
Evangelio según San Lucas 10,25-37:
En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y para poner a prueba a Jesús, le preguntó: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».
Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva’.
»¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».
Vino, Aceite, 2 Denarios y un Burro-Ambulancia
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 13 de Julio, 2025 | XV Domingo del Tiempo Ordinario
Dt 30: 10-14; Col 1: 15-20; Lc 10: 25-37
En 2020, durante la pandemia, un panadero siciliano llamado Vincenzo donaba pan cada mañana a quienes no podían pagarlo. Para ello, colgaba bolsas con pan en la puerta de su panadería con un cartel que decía: Quien pueda, que deje algo; quien no pueda, que tome lo que necesite. Su gesto inspiró a otros comerciantes a hacer lo mismo.
Es conmovedor e interesante, porque su buena acción iba dirigida a cualquier persona que lo necesitase, pero además, sin tener la oportunidad de ver a quien se beneficiaba, y probablemente sin que éstos tuvieran ocasión de agradecerle nada, aunque fuese con una mirada.
Gracias a Dios, hay infinidad de casos parecidos, que están en la línea de lo que Cristo nos enseña con la Parábola del Buen Samaritano: Mi prójimo es, simplemente, alguien que necesita mi ayuda. Otra cosa distinta es si estoy dispuesto a mirarle, cómo se la daré, qué dejaré para más tarde para ayudarle…
Desde una perspectiva simplemente psicológica, el ejemplo del panadero ilustra lo que algunos especialistas llaman el “efecto dominó de la compasión”: cuando presenciamos un acto de generosidad, se activa en nosotros una disposición a replicarlo.
Pero, mucho más importante es lo que Cristo nos enseña hoy al concluir la parábola, que esa misericordia tiene como respuesta heredar la vida eterna, por eso Jesús dice al maestro de la Ley (y a ti, y a mí): Ve y haz tú lo mismo.
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Para aprender en profundidad lo que Jesús desea transmitir en la historia del Buen Samaritano, es interesante conocer lo que significaba la escena en esa época y lo que nos puede hacer semejantes al levita y al sacerdote que pasaron de largo.
En aquellos días, los caminos estaban llenos de sacerdotes y levitas que iban y venían de Jerusalén. El mismo Zacarías era uno de esos sacerdotes. Trabajaban según un horario de servicio establecido por el rey David; dejaban su trabajo diario un par de semanas al año y servían en el Templo. Un levita no era un sacerdote, pero prestaba servicio en el Templo. Las carreteras siempre estaban llenas de sacerdotes que iban o venían de Jerusalén. En particular, el camino de Jerusalén a Jericó era conocido como la “senda de la sangre”, porque debido a la dificultad de transitarlo era propicio para un asalto.
El sacerdote y el levita no se hacen cargo del hombre herido porque probablemente estaban llenos de temor; quizás los ladrones estaban aún cerca y podían correr la misma suerte que el asaltado, o quizás el hombre herido tan solo fingía y algunos de sus cómplices estaban al acecho de quien cayera en la trampa. Ellos se preguntaron por lo que podría pasarles si se detenían, en cambio el samaritano puso en primer lugar al herido sin importar lo que le podría haberle pasado a él.
Seguramente el levita y el sacerdote elevaron una oración por el pobre desgraciado y le desearon lo mejor en su corazón ¿Es eso suficiente? Sin duda, no está mal. Pero una cosa es desear un buen viaje a una persona y otra regalarle un buen mapa… y otra, acompañarle un tramo del viaje.
Durante el famoso hundimiento del Titanic en 1912, algunos pasajeros de primera clase usaron su estatus o fuerza para asegurarse un lugar en los botes salvavidas, a pesar del código no escrito de “mujeres y niños primero”.
Uno de los casos más comentados fue el del propio presidente de la compañía propietaria del Titanic. Sobrevivió subiendo a un bote mientras cientos de mujeres y niños aún esperaban. Sus dos ayudantes se aferraron a una tabla flotante y murieron poco después. Fue un acto de egoísmo cobarde, no un dilema ético complejo.
Este tipo de comportamiento no plantea una gran duda moral: no se trataba de elegir entre dos bienes o males, sino de anteponer el propio bienestar a costa del sufrimiento ajeno. Es un ejemplo crudo de cómo el instinto de felicidad, manifestado en este caso como autopreservación, puede eclipsar la compasión.
No hace falta pensar en situaciones dramáticas como la del Titanic; un gesto para ayudar a cualquiera que esté preocupado. La razón, antes mencionada, es que la misericordia “de tipo samaritano”, no sólo hace vivir la vida eterna, sino que la contagia, la transmite.
En la vida de Jesús, hay un momento especialmente significativo, en las Bodas de Caná, donde somete los planes que tenía para iniciar su vida pública a la misericordia mostrada por su Madre, quien notó el contratiempo de los novios al quedarse sin vino. Nada era más importante que ese gesto no programado, esa ayuda en algo que no era cuestión de vida o muerte.
Sobre todo, la excusa más poderosa, síntesis y conclusión de las demás, para actuar como el sacerdote y el levita, es: A mí no me corresponde ayudar. Puedo basarla en mi poca competencia, en la supuesta importancia de lo que estoy haciendo ahora mismo, en la propia prisa y el ansia, en el temor a contemplar el sufrimiento del prójimo… en todo caso, quien no vive la misericordia no puede ser feliz, pues, como concluye la Primera Lectura: El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas.
Esa ley no puede ser un imposible, algo escrito en nosotros para hacernos sufrir. Siempre es posible hacer algo para demostrar nuestra voluntad de ayudar. Como ilustra la parábola del Buen Samaritano, y el doctor Lucas sabía muy bien, el vino puede servir de desinfectante y el aceite como sedante de emergencia para aliviar el dolor.
La pregunta del maestro de la Ley “Quién es mi prójimo”, tal vez contenía la intención de poner a Cristo en apuros, peros sin duda revela una inquietud interior, un remordimiento por no haber ido más allá del amor que se esperaba de alguien obediente a la Ley escrita en la Torah. Quien no ha tenido la experiencia de morir a sí mismo, de abandonar su comodidad, no puede experimentar la alegría plena de Cristo.
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Esta parábola ilustra con especial intensidad el hecho de que la verdadera misericordia, el éxtasis más depurado, siempre implica dejar atrás algo importante. Sin duda, el buen samaritano no pudo avisar sobre el retraso de su llegada y eso le traería complicaciones. Otro detalle significativo es el hecho de que a la víctima le habían quitado la ropa, por lo cual, al menos para vendarle, el samaritano tuvo que desgarrar su propia vestimenta.
Tengamos en cuenta un hecho relevante, respecto a la odiada población samaritana a la que pertenece el protagonista. En el Capítulo 9 de San Lucas, acabamos de leer que Jesús no fue recibido en un pueblo samaritano, por ser un peregrino camino de Jerusalén. Esto ilumina aún más la enseñanza de que cualquier persona, “hasta un samaritano”, puede tener gestos de suprema generosidad, lo cual debería empujarnos a invitar a toda persona a hacer el bien, seguros de que la ley de la misericordia está escrita en su corazón y… acabará imponiéndose. Antes de relatar esta parábola, Cristo había tenido en cuenta esta realidad al convocar a unos pescadores nada especiales y al enviar antes de Él a 72 discípulos poco formados y, seguramente, con variadas dificultades en su personalidad.
Me gustaría relatar una experiencia personal con una persona “samaritana”, que recuerdo con afecto y gratitud.
Llamémosle Manuel. Estaba alejado de la Iglesia, no por convicción, sino porque nadie le había dado un testimonio verdaderamente atractivo. Era un amigo de mi padre, con quien solía ir los domingos a cazar perdices. Tenía una gran amor por la naturaleza y la música, y se dio cuenta cómo, a mis 12 años, sentía una pasión por los animales de todo tipo, los cuales me gustaba observar con infantil curiosidad.
Uno de esos domingos de caza, encontró un cuervo herido, un pájaro de buen tamaño, que tenía un ala partida, lo recogió con cuidado y lo trajo a casa para regalármelo, sabiendo que me encantaría como mascota. Fue un notable éxito diplomático por su parte convencer a mi mamá, que no sentía especial atracción por esa criatura.
Afortunadamente, en nuestra casa había un pequeño jardín, donde Hipacio (así le bautizamos) podía encaramarse entre las hojas de una parra. Ante la sorpresa de los vecinos, Hipacio se iba acostumbrando a nuestros cuidados y a comer cantidades ingentes de carne de caballo (…menos mal que era muy barata), que le hicieron recuperarse poco a poco. Solía pasear orgullosamente con él, subido a mi hombro, siendo la envidia de los muchachos del barrio, quienes comenzaron a colaborar en su alimentación. Recuerdo que había leído La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson y pretendía imitar al protagonista, el pirata Long John Silver, que llevaba en el hombro un papagayo. Un cuervo no era exactamente tan colorido, pero sí igualmente original.
Manuel se interesaba por la salud de Hipacio, de manera que incluso llamó a un veterinario amigo suyo para que le hiciera algunas curas. De esa manera, se recuperó completamente. Sus graznidos no eran precisamente armónicos, pero creo que encerraban un mensaje de gratitud a mi paciente madre, a mi sorprendido padre y a los asombrados vecinos. Vivió varios meses con nosotros y un buen día desapareció, seguramente curado del todo.
Es sólo una pequeña anécdota, un gesto de Manuel para hacer feliz a un niño que nunca olvidará esa sorpresa de quien no perdió la ocasión de mostrarle su afecto.
Desde entonces, no tengo duda de que Manuel (…e Hipacio) me miran desde el cielo, poniendo en mi corazón el recuerdo de unos momentos que me empujan a hacer un alto en el camino y mirar más de cerca la vida del prójimo.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente