Más que una creencia

por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

New York, 16 de Junio, 2019. La Santísima Trinidad. Solemnidad.

Proverbios 8,22-31; Carta a los Romanos 5,1-5; San Juan 16,12-15.

La Iglesia ha incluido en la liturgia de hoy la hermosa antífona inspirada en San Pablo: Caritas Pater est, gratia Filius, comunicatio, Spiritus Sanctus, ¡Oh, Beata Trinitas! El Padre es caridad, el Hijo es gracia y el Espíritu Santo es comunicación. Es decir, la caridad del Padre y la gracia del Hijo nos son comunicadas por el Espíritu Santo, quien las irradia en nuestro corazón.

No deberíamos tener miedo de llamar “misterio” a la Santísima Trinidad, siempre que entendamos lo que realmente es un misterio.

Un misterio es algo que no es para ser resuelto por la mente. Un misterio es para ser vivido; por el contrario, un problema es algo que hay que resolver.

Incluso en el mundo de la ciencia, los misterios tienen un papel esencial. Como dijo Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, el misterio produce asombro y el asombro es la base del deseo de comprender que tiene el ser humano.

La Santísima Trinidad no es un problema, sino un misterio. ¿Hemos observado cuántas veces Cristo en el Evangelio hace preguntas, en lugar de dar respuestas? Poncio Pilato le hace a Jesús una serie de preguntas y Él responde de manera críptica, como si dijera que realmente no está entendiendo nada. Nuestro camino espiritual consiste más bien en aprovechar las preguntas de Jesús para entrar en este misterio. Cuando estamos convencidos de que algo es un misterio, sentimos reverencia y asombro. Quien está tan maravillado que se hace nuevamente como un niño, está entrando en el misterio y en el reino de Dios.

¿Cuál es la mejor manera de vivir este misterio, de experimentar la Trinidad? Primero, debemos tener en cuenta que no necesitamos inventar caminos o métodos; Las Personas Divinas siempre se están acercando a nosotros antes de que nosotros nos movamos hacia ellas.

¿Cuál es entonces la respuesta adecuada y adecuada a la afirmación de Jesús de que las Tres Personas Divinas morarán en el alma que está en estado de gracia?

La Hospitalidad.

La hospitalidad, para los pueblos y las culturas antiguas, era un deber sagrado y a los visitantes se les debía todo el respeto del mundo. La dimensión espiritual de la hospitalidad se refleja en el Nuevo Testamento: No se olviden de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles (Heb 13: 2). Ser hospitalario, ser completamente disponible, es estar abierto a lo más profundo y único en el otro. Esto explica las palabras de Jesús a sus buenas y generosas amigas: Marta, Marta, estás preocupada y angustiada por muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria. María ha elegido lo que es mejor, y no le será quitado.

El conflicto no se da entre la escucha y el servicio, sino entre la escucha y el servicio que distrae la atención de nuestra escucha. La oración no se opone a estar ocupado, sino a la esclavitud del pecado.

Por ejemplo, cuando me encuentro con una persona en un tren, al principio es alguien “en tercera persona”. Hablamos sobre el clima, la guerra, la economía, pero me siento como quien está llenando un cuestionario. Sin embargo, puede suceder que los muros se derrumben, descubrimos una experiencia que ambos compartimos y se establece una unidad entre la otra persona y yo. Él/ella deja de ser «alguien» y se convierte en Juan, Felipe o Ana. La persona disponible es la que está continuamente, activamente abierta a la posibilidad de tal relación.

Claramente, esto también se cumple cuando nos relacionamos con las personas divinas. Ser hospitalario no es recibir pasivamente a alguien. La verdadera hospitalidad es creativa porque es una apertura de uno mismo hacia el otro, una presencia hacia el otro, el don de uno mismo. Este es el diálogo entre el cristiano y las tres personas divinas.

Esto fue lo que le sucedió a otra mujer del Evangelio, María Magdalena, que acertó plenamente en lo que se suponía que debía hacer a Cristo en casa del fariseo, porque su hospitalidad espiritual estaba inspirada más allá del protocolo frío y formal del anfitrión. Ella recibió y acogió con satisfacción la Sabiduría descrita en la Primera Lectura de hoy.

A través de los ojos de las personas divinas, a través de su sensibilidad, puedo ver posibilidades en mí y en mis situaciones que no habría visto de otra manera. En su diálogo conmigo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo me ayudan a articular y elegir estas posibilidades. Su postura hacia mí es la de una llamada; me ofrecen continuamente un punto de vista que puedo aceptar o rechazar. Esta es la verdadera inspiración.

Una anécdota para resaltar nuestra inconsciencia sobre la constante y ubicua presencia y acción divinas en nuestras vidas.

Un profesor novato pasó varias semanas preparando sus notas para la materia que iba a enseñar. Se había preparado laboriosamente para ello, y las había escrito con mucho cuidado. El primer día del año académico, el joven profesor estaba nervioso y, siguiendo el consejo de algunos colegas, tomó un trago de vodka para calmar sus nervios.

Al fin y al cabo, este primer día era su primer gran evento, así que tomó un segundo trago… y un tercero. Entró en su habitación para vestirse y cuando regresó a su despacho, no pudo encontrar sus notas. Comenzó a buscar en todos los cajones y estantes del escritorio, pero no encontró sus apuntes. Buscó durante media hora. Nada. Se acercaba el momento de la primera clase. Sabía que no podía hacer nada sin ese texto. Finalmente, desesperado, levantó los ojos al cielo y oró: Señor, ayúdame a encontrar mis notas. Si lo haces, nunca más beberé ni una gota de vodka.

Cuando miró hacia abajo, allí, justo delante de él, como por un milagro, vio los apuntes. Levantó los ojos al cielo y dijo: Oh, olvida por mi promesa, Señor. Los encontré yo mismo.

La historia puede parecer divertida, pero es una triste caricatura de nuestra pobre respuesta a la acción más o menos conspicua de las Tres Personas Divinas.

Una de las formas más profundas (pero claramente perceptibles) de nuestra convivencia y vida en común con la Trinidad son las llamadas Impresiones Unciales (El Óleo Uncial significa curación y unión con Dios), porque representan mi identificación más o menos incipiente o intensa con alguna de las Personas divinas.

A veces siento la filiación, el ser hijo, mi naturaleza filial, la confianza y la misericordia de nuestro Padre Celestial; otras veces mi hermandad con Cristo, mi deseo de imitarlo, es lo que preside mi vida espiritual. Finalmente, en algunos momentos, experimento la amistad del Espíritu Santo, su ayuda permanente y el cumplimiento de la promesa de Jesús cuando anunció que el Espíritu Santo les recordará todo lo que yo les he dicho (Jn 14, 26).

Es tan hermoso que podamos dirigirnos a Dios como nuestro Padre amante. Que podamos caminar con Jesús como nuestro hermano. Y que podamos vivir con la luz y los dones de su Espíritu de amor.

María fue la primera persona en la que la Trinidad vino a morar, cuando el Padre le pidió que fuera la Madre de su Hijo, por el poder de su Espíritu Santo. Ella sí fue hospitalaria, más allá de cualquier límite previsible.

Hace unos días celebramos la fiesta de la Visitación de María. Una observación importante que considero relevante hoy: la intención de María de visitar a su prima fue generosa y ejemplar, pero la presencia en ella de la Santísima Trinidad se hizo evidente para todos y produjo resultados extraordinarios e imprevisibles.

Tras ser cubierta por el Espíritu Santo al concebir a Jesús, María partió y fue lo antes que pudo a casa de Zacarías para saludar a Isabel. Entonces, tan pronto como Isabel escuchó el saludo de María, el niño saltó en su vientre e Isabel sintió la bendita presencia de Jesús y se llenó del Espíritu Santo. La presencia de Cristo en el vientre de María trajo alegría y confianza a Isabel y también a Juan Bautista.

Por supuesto, el caso de María es verdaderamente único, pero nos hace comprender que la forma en que percibimos el amor de Dios será la forma en que nos amemos unos a otros. Padre, Hijo y Espíritu Santo no son solo modelos a imitar, sino que operan en y con nosotros.

Queremos ser consolados con respuestas fáciles, pero Dios nos invita a entrar en el misterio de quién es Él. Aprendamos a estar más satisfechos con la presencia activa y provocadora del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que con las respuestas que de alguna manera exigimos. Permitamos siempre que nos guíe la sorpresa de Dios.

San Pablo resumió esta experiencia cuando describió el amor de Dios en su saludo trinitario: Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes. Este es el retrato de la experiencia cristiana del amor y la misericordia de Dios a través de Jesucristo, hecho presente en el Espíritu Santo, especialmente en la fraternidad de la comunidad cristiana.

Sólo podemos dar lo que hemos recibido. Es por eso que Jesús nos dice que los mandamientos más grandes son estos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas (Mt 22: 37-40).

El concepto y la experiencia que tengamos de Dios como Trinidad, nos revelan la clave del verdadero gozo espiritual, que es el amor de Dios manifestado en nuestro amor por los demás, un amor que es imitación de la Santísima Trinidad, un amor que se manifiesta en la donación mutua, en el cuidado y en la confirmación del otro.

Las Lecturas de hoy nos muestran la hermosa verdad de nuestra fe, la Santísima Trinidad.

Una manera de tenerlo presente es que todos hacemos la Señal de la Cruz cada vez que oramos. Tocamos la frente y decimos: En el nombre del Padre, porque Él es la primera persona de la Trinidad y nuestro Creador. Después tocamos nuestro corazón añadiendo, Y del Hijo. Esto nos recuerda que Dios el Hijo procede del Padre y bajó del cielo al vientre de la Santísima Virgen María. Luego tocamos nuestros hombros, moviendo la mano de izquierda a derecha mientras decimos, Y del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; y en su amor, el Espíritu nos llena, en cuerpo y alma, con la vida divina.

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