El Perdón: La libertad para seguir caminando juntos

By 19 febrero, 2019mayo 17th, 2019Evangelio, Para leer

poe el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes
New York, 24 de Febrero, 2019.
Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario             
Libro de los Reyes 26,2.7-9.12-13.22-23; 1 Corintios 15,45-49; Lucas 6,27-38.

Judas Iscariote siempre recibió de Cristo un signo de confianza, un gesto de perdón, una confirmación de su misericordia. Y la actitud de Cristo hacia este discípulo traidor es el ejemplo más extremo de la activa y sabia misericordia evangélica.

¿Cuáles son los rasgos del perdón cristiano? Hoy las Lecturas nos dan muchas respuestas. Reflexionemos sobre algunas de ellas.

1. El perdón es algo profundo en nuestra verdadera naturaleza. Se dice siempre que hay dos formas “naturales” de reaccionar ante una agresión: luchar o huir. Pero hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios misericordioso. Cuando hablamos de Adán y Eva, siempre nos referimos al pecado original, pero igual de original y fundamental fue el perdón que nuestros primeros padres recibieron de Dios. Adán y Eva fueron perdonados por Dios, pero, de todas formas, fueron expulsados del Jardín del Edén. El Libro del Éxodo describe a Dios como compasivo y misericordioso, dispuesto a perdonar nuestra iniquidad y la transgresión y los pecados. Pero, también agrega que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos (Ex 34: 7).

La Segunda Lectura de hoy dice: Tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Esta naturaleza misericordiosa, recibida desde el principio, es más profunda y más poderosa que nuestros instintos. No podemos decir que un coco es duro. Esto es impreciso e inexacto. El coco es muy duro en el exterior, pero el interior es un tejido suave con un líquido claro y delicioso.

Un anciano religioso hindú solía meditar todas las mañanas bajo un gran árbol a orillas del río. Una mañana, tras terminar su meditación, vio a un gran escorpión que estaba flotando en la fuerte corriente del río, sin poder salvarse. El escorpión había quedado atrapado en las largas raíces de un árbol, que se extendían hasta el lecho del río. Cuanto más luchaba por liberarse, más se enredaba en las finas y retorcidas raíces. El anciano alargó su brazo para liberar a la criatura cautiva y, tan pronto como la tocó, el escorpión levantó la cola y le picó. Pero el hombre volvió a intentarlo para liberarlo. Un joven estaba pasando y vio lo que pasaba. Le gritó: Oiga señor, ¿qué hace? ¡Parece que está loco! ¿Por qué se molesta en arriesgar la vida para salvar a una criatura tan fea e inútil? El anciano se volvió hacia el joven y en su dolor le preguntó: Amigo, porque la naturaleza del escorpión sea el picar, ¿debería yo renunciar a mi propia naturaleza, que es salvar?

A veces, el daño sufrido es tan horrible, que quizás no queremos que nadie perdone lo que nos han hecho. En otros casos, tenemos enemigos que no podemos apartar de nuestra vida. Una mujer estaba luchando con la experiencia de su madre abusadora y admitía que, aunque su madre ya estaba muerta, ella seguía obsesionada con ese recuerdo traumático. El perdón probablemente no había triunfado en ese caso. Otra mujer adoptó un hijo y se dio cuenta de que tendría que aguantar indefinidamente las visitas de sus enemigos: unos familiares del niño que eran disfuncionales, manipuladores y, a veces, crueles. Es precisamente en estos casos donde debemos recordar que no estamos solos en el esfuerzo por perdonar lo que parece imperdonable.

2. El perdón es EL camino hacia la libertad y la unidad espirituales. Perdonar es abandonar la historia que nos construimos, para así poder experimentar la verdad que nos hace libres. Solo entonces podremos desencadenarnos del pasado y ser liberados para seguir un viaje fructífero en nuestro camino espiritual. No sólo eso; el perdón mantiene unidad en los momentos buenos y malos y nos permite crecer en el amor mutuo. Siempre existe la tentación de aferrarnos al odio a nuestros enemigos y así sentirnos definidos como los ofendidos y heridos por ellos. El perdón, por lo tanto, libera, no sólo al otro, sino también a nosotros mismos. Es el camino a la libertad de los hijos de Dios. El don del perdón es creador de comunidad, la cual vive y extiende este don.

Un peregrino viajaba por un territorio devastado durante la recién terminada guerra, y cruelmente dividido por las luchas de la posguerra entre las fuerzas rebeldes y los leales al gobierno. Al llegar a un pueblo, un anciano llamado Leo le dio hospitalidad. La casa de Leo había sido incendiada, por lo que acogió a su invitado en el cobertizo que ahora era su hogar.

El peregrino escuchó la historia de Leo. Sus dos hijos mayores se habían unido a las fuerzas rebeldes. Pero algunos aldeanos revelaron su escondite; Fueron capturados y nunca más los volvieron a ver. Casi al mismo tiempo, su esposa murió de hambre. Después de la guerra, Leo vivía solo con una de sus hijas casadas y su bebé. Ella esperaba a su segundo hijo en unas pocas semanas. Un día, al regresar a su casa, la encontró en llamas, incendiada por lealistas: Llegué sólo para ver cómo arrastraban a mi hija y luego la mataron; Descargaron todas sus balas en su vientre. Luego mataron al niño frente a mí.

Los que cometieron estos crímenes no eran extraños, sino que eran sus vecinos. Leo sabía exactamente quiénes eran, y tenía que encontrarse con ellos todos los días. Me pregunto cómo no se volvió loco, comentó al peregrino una de las mujeres del pueblo. Pero Leo realmente no perdió su cordura. Por el contrario, habló con los aldeanos sobre la necesidad de perdón. Les pedí que perdonasen, y les dije que no hay otro camino, le dijo al peregrino. Su respuesta, agregó, fue reírse en su cara. Sin embargo, cuando el peregrino habló con el hijo sobreviviente de Leo, éste no se rió de su padre, sino que lo describió como un hombre libre: Es libre porque ha perdonado.

Destacan dos frases en esta historia:

* No hay otro camino. Ciertas situaciones humanas son tan complejas e intratables que sólo existe una salida: perdonar. Como observó Mahatma Gandhi, el “ojo por ojo” deja a todo el mundo ciego. Sólo a través del perdón podemos romper la cadena de represalias mutuas y amarguras autodestructivas. Sin perdón, no puede haber la esperanza de un nuevo comienzo. Seguramente sus palabras se aplican también a muchas otras situaciones de conflicto.

* Es libre porque a perdonado. Sí, donde hay perdón … hay libertad. Si tan solo llegáramos a perdonar, si al menos quisiéramos perdonar, entonces nos encontraríamos en un ambiente de libertad celestial. Esta es la lección de la Primera Lectura de hoy.

Cuando sentimos que no logramos perdonar lo que nos han hecho, podemos pronunciar las palabras de Cristo: Padre, perdónalos, no saben lo que hacen. Podemos pedirle a Dios que sea Él quien primero perdone … Veremos que nuestra ira, nuestro sentido de “pobre de mí”, disminuirá gradualmente por sí solo, sin que tengamos que hacer mucho más esfuerzo.

Esto me hace recordar el proverbio de nuestro padre Fundador: El perdón de los hombres no tiene el mismo éxito que el de Dios. (Transfiguraciones). Jesús perdonó a la mujer adúltera y al ladrón arrepentido. Yo tampoco te condeno es el lado pasivo de la actitud de nuestro Cristo hacia la contrición. Hoy estarás conmigo en el Paraíso, es el lado activo.

El perdón precede a la conversión. Dios no nos perdona porque nos arrepentimos; más bien nos arrepentimos porque Dios nos perdona. El Hijo Pródigo pudo arrepentirse porque recordaba a su padre que amaba incluso a sus trabajadores contratados: Reflexionando en esto, pensó: ¿Cuántos siervos contratados de mi padre tienen más que suficiente para comer? Es el amor del padre lo que le impulsó a “volver a casa”, a arrepentirse.

Eso es también lo que sucede, tarde o temprano, cuando perdonamos:

Hace años, en una pequeña ciudad, una pareja cristiana perdió a su único hijo, arrollado por un joven conductor ebrio. A pesar de su profunda tristeza, sabían que su hijo estaba con Dios porque él siempre había estado cercano a Dios. Con pena fueron a la cárcel para visitar al joven que había matado a su hijo. Descubrieron que era de una familia deshecha y que nunca había recibido un verdadero amor. Decidieron visitarlo diariamente y compartir el Evangelio con él. Pasado un tiempo, lo adoptaron como hijo suyo. El joven estaba muy conmovido. No sólo se convirtió a la fe, sino que más tarde se dedicó plenamente al apostolado. Este joven no había recibido amor de su propia familia, pero recibió el amor perfecto de la familia que, por culpa suya, perdió a su amado hijo.

3. El perdón es creativo y es un fruto de nuestra victoria sobre el miedo.

La Madre Teresa, la santa de los barrios pobres de Calcuta, fue con un niño pequeño a un panadero del barrio y le pidió pan para el niño hambriento. El panadero escupió en la cara de la madre Teresa. Sin desanimarse, ella respondió con calma: Gracias por ese regalo para mí. Ahora, ¿tiene algo para el niño?

Ella no respondió ni con agresividad ni con la huida, sino con un gesto provocador, destinado a llevar a su agresor a una verdadera conciencia espiritual.

Perdonar no es sólo decir: no te preocupes por eso, no pasa nada; no es simplemente el no guardar rencor.

El perdón crea una nueva forma de estar juntos. No está centrado en mí mismo, sino en la misión que tengo que discernir, en la jungla cotidiana de malentendidos, oposición y resistencias. Nuestra existencia será más plena una cuando nos demos cuenta de que la vida –sobre todo la vida espiritual- no está centrada en mí.

Especialmente, el perdón de Dios es creativo: a quien se ha convertido en culpable lo hace libre de toda culpa. Dios acoge al hombre culpable en su divina santidad, lo hace participar de Él y le da la oportunidad de comenzar de nuevo. Es a este misterio al que el hombre apela cuando reconoce sus pecados, se arrepiente de ellos y busca el perdón.

¿Por qué no abrazamos el riesgo de perdonar? Precisamente porque tememos las cosas nuevas, la vida nueva que el perdón nos exige. La fe es lo contrario al miedo. El amor perfecto repele el miedo, y la fe nos une con ese amor perfecto. Cuando Jesús calmó la tormenta, preguntó a sus discípulos: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Por qué no tienen fe? (Mc 4:40) Sí, lo opuesto al miedo no es el valor, sino la fe. El miedo en muchas formas es una de las principales barreras para el amor. Jalal Uddin Rumi, el místico sufí del siglo XIII, dijo: Tu misión no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras que has construido dentro de ti contra él.

Estrictamente hablando, es paradójicamente el temor saludable o temor reverencial a Dios lo que supera a otros temores y está íntimamente conectado con la fe. Es un tipo de temor sanante que hace que nuestra fe en Dios sea valerosa. Para los cristianos, es la fe la que lleva más allá del miedo, la muerte y las amenazas del mundo. Es una fe que convierte en esperanza las circunstancias imposibles. Y es la fe que fortalece a los creyentes frente a los ataques y la humillación. Esta es la experiencia de los santos:

San Juan Clímaco (579-649) escribió: Quien se ha hecho siervo del Señor sólo teme a su Maestro. Pero quien no tiene el temor de Dios, a menudo teme hasta a su propia sombra. El temor es hijo de la incredulidad.

San Efraín el sirio (306-373), un verdadero maestro del arrepentimiento, dice: Quien teme a Dios está por encima de toda clase de miedo. Se ha convertido en extraño a todo el miedo de este mundo, lo ha dejado lejos de sí mismo, y ninguna forma de temblor le afecta.

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