
Evangelio según San Juan1,1-18
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.
Dios mismo es la recompensa
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 04 de Enero, 2026 | Domingo II de Navidad
Eclo 24: 1-2.8-12; Ef 1: 3-6.15-18; Jn 1: 1-18
Hace mucho tiempo, gobernaba en Persia un rey sabio y bondadoso. Amaba a su pueblo. Deseaba saber cómo vivía cada uno de sus súbditos. Quería conocer sus dificultades. Por eso, a menudo, se vestía con ropas de trabajador o mendigo y visitaba los hogares de los pobres. Nadie a quien visitaba pensaba que era su gobernante. Una vez visitó a un hombre muy pobre que vivía solitario en un frío y húmedo sótano. Comió la comida vulgar que comía el pobre hombre. Le escuchó y le dirigió palabras alegres y amables; le agradeció su hospitalidad. Luego se marchó.
Más tarde volvió a visitar al pobre hombre y le reveló su identidad diciendo: ¡Soy tu rey! Pensó que ese hombre seguramente le pediría algún regalo o favor, pero no fue así. En cambio, dijo: Dejaste tu palacio y tu gloria para visitarme en este lugar oscuro y lúgubre. Comiste la comida tosca que yo comía. ¡Trajiste alegría a mi corazón! A otros les has dado tus ricos regalos. ¡A mí me has dado… a ti mismo!
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Esta pequeña historia puede servir como una analogía de la Encarnación y el amor de Dios. Para nosotros, la conclusión principal es que lo más relevante de la vida espiritual no reside en lo que Dios “nos da algo” valioso material, emocional o incluso espiritualmente, sino en quién es Él para nosotros.
Si ese rey de Persia se despojó de sus vestiduras reales, Jesús, siendo Rey del universo, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo (Filipenses 2:7). Dios no nos rescató desde la distancia de un trono, sino que bajó a nuestro «sótano», a nuestra condición humana, de dolor y pobreza, para estar con nosotros. El hombre pobre del cuento entendió algo que a muchos nos cuesta procesar: Dios mismo es la recompensa.
Además de ser un hecho histórico, realizado hace 21 siglos, esto sucede continuamente, como nos recuerda el propio Cristo, lo que ocurre es que su presencia no es necesariamente la llegada de alguien que resuelve nuestro sufrimiento, sino en la persona de nuestro prójimo, SIEMPRE necesitado de alguna forma de ayuda, que sólo podemos descubrir en la oración: Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui extranjero, y me recibieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a Mí (Mt 25: 35-36).
La venida de Cristo es algo urgente para el ser humano, por mucho que a veces lo ignoremos o incluso lo despreciemos. Pero, como afirmó Juan Pablo en su Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia (1984):
El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Todos tenemos alguna forma de generosidad; para con ciertas personas, en algunos momentos, poniendo a disposición ciertas habilidades o talentos; pero eso no nos distingue de quienes no han conocido a Cristo. El discípulo de Jesús, cuando hace el bien, deja de ser quien era, abandona algo de sus planes, pone en sosiego sus urgencias. Este es el comportamiento plenamente extático, de abandono, de abnegación, que permite a nuestro prójimo sentir la presencia divina. Por eso la actitud del Maestro hacía preguntarse a la gente:
¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su mamá María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Acaso no están todas sus hermanas aquí con nosotros? Entonces, ¿de dónde sacó toda esta sabiduría y poder? (Mt 13:55-57).
El Papa León XIV, en la Audiencia General del pasado 17 de Diciembre, también describió cómo se produce nuestro indispensable encuentro con Dios en el prójimo:
Y el auténtico destino del corazón no consiste en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o, mejor dicho, Dios Amor.
Sin embargo, este tesoro solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección.
Pero nosotros sabemos que, como joven, el Nazareno aprendió esto precisamente de María y José, que le contarían su experiencia de huida, de emigración, de vida difícil en Egipto, de lucha cotidiana por protegerle y darle una formación adecuada.
Es muy adecuado que contemplemos el pesebre y, antes de escuchar las enseñanzas de Jesús, nos volvamos a admirar de lo que significa. Como sucedió cuando una maestra invitó a sus alumnos mientras construían un belén en un rincón de su aula. Los alumnos estaban entusiasmados mientras montaban el pequeño establo, cubrían el suelo con paja real y colocaban todas las figuras. Un niño pequeño no se cansaba de mirar el pesebre. Estaba completamente absorto, con una expresión de desconcierto en el rostro. La maestra se fijó en él y le preguntó: ¿Te pasa algo? ¿Tienes alguna pregunta? Con los ojos aún fijos en el pequeño belén, el niño dijo lentamente: Lo que me gustaría saber es, si es tan pequeño, ¿cómo cabe Dios en él?
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Podría dar la impresión de que las tres Lecturas de hoy no tienen una conexión inmediata. Pero vamos a analizar las dos primeras para ver cómo apuntan directamente al texto evangélico.
Nos presenta el libro de Sirach a la Sabiduría como una voz que proclama su origen divino: La sabiduría hace elogio de sí misma y se gloría en medio de su pueblo. Esto es, la Sabiduría tiene un lugar en la esfera celestial pero se va a manifestar públicamente. Primero, Dios ordena a la Sabiduría “poner su tienda en Jacob” y “fijar su herencia en Israel” lo que significa la encarnación de la Sabiduría en la historia concreta de un pueblo. Esto anticipa el misterio de la Palabra encarnada en Cristo, “el Verbo que puso su morada entre nosotros” (Jn 1:14).
Esto es tan vivo que también llamamos “sabiduría” a uno de los dones del Espíritu Santo, a esa luz que no deslumbra, sino que apunta -como un fino rayo láser- a lo que en cada momento es lo más conveniente para ser fiel al reino de los cielos. La Sabiduría no es una filosofía o un saber humano, sino una realidad divina que habita en quien abre las puertas de su alma.
La Segunda Lectura es una reflexión entusiasta de San Pablo, en la que intenta mostrarnos cómo formamos parte del plan divino, que se empezó a manifestar de forma singular en Belén.
Primero nos recuerda el designio eterno de Dios (vv. 3-6) y luego ora para que los creyentes lo comprendamos y lo vivamos (vv. 15-18).
Pablo inicia con una doxología: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, subrayando así que toda bendición auténtica proviene de Dios y se nos concede en Cristo.
Dios nos eligió “antes de la creación del mundo” para ser santos y sin mancha. Esto muestra que la vocación cristiana no es casualidad, no es tampoco una elección o preferencia nuestra, sino parte de un designio eterno. Más claro aún, nos dice que somos predestinados a ser hijos por medio de Jesucristo. No solo somos criaturas, sino familia de Dios. Esto no es solo algo honorífico o una importante afirmación doctrinal, sino una responsabilidad que aceptamos: el ser herederos de una misión.
De este modo, todo este plan tiene como fin la gloria de la gracia divina, es decir, ser “gratos en el Amado”. La vida cristiana puede entenderse como la respuesta agradecida a esa gracia; es un diálogo de sentimientos, de palabras, de acciones,
En la segunda parte, Pablo reconoce la fe y el amor de la comunidad de Éfeso y ora constantemente por ellos. No basta querer y orar por el prójimo, es necesario que nuestro hermano lo sepa. Algo así quería transmitir Don Bosco diciendo que «No basta amar a los niños, es preciso que ellos se den cuenta que son amados«, que el amor debe ser comunicado y sentido por el joven.
Esto encaja muy bien con lo que nuestro Fundador describe lo que es el camino con Cristo hacia Dios Padre: el progreso en la conciencia filial, el acoger y sentirse amado por un Padre eterno. La fe no es solo “adhesión”, sino crecimiento, desarrollo en conocimiento espiritual que se hace sensible y a la vez visible para los demás, como le ocurrió a Jesús, el cual crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia ante Dios y los hombres (Lc 2: 52).
También aquí habla Pablo de una iluminación interior: de “los ojos de nuestro corazón” significa que la comprensión espiritual, la Sabiduría, no es meramente intelectual, sino una experiencia transformadora que toca toda nuestra alma, que va necesariamente unida a la esperanza y a la caridad.
Ojalá que este II Domingo de Navidad sea ocasión para acercarnos a Cristo, Palabra Encarnada, en su plenitud: como Dios y como hombre, como Niño inocente y como adulto que entrega su vida, como Maestro y como Hijo obediente al plan divino.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











