El arrepentimiento es una respuesta a la acción de Dios

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

New York/Paris, 24 de Enero, 2021. | III Domingo del Tiempo Ordinario.

Jonás 3: 1-5.10; Primera Carta a los Corintios 7: 29-31; San Marcos 1: 14-20.

En Los Dichos de los Padres del Desierto, se cuenta la historia de un monje que, mientras yacía en su lecho de muerte rodeado de sus discípulos, fue visto hablando con alguien. ¿Con quién estás hablando, padre? preguntan los discípulos. Mira, responde, los ángeles han venido a llevarme y estoy pidiendo un poco más de tiempo, más tiempo para arrepentirme. Dicen los discípulos: No tienes necesidad de arrepentirte. En realidad, responde el anciano, no estoy seguro de haber siquiera empezado a arrepentirme. Esta historia nos ayuda a ver el arrepentimiento como un viaje sin fin. Es una peregrinación que continuará estimulando nuestra conversión y crecimiento espiritual. No puede haber crecimiento sin arrepentimiento.

El arrepentimiento y la conversión son temas centrales en las Lecturas de hoy. El espíritu de nuestra época nos anima a no sentirnos mal con nosotros mismos y a “fortalecer nuestra autoestima”. Sin embargo, para llegar a ser cristiano y mantener una vida cristiana sana, debemos practicar el arrepentimiento reconociendo con dolor nuestro pecado y anhelando la santidad y una mayor obediencia a la voluntad de Dios.

De hecho, el arrepentimiento es una de las situaciones en las que se puede ver más claramente cómo la obra del Espíritu Santo llama a nuestra cooperación, a nuestra respuesta. Es un verdadero encuentro entre lo que llamamos la vida mística y la vida ascética.

La siguiente historia nos recuerda que la Providencia se aprovecha de muchas situaciones inesperadas para provocar en nosotros el arrepentimiento y la conversión:

Robert Robinson (1735-1790) fue un ministro bautista y compositor de himnos. Es bien conocido por componer la hermosa canción Ven, Tú fuente de toda bendición, cuando tenía 22 años.

Lamentablemente, años después, Robinson se alejó de Dios. Como resultado, se quedó profundamente perturbado en su espíritu. Esperando encontrar la misma paz, decidió viajar.

En uno de sus viajes, conoció a una joven y su conversación se centró en asuntos espirituales. Ella le dijo que leía himnos en su tiempo de devoción diaria. Compartió con Robinson el himno que había leído ese día y le preguntó qué pensaba de él. Para su asombro encontró que no era otro que su propia canción. Él trató de evadir su pregunta, pero ella lo presionó para que le diera una respuesta.

De repente empezó a llorar. Con las lágrimas cayendo por sus mejillas, dijo: Yo soy el autor de ese himno. Daría cualquier cosa por volver a experimentar la alegría que sentí entonces. Aunque muy sorprendida, le aseguró que los “ríos de misericordia” mencionados en su himno seguían fluyendo. Profundamente conmovido, Robinson volvió su “corazón errante” al Señor, confesó su pecado y comprometió su vida a servir a Dios nuevamente. Como resultado, volvió a sentir la alegría que había experimentado, varios años antes.

Para ver cómo se manifiesta el arrepentimiento en la vida real, todo lo que necesitamos es acudir a la historia de Zaqueo, un hombre que engañó y robó y vivió espléndidamente de sus ganancias mal conseguidas… hasta que conoció a Jesús. En ese momento tuvo un cambio radical de opinión: ¡Mira, Señor! Aquí y ahora doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he engañado a alguien en algo, le devolveré cuatro veces esa cantidad (Lc 19:8). Jesús proclamó felizmente que la salvación había llegado a la casa de Zaqueo. Eso es arrepentimiento, unido a la fe en Cristo.

Arrepentirse no sólo significa la firme determinación de evitar el pecado, sino que es la decisión de cambiar radicalmente la forma en de ver a Dios, al hombre, al mundo, a la historia.

Siempre nos centramos en la conversión moral. Pero eso es sólo una cara de la moneda, aunque por supuesto, indispensable y urgente. Cristo nos lo dice hoy de manera clara: Arrepiéntanse y crean en la Buena Nueva.

Quizás la primera observación práctica sobre el arrepentimiento es que debemos practicarlo continuamente. Primero, porque el Evangelio nos lo dice. Y en segundo lugar, porque el Espíritu Santo también nos urge continuamente a ello, a través de todas las formas de purificación y compartiendo con nosotros el sentimiento y la preocupación de las personas divinas por nuestro prójimo, es decir, su Aflicción divina. Escribiendo a la iglesia de Corinto, Pablo dice: Ahora soy feliz, no porque ustedes se hayan arrepentido, sino porque su dolor los ha llevado al arrepentimiento. Porque ustedes se entristecieron de la manera que Dios quería (2 Cor 7: 9).

Así es como nuestro Fundador expresó sus sentimientos sobre el arrepentimiento y la conversión a los 16 años en el campamento juvenil de Valsain:

Aquí se dio el primer voto que yo hice a mi Padre, mi primer voto religioso que ofrecí a Él. Fue una promesa, un juramento, una palabra de honor de no separarme nunca de Él. Hice entonces un acto de arrepentimiento de todo mi pasado —algo que yo prácticamente ignoraba porque ni siquiera tenía conocimiento de ninguna ética— y de todas las acciones del futuro que pudieran desagradarle, molestarle, herirle u ofenderle.

Mi arrepentimiento tenía que ser para siempre: un arrepentimiento que no pasara nunca, un arrepentimiento que no era solamente de faltas cometidas o por cometer, sino también por la posibilidad de cometerlas; incluso le pedí perdón por haberme dado la existencia, le pedí perdón por todo.

Quería estar, Padre, al lado tuyo en cada instante, siempre (2 mayo 1988).

Recordemos cómo nuestro Padre Fundador nos enseñó que el esfuerzo ascético de nuestra facultad unitiva comienza con la Aceptación Intelectual del Evangelio. Tal aceptación no significa meramente una “ausencia de objeciones”, sino nada menos que acoger la Buena Nueva como el centro alrededor del cual giran todos los asuntos de mi vida. Esa Buena Nueva no es sólo lo que está escrito en el Nuevo Testamento, sino todo lo que viene de Cristo: Su palabra, su ejemplo y su inspiración personal para cada uno de nosotros.

El arrepentimiento comienza con un cambio de mentalidad y desemboca en un cambio de conducta. Ese cambio de conducta que sigue al arrepentimiento es lo que llamamos conversión.

Esto explica por qué cuando ciertos hipócritas engreídos llegaron al río Jordán donde Juan estaba bautizando, Juan les desafió a mostrar pruebas de su arrepentimiento: Produzcan frutos acordes con el arrepentimiento (Mt 3: 8).

Curiosamente, hoy Lucas resume el ministerio de la predicación de Jesús en una sola línea: El reino de Dios está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.

¿Cómo actúa la conversión?

Dios a menudo utiliza las circunstancias de la vida diaria para otorgarnos el don del arrepentimiento. Este don puede venir a través del ejemplo generoso del prójimo, o de la lectura de la Biblia, o de una cadena de eventos que abarcan muchas semanas o meses, o incluso años. Acontecimientos impactantes de las noticias pueden ser el catalizador que permite a una persona recibir el don del arrepentimiento de Dios. Por otra parte, los sucesos positivos, como la colaboración de personas que se reúnen para ayudar a aliviar el sufrimiento de otros, pueden tener un efecto de concienciación a través del cual Dios concede el don del arrepentimiento. Dios puede utilizar y utiliza los eventos de la vida – ordinarios y extraordinarios – para despertanos a nuestra necesidad de arrepentimiento.

Sabemos muy bien que hay personas que se han convertido sin ningún acontecimiento extraordinario. A menudo, la impresión de vacío, de no hacer lo suficiente, la certeza de ser tibio o mediocre, es suficiente para hacernos conscientes de que Dios nos pide, una vez más, que nos convirtamos.

Dios tuvo que recurrir a un evento espectacular para la verdadera conversión de Jonás. Y sin embargo, un día de predicación y unas pocas palabras del profeta rebelde fueron suficientes para convertir esta capital del vicio y la idolatría.

Por nuestra parte, una de las principales claves para el verdadero arrepentimiento es la confesión. San Juan escribe: Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1: 9).

Por desgracia, nuestra confesión está a menudo limitada por lo que estamos dispuestos a admitir. Los humanos tenemos la extraña habilidad de revisar mentalmente los eventos pasados, engañándonos a nosotros mismos para convencernos de que los pecados pasados fueron de alguna manera menos que pecaminosos. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que los pecados graves son meras “debilidades”. Escondemos nuestros motivos, no sólo de los demás, sino también de nosotros mismos.

La confesión significa ser completamente honesto con uno mismo y con Dios. Significa admitir ante Cristo, en el Sacramento de la Reconciliación, nuestros verdaderos motivos, y proponerse no volver a pretender nunca más que esos motivos sean otros que los que son.

Como sigue narrando Marcos en el texto evangélico de hoy, los apóstoles supieron dejar sus redes de pesca, su familia… cosas que les eran muy queridas (Mc 1,16-20). Esta renuncia fue su signo de arrepentimiento. Y pudieron llegar a esta decisión porque encontraron a Dios en la persona de Jesús. Creyeron en la Buena Nueva! Su creencia no era sólo un asentimiento intelectual, sino una experiencia tangible de Dios en Jesús.

Creer en el Evangelio no es solo asentir a un conjunto de proposiciones y declaraciones de fe. Tener fe es dejarse invadir por el poder del amor de Dios, permitir que Él reine en todos los niveles de nuestro ser. ….. Jesús quiere que abramos los ojos y le veamos a Él y lo que el Padre está haciendo en y a través de Él.

Se cuenta la historia de dos amigos en la antigua Rusia Soviética. Uno era astronauta y el otro cirujano especializado en el cerebro. El astronauta, que era ateo, le dijo un día a su amigo el neurocirujano: Sabes, he estado en el espacio una docena de veces y nunca he visto a Dios. A lo que su amigo, el neurocirujano, que era un creyente en Dios, respondió: Sí, algo así como me pasa a mí, he operado docenas de cerebros y nunca he visto un pensamiento! Jesús nos dice que debemos arrepentirnos para poder creer en el reino de Dios.

La palabra “arrepentirse” en griego puede traducirse como ir más allá de tu mente o forma de ver actual, es decir, ver la realidad en términos más amplios que sólo lo físico. Ver lo espiritual a mi alrededor, ver el Espíritu trabajando dentro de uno y en grupos de personas abiertas y bondadosas. El arrepentimiento como proceso es más que un acto ocasional de contrición, aunque eso es ciertamente parte del mismo. También es un estado mental centrado en Dios que influye en todos los aspectos de nuestra vida. Se agudiza prestando atención al impulso del Espíritu Santo, que siempre nos dirige por el camino establecido por el plan de redención de Dios.

Hoy vemos cómo los primeros discípulos responden inmediatamente al llamado. Confían en Jesús y le siguen.

A los ninivitas se les concedió cuarenta días de tiempo para aceptar o rechazar la invitación a la conversión. A Eliseo se le permitió “despedirse de su padre y su madre” antes de seguir a Elías (1 Reyes 19:20). Pero Jesús nos dice hoy que la respuesta a su llamada a la conversión debe darse inmediatamente. Este es el verdadero mensaje de la Segunda Lectura: no es que todas las cosas en el mundo sean despreciables, pero es cierto que son fugaces y no deben ser el centro de nuestra existencia. Como estamos en medio de ellas, por eso es necesario vivir en un estado permanente de conversión.

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