Auténtica y cotidiana experiencia de las Tres Divinas Personas.

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes

New York, 07 de Junio, 2020 | La Santísima Trinidad.

Éxodo 34: 4b-6.8-9; 2 Corintios 13: 11-13; San Juan 3:16-18.

A veces pienso que todavía me queda un largo camino por recorrer antes de comprender plenamente y hacer buen uso de lo que nuestro padre Fundador nos dice sobre el propósito de nuestra familia religiosa de hermanas y hermanos identes: vivir la santidad en común.

Pero la verdad es que los Fundadores siempre están por delante de nosotros. Cuando compartimos nuestra vida espiritual en el Examen de la Perfección, el último punto que manifestamos es la impresión que recibimos de las tres personas divinas… y muchos de nosotros nos perdemos la realidad permanente y el alcance de estas experiencias.

Probablemente algunos de nosotros consideramos esto como una «cima» de la vida espiritual, donde sólo unos pocos santos famosos han llegado. Pero la verdad es que todos tenemos alguna experiencia personal del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo contrario sería difícil de explicar, al menos por dos razones.

Primero, Cristo prometió que ellos morarían en nosotros. Jesús respondió: Si alguien me ama, me obedecerá. Entonces mi Padre los amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn 14: 23). Y, en segundo lugar, porque fuimos creados a su imagen y semejanza, lo que nos hace naturalmente capaces de tener un contacto personal con las personas divinas; es tan natural como que un niño pequeño quiera abrazar a su madre o a su padre.

Esencialmente, ¿cómo tenemos este contacto con las personas divinas? Como una impresión uncial (Uncial = ser ungido), según la expresión de Fernando Rielo. Esto significa la impresión de «ser marcado», de salir de ese encuentro con una marca (como un símil, pensemos en una cicatriz o un tatuaje).

Esta impresión significa una marca a fuego, como la que se pone en las vacas, que se caracteriza por dos cosas: no se puede borrar, es indeleble y también es dolorosa. La cojera que afectó a Jacob después de su lucha con Dios durante la noche representa bien esa marca dolorosa. Otros ejemplos, por supuesto inusuales, son los estigmas (o heridas) que algunos santos han tenido en sus cuerpos. Aunque no son necesariamente signos de unión con Dios, a veces acompañan el proceso espiritual de la verdadera transverberación, la unión esencial de un alma con Dios.

Antes de explicar de dónde viene este dolor, veamos algunos ejemplos del encuentro con las personas divinas, de cómo nos dejan ungidos, es decir, llenos de su presencia.

Cuando Elías se escondió en una cueva, no oyó a Dios en el torbellino o en el fuego o en el terremoto. La voz de Dios se describía como calmada y pequeña. Cuando Juan el Bautista proclamó a Jesús como Mesías y lo bautizó, la voz de Dios clamó desde el cielo y dijo a todos que Jesús era su hijo, en el que se complacía. La voz de Dios pronunció palabras de aliento y satisfacción sobre su hijo. Más tarde, cuando Jesús estaba en la montaña experimentando la Transfiguración, Dios nuevamente usó su voz para decir a los discípulos que escucharan a su hijo y que hicieran lo que él dijera. La voz de Dios trae dirección, protección, confianza y, sobre todo, nos recuerda su amor.

Los mensajes que recibimos de nuestro Padre celestial suelen tener estos contenidos:

– No estás solo. Conozco bien la situación en la que te encuentras.

– Confío en ti, por eso te permito que estés en circunstancias tan complicadas y te he confiado una misión. Confía tú en mí.

– Tienes mi perdón. Estoy feliz de darte otra oportunidad.

– Te espero en tu verdadero hogar. No olvides que el mundo en el que vives no es al que perteneces.

Esto es lo que dijo el Papa Francisco el 18 de abril de 2016:

Sólo que, ¿cómo podemos conocer la voz de Jesús, e incluso defendernos «de las voces de los que no son Jesús, de los que entran por la ventana, de los bandidos, que [buscan] destruirte y engañarte?»:

«Les diré la receta, [es] sencilla: encontrarán la voz de Jesús en las Bienaventuranzas. Si alguien intenta enseñarles un camino contrario a las Bienaventuranzas, sepan que es uno que ha entrado por la ventana: ¡no es Jesús! Segundo: ¿Ustedes conocerían la voz de Jesús? Puede que la conozcan cuando esa voz hable de las obras de misericordia. Por ejemplo, en el capítulo 25 de San Mateo: si alguien te dice lo que Jesús dice allí, esa es la voz de Jesús. Tercero: puedes saber que es la voz de Jesús cuando te enseña a decir ‘Padre’, es decir, cuando te enseña a rezar el Padre Nuestro».

La marca que Cristo nos deja en el diálogo que mantiene con nosotros, puede ser de este estilo:

– Aunque no me entiendas, haz lo que yo hice.

– Tengan la certeza de que todo lo que les pase a ustedes también lo he sufrido, incluyendo la tentación.

– Están llamados a hacer cosas más grandes que yo. Por lo tanto, no se centren en sus limitaciones, no pierdan el tiempo en ello.

– Vivan el espíritu del Evangelio para mantener la unidad. No tengo otro deseo más importante para ustedes.

Muchos de ustedes conocen la vida de San Alfonso María Liguori. Su vocación se manifestó como la voz del Espíritu Santo, a través de un acontecimiento que no fue muy agradable para él:

Nació cerca de Nápoles en 1696. A los dieciséis años obtuvo su doctorado en derecho en la Universidad de Nápoles. Se dice de él que nunca perdió un caso en ocho años de ejercicio de la abogacía.

Pero un día perdió su primer caso judicial, un caso importante que involucraba grandes sumas de dinero y prominentes nobles napolitanos. Saliendo de la sala del tribunal con disgusto, exclamó: ¡Ah, mundo, ahora te conozco! Volvió a casa y se encerró en su habitación durante tres días, durante los cuales terminó su carrera de abogado. Eligió entrar en el sacerdocio en su lugar. Fundó la congregación de los Redentoristas en 1732.

El Espíritu Santo se expresa de manera semejante a éstas:

-Mira bien este momento.  Lo he preparado para que tú seas testigo. No pierdas de vista los signos con los que te estoy hablando.

– Da un paso más. Para eso he aumentado tu fe, tu esperanza y tu amor.

– No pierdas esta oportunidad de purificarte en medio del sufrimiento. Verás mejor, serás más fuerte, podrás amar en momentos inesperados.

– Tu mayor alegría llega cuando has logrado salir de ti mismo, cuando has hecho el esfuerzo de ser desinteresado y generoso con otra persona.

En términos muy sencillos: El Padre manifiesta su voluntad y sus sentimientos grabándolos en nuestros corazones o a través del Espíritu Santo, que nos lo recuerda de muchas maneras y Cristo nos da un ejemplo vivo de cómo hacerla realidad.

Cuando «al principio» Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, la imagen de la que habla no es la del Creador, ni la del Espíritu, ni la del Verbo eterno de Dios, sino que es todas ellas juntas.

Sentimos un anhelo irrefrenable de comunidad, de solidaridad y de diálogo; lo necesitamos para vivir y crecer, lo necesitamos más que el aire. Pero sólo a la luz de la Trinidad este hallazgo adquiere una profundidad inesperada: estamos destinados a encontrarnos, a dialogar y a amar, porque somos imagen de Dios, y Dios es, en la medida en que se nos da a entender, una comunidad de amor.

Podríamos decir que nuestra impresión de las personas divinas es una nostalgia del futuro. Normalmente, se define la nostalgia como un sentimiento de sentimentalismo por el pasado, típicamente por un período o lugar particular con asociaciones positivas, pero a veces por todo el pasado en general. La nostalgia combina la tristeza de la pérdida con el gozo o el consuelo de que la pérdida no es completa, ni puede serlo nunca.

A veces, la nostalgia cumple una función parecida a la de la anticipación, que puede definirse como el entusiasmo y la excitación por algún acontecimiento positivo esperado. Los anhelos de tiempos pasados y la imaginación de tiempos venideros nos fortalecen en tiempos peores.

Por eso me atrevería a decir que nuestro diálogo con las personas divinas, aunque sea incompleto, parcial y fragmentado, produce en nosotros una gozosa nostalgia del futuro.

El pasaje de hoy del Evangelio de San Juan, nos hace reflexionar y contemplar la asombrosa profundidad del amor del Padre que nos da a su Hijo. Él, en su encarnación, toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en la que se encuentre. Dios tomó la condición humana para sanarnos de todo lo que nos separa de Él y para permitirnos llamarlo Padre y ser verdaderamente hijos de Dios.

Y esto ya se anticipa en el Antiguo Testamento con una imagen poderosa: ¿Puede una mujer olvidar al bebé en su seno y no tener compasión del niño que lleva en su vientre? Aunque ellas se olvidasen, yo nunca te olvidaré (Is 49:15).

En la Segunda Lectura, el ósculo santo que intercambian los creyentes es la expresión y el signo del amor que une a las personas divinas y se expande e involucra a los discípulos. Pablo saluda a los Corintios, usando la fórmula que usamos hoy en la liturgia de la Misa: La gracia de Cristo Jesús el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Estas eran probablemente las palabras con las que, en la comunidad de Corinto, intercambiaban el signo de la paz y el ósculo santo.

Con esta fórmula, se nos recuerda que el Padre es quien toma la iniciativa de salvar a las personas, destinándolas a una felicidad eterna en su familia. El Hijo es quien cumple esta obra de salvación con su venida al mundo y su fidelidad hasta la muerte. El Espíritu, el amor que une al Padre con el Hijo, es derramado en el corazón de cada cristiano en el bautismo. Desde el momento en que se recibe este don, uno se convierte en parte de la familia de Dios: La Trinidad.

Vale la pena emprender este Diálogo a Tres Voces, como lo llama nuestro Padre Fundador.

Imagen de portada: Clay Wagstaff, Three Trees (2015) 

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