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La Bienaventuranzas: preludio de la eternidad | Evangelio del 1 de febrero

Publicado por 28 enero, 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 5,1-12
En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

La Bienaventuranzas: preludio de la eternidad

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 01 de Febrero, 2026 | IV Domingo del Tiempo Ordinario

Sof 2: 3;3,12-13; 1Cor 1: 26-31; Mt 5: 1-12

Decía nuestro Fundador, Fernando Rielo, que la lista de Bienaventuranzas que aparece en los Evangelios podría haber sido mucho más larga, pues en verdad se trata de unas promesas que se cumplen cada día… y de las cuales tenemos experiencia continua y realmente variada.

Pero Cristo eligió una muestra muy significativa, en particular porque en ellas nos enseña cuáles son las consecuencias, la respuesta del Espíritu Santo a quien se encuentra retratado en alguna de estas Bienaventuranzas: sobre todo, “poseer el reino de los cielos”, lo cual merece ser meditado, pues no dice “entrar” o “merecer”, sino “poseer” todo un reino, lo que supone una responsabilidad difícil de imaginar para un pobre ser humano, por muy capacitado que se crea. Esto es así porque se trata de una herencia que se nos da como hijos, según explica una de esas Bienaventuranzas: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

En verdad, ese es el estilo de Jesús, nos trata y nos consuela así, no de forma paternalista, sino uniéndonos a su propia tarea, lo cual más tarde confirmará cuándo dice: Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio (Mt 11: 28-29). La primera impresión es de sorpresa: ¿Me va a consolar el cargar un yugo… o -peor aún- ser responsable de un reino lleno de rebeldes incorregibles como yo?

Pero ese es el papel del Maestro: hacernos ver lo que no somos capaces de imaginar cuando estamos cansados, desanimados o incluso desesperados.

Recordemos un insólito episodio del Antiguo Testamento, que nos puede ayudar a comprender cómo las Bienaventuranzas representan muy bien el diálogo entre nuestra flaqueza y el poder divino.

El joven Gedeón aparece en uno de los momentos más oscuros de Israel (Jueces 6–7). El pueblo está oprimido por sus vecinos madianitas, vive con miedo y escasez, y él mismo se encuentra escondido, trillando trigo en un lagar para que no se lo roben los implacables y poderosos madianitas. No está actuando como un héroe, sino como alguien asustado y vulnerable. Pero es entonces cuando Dios lo llama para algo imponente, inconcebible. El ángel del Señor se le aparece y le dice: El Señor está contigo, guerrero valiente.

La ironía es fuerte: Gedeón no se siente valiente en absoluto. Responde con dudas, y una confesión de debilidad: Si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos pasa todo esto? “Mi clan es el más débil… y yo soy el menor de mi familia.

Es decir, se siente pequeño, insuficiente y confundido, y justo entonces Dios le pide lo impensable: liberar a Israel. Dios no ignora su fragilidad y le da un signo que podríamos considerar banal: una pieza de lana que extendió en la era, amaneció mojada, mientras el terreno apareció seco después de la noche. Una señal significativa sólo para él, íntima y más fuerte que cualquier cálculo.

Después, incluso le permite conocer el miedo de sus enemigos, al escuchar a uno de ellos relatar un sueño. Entonces Gedeón, que por orden de Dios había reducido su ejército de 32.000 a solo 300 hombres, tiene una victoria aplastante y hace morir a 120.000 madianitas, a pesar de que eran numerosos como langostas; y sus camellos eran innumerables.

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Por supuesto, la experiencia personal de Gedeón no coincide con la nuestra. No todos estamos llamados a liberar un pueblo de sus poderosos opresores. Ni siquiera eso es algo perennemente valioso. De hecho, cuando Gedeón murió, los israelitas se olvidaron del Señor su Dios, que los había librado de manos de todos sus enemigos en derredor (Jueces 8: 34).

El mensaje de este episodio y de tantos otros del Antiguo y del Nuevo Testamento, nos tiene que enseñar una lección inmediatamente ligada a las Bienaventuranzas: si aceptamos nuestras limitaciones y las dificultades externas con fe en que Dios nos mira, se nos concede hacer algo (seguramente pequeño, pero no importa su medida humana) cuyas consecuencias serán eternas, porque formará parte del paisaje del reino de los cielos. Decir esto puede parecer… un trastorno megalómano, pero la eternidad no sería la misma si dejamos de ofrecer esa limitación de cualquier tipo, que por supuesto nos duele.

Esta realidad me recuerda un cuadro del Museo del Louvre (París) que mide sólo 6 cm; es el más pequeño del Museo, y se titula “Retrato de un hombre”; nada que ver con la célebre Gioconda, que es la estrella del Louvre, pero es famoso por su finura y expresividad. Si no estuviese en la Galería de Pintura Flamenca…el Louvre no sería el mismo.

Esto lo confirma Cristo de manera solemne al proclamar la última de las Bienaventuranzas: Dichososserán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes. Era el argumento perfecto para la pobre gente que lo escuchaba, decirles que sus vidas podían ser comparables a las de los profetas, es decir, aquellos que eran la guía segura y la luz del pueblo de Israel.

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Fijémonos en particular cómo Jesús dice: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Es relevante que Él utiliza la misma palabra para identificarse a sí mismo como manso y humilde de corazón (Mt 11: 29). Esa mansedumbre tiene un sentido algo diferente a lo que normalmente entendemos por “ser manso”, es decir, no ser agresivo.

Pero, en su sentido evangélico, la mansedumbre un contenido positivo extremadamente interesante, porque se refiere ni más ni menos al centro de nuestro esfuerzo en la oración ascética: cómo hacemos uso de la facultad unitiva.

La mansedumbre es abnegación, dominio de sí mismo, no dejarse llevar por la ira o la violencia, ni tampoco por el deseo precipitado de manifestar lo que creo saber.

En un pequeño monasterio de montaña, el maestro tenía un jarrón de porcelana exquisita, famoso por su belleza y antigüedad. Un día, mientras un joven novicio limpiaba la sala, el jarrón se resbaló de sus manos y se rompió en mil pedazos.

Justo en ese momento, un mercader que visitaba el templo entró en la habitación. Al ver el desastre y el rostro pálido del novicio, el mercader sonrió con arrogancia. Cuando el maestro entró poco después, el mercader, ansioso por demostrar su agudeza y «ayudar» al maestro, abrió la boca para señalar al culpable.

Sin embargo, el maestro levantó una mano, pidiéndole silencio antes de que pronunciara una sola palabra. Se acercó a los restos, los observó con calma y dijo: El viento de la tarde ha sido muy fuerte hoy, ¿no es así?

El novicio, temblando, asintió en silencio. El mercader estaba indignado. Sabía perfectamente que no había sido el viento, sino la torpeza del joven. Quería gritar la verdad, demostrar que él sabía lo que había pasado, pero la mirada serena del maestro lo mantuvo callado, aunque a regañadientes.

Esa noche, el novicio fue a la habitación del maestro. Llorando, confesó su error y le agradeció no haberlo humillado frente al mercader. A partir de ese día, el joven se convirtió en el discípulo más atento, dedicado y cuidadoso que el monasterio jamás conoció.

Años después, el mercader volvió y le preguntó al maestro: ¿Por qué no me dejó decir la verdad? Yo sabía lo que había pasado. Usted dejó que una mentira flotara en el aire.

El maestro respondió: Tú tenías el conocimiento, pero no tenías la sabiduría. Manifestar lo que creías saber solo habría servido para alimentar tu ego y humillar a un joven que ya estaba sufriendo. Al no decir lo que ‘sabías’ de inmediato, diste espacio para que la verdad floreciera en forma de arrepentimiento y lealtad, algo mucho más valioso que una simple acusación.

La mansedumbre tiene su raíz en la confianza en Dios, reconociendo que Él es quien hace justicia como quiere y cuando quiere.

La mansedumbre es fortaleza interior, la capacidad de responder al mal sin devolver mal. Por supuesto, este “devolver mal” no se refiere sólo a la violencia física, sino a las palabras hirientes o los gestos de contrariedad.

Es interesante cómo Cristo, en vez de mencionar aquí “el reino de los cielos”, habla de “poseer la tierra”, como si tuviera la intención de subrayar la respuesta inmediata de Dios, de manera que a nadie se nos ocurra pensar que la mansedumbre tendrá fruto sólo después de la muerte. En efecto, significa poseer la vida verdadera, ya desde ahora y plenamente en la eternidad.

Un ejemplo impresionante de la fortaleza que reciben los mansos lo vemos en el momento en que Cristo es apresado con violencia en el huerto de Getsemaní: a diferencia de la reacción agresiva de Pedro, que hiere a un siervo del Sumo Sacerdote, Jesús, en medio de los empujones y amenazas, lo cura de inmediato. Quien es manso como Cristo, no es inactivo ni indiferente; por el contrario, acoge la sabiduría para encontrar cómo y cuándo actuar.

San Pablo tampoco era una persona de carácter apocado ni timorato, y todos recordamos su imagen a caballo, apresando los miembros de ese grupo sospechoso de seguidores de Cristo o aprobando el martirio de San Esteban, sin embargo, comprendió y practicó la mansedumbre de forma apasionada. En la Carta a los Gálatas (5,22–23), enumera los frutos del Espíritu y menciona explícitamente la mansedumbre:

El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.

Para Pablo, la mansedumbre abre las puertas al perdón y, consecuentemente, a la vida en común sin divisiones, orgullos y luchas de poder, por eso nos exhorta: Vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros con amor (Efesios 4: 2).

De alguna manera, más o menos explícita, todos buscamos la felicidad, pero siempre se trata de un estado contaminado con el deseo de control, poder, tranquilidad, independencia, buena fama o alguna forma de placer.

Pero la única respuesta posible es la de Cristo, que nos ofrece una felicidad no individualista, no estática, no sometida a los sucesos externos ni a los cambios de humor. Sólo cuando lloramos con los demás, mostramos misericordia unos a otros y nuestro corazón está limpio de intenciones impuras, podemos ser llamados con razón hijos de Dios.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente