era joven y apuesto; no había entre los hijos de Israel nadie más apuesto que él: era más alto que los demás desde los hombros para arriba (1 Sam 9: 2)…fracasó en su misión y finalmente fue rechazado por el Señor.

No tenemos una gran visión espiritual. De igual manera, tampoco somos capaces de imaginar el efecto de nuestras faltas. Creemos que con calificarlas como “leves” o “graves”, tenemos idea de su alcance. Pero la verdad es que siempre hacen daño; en primer lugar a quien peca, pero también, SIEMPRE, al prójimo.

El pecado nos quita la libertad y la alegría duraderas. No estaban absolutamente equivocados los discípulos al imaginar que algún pecado de los padres podría haber causado daño al que nació ciego; es así en realidad, pero NO por decisión ni represalia divina. Más bien se trata del escándalo destructivo que damos con nuestra dureza de corazón o con nuestra mediocridad.

Eso explica la fuerte afirmación de Pablo: no dice a los efesios que antes “estaban en las tinieblas”, sino que “eran tinieblas”, las cuales son capaces de invadir la vida de los demás, no sólo con malas obras, sino con “obras estériles”, es decir, que no dan vida ni fruto, no invitan a hacer el bien ni enseñan cómo hacerlo.

Esa dramática situación es la de los fariseos que no reconocen su apego a la letra de la Ley y no aceptan que el sábado (cuando Jesús realiza la curación) es para el hombre. De hecho, según la ley judía de la época (Halajá), amasar barro era una de las 39 actividades prohibidas en sábado y Jesús lo hizo con su saliva para mostrar que siempre es posible hacer el bien. Por eso su dura frase final a los fariseos: Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado; pero ahora, porque dicen: “Vemos”, su pecado permanece.

A nosotros, sin ser fariseos ni estar sometidos a una Ley tan severa, nos puede suceder algo semejante, sobre todo con nuestro apego a la forma de hacer las cosas más habituales y cotidianas o nuestra forma de vivir y expresar la vida espiritual.

Recuerdo una persona educada y de buen carácter que abandonó su consagración religiosa porque en su comunidad estaba permitido recibir la Eucaristía sin arrodillarse y se invitaba a los retiros a personas no católicas… al menos esas eran las “razones” que argumentaba. Le faltaba misericordia para reconocer las dificultades de quien tenía problemas en la rodilla y de quien deseaba conocer la enseñanza del Iglesia Católica por haber nacido en una familia protestante.

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En el Evangelio de hoy, Jesús se autoproclama “Luz del mundo”, no sólo por lo que enseña con su palabra, sino porque, con su propia vida, nos revela el significado último de nuestra existencia: la identidad como hijos de Dios y nuestro propósito en esta tierra, que es compartir Su vida y Su amor para que podamos alcanzar nuestro destino final con Él.

Lo más real en nuestras vidas no es el dolor, ni la satisfacción por lo que hemos realizado por los demás, ni siquiera algún esfuerzo supremo, como dar la vida por alguien. Todo eso es real e importante, pero lo decisivo, lo que guía nuestras vidas como la luz que llega a nuestros ojos es el susurro del Espíritu Santo, quien, enviado por el Padre y el Hijo, murmura como una brisa la voluntad divina.

Hay dos formas de ser sordo a ese murmullo y ciego a la Luz que es Cristo: por nuestra pobre sensibilidad o por la rebeldía de nuestras pasiones. La primera, la tuvieron los familiares y “los vecinos” del ciego; la segunda, los fariseos:

La luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean descubiertas (Jn 3: 19-20).

No olvidemos que el dolor nos puede hacer poco sensibles a la presencia de Dios. Podemos ilustrarlo recordando una excelente obra cinematográfica.

Silencio es una película dramática e histórica de 2016 dirigida por Martin Scorsese. Basada en la novela homónima de Shūsaku Endō (1966), relata la persecución de misioneros cristianos en el Japón del siglo XVII. La cinta destaca por la profundidad en su exploración del aparente silencio de Dios frente al sufrimiento humano.

Ambientada en 1640, la historia sigue a dos sacerdotes jesuitas portugueses que viajan a Japón para localizar a su mentor desaparecido y difundir el cristianismo en un país donde la vivencia de la fe está prohibida. A través de su odisea, la película aborda temas de fe, duda, martirio y colonialismo cultural. Su tono contemplativo y visualmente austero refleja la tensión entre creencia y desesperación.

Los misioneros se enfrentan a dilemas morales: aparentar negar la fe para salvar vidas, o mantenerse firmes y entonces poner en riesgo a otros.

El film ilustra cómo las apariencias pueden hacer creer que Dios está ausente, pero también muestra cómo la fe madura cuando atraviesa la oscuridad, porque Dios puede estar actuando precisamente donde parece callar.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente