Evangelio a mano

Brisa, vendaval y fuego| Evangelio del 24 de mayo

de 20 de mayo de 2026No Comments

Evangelio según San Juan 20,19-23
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Brisa, vendaval y fuego

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 24 de Mayo, 2026 | Pentecostés

Hechos 2: 1-11; 1Cor 12: 3b-7.12-13; Jn 20: 19-23

Aunque en los Sacramentos se utilicen otros símbolos adicionales, el Espíritu Santo aparece en el Nuevo Testamento como paloma, fuego y “viento impetuoso”.

Sólo para Cristo se manifestó en forma de paloma, pero, cuando llega a los discípulos lo hace con la violencia de un fuerte viento y un fuego que cae sobre sus cabezas.

Todos recordamos noticias de algunos incendios ante los cuales se sienten impotentes los expertos, debido a la combinación de viento y fuego, que es capaz de barrer superficies inmensas de bosques.

Fuego y viento poseen además una poderosa capacidad simbólica, percibida por todas las culturas y todos los poetas. Pero ¿estamos tú y yo dispuestos a comprender y sentir cómo esta llegada de ese fuego y ese viento ocurre en nuestra vida?

El Espíritu Santo actúa con violencia cuando se opone a nuestros límites de todo tipo. Como decía el Papa León en la fiesta de Pentecostés de 2025: Disuelve nuestras durezas, nuestras cerrazones, los egoísmos, los miedos que nos paralizan, los narcisismos que nos hacen girar sólo en torno a nosotros mismos.

Ciertamente, es llamado a veces “el Consolador”, pero su llegada aporta, antes que nada, una sacudida interior que muchas veces pretendemos negar, ignorar o maquillar. Esto ocurre durante la vida de Jesús, por ejemplo en Mc 3: 22-30, donde se relata cómo los escribas que habían bajado de Jerusalén acusan a Jesús de expulsar demonios “por el poder de Beelzebul”, es decir, atribuyen al espíritu del mal lo que en realidad es obra del Espíritu Santo.

Jesús responde con una parábola sobre el reino dividido y advierte: Todo se perdonará a los hombres, pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás.

Se trata de un cierre radical del corazón; no de un pecado eventual, sino de una actitud persistente de resistencia. Jesús no dice que Dios no quiera perdonar, sino que el hombre se coloca en una situación en la que no acepta el perdón ni la ayuda divina.

También en nuestra vida personal tenemos experiencia de esto. Nuestro rechazo al Espíritu Santo casi nunca se manifiesta con argumentos racionales o palabras explícitas, sino en actitudes que niegan o tergiversan su obra. Aquí algunos ejemplos cotidianos que reflejan lo que Jesús denunció en el Evangelio:

► Negar el bien evidente: cuando alguien ve un gesto de generosidad o perdón y lo interpreta como manipulación o interés oculto. Es llamar “mal” a lo que es “bien”, juzgar como acto simplemente mundano a lo que está movido por el viento del Espíritu Santo.

► Resistencia a la verdad interior: cuando el corazón señala un camino de justicia y generosidad, pero se elige ignorarlo por comodidad o miedo. Vence entonces la indiferencia, o tal vez la limitada generosidad que todos tenemos.

► Cierre al perdón: rechazar reconciliarse con alguien, incluso cuando se ofrece sinceramente la paz, porque preferimos mantener el rencor; eso nos parece menos exigente y nos ahorra el esfuerzo de acercarnos a quien juzgamos que no merece compasión.

► Desprecio de la esperanza: ridiculizar la fe o la confianza de otro en Dios, como si fuera ingenuidad, en lugar de reconocer la fuerza que da el Espíritu, muchas veces en forma inesperada o misteriosa, pero siempre real.

► Atribuir lo bueno al mal: por ejemplo, criticar a quienes ayudan a los pobres diciendo que lo hacen por interés político o por “lavar su imagen”, sin reconocer la obra del Espíritu en la caridad, que es más fuere que algunas intenciones mezquinas que, ciertamente, aún se mezclan con nuestra forma de amar.

► También el rechazo al Espíritu Santo se manifiesta en la vida comunitaria, como una resistencia a la verdad compartida. Esto sucede cuando una comunidad se cierra a la corrección o a la enseñanza de la Iglesia, prefiriendo mantener sus propias opiniones; entonces se rechaza la voz del Espíritu que habla en la comunidad.

Todas esas actitudes significan miedo a ese fuego, a ese viento impetuoso que es el Espíritu Santo trayendo el bien y la verdad a nuestros corazones, para mostrarnos claramente que lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias (Mt 15: 18-19).

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Los ejemplos mencionados explican por qué al Espíritu Santo se le llama en el Credo “Señor y dador de vida”. Realmente, nos da la vida cuando nos empuja a salir de nuestro ego, de forma tan intensa que se puede decir que nuestra existencia en este mundo -si somos fieles a ese impulso- es un verdadero nacimiento, el verdadero inicio de nuestra auténtica existencia.

De hecho cuando decimos “existir” nos referimos a la palabra ex-sistir (frecuentemente escrita con guion para enfatizar su etimología) porque proviene del latín ex (= fuera de) y sistere (= sostenerse, tomar posición). Ese éxtasis es obra del Espíritu Santo y, si renunciamos a él, es inevitable la sensación de amargura, de fracaso, porque en realidad hemos renunciado a nuestra naturaleza de hijos, que nos pide trabajar en la viña del Padre.

Aunque no podemos esperar tener una experiencia tan espectacular e impresionante como los discípulos en Pentecostés, el Espíritu Santo se presenta en nuestro corazón con la misma energía y claridad; ilumina lo que debe ser nuestro próximo paso para servir fielmente en el reino de los cielos y nos da la seguridad de que no estaremos solos. Esa es la forma como irrumpe en el corazón de quien tiene buena voluntad, aunque se vea envuelto en el miedo, como la comunidad en el Cenáculo. Esa es su forma de consolar, dándonos la certeza de que tenemos una misión siempre única, aunque trabajemos y caminemos en comunidad.

► Un síntoma de esa fuerza transformadora es la conversión radical de quien vive en indiferencia o pecado y experimenta de repente una claridad interior que lo mueve a cambiar de vida, dejando atrás hábitos dañinos y actitudes cómodas.

► En otras ocasiones, a quien se entrega sinceramente a su labor apostólica, el Espíritu le empuja a una misión que nunca había imaginado. Es el caso de Teresa de Calcuta, quien desde los 12 años se había sentido llamada a ser misionera y luego, en 1946, cuando ejercía una preciosa tarea de educación en India, se vio impulsada a trabajar con  leprosos, moribundos, enfermos y huérfanos en los barrios más pobres de Calcuta. Fue lo que se ha llamado “llamada en la llamada”, que jamás había planeado.

Pero esto no se limita a quienes son llamados a ser Fundadoras y Fundadores, sino que el Espíritu se manifiesta con personalidad propia en ti y en mí.

► Como una sanación interior, actuando como fuego que quema resentimientos y heridas, liberando al corazón para amar plenamente y sin reservas.

► Tras ciertos momentos de indudable convulsión espiritual, el Espíritu Santo no deja de actuar, haciéndolo de una manera que podría describirse como “brisa suave”. Recordemos la experiencia del profeta Elías en Primer Libro de los Reyes 19: Dios no estaba en el terremoto ni en el fuego, sino precisamente en “el murmullo de una brisa suave”.

Posiblemente, el ejemplo más hermoso es el momento de la Anunciación, cuando el ángel Gabriel anuncia a María que será madre del Hijo de Dios. Ella se turba y pregunta cómo será posible. El ángel responde: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1: 35).

En esta ocasión no hay estruendo ni fuego, sino la imagen delicada de una sombra protectora, que envuelve y consuela, llenando a María de paz y confianza.

Otro ejemplo lleno de ternura está en Evangelio según Juan 14:16-18, cuando Jesús promete: Yo pediré al Padre y les dará otro Consolador. La palabra usada es “Paráclito”, es decir,  defensor, acompañante, consolador, literalmente, llamado a permanecer al lado. En ese contexto, los discípulos tienen miedo y tristeza por la despedida de Jesús. El Espíritu es prometido como presencia interior que calma, recuerda las palabras de Cristo, da paz al corazón y acompaña en la soledad o en la persecución, como claramente se manifiesta en los mártires o cuando sufrimos alguna persecución o una incomprensión dolorosa.

El Espíritu Santo también se manifiesta también en la vida del creyente como brisa ligera, que calma la ansiedad y da serenidad en medio de la duda. Es el consuelo que permite decir, como María: Hágase en mí según tu palabra. Así lo hizo en el Bautismo de Jesús,

A veces no sentimos fuego ni viento, sino un silencio lleno de paz, que es igualmente obra del Espíritu. En realidad, se trata de una experiencia continua (un Canon, como lo llama nuestro Fundador) que mueve todo nuestro ser, no sólo el entendimiento y la voluntad. Es una experiencia semejante a lo que sucedió a San Agustín, quien tras años de búsqueda y resistencias, sintió una atracción interior irresistible hacia la verdad y la belleza de Dios, hasta poder decir: Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Esta acción continua del Espíritu Santo está bien descrita por la palabra Inspiración, pues, como brisa suave o como viento impetuoso, nos atrae y nos eleva hacia Él por encima del polvo y la niebla de este mundo.

Lo experimentamos al sentir el deseo de buscar silencio y encuentro con las Personas divinas en la oración; o cuando el corazón se inclina hacia lo justo y lo bueno, sin ruido ni convulsión y también cuando el dolor de los demás y sus sueños no cumplidos, nos empujan a servir, más allá de nuestra limitada generosidad natural.

Así también obra el Espíritu: sin ruido, sin imponerse, pero llenando el alma de una paz profunda que devuelve fuerza para seguir caminando, nos da la certeza de no estar solos y de que en todo momento, sin excepción, Dios Padre espera algo de nuestro humilde servicio.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente