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Cardenal Camillo Ruini un «fiel pastor» paseando por los Alpes

de 10 de julio de 2026No Comments

“Pasteur fidèle” (“Pastor fiel” en francés) es el nombre que me fue inspirado el segundo verano que pasé con él y que utilizaba yo cuando le escribía, y él cuando firmaba las cartas o tarjetas que me enviaba. Aprendiendo su tránsito el 16 de junio de este año 2026, me vino el deseo de escribir estas líneas para honrar su memoria ya que he tenido el privilegio de conocerle en un contexto de cercanía, no de trabajo y labor pastoral, sino de vacaciones y largos paseos por los montes de Francia, Austria y Suiza, con además tres veranos “lingüísticos”, uno en Inglaterra y dos en Estados Unidos. El primer verano, en Estados Unidos, en 1999, dio lugar a que el Cardenal pudiera conocer personalmente a Fernando Rielo, nuestro fundador, en Nueva York, esto fue una inmensa alegría para mí, y un encuentro que el Cardenal me dijo siempre recordaría con gratitud. 

El primer verano con él y su hermana Donata fue en el 1991, poco después de su nominación por Juan Pablo II como Vicario suyo para la Diócesis de Roma y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Llegué muy emocionada a un pequeño pueblo perdido en el Vercors (parte oeste de los Alpes), lejos de todo porque el Cardenal buscaba tranquilidad y anonimato. Llegaron el Cardenal y su hermana en el coche que conducía el Cardenal, yo los esperaba  toda preocupada de cómo tenía que comportarme. El saludo del Cardenal, su gran sonrisa y su sencillez me quitaron bastante preocupación, y me acordé del consejo de nuestro presidente Jesús Fernández, quien me había dicho de ser sencilla y normal, en paz, siempre. 

Fueron veinte veranos vividos con gran alegría, compartidos con el Cardenal, su hermana Donata, y su gobernante Pierina, algunos años, también con nuestras hermanas Nicole y Elaine, misioneras identes.

Conocí un Cardenal sereno, amante de la naturaleza y de la montaña, muy puntual para las lecciones de francés, y luego de inglés, que eran el motivo por el que me encomendaron la misión de ayudarle en el aprendizaje de estos idiomas; el acompañamiento en el aprendizaje de estos idiomas fue la misión que me encomendaron. Él había tenido una muy buena impresión de Lourdes Grosso y Alfonso Urrechua, en ese entonces superiores de Roma. Me dijo cuán preciosos le habían sido los consejos de nuestro hermano cuando él llegó a Roma.

Puedo enumerar las cualidades que he visto en él en la vida diaria: sencillez, humildad, inteligencia por supuesto, fidelidad a sus amistades, generosidad, atención exquisita a las personas que le estaban cerca, gratitud y aprecio hacia cada gesto. También he podido sonreír mucho con su fino humorismo y su forma de tomar distancia y no dejarse desanimar frente a las situaciones difíciles que ocurren en la vida de cuantos tienen altas responsabilidades. Sabía contarlas con el aspecto cómico que podían tener y sin dramatizar. Me encantaba la relación de confianzay cercanía que tenía con su hermana y con las personas que trabajaban con él o para él, especialmente Pierina, que le acompañó muchos años con una dedicación y lealtad admirables, su carácter creativo contribuía a crear un ambiente sereno y cordial que hacía la convivencia especialmente agradable para todos. Era muy respetuoso y delicado en el trato con  las personas. Durante las caminatas hacíamos breves pausas para descansar o tomar un refresco, momentos sencillos que favorecían la conversación y el descanso.

Su jornada estaba bien organizada y empezaba siempre con la misa, ya fuera en la iglesia del lugar donde nos encontrábamos o en el espacio preparado para ello durante nuestras estancias. Éramos dos o tres personas que le acompañábamos, y, aún siendo un grupo tan reducido, siempre dedicaba un tiempo para una breve homilía. Era un tiempo muy bonito, empezando el día juntos en la presencia de Dios. Cada mañana después del desayuno estudiábamos brevemente el mapa y escogíamos el lugar donde nos iríamos a caminar, era la parte deportista del programa, para mantenerse en forma física y descubrir paisajes maravillosos. Mientras se caminaba se empezaba a veces la lección de idioma: las conjugaciones en francés (“je vais, tu vas, il va, nous allons,…”), la conversación en inglés. Se hablaba un poco de todo, de la vida, de los amigos, de la familia, de la naturaleza que nos circundaba, con la capacidad del Pastor y de nosotras para extasiarnos ante un riachuelo, una ardilla,…; de vez en cuando yo mencionaba algo de nuestro fundador o de nuestra Institución, si venía al caso; le pedí también me contara su vocación de sacerdote, y antes de ello sus combates de casi adolescente en la política, poniendo carteles de noche con el ardor e ideal de los jóvenes, que luego se transformó en ardor por Cristo y Su Iglesia.

Siempre volvíamos para la hora de la comida, salvo las veces en que nos íbamos todo un día para visitar alguna ciudad de la región, y luego había tiempo libre en la hora de la siesta, con la lección de idioma a continuación. Me acuerdo la emoción cuando el primer año aprendió a leer la misa en francés ¡y tuve que enseñarle a un Cardenal a decir bien el Credo! Al final de la tarde hacíamos otro pequeño paseo, en los Alpes, a esa hora,  nos cruzábamos a menudo con las vacas que volvían al establo; después, venía la cena, y cada uno se retiraba.

Casi cada día había también un momento dedicado a las postales que él enviaba fielmente a todos sus amigos y conocidos. Tenía una larga lista… y por esto tenía que hacerlas por grupos de 10/15 casi diarios. Y también enviaba postales a nuestro Fundador y a nuestros Superiores. En una ocasión manifestó el deseo de escribir una carta a nuestro padre Fundador para expresarle personalmente su gratitud. Como debía hacerlo en español, tuve la alegría de ayudarle con la redacción.  Él mismo fue dando forma al texto y encontró las palabras para expresar un profundo agradecimiento y un sincero aprecio hacia nuestra Institución, incluso con mayor intensidad de la que yo habría imaginado.

A los 3 o 4 años de estudio del francés hablado (ya lo leía), decidió ponerse al inglés, que le era más desconocido, sin dejarse desanimar por el obstáculo de la edad y siguiendo las lecciones con otra profesora cada semana durante todo el año. A un cierto punto se vio la necesidad en el verano de practicar el idioma en un país anglófono: primero en Inglaterra en el Kent, y luego en Estados Unidos. Cuando planeó el viaje a Estados Unidos, él mismo expresó su deseo de hacer escala en Nueva York al regreso para por fin conocer a nuestro fundador. Para mí, como se puede imaginar, fue una gran emoción, un gran gozo, cuando me lo dijo. Se quedaron él y Pierina (su gobernante) en la residencia donde vivía nuestro Fundador, y donde nos encontrábamos reunidos muchos misioneros y misioneras para las sesiones de formación en ese verano. Fue un momento de convivencia en el que el Cardenal pudo entrevistarse a solas con nuestro padre Fundador, quien le dejó entre otros recuerdos una profunda impresión de paz y aceptación de la voluntad divina. De aquellos momentos, el año pasado, escribió un testimonio y lo envió para la Postulación de la causa de nuestro fundador. 

Por Pierina, quien le acompañó con entera dedicación hasta el final, he podido saber que el Cardenal se fue a la otra vida sin sufrir demasiado y sin perder su sentido del humor y su buen trato con todos. Tuvo buenos médicos y casi hasta el final siguió su ritmo habitual de vida, celebrando la misa cada mañana, leyendo el periódico para mantenerse al corriente, pasando tiempo en su escritorio, recibiendo las visitas, solo que con cada vez menos fuerza y más cansancio, debido a los problemas respiratorios serios que causaron su muerte.

Termino con unos versos que escribí durante uno de tantos veranos y expresan lo que sentía caminando al lado de un grande de la Iglesia, grande especialmente (y no solo por supuesto) por su humildad y caridad:

Dios mío,
qué bueno es,
qué dulce es
vivir a la sombra 
de aquellos y aquellas
que son grandes en Ti.

 

Annick Johnson
Estambul, 25 de junio 2026