
A veces la vida avanza sin rumbo claro, hasta que alguien —o Alguien— sale al encuentro. No con reproches, sino con un abrazo que devuelve el sentido y el hogar. Así resume Manuel Pérez el inicio de su camino vocacional, un itinerario que este domingo 4 de enero, en Chile, encontró una expresión definitiva en la profesión de sus votos religiosos como misionero Idente. Al término de la Eucaristía, sus palabras no fueron un discurso preparado, sino una acción de gracias que dejó entrever una historia de misericordia, paciencia y respuesta.
Testimonio de Manuel Pérez
Muchas gracias, amado Padre celestial, por estos diez años en los que he sido parte del Instituto Id de Cristo Redentor, Misioneros y Misioneras Identes.
Hace diez años atrás, deambulaba por la vida, pero mi Padre Dios vio mi necesidad y me invitó a regresar a casa. Desde ese momento, ya no era un hijo perdido. Su abrazo misericordioso cambió mi vida.
Como decía san Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora te deseo. Siento hambre y sed de ti; me tocaste y ahora deseo con ansia la paz que procede de ti”.
A partir de entonces, maduré y caminé junto a ti, amado Jesús, durante todos estos años. En cada paso me consolabas con tu Palabra: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado”.
Cada día mi Padre me decía: “Hijo, te amo y estaré contigo siempre; nunca te dejaré solo”. Sé que ahora Cristo me ama, porque murió por mí.
La respuesta que doy hoy, en este día sagrado, es un sí para toda la vida. Es mi compromiso, es el deseo de ser santo, escuchando esa misma voz que me invita a ser santo como el Padre celestial es santo.
Doy gracias a la Santísima Virgen María, mi amada Madre, por protegerme del mal y del peligro en todo momento. Agradezco también a mi familia aquí presente, a los superiores generales y provinciales, a mis hermanos y hermanas misioneras, y a mis amigos y amigas que han podido acompañarme. Este día es muy importante para mí y estoy profundamente feliz. Muchas gracias.
Un sí que abre caminos
El testimonio de Manuel no se presenta como una meta alcanzada, sino como una historia en marcha. Un recorrido marcado por el descubrimiento de un Dios que conoce, llama y sostiene, incluso cuando el camino parece incierto. Su profesión religiosa se convierte así en un signo silencioso pero elocuente: el de una vida que ha decidido confiar, dejarse amar y responder con todo lo que es.


















