
Evangelio según San Mateo 13,44-52:
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
»También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.
»También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
»¿Habéis entendido todo esto?». Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo».
Un corazón sabio e inteligente
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 26 de Julio, 2026 | XVII Domingo del Tiempo Ordinario
1Re 3: 5.7-12; Rom 8: 28-30; Mt 13: 44-52
Hoy las tres Lecturas terminan en el mismo punto donde comienzan: la Sabiduría. En la Primera vemos a Salomón pidiendo a Dios esa forma de discernimiento y en el Evangelio, Jesús concluye preguntando a sus discípulos: ¿Han entendido todo esto?
El que comprende y acoge lo que el Maestro nos quiere decir hoy, se convierte en algo más que un “escriba”, llega a ser un verdadero discípulo suyo, caracterizado por saber utilizar lo nuevo y lo viejo, hacer uso de lo verdaderamente importante y rechazar lo inútil para ese momento.
La tercera de las parábolas de hoy no sólo habla del fin del mundo, sino de lo que debe hacer continuamente un buen pescador, un verdadero apóstol, un científico competente, una persona que sabe convivir: rechazar lo inútil y acogerse a lo verdaderamente valioso en ese momento. Esto es fácil de decir, pero vemos cómo el Joven Rico, persona inteligente y amante de la Ley, no fue capaz de asimilar esta lección.
Lo que Jesús pidió a este joven es lo mismo que nos dice en el texto evangélico de hoy: hay que vender todas las posesiones, hay que eliminar los peces inútiles y así nos haremos capaces de llenar los canastos con lo mejor que nuestras redes puedan recoger.
En realidad es lo que hace un niño para aprender a caminar: dejar de utilizar sus manos y sus rodillas para poder valerse plenamente de sus pies.
María, la Madre de Jesús encarna de manera ejemplar la sabiduría de “sacar de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas”. Ella es hija de un pueblo que vive de la promesa antigua, conoce la Escritura, reza los salmos y espera al Mesías prometido. Representa la fidelidad a la tradición, la sabiduría acumulada de generaciones que han caminado con Dios.
Pero, en la Anunciación, recibe algo absolutamente nuevo: la encarnación en Ella del Hijo de Dios. No lo rechaza por ser nuevo, ni lo acepta sin discernimiento. Pregunta, lo medita, lo discierne: ¿Cómo puede ser esto…? Y después responde con libertad: Hágase en mí según tu palabra. San Lucas repite dos veces una frase clave: María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
El verbo griego que utiliza aquí es muy expresivo (syn-tērein), significa literalmente “unir, tejer, combinar”. María une lo que ya sabía de Dios con lo que Dios hace ahora. Es el gesto del escriba del Reino: conservar lo antiguo y abrirse a lo nuevo.
Pero la sabiduría no es algo que se recibe de una vez para siempre. Hemos de acudir a este tesoro día tras día. De hecho, en las bodas de Caná, María actúa desde la tradición (la hospitalidad, la preocupación por los demás) y al mismo tiempo abre la puerta al primer signo de Jesús, que inaugura la novedad mesiánica.
Su frase es la definición exacta de la Sabiduría: Hagan lo que Él les diga. En efecto, con la ayuda del Espíritu Santo, nos damos cuenta de que es siempre a Jesús a quien miramos para dar nuestros pequeños pasos en la adquisición de la sabiduría.
Como dice San Pablo: Para los que Dios ha llamado, sean judíos o no sean, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios (1Cor 1: 24).
—ooOoo—
Las parábolas de la perla preciosa y del tesoro escondido ofrecen una panorámica a tener en cuenta sobre el Reino de los cielos: su impacto en la vida del cristiano es imprevisible. Tanto en el caso del pobre jornalero que no imaginaba lo que iba a ocurrir en un día ordinario de trabajo, como el mercader de perlas, que seguramente albergaba la esperanza de encontrar una extraordinaria. En ambos casos, la reacción los lleva a desprenderse de todo lo demás, de las pocas posesiones del primero y de todas las demás perlas en el caso del mercader.
Si reflexionamos un poco, TODOS nosotros tenemos la experiencia de haber sido sorprendidos por el Reino de los cielos, en ocasiones por recibirlo sin haberlo buscado y otras veces por llegar a nosotros de forma inesperada, incluso opuesta a nuestra expectativas.
Todos recordamos el caso de San Pablo ,que se vio completamente superado en sus conocimientos y sus mejores expectativas:
Lo que para mí era ganancia lo consideré, por Cristo, pérdida. Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi Señor; por él doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo (Fil 3:7-8).
Por la forma como despliega su energía y su luz, podemos entender por qué Jesús llama “Reino” a esta realidad, algo que no pudo comprender el corrupto Procurador Pilato (Mc 15: 2). El reinado de Cristo nos sorprende y nos desafía, a la vez que abre nuestro corazón.
Natanael es uno de los ejemplos más interesantes de cómo el Reino sorprende a una persona sin que lo esté buscando y, además, rompiendo sus limitadas expectativas previas. Su encuentro con Jesús (Jn 1:45-51) es un modelo de lo que significa ser sorprendido por Dios.
Natanael no estaba en búsqueda activa del Mesías; no está inquieto, sólo sentado bajo una higuera, probablemente orando o meditando, pero sin ninguna expectativa de que algo vaya a cambiar ese día. Pero entonces, Felipe lo llama y le dice: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas. Se ve sorprendido de forma contraria a sus expectativas, pues el Mesías: debería venir de un lugar importante y cumplir ciertas expectativas que Natanael y todo el pueblo imaginaban.
¿De Nazaret puede salir algo bueno? El Reino no solo llega inesperadamente: llega desde donde él menos lo esperaba. Natanael queda desconcertado: ¿De dónde me conoces?
Y Jesús revela que lo conoce antes de que él conozca a él. El Reino lo sorprende en lo más íntimo: su verdad interior, su sinceridad, su búsqueda silenciosa.
Sin necesidad de encontrarnos físicamente con Cristo, nosotros también tenemos una experiencia semejante del Reino de los cielos. Y esto ocurre continuamente, a través de personas que creemos incapaces de darnos algo bueno, de situaciones que juzgamos inútiles y negativas, o de momentos que no nos parecen “espirituales”. Esto es la Inspiración a la cual Fernando Rielo, nuestro Fundador, da el significado de “atracción”. Es el espíritu Santo, que sopla sobre nuestras velas para acercarnos siempre más a Cristo y al Padre.
Esa metáfora del viento y la vela es especialmente rica porque muestra dos realidades al mismo tiempo: la acción humana y una fuerza que la supera.
El navegante puede estudiar las cartas, sostener el timón, reparar las cuerdas y decidir hacia dónde quiere ir. Todo eso depende de él, pero hay algo que no puede fabricar: el viento. Puede preparar la embarcación para recibirlo, pero no producirlo.
Cuando el viento comienza a soplar y llena las velas, el navegante sigue trabajando; no abandona el timón ni deja de tomar decisiones. Pero descubre que el impulso principal no proviene de sus fuerzas. Una energía mayor hace posible el avance.
Así puede entenderse la inspiración divina. No sustituye la libertad humana ni convierte a la persona en un objeto pasivo. La inteligencia sigue pensando, la voluntad sigue eligiendo y el corazón sigue amando. Pero, de pronto, la persona percibe una claridad, una fortaleza o una convicción que parecen exceder lo que podría generar por sí misma. Lo que antes requería un esfuerzo agotador comienza a moverse con un vigor inesperado.
Además, el viento no elimina la necesidad de orientación. Un marinero inexperto puede tener un viento favorable y aun así perderse. Del mismo modo, la inspiración divina no dispensa del discernimiento, la prudencia ni la responsabilidad. El don necesita ser acogido y dirigido.
La potencia irresistible de esta inspiración no consiste en que obligue, sino en que, cuando es reconocida, revela una posibilidad más grande que los propios cálculos. El navegante podría incluso resistirse, arriar las velas o intentar permanecer inmóvil. Pero si las mantiene abiertas, experimenta que el barco fue hecho precisamente para esto: para dejarse llevar por una fuerza que no nace de él y que, sin embargo, lo conduce, lo atrae a su destino.
Por eso la metáfora es tan poderosa: la vela no crea el viento, pero fue creada para recibirlo; y cuando el viento la llena, el barco descubre una velocidad y un horizonte que jamás habría alcanzado de otra manera. Así, la inspiración divina no anula la naturaleza humana, sino que la lleva a la plenitud para la que ya estaba secretamente preparada.
Es más difícil volver atrás, a los ídolos del pasado; es más difícil pensar en las pequeñas perlas que vendimos, y en el precio que pagamos por el campo que escondía el tesoro. Entendemos el consejo del Maestro: No hagan tesoros en la tierra (Mt 6,19). A pesar de lo que nos exigen continuamente los instintos, la Sabiduría nos permite perseverar con alegría en esa lucha íntima con el ego que llamamos abnegación. A pesar del esfuerzo y el sacrificio necesarios, las parábolas de hoy nos muestran que el Reino de los cielos nos llena de alegría, de dinamismo, de creatividad.
La Sabiduría no sólo nos permite distinguir lo que viene de Dios de lo que nos hace impuros. Sus efectos llegan lejos:
La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. (Sant 3: 17).
Según la mentalidad de la época, el mar era el reino de las fuerzas diabólicas, enemigas de la vida. Po eso, a los discípulos se les confía la misión de “ser pescadores de hombres”, arrebatándolos al poder del mal. Pasiones incontenibles, egoísmos, concupiscencias, nos azotan como olas impetuosas que, igual que un vórtice, nos arrastran al abismo. El Reino de los cielos es una red que nos saca afuera, nos hace respirar, nos lleva hacia la luz, hacia la salvación.
_____________________________
En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











