Dos historias de montaña

By 27 febrero, 2021Evangelio, Para leer

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

New York/Paris, 28 de Febrero, 2021. | Segundo Domingo de Cuaresma.

Génesis 22: 1-2.9a.10-13.15-18; Romanos 8: 31b-34; Marcos 9: 2-10.

La montaña, tanto para Abraham como para los apóstoles, representa un lugar y un momento en el que se tiene una nueva perspectiva, una ocasión para descubrir realidades sorprendentes que no esperábamos. Es un momento en el que la intimidad con Dios es especialmente profunda. Es una experiencia de unión del alma con Dios, en la que la persona se siente identificada con Sus pensamientos, sentimientos, palabras y acciones.

La sorpresa está en el núcleo de la Primera Lectura y del Evangelio de hoy, y San Pablo reacciona con júbilo al considerar el plan divino de salvación exclamando con alegría: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El amor de nuestro Padre es sorprendente y casi insondable y no puede ser anulado por ningún pecado; no hay infidelidad del hombre que sea más fuerte que este amor.

Como ha señalado el Papa Francisco en varias ocasiones, nuestro Dios es un Dios de sorpresas. A veces nos sorprende con milagros y sucesos inexplicables en nuestras vidas. Sin embargo, la mayor forma de sorprendernos es invitándonos, a pesar de nuestros pecados y fracasos, a convertirnos en sus discípulos, en sus amigos íntimos, y llamándonos a participar en su misión divina siendo pescadores de hombres, para llegar a todo el mundo con su amor divino y su salvación.

Una sorpresa en nuestra vida espiritual no tiene por qué ser tan espectacular como el acontecimiento del Monte Tabor. Pero siempre merece una atención especial, porque no está destinada simplemente a emocionarnos, sino a fortalecer nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.

A menudo se ha dicho que los discípulos fueron privados bruscamente de la alegría de pasar más tiempo con Cristo en el monte, pero en realidad el significado de la Transfiguración es precisamente el contrario: habían recibido una nueva visión, una confirmación de su misión, y ahora era el momento gozoso de poner en acción todos los dones recibidos, inaugurando nuevas formas de fe, esperanza y amor.

Recordemos que las virtudes teologales se llaman así porque tienen a Dios como objeto inmediato. De hecho, la nube, la luz y la sombra son imágenes utilizadas en el Antiguo Testamento para indicar la presencia de Dios.

Los discípulos, en el Monte Tabor, tuvieron una visión más clara de la presencia de Dios en Jesús, recibieron un impulso y un estímulo en su voluntad y… como consecuencia, se vieron capacitados para acercar a la gente a ese mismo Dios: era el momento de bajar de la Montaña. A nosotros nos sucede igual y por eso los momentos que siguen a nuestras experiencias de transfiguración se llaman extáticos: nos vemos empujados a acercarnos a los demás, a darles la Buena Noticia de que no estamos solos y además de que, a pesar de nuestra fragilidad, Dios nos hace capaces de servir en todo momento.

De hecho, TODOS NOSOTROS tenemos múltiples experiencias de ser transfigurados, de vivir momentos en los que la respuesta divina a nuestra fe, esperanza o caridad se manifiesta de forma inesperada y desbordante. Una forma sencilla de describir lo que nos ocurre en esos casos es: Tengo la impresión de que no soy yo quien está haciendo el esfuerzo por ser fiel, fuerte o caritativo. Ese es el efecto de los dones del Espíritu Santo, que son incrementos de nuestra virtud incompleta.

No tengo que esforzarme mucho para recordar casos que he presenciado, en diversas partes del mundo, en los que la presencia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo en una persona han sido tan potentes y tan sorprendentes que han dejado en ella (y en mí también) una huella indeleble, generalmente difícil de explicar.

Por ejemplo, una persona entra en una de nuestras parroquias, donde no esperaba encontrarme en ese momento, y pide confesarse. Comienza diciendo que no sabía si la iglesia estaría abierta o si había confesiones. Continúa admitiendo que no sabe por qué ha entrado y que no ha ido a la iglesia desde que era un niño. Confiesa algunos delitos por los que ha estado en la cárcel y otros que nunca había contado a nadie. Me consta que él cambió para siempre.

Siempre agradeceré a la Providencia que me haya permitido compartir esos momentos de felicidad y auténtica transfiguración con esa persona. Mi experiencia personal, aunque naturalmente limitada, es que estas vivencias extáticas, donde la fe, la esperanza y la caridad “se disparan”, tienen lugar cuando se recibe o se da el perdón. Así les ocurrió a los que ejecutaron a San Esteban, al propio San Pablo en su conversión, a San Pedro cuando fue recibido después de su negación, a muchos fieles que acuden al Sacramento de la Reconciliación… a ti y a mí, cuando en nuestro interior reconocemos una falta y nos proponemos confesarla en el lugar adecuado, seguros de que recibiremos alivio y perdón.

En la Primera Lectura de hoy, se nos narra una petición hecha por Dios a Abraham. En realidad, no era más que una idea incompleta, surgida en la mente del patriarca, respecto a la voluntad del Señor.

El sacrificio en la hoguera de un niño, en aquellos tiempos antiguos, era una práctica muy extendida. Lo practicaban los moabitas. Cuando se encontraban en situaciones desesperadas, sacrificaban al primogénito a su dios Chemos. Los amonitas ofrecían sus hijos a Moloc. Los reyes judíos Acaz y Manasés hicieron lo mismo. Pero los israelitas abandonaron los sacrificios humanos (Miq 6:7). Otros pueblos siguieron haciéndolo durante mucho más tiempo. De hecho, la historia de la disposición de Abraham a sacrificar a su hijo y de cómo Dios se lo impidió es una desaprobación implícita de una práctica primitiva de sacrificios humanos.

Veamos un ejemplo en el que, por sorpresa, la fe y la esperanza de un santo le llevan a vivir una forma inesperada de caridad.

San Manuel González (1877 – 1940) fue ordenado en 1901. Su primer destino fue predicar en un pequeño pueblo de Sevilla (España). Fue allí, montado en un burro y lleno de entusiasmo. Pero, al llegar a la iglesia, se sorprendió al ver lo descuidado que estaba el Santísimo Sacramento.

Ese suceso le cambió la vida: “Fui directamente al Sagrario”, explicó más tarde. “Allí, de rodillas, ante aquel montón de restos y suciedad, mi fe vio a un Jesús tan callado, tan paciente, que me miraba… Me pareció que, después de contemplar con su mirada aquel desierto de almas, me miraba a mí, triste y suplicante. Una mirada que reflejaba la tristeza del Evangelio: la tristeza de no tener un lugar para nacer en Belén, para reposar su cabeza, las migajas por las que mendigaba el pobre Lázaro, la tristeza de la traición, de la negación, del abandono de todos… [Allí] “vi una nueva ocupación que se preparaba para mi sacerdocio: convertirme en sacerdote de un pueblo que no quería a Jesucristo, para amarlo en nombre de todo el pueblo; usar mi sacerdocio para cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida en el sagrario exigía, alimentándolo con mi amor, abrigándolo con mi presencia, amparándolo con mi conversación, protegiéndolo del abandono y la ingratitud...”

Aquel pobre Tabernáculo abandonado enseñó al joven sacerdote más sobre el Amor de Cristo que todos sus años de estudios teológicos. Marcó toda su vida a partir de ese momento. Manuel fundó los Discípulos de San Juan, las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y la Unión Reparadora. Se dedicó hasta su muerte a difundir la devoción a la Eucaristía, proclamando estas palabras que luego elegiría para su epitafio: ¡Jesús está aquí! ¡Él está aquí! ¡No le abandonen!

Esta sensación de novedad, de sorpresa, de cambio profundo en nuestra forma de ser, a través de las virtudes teologales, es el testimonio que necesita nuestro prójimo. Todos estamos lejos de ser perfectos, pero los cambios que el Espíritu Santo produce en nosotros son los signos más poderosos para que las almas encuentren a Dios.

Sí, debemos y podemos transfigurarnos en Cristo y convertirnos en otro Cristo. Necesitamos encontrarnos con Él de una manera especial, como lo hicieron los apóstoles en el Monte Tabor. Sin un encuentro con Cristo, nuestra fe en Cristo sería débil porque se basaría sólo en informaciones y testimonios de oídas.

De hecho, San Pedro escribió: Cuando les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no seguimos fábulas ingeniosamente inventadas, sino que fuimos testigos oculares de su majestad.  Pues cuando Él recibió honor y gloria de Dios Padre, la majestuosa Gloria le hizo esta declaración: ‘Este es mi Hijo amado en quien me he complacido’;  y nosotros mismos escuchamos esta declaración, hecha desde el cielo cuando estábamos con Él en el monte santo. Y así tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacén bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro, hasta que el día despunte y el lucero de la mañana aparezca en vuestros corazones (2Pt 1-16-19).

La narración de la Primera Lectura y la obediencia de Abraham nos anuncian que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único (Jn 3,16) y nos invitan a responder a su amor convirtiéndonos, a su vez, en un regalo para los hermanos.

Jesús quería transmitir una enseñanza muy importante, por eso se retira con los apóstoles a un lugar aislado, para evitar que le oyeran los que podrían malinterpretarle.

La Transfiguración fue una experiencia espiritual en la que Jesús trató de convencer a sus discípulos de que sólo los que dan su vida por amor la consiguen vivir plenamente.

No se puede entrar en el reino de Dios por atajos, como hubiera querido hacer Pedro. Es necesario que cada discípulo asuma con valentía la disposición del Maestro, y acepte dar la vida. Quizás la experiencia de la montaña no fue suficiente para que los tres discípulos asimilaran esta verdad. Por eso Dios ordena a los asombrados discípulos que sigan escuchando a Jesús.

Esto explica por qué se les dijo a los discípulos que no contaran a nadie lo que habían visto hasta después de la resurrección, simplemente porque el poder de la resurrección no puede conocerse ni experimentarse sin la exigencia previa de cargar con nuestra cruz y abrazar los sufrimientos de la vida. Divulgar la Transfiguración antes de la muerte y resurrección de Jesús sería una espiritualidad que promueve una vida fácil, una vida de confort sin sufrimiento.

Sólo la luz de la Pascua y las experiencias con el Señor resucitado les harán abrir bien los ojos. Cuando los demás nos vean como personas de fe, no porque tengamos éxito, sino porque permanecemos fieles y confiados en los sufrimientos, verán la gloria de Dios en nuestra bondad, en nuestras debilidades y en nuestro pecado.

Por eso, al comienzo de la Cuaresma se nos ofrece el ejemplo de la fe de Abraham, que no es en absoluto “ciega”, sino obediente. Reconoce que Dios desea algo y eso es suficiente. Estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, su único hijo al que amaba tanto, y quien irónicamente había sido la recompensa a su fe y su obediencia. Pero la recompensa que recibió fue precisamente ser el padre de muchas naciones, una descendencia como nadie podía esperar.

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