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¡Produzcan buenos frutos como evidencia de su arrepentimiento! | 4 de diciembre

By 30 noviembre, 2022Evangelio, Para leer

por el p. Luis CASASUS. Presidente de las misioneras y misioneros Identes.

Roma, 04 de Diciembre, 2022 | Segundo Domingo de Adviento.

Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mt 3:1-12.

No necesitamos saber si San Juan Bautista cometió muchos pecados o ninguno. Hay un signo en su vida que es inmediatamente claro para sus contemporáneos y para nosotros: Su vida dio frutos porque se sometió a una conversión. Eso es lo que San Mateo dice hoy de él. Fue fiel a lo que decía el profeta Isaías: dejó su vida más o menos cómoda, se fue al desierto, vivió austeramente y dedicó todo el tiempo a los demás, proclamando con humildad que las claves de la perfección auténtica no las tenía él, sino uno que vendría detrás y era mayor que él.

Este esfuerzo continuado por dedicar la propia conversión a “los buenos frutos”, es decir, la gozosa conversión del prójimo, es una característica de los santos, del santo que tenemos que ser tú y yo. Es relativamente fácil (y para algunos, agradable) organizar actividades, llevar una vida ordenada de estudio o enseñanza, de laboriosidad, en la que los talentos se hacen visibles. Pero la gozosa conversión de los demás, exige un único ingrediente más: mi propia conversión. En la práctica, no sentimos que la conversión esté unida a la tarea del apóstol. Nos limitamos a pensar, y a decir, que la vida apostólica “exige mucha oración”.

Un ejemplo notable. Santa Teresa de Ávila, la célebre santa española, vivió al final de la época medieval tardía. Hasta entonces, la gente reconocía mayoritariamente a Dios como quien daba sentido al universo y a la existencia humana en particular.

La Reforma rompió la unidad de la fe en Europa. El periodo moderno, que comenzó con el Renacimiento y luego con la Ilustración, dio lugar a una nueva forma de ver la relación entre Dios y el hombre.

El nuevo enfoque en la ciencia, junto con el entusiasmo por los viajes de descubrimiento, dio lugar a una nueva confianza en el poder de la razón humana. Poco a poco comenzó a desarrollarse una nueva visión del mundo. Ya no existía ninguna verdad, salvo la científica; todo lo demás, incluida la fe en Dios, era sólo una opinión y, por supuesto, todo el mundo tenía derecho a tener su opinión. La gente empezó a pensar que eran los seres humanos los que daban sentido a su propia existencia. Dios quedó relegado a un mundo espiritual que estaba bastante separado del mundo en el que la gente vivía y trabajaba.

Aunque llevaba una vida contemplativa de clausura, se preocupaba activamente por el bienestar de las hermanas de los monasterios repartidos por toda España, y no estaba en absoluto alejada de las preocupaciones del mundo que la rodeaba, fuera del monasterio.

Comprendió que cualquier reforma institucional debía comenzar con la conversión personal. Ya vivía una vida religiosa comprometida en el convento de Ávila, pero cada vez era más consciente de la dificultad de encontrar la intimidad con Cristo entre las distracciones de un convento ajetreado, en el que hacer podía parecer más importante que ser. Teresa sintió que había estado viviendo su vida religiosa con cierto grado de tibieza, y sin el cuidado que la llevaría más cerca de Dios. Quería acercarse a Cristo con todo su ser, y ése es el verdadero significado de la conversión.

Buscó un lugar más pequeño y tranquilo, y un estilo de vida más sencillo, que consideraba más acorde con la tradición hermética carmelita. Finalmente, se trasladó fuera del convento de Ávila y, con otras personas, estableció una comunidad más pequeña en las cercanías.

Creo que el ejemplo de Santa Teresa es particularmente interesante, porque se trata de una persona activa y práctica, pero que supo comprender la prioridad de la propia conversión sobre cualquier iniciativa… y todos sabemos qué frutos dio, para el Carmelo y para toda la Iglesia, esta decidida actitud.

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A veces, nuestra experiencia y mejores actitudes no son suficientes para conseguir frutos… falta alguna forma de conversión, de arrepentimiento. Algo hay que dejar, algo hay que abandonar en nosotros que parece parte de nuestra vida y frecuentemente pensamos que no es posible o necesario dejarlo. Las que son madres pueden recordar los muchos sacrificios que supone llevar una nueva vida en el vientre, dar a luz y criar al niño.  La nueva vida y el sacrificio van de la mano.  No se puede tener una sin la otra.

Así lo reconocía el Papa Francisco hace unos años:

La condición para entrar a formar parte de este reino es cumplir un cambio en nuestra vida, es decir, convertirnos. Convertirnos cada día, un paso adelante cada día. Se trata de dejar los caminos, cómodos pero engañosos, de los ídolos de este mundo: el éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio. Y de abrir sin embargo el camino al Señor que viene: Él no nos quita nuestra libertad, sino que nos da la verdadera felicidad (4 DIC 2016).

Hay una historia en los Padres del Desierto similar al relato de la mujer adúltera llevada ante Cristo.

Cierto hermano de un monasterio cayó en desgracia. Se presentó ante el superior del monasterio y junto a él vinieron muchos hermanos que, deseando devolverle a la disciplina monástica adecuada, le abrumaron con reproches.

Otro monje mayor estaba también presente y contó a los hermanos una parábola que nunca habían oído antes. “Vi“, dijo, “en la orilla del río a un hombre hundido hasta las rodillas en el barro; y algunos se acercaron con los brazos extendidos para sacarlo, y lo hundieron hasta el cuello“.

Entonces el superior exclamó: “He aquí una persona que puede curar verdaderamente el alma“. Al oír estas palabras, los hermanos se sintieron conmovidos, se arrepintieron de su exagerada actitud y restituyeron al hermano descarriado a la comunidad. Con un espíritu similar, otro hermano dijo: “Una palabra orgullosa y enferma convertiría a los hombres buenos en malos, pero una palabra buena y humilde convertiría a los hombres malos en mejores“. Y otro monje, haciéndose eco de las palabras de Jesús, añadió: “El demonio no puede expulsar a los demonios“.

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Especialmente nosotros, misioneras y misioneros identes, podríamos preguntarnos: ¿Cuál es la manera más clara, más explícita, como nuestro padre Fundador nos habla del poder de esta conversión? En mi opinión, cuando nos invita a vivir la verdadera Abnegación Evangélica en sus tres dimensiones: mis juicios, mis deseos y mi instinto de felicidad.

Es imposible “aniquilar” mis juicios, deseos e instinto de felicidad. No se trata de eso, pues, al igual que ocurre con nuestros pensamientos, son tres procesos que continuamente están activos. Por eso la conversión ha de ser permanente, constante, un verdadero Canon en la vida ascética. Algunos de nosotros podemos pensar que se trata de un esfuerzo a realizar en ciertos momentos donde las pasiones afloran con fuerza.

No es así. No es sólo eso. Si recordamos que la palabra “conversión” significa entre otras cosas “girar, volver la mirada”, entenderemos que se trata de uno de los esfuerzos supremos del asceta, liberar los ojos del alma de tantas atracciones que nos absorben, sin entrar en su cualificación moral. Sólo así permitimos a Dios (sí, has leído bien) que se manifieste a través de nuestra vida. Nuestro padre Fundador lo explica con precisión cuando habla de la Purificación que el Espíritu Santo realiza continuamente en nosotros: Dios no quiere, no puede aceptar, ni siquiera por su misma esencia, que nos unamos [con Él] si no es con vínculo en Cristo, Hijo unigénito y primogénito de todos los seres humanos (15 ENE 1983). El Espíritu todo lo puede, pero se compromete a hacerlo CON NOSOTROS: Así se producen los frutos en la vida del apóstol.

Algunos piensan que estos consejos relativos a la abnegación y a la renuncia significan que la vida espiritual debe ser un asunto carente de alegría. Pero, en realidad, cuanto más renunciemos a las alegrías que están por debajo de nuestra dignidad, más espacio tendremos para una alegría más profunda y duradera. Hay grandes alegrías que, de hecho, dan gloria a Dios cuando las compartimos. También hay una dulzura que se encuentra en llevar secretamente la alegría a los demás, aunque los que nos han precedido en la fe probablemente sonrían cuando hablamos de este anticipo de nuestra patria celestial. Disfrutamos de las obras maravillosas de Dios porque, por muy cómodas y placenteras que sean en sí mismas, nos elevan de la auto-preocupación a nuestro verdadero propósito, y al hacerlo nos ayudan a contemplar el esplendor de Aquel a cuya imagen estamos hechos.

Es cierto que la Navidad es tiempo de alegría, pero el Adviento tiene una forma de gozo espiritual que sin duda experimentó San Juan Bautista cuando vio que su radical conversión, material y espiritual, realizada en el desierto, le llevó a ser instrumento de la Providencia, comprobando que acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Sin importar los números, nosotros podemos sentir el mismo gozo cuando modestamente logramos, con nuestro ayuno y penitencia, ayudar a una o miles de personas a encontrar la persona de Jesús.

El Bautista nos enseña a no desanimarnos por sentirnos a veces como una voz que clama en el desierto. Seguramente intuyó, con el paso del tiempo, cómo sería el fin de sus días, pero recibió de Dios el consuelo de ver a sus discípulos acercarse a Cristo. Ese ha de ser el consuelo de nosotros, como aprendices de apóstoles, como discípulos misioneros, según dice el Papa Francisco.

Ojalá que entendamos que Cristo, el hombre más ajeno al pecado, se convirtió de esta manera continuamente en su paso por este mundo.

Ojalá que nos atrevamos a experimentarlo así, aunque sea un poco más, en este Adviento.

 

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