Un método basado en el encuentro y la vulnerabilidad para sanar prisiones interiores como la soledad, la comparación y la necesidad de aprobación.

Hay prisiones que no tienen muros ni barrotes, pero condicionan profundamente la manera de vivir y de relacionarse. Son heridas no dichas, comparaciones constantes, miedos a no ser suficientes, necesidades de aprobación que erosionan lentamente la paz interior. Frente a ellas, no siempre bastan las palabras ni los consejos: a veces, lo que libera es un encuentro real, cara a cara, donde alguien se atreve a escuchar y a dejarse escuchar.

Desde esta intuición nace Rompe el círculo, una experiencia que propone salir —y dejar entrar— para desactivar aquellas dinámicas invisibles que aíslan y enfrentan. No como terapia ni como ejercicio simbólico, sino como un gesto concreto de humanidad compartida, donde la vulnerabilidad se convierte en espacio de sanación y el otro deja de ser extraño para convertirse en aliado.

El taller Rompe el círculo traslada a la calle el desafío contra la apariencia, la comparación, la utilidad, la vanidad y la necesidad de aprobación. En espacios urbanos abiertos, jóvenes de distintos países se sientan cara a cara para desactivar cinco amenazas a la paz. Concebido como una provocación pública más que como un taller convencional, transforma plazas e iglesias en lugares de escucha, arte y silencio compartido, desactivando raíces de enemistad de las que nadie se salva por sí mismo.

Esta experiencia tomó forma en Roma durante el verano de 2025, en un momento en que la ciudad se convirtió en cruce de lenguas, historias y búsquedas. En el contexto del Jubileo de los Jóvenes —una de las grandes convocatorias internacionales de ese año—, Rompe el círculo encontró un espacio privilegiado para abrirse a jóvenes procedentes de todo el mundo, llevando al corazón de la ciudad una propuesta sencilla y radical: sentarse frente a otro y dejar que el encuentro haga su trabajo.

Jóvenes de procedencias diversas trazan, sobre el asfalto, pares de círculos de colores: uno ocupado, otro vacío. Quien cruza ese umbral se sienta frente a un desconocido para compartir heridas y escuchar las del otro, alcanzándole en el interior de una prisión invisible —una herida, una barrera, una soledad—. Promovido por la asociación internacional Idente Youth, Rompe el círculo ha sido concebido para generar una reflexión viva y concreta sobre la relación entre extrañeza y paz.

«No es un juego»

Irene, italiana, prepara la plaza para la dinámica: cuelga papeles en blanco alrededor de una fuente, mientras otros dibujan círculos con cinta adhesiva sobre los adoquines. «Me pregunto: ¿a qué temo más? A estar en el círculo, a encontrarme con personas, a interactuar». De repente, a ella, que habla francés, le dicen: «Venga, rápido, métete en el círculo».

La primera en entrar es una muchacha de rostro fresco y curioso: «Me han dicho que necesitas ayuda».
«Sí, es cierto. Estoy atrapada», responde Irene. Le habla de relaciones heridas, del vacío que acompaña a una vida aparentemente llena. «No es un juego, ¿me entiendes? ¿Puedes ayudarme?». Llegan las lágrimas, y con ellas la joven francesa se abre.

«En el círculo ocurre lo impensable: la ciudad se detiene, el caos calla, la extrañeza se convierte en aliada», dice Irene. «Uno se encuentra allí donde ni siquiera un amigo, muchas veces, ha sido dejado entrar. Luego nos despedimos: regalo un trozo de mi círculo, testigo de que hoy has ayudado a alguien a salir de sí mismo».

«Ambos salvados, ambos salvadores»

Después del círculo, confiesa Irene, «nadie sigue siendo el mismo. Dos prisiones se han visto y reconocido. Ambos salvados, ambos salvadores». A veces la conclusión es un abrazo. Al caer la noche, todo se desmonta: los jóvenes salen de los círculos exhaustos, colmados de rostros e historias, con trozos de cinta de colores pegados por todas partes.

«La memoria no me basta para recordar todos los rostros. Necesito el corazón, que cuenta una a una las heridas abiertas y las palabras que las han aliviado. El corazón, después del círculo, ya no es el mismo: ha descubierto en su fragilidad el instrumento para iniciar un mundo nuevo hecho de encuentros auténticos y diálogos que nacen de la raíz».

Conocerse entre dos almas

Para Steven, de Colombia, «Rompe el círculo es conocerse entre dos almas». Relata haber encontrado jóvenes que han perdido el sentido de la vida, que no hallan un propósito y piensan en el suicidio o en hacerse daño. «Hemos venido aquí para escuchar, para poner signos concretos de que somos hermanos».

Generar espacios de confianza

«Cuando alguien cruza el círculo vacío para liberar a uno de nosotros de la prisión interior —cuenta Kimberly, de Francia—, entra en nuestra intimidad. Le acogemos en un espacio de confianza, donde puede hablar y sentirse escuchado con delicadeza. Y esto sucede al margen de lo que creamos o de nuestra religión».

Unidos también en el sufrimiento

Desde Filipinas, Danielle afirma: «No estamos separados, ni en el sufrimiento ni en la alegría. Al compartir mis heridas, los demás también compartieron las suyas. Las situaciones son distintas, pero nos une el inmenso amor de Cristo».

La belleza de la vulnerabilidad

También Angelic procede de Filipinas: «Acercarme a desconocidos siempre me había intimidado. Recé y encontré el valor para hablar. Algunos decían que solo se detendrían un momento, y después se quedaban mucho más. Esa generosidad me conmovió. Vi cómo la sanación empieza cuando uno comparte su experiencia».

Cinco amenazas a la paz

En el círculo, los diálogos parten de cinco amenazas a la paz: apariencia, comparación, utilidad, vanidad y necesidad de aprobación. Son trampas de la cultura de la extrañeza que abren distancias y aíslan, hasta hacer olvidar el vínculo que nos une. Romper el círculo significa, antes que salir, dejar entrar. Supone descubrir que es más fácil ayudar que dejarse ayudar y que, mientras ayudas, sanas.

Irene se encuentra frente a un hombre que la escucha como en una sesión de terapia. Solo al final se presenta: «Soy psicoterapeuta Gestalt». Irene sonríe: «Qué afortunada soy». Y él responde: «Mientras hablo contigo, me estoy haciendo bien a mí mismo».

«Es una pequeña revolución —afirma Irene— que puede engendrar un cambio duradero: vivir para otro sin consumirse, hallando en esa apertura la verdadera riqueza». Y en esa misma apertura, Alguien obra el prodigio de dos náufragos que se encuentran y se tienden la mano, pasando del yo al nosotros y de la oscuridad de la soledad al consuelo de saberse acompañado.

«¿Por qué no podemos vivir así siempre?»

«El momento más emocionante —relata Galo, de Ecuador— fue el intercambio de la paz entre jóvenes de todos los países. Y me pregunto: ¿por qué no podemos vivir así siempre? Nosotros, los jóvenes, no tenemos problema en ser amigos de cualquiera, venga de donde venga. ¿En qué momento se quiebra eso?».

Ese interrogante permanece abierto. Como una advertencia imposible de sacudir.