Evangelio a mano

El diablo ¿Sólo una metáfora? | Evangelio del 22 de febrero

Publicado por 18 febrero, 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 4,1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas Él respondió: «Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

El diablo ¿Sólo una metáfora?

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 22 de Febrero, 2026 | Domingo I de Cuaresma

Gén 2: 7-9; 3,1-7; Rom 5: 12-19; Mt 4: 1-11

En este primer domingo de Cuaresma, se nos invita a prepararnos para la celebración del Misterio Pascual, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La Pascua, es la celebración de la vida. Pero, como dice San Pablo, el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por el pecado entró la muerte (Rom 5: 12).

Por consiguiente, la Cuaresma es un tiempo en el que buscamos luchar contra el diablo, la tentación y el pecado, que traen la muerte espiritual al mundo. Pero seguramente tenemos una idea muy pobre de lo que es esa lucha con el diablo, pues no nos fijamos bien en la actitud de Cristo en las tentaciones que relata el Evangelio de hoy.

Quizá lo comprenderemos mejor comenzando con dos ejemplos que NO tienen que ver con el diablo.

֍ Imagina que alguien, en una discusión, te dice con tono irónico: Claro, tú siempre tienes que quedar como el más inteligente.

Si a eso no le das importancia y no te duele demasiado, probablemente NO ES un punto flaco.

Pero si te arde por dentro, si te dan ganas de justificarte, explicarte, defender tu imagen… ahí hay una pista. El interlocutor, tu “adversario” no ha creado la herida; más bien la ha tocado. Lo que el ataque revela no es tanto su malicia como tu apego: en este caso, la necesidad de ser reconocido como justo, culto o moralmente superior.

֍ Otro ejemplo distinto. Alguien te excluye o te ignora deliberadamente y tú crees que puedes aportar algo. Nadie te insulta ni te ataca de frente, pero eso te duele más que una crítica directa. Eso muestra que uno de tus puntos flacos es el miedo a no ser visto, a no importar, a no ser considerado.

En ambos casos, tu adversario actúa como un espejo incómodo: revela cómo te angustia creer que hay algo que deseas proteger, señala lo que aún no tienes integrado, te hace ver cómo dependes de algo externo para sostenerte.

La conclusión es que, a quien se considera adversario, aunque pueda ser un  enemigo, siempre es también un revelador, una especie de indicador. No porque tenga razón moral, sino porque sabe -a veces intuitivamente- dónde hay una zona débil en ti, para poder atacar.

Desde una perspectiva teológica y antropológica, las tentaciones de Cristo no solo hablan de Él, sino que funcionan como un espejo del ser humano. Se presentan como evidencias de dónde suelen estar nuestras fragilidades más profundas.

Si lo miramos de cerca, cada tentación apunta a un límite humano muy concreto:

֍ La necesidad y el miedo a la carencia. “Convierte estas piedras en pan” toca el hambre, la supervivencia, la ansiedad por lo material y las actividades en que nos sentimos cómodos. Es la tentación de reducir la vida a lo inmediato: si tengo esto, estoy bien. Parafraseando irónicamente a Nietzsche, podríamos decir: Es algo muy humano, demasiado humano.

֍ El deseo de poder y control. “Te daré todos los reinos del mundo” revela la fascinación por dominar, por asegurarse el éxito sin pasar por el camino difícil. Es la tentación de instrumentalizar incluso lo que es bueno y positivo… incluso al prójimo a quien digo amar.

֍ La búsqueda de seguridad absoluta y reconocimiento. “Tírate abajo y que los ángeles te sostengan” habla de querer pruebas, frutos claros de mi esfuerzo, garantías, aplauso divino o humano. Es la tentación de forzar a Dios (o a la vida) a demostrar que estoy protegido.

En ese sentido, las tentaciones describen al ser humano en situación límite: hambre, soledad, incertidumbre, vulnerabilidad… Cristo no aparece ajeno a todo eso, sino como alguien que entra de lleno en la condición humana y la recorre sin negarla.

Así que, más que una escena moralizante, la historia de las tentaciones de Jesús es un retrato existencial. Nos hablan de la fuerza de nuestros apegos, sobre todo al mundo y al yo. Las tentaciones no rebajan a Cristo, ni a ti, ni a mí; al contrario, nos dignifican, y si sabemos utilizarlas, se convierten en un elemento de nuestra vida mística, en algo que nos transforma. Nuestro Fundador, Fernando Rielo, nos anima a fijarnos en los Signos Diabólicos, que no tienen por qué ser espectaculares, pero revelan cuáles son los sufrimientos de nuestra alma que debemos aprovechar de forma adecuada, sobre todo la apatía, la aridez y la vacilación.

El Espíritu Santo nos da la luz para que una situación de nuestra alma que podría derivar en  una atracción al mal, se convierta en un impulso que nos acerca a las Personas Divinas.

* Un ejemplo de cómo una santa aprovechó positivamente la aridez es Teresa de Calcuta.

Durante décadas vivió una aridez espiritual profunda: ausencia casi total de consuelo interior, sensación de silencio de Dios, incluso la impresión de ser “rechazada”. Y, sin embargo, exteriormente perseveró con una fidelidad impresionante en su misión entre los más pobres.

Lo interesante es cómo aprovechó esa aridez, que no interpretó como fracaso ni como castigo, ni tampoco la usó como excusa para replegarse sobre sí misma.

Ella misma escribió que su oscuridad interior le permitía comprender mejor la soledad de los pobres, de los enfermos, de los moribundos. Es decir, la aridez dejó de ser un obstáculo y se convirtió en verdadero puente: Si yo siento el abandono, puedo estar más cerca de los abandonados.

Otro ejemplo es San Juan de la Cruz. En la cárcel de Toledo vivió una noche espiritual extrema: aislamiento, humillación, sequedad absoluta. En vez de huir de esa experiencia, la contempló, la convirtió en un valioso instrumento espiritual. De ahí nace la idea de la “noche oscura”, que no es un vacío estéril, sino como una gracia dolorosa que purifica el deseo y lo libera de apoyos falsos.

En ambos casos hay algo en común: la aridez no se “resuelve”, se atraviesa. Y al hacerlo, el aspirante a santo descubre que la fe más madura no se sostiene en lo que se siente, sino en lo que se elige.

* Un modelo de cómo abrazar con provecho la apatía es Santa Teresita del Niño Jesús. En los últimos años de su vida, describe estados que hoy llamaríamos claramente apatía, ausencia de gusto por la oración, fatiga interior, falta de entusiasmo incluso por las cosas que antes la encendían. No era rebeldía ni tristeza intensa; era más bien una sequedad plana, un “no siento nada”. Pero ella no esperó a “sentir” para amar y decide transformar la apatía en un campo de ejercicio de sus intenciones, llevando a cabo los actos más pequeños sin apoyo emocional.

Sonríe sinceramente cuando la persona que tiene enfrente no le produce agrado, ora reposadamente cuando no siente nada especial.

Teresita sabía que eso agradaba a Dios, porque ya no estaba sostenida por el gusto, sino por la elección desnuda. Decía que esos actos “sin sabor” eran regalos más puros, porque no se daban por consuelo, sino por amor.

Podríamos citar también a San Francisco de Sales, que habla de la devoción seca y de la indiferencia afectiva. Él mismo confiesa etapas en las que no sentía impulso alguno hacia Dios, pero insiste en algo muy concreto: la fidelidad tranquila en lo ordinario vale más que los arrebatos pasajeros.

En ambos casos, la apatía no se combate a base de forzarse a sentir, sino de redefinir qué significa amar. No como emoción, sino como acto libre y perseverante.

* Un prototipo de cómo aprovechar positivamente la vacilación es San Pedro. Él es, por excelencia, el santo de la vacilación. No duda en su razón, sino cuando la presión ahoga. Primero, promete fidelidad total y, horas después, niega al Maestro; no por maldad, sino por miedo, confusión, falta de firmeza interior.

Lo interesante es qué hace con esa vacilación. Tras la negación, Pedro no se endurece ni se autojustifica. Llora amargamente, es decir, deja que su vacilación lo desmonte. Ahí aprende algo decisivo sobre sí mismo, que su amor era sincero, pero su fuerza no era tan grande como creía.

Y Jesús aprovecha exactamente ese punto flaco; cuando lo rehabilita, no le pide heroicidades ni seguridades futuras. Le hace una pregunta humilde y repetida: ¿Me amas?

El diablo tuvo más éxito con Judas Iscariote: retiró de su alma el remordimiento por los pequeños robos que iba haciendo (Jn 12: 4-6), así borró su deseo de conversión y le fue separando del grupo de los discípulos y del propio Cristo, malogrando una vocación que habría sido tan vibrante como la de sus compañeros.

—ooOoo—

Pero ¿existe el diablo?

No se trata de dar una respuesta sobre su posible naturaleza, de lo cual ha hablado abundantemente la Teología. Lo que interesa a cada uno de nosotros es ser consciente de que nuestra permanente inclinación a ocupar el lugar de Dios, a ser independientes de Él, casi siempre sin tener la impresión de obrar con mala intención, tiene todas las características de una persona seductora, con aparente propósito de hacernos el bien.

Recordemos, efectivamente, que en el Evangelio, hay una ocasión en que Cristo llama “diablo” a Pedro (Mt 16: 23),  pues en ese momento actúa como un obstáculo para que Jesús recorra el camino que le llevará a la donación de su vida.

Pedro se presenta como amigo de Jesús; le manifiesta sus buenos deseos, para que no vaya a Jerusalén y salve su vida, impulsándose así a separarse de la voluntad del Padre.

La palabra “diablo” viene del griego διάβολος (diábolos),se interpreta como alguien que «arroja» mentiras o discordia, o «el que separa» e impide la relación de amor entre Dios y las personas.

Deberíamos reconocer que hay una verdadera “personalidad”, un comportamiento distintivo en el conjunto de todos los movimientos de nuestra alma que tienen origen en las pasiones y los instintos.

Tengamos pues una verdadera actitud científica: busquemos regularidades y patrones en nuestra tendencia a ocupar el trono de Dios, bien porque somos perversos o porque nuestras supuestas virtudes nos hacen creer autosuficientes. Seguramente, la conclusión más coherente es que detrás de todo eso hay una personalidad que se parece a la que hoy el Evangelio presenta al final de los 40 días de Jesús en el desierto, adonde fue -no lo olvidemos- enviado por el Espíritu Santo, para ser tentado por el diablo.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente