por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes
Lima, 10 de Noviembre, 2019.
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario.

2 Libro de los Macabeos 7: 1-2.9-14; 2Tesalonicenses 2: 16-17.3,1-5; San Lucas 20: 27-38.

En las manos de Dios Una frase que escuchamos en muchos momentos cuando una persona reconoce que no tiene control sobre los acontecimientos en su vida. Un ejemplo doloroso es cuando alguien que amamos pierde su vocación.

Particularmente cuando un ser querido está muy enfermo o va a morir, o cuando sentimos que nuestra energía y visión están agotadas, declaramos que estamos en manos de Dios, incluso poco después de haber sido insensibles a su presencia o a nosotros. lo hemos traicionado.

Hace muchos años, cuando nuestro padre Fundador se estaba preparando para una delicada operación quirúrgica y se encontraba en la zona preoperatoria, normalmente un lugar de mucha ansiedad, saludó al cirujano con amabilidad y actitud relajada; sin dudas ni vacilación, más bien con semblante apacible. Y le dijo (son casi sus palabras literales): Doctor, he puesto mi vida y su destreza en manos de Dios. Una vez hecho eso, dejé de preocuparme, porque sé que Él cuida de mí y le guiará a usted. Le deseo mucho éxito en esta cirugía.

Nos dice nuestra experiencia que las personas con una fuerte fe en Dios y en la vida eterna pasan por la experiencia del dolor, la enfermedad y la pérdida, con paz y verdadera aceptación.

Este es el caso de san Pablo en la Segunda Lectura, cuando insta a los tesalonicenses a rezar por él, porque tenía muchas dificultades a las que enfrentarse, muchas personas que le odiaban y buscaban destruir lo que él iba construyendo.

En el otro extremo del espectro, es bastante habitual escuchar a supuestos no creyentes, amigos y familiares de alguien que murió: Espero que dondequiera que estés, sepas que te amamos de verdad y esperamos que encuentres paz y alegría.

El Evangelio de hoy nos presenta un grupo político-religioso peculiar, los saduceos. Constituían la clase de los ricos, que eran colaboradores de los romanos. El pueblo no los tenía en buena estima y, desde el punto de vista religioso, eran conservadores. Todos los sumos sacerdotes, que fueron los principales responsables de la muerte de Cristo, pertenecían a esta secta.

Mientras los fariseos creían en la resurrección de los muertos, los saduceos se declaraban escépticos. Además, con todo el dinero que tenían a su disposición, estaban dispuestos a disfrutar del paraíso en este mundo y no sentía la necesidad de soñar con alguna vida futura.

Hoy, para muchas personas, la principal objeción a la resurrección proviene de algunas ideas mal digeridas sobre neurociencia y psicología evolutiva. Esencialmente, argumentan que la idea de la vida eterna es solo un mecanismo de autoengaño para aliviar el miedo a la muerte. Por supuesto, el error en su razonamiento es el absolutizar. Dicho en términos simples, el confundir una de las consecuencias con la causa. Los creyentes tenemos que argumentar adecuadamente, usando la antropología de Cristo, pero también haciendo visibles los signos de la paz contagiosa de Dios en nuestras vidas.

La mayoría de las personas de épocas primitivas y de antiguas culturas tenían vidas infelices y difíciles, y el esperar una vida futura mejor era algo completamente comprensible. Eso era la norma, más que la excepción en la antigüedad. Algunas culturas han pensado en la posibilidad de un retorno a la vida de este mundo, a través de una sucesión de innumerables reencarnaciones.

Los primeros libros de la Biblia muestran que, en la antigüedad, los israelitas no creían en otra vida. Pero en la Primera Lectura, escuchamos a uno de los siete hermanos: “Estamos dispuestos a morir, antes que violar las leyes de nuestros padres». Y cuando estaba por dar el último suspiro, dijo: «Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes».

Hoy, creemos, tal como Cristo nos enseña, que nos reuniremos con Dios, los miembros fallecidos de nuestra familia, muchas personas de buena voluntad, y esa reunión es, en realidad, lo que define el cielo. Nuestra intimidad y amor en el cielo serán más fuertes y profundos que nunca.

Pero, la mayoría de las personas, incluso los no cristianos, creen que la muerte no es la última palabra de la vida. Este deseo de inmortalidad, esta intuición de la eternidad, ha resultado en una gran variedad de creencias y prácticas religiosas a lo largo de los siglos y en todas las culturas del mundo.

Pero para nosotros los cristianos, la resurrección de Cristo y nuestra resurrección es fundamental para nuestra fe. En Cristo, la antigua pregunta de los seres humanos queda respondida: la muerte no es el final. Lo que llamamos muerte es el abandono de la forma de vida débil, frágil y efímera que llevamos en este mundo, para ser recibidos en el hogar de nuestro Padre. El cuerpo mortal permanece en este mundo y seremos investidos con otro cuerpo incorruptible, glorioso, lleno de fuerza, espiritual (1 Corintios 15:43).

No necesitamos estar en nuestro lecho de muerte, o alcanzar una «edad de entendimiento», o ser abatidos por una crisis, para tener una perspectiva más allá de nuestras impresiones terrenales, para ver más allá del dolor y las alegrías. Cuando creemos y vivimos un anticipo de la vida eterna, todo adquiere un significado diferente. Y esto es importante, porque nuestra perspectiva siempre da forma a nuestros afanes y guía la forma en que vivimos.

En lugar de dedicarnos a especulaciones como los saduceos, sobre qué tipo de cuerpo tendremos, Cristo estaba interesado en enseñarnos sobre el hecho de que la resurrección constituye una continuidad entre nuestro cuerpo actual y el cuerpo glorificado.

Cada separación de quienes amamos es desgarradora, ya sea en la vida o en la muerte. Es por eso que la liturgia nos ayuda a comprender y prepararnos para nuestra partida al conmemorar a los que nos precedieron celebrando el Día de los Fieles Difuntos y a los que se han unido con Dios para siempre al celebrar el Día de Todos los Santos.

La respuesta de Cristo a los saduceos fue: El Señor, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y el Dios de Jacob no es Dios de los muertos, sino de los vivos: porque todos viven para Él.

Así, nos está recordando que Moisés, que vivió muchos siglos después de la muerte de los patriarcas, llama al Señor: «el Dios de los patriarcas». Por lo tanto, todavía estaban vivos, de lo contrario Moisés y todos los israelitas estarían invocando a un Dios de los muertos.

Pues Dios no hizo la muerte ni se alegra destruyendo a los seres vivientes (Sab 1: 13).

Como el feto en el vientre de la madre no puede imaginar el mundo que le espera, del mismo modo una persona no puede imaginar cómo será la vida después de abandonar este mundo. Vivimos en la tierra como una gestación.

Es un misterio que no se nos revela, no porque Dios desee aumentar el suspense, sino simplemente porque nuestra mente no puede entenderlo. Si apenas somos capaces de conocer las cosas de la tierra, ¿cómo podemos esperar entender las cosas del cielo? (Sab 9:16).

Se cuenta que un discípulo preguntó a su maestro budista: Maestro, ¿hay vida después de la muerte? El maestro respondió: ¿Cómo puedo hablarte de la vida después de la muerte cuando ni siquiera entiendes esta vida que tienes antes de la muerte?

En nuestro examen ascético-místico, compartimos de diferentes maneras nuestra experiencia anticipada del cielo, de la vida eterna:

En nuestro examen ascético-místico, compartimos de diferentes maneras nuestra experiencia anticipada del cielo, de la vida eterna:

* Cuando somos llevados a la purificación mística, vamos siendo separados de este mundo, de la vida mundana de diferentes maneras. Esto suele ser una experiencia dolorosa, pero cuando la acogemos con paz, sentimos una sensación inmediata de libertad que nos da un anticipo de la gloria que nos llegará, de la alegría perfecta.

* La inspiración nos brinda la experiencia de no perder nunca el sentimiento de la presencia de Dios, y eso es un signo de eternidad, una prueba poderosa de que cada relación, cada oportunidad, cada momento de trabajo, alegría, sufrimiento y descanso se convierte en una oportunidad que tenemos de. escuchar a Dios. Él no nos deja nunca de acompañar. Todo habla de Dios. Todo nos revela a Dios. Todo se hace celestialmente significativo.

* Los dones del Espíritu Santo constituyen una evidencia no sólo de la presencia de Dios, sino también, y principalmente, de su acción compartida en nuestras vidas: vivimos una fe, una esperanza y un amor que no son nuestros, sino que fluyen a través de nosotros ya que se nos va vaciando de intereses propios y de prejuicios. Esto es mucho más significativo y decisivo que cualquier prueba racional de la existencia de Dios.

Reflexionar sobre la muerte de nuestros seres queridos nos ayuda a ser más conscientes de la brevedad de nuestra existencia, la fragilidad de la vida, las expectativas que tenemos y muchas veces quedan incumplidas, los amores compartidos y luego tal vez marchitados y entonces vemos la vida en su verdadera perspectiva. Obtenemos una visión más profunda de los verdaderos valores que tenemos.

La fe de San Pablo en la resurrección fue lo que continuó dándole esperanza en todos sus sufrimientos. Mi esperanza en la vida eterna determina en gran medida mis prioridades y la forma en que voy a vivir mi vida ahora mismo.

Nuestra fe en la resurrección nos hace no sólo vivir solo para este mundo, sino conscientes de que lo que hacemos aquí hoy continúa más adelante en la eternidad. Es decir, cuando hacemos el mal, lo llevamos con nosotros a la «próxima vida». Por eso hablamos del purgatorio y el infierno. El purgatorio es el estado de aquellos que no han amado por completo en esta vida y, por lo tanto, no pueden unirse completamente con Dios, ya que no pueden amar a Dios ni a sus semejantes de forma incondicional y total.

Mientras que el infierno es un lugar para aquellos que elegieron vivir totalmente cerrados al amor de Dios y a los demás.

En este sentido, muchos de nosotros ya estamos viviendo en el infierno o en el purgatorio. Aquellos de nosotros, que luchamos cada día para superar nuestro egoísmo, orgullo y codicia, ya estamos en un estado purgativo, purificándonos a nosotros mismos.

A menos que comencemos ahora mismo a vivir una vida de amor y servicio generoso por el bien de los demás, no podemos todavía llegar al cielo. La persona que ama y sirve, en cierto sentido, ya está viviendo en el cielo en la tierra. Sí, si queremos estar seguros de la vida eterna, comencemos a vivir plenamente para Dios y para los demás con fe y amor.

Como el Papa Francisco nos invita, en lugar de preguntarnos sobre lo que no podemos entender, debemos pensar en las certezas que ofrece la resurrección de Cristo, tenemos que entrar en el misterio en particular, en el hecho de que no existen dos vidas, sino una vida que continúa bajo dos formas completamente diferentes.

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