Evangelio a mano

No sólo con agua, sino con agua y con sangre | Evangelio del 12 de abril

Publicado por 8 de abril de 2026No Comments

Evangelio según San Juan 20,19-31
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

No sólo con agua, sino con agua y con sangre

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 12 de Abril, 2026 | II Domingo de Pascua

Hch 4: 32-35; 1Jn 5: 1-6; Jn 20: 19-31

Dice la Segunda Lectura de hoy, refiriéndose a Jesús: Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre. Así, algo importante nos quiere decir con respecto a la sangre, que es considerada por culturas antiguas y modernas como algo esencial en el ser humano. Los poetas, los médicos y las religiones hablan sin cesar de la sangre.

Por ejemplo, el teólogo y científico Miguel Servet (1509-1553), que fue quemado vivo en Ginebra por sus ideas heterodoxas, estudió en profundidad la circulación pulmonar y, como intelectual cristiano inquieto y audaz, interpretó que, gracias a la sangre, el alma podía estar diseminada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina.

Hoy, en su Primera Epístola, San Juan está escribiendo dentro de una mentalidad profundamente marcada por el Antiguo Testamento, donde la sangre no es un detalle secundario, sino el centro de la relación con Dios. En efecto, en el pensamiento bíblico la vida está en la sangre, como dice el Levítico: Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas (Lev 17: 11)

De modo que la sangre no es solo algo físico, es la vida misma ofrecida. Por eso, cuando se habla de la sangre de Jesucristo, no se trata solo de su muerte, sino de su vida entregada completamente. Ya no hay sacrificios repetidos; Su sangre representa la entrega definitiva.

Un momento clave es la Pascua judía; como vemos en el libro del Éxodo, el pueblo de Israel marca sus puertas con la sangre del cordero y esa sangre los protege de la muerte. Eso nos muestra que la sangre aquí no se considera solamente como símbolo, sino que realmente es señal de salvación y liberación.

En el lenguaje de la vida espiritual -y mística- podríamos decir que el agua nos purifica y nos prepara a fin de ser capaces de recibir la vida en plenitud, representada en la sangre. Algo que va más allá lo que el infortunado Miguel Servet quería decir. Al entregar nuestra sangre abandonando nuestra comodidad, ayudamos a que la vida plena, la vida eterna, la que trae Jesús, llegue al fondo del corazón del prójimo.

Pero la sangre también representa el dolor profundo, la entrega sufriente de quien -al mismo tiempo- tiene la alegría de estar dando vida a otros seres humanos. En su obra maestra Guerra y Paz (1865), y sobre todo en El reino de Dios está en vosotros (1894), León Tolstoi se fija en tanta sangre derramada una y otra vez en el mundo y la interpreta como la señal de que hemos fallamos moralmente.

En todo caso, además de admirar y agradecer el sacrificio de Cristo, hemos de tener en cuenta cada día esta conclusión práctica: Como Cristo dejó su condición divina para salvarnos, si queremos hacer el máximo bien al prójimo, SIEMPRE hemos de purificar nuestra intención y abandonar algo que nos satisface inmediatamente… eso es aceptar el agua y el vino que Cristo trae.

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¿Cómo nos da Cristo su paz? Sigue haciéndolo como en el Cenáculo, con los discípulos llenos de confusión. Sentían remordimiento por haber abandonado a Jesús y también tenían miedo porque les podría pasar como al Maestro, que fue martirizado por la envidia y la corrupción de los fuertes.

La paz de Jesús llega con un acto de confianza. No es una libertad condicional ni un perdón lleno de recomendaciones morales. Se trata de que alguien que nos mira como si fuéramos mejores, mucho mejores de lo que creemos ser. Y por eso nos confía algo muy importante para él.

Recuerdo una historia que a veces compartimos con los jóvenes:

Un ladrón -poco profesional- roba un automóvil de alta gama que está aparcado. El dueño lo ve desde lejos y avisa a la policía, que en pocos minutos detiene al delincuente. En la comisaría, comienza el proceso habitual y se le pide al propietario del vehículo que rellene un formulario de denuncia. Para sorpresa de todos, no quiere hacerlo, porque se da cuenta de la inmadurez y el sufrimiento del desgraciado malhechor.

Los policías, sorprendidos, insisten en lo que se debe hacer, pero el dueño del auto renuncia a su derecho, se niega a firmar nada y a los pocos minutos el ladrón está en la calle, dándole muchas explicaciones sobre su situación, la reciente pérdida de su trabajo, etc. El dueño del auto parece no prestar atención y le responde:

 Aquí tiene las llaves de mi auto. Desde hoy, le pido que recoja a mis hijos a la salida del colegio, porque mi esposa está débil y yo muy ocupado. Ya les he avisado que usted conducirá mi auto y así le podrán localizar.

Le entregó una foto de sus dos hijos y se despidió, dejando al frustrado ladrón sin palabras y con lágrimas en los ojos.

La lógica del delincuente quedó destruida, también su miedo y, súbitamente, se siente obligado a cumplir una misión que no esperaba. Algo así, pero en un grado supremo, debió suceder a los discípulos en el Cenáculo, porque no recibieron unas llaves, sino la luz y la fuerza del Espíritu Santo:

Nosotros, pecadores ¿recibimos ahora la capacidad de perdonar?

Nosotros, que no siempre hemos creído, vamos a encargarnos de la misma tarea que ha cumplido hasta la muerte el Maestro?

¿Qué ha descubierto en nosotros que jamás habíamos imaginado?

No podían comprender demasiado, ni seguramente tampoco entendían quién era el Abogado, el Consolador, el Fuego y el Viento que Jesús les dio… pero supieron obedecer, con temor, con temblor, aunque sin detenerse, sin mirar atrás, porque su pasado no merecía ser vivido otra vez.

La paz de Cristo está unida al perdón, a esa forma de perdón que envuelve una misión, y cada uno de nosotros la recibe diariamente. Este domingo, llamado por San Juan Pablo II Domingo de la Divina Misericordia, una Misericordia que, por ser divina, no es como la nuestra. En efecto:

► Su misericordia es PARA SIEMPRE. Las personas que acuden al Sacramento de la Reconciliación (no sólo cada 20 años), pero el simple hecho de acercarse al confesionario, dan testimonio una y otra vez  de que han pecado y de que están seguras que van a recibir perdón y paz una vez más. Lo mismo ocurre a quienes ponen su confianza en un rector o director espiritual.

► Al igual que Cristo dijo dos veces a los discípulos “la paz esté con ustedes”, a cada uno de nosotros, REPETIDAMENTE, NOS DA SIGNOS DE SU PAZ y, con ella, de su perdón. La paz tiene un efecto sanante, que Cristo utiliza siempre, como una medicina, para preparar las almas a vivir de forma plena.

► La Primera Lectura nos muestra un efecto de la misericordia a la vez espectacular y discreto: LA UNIDAD DE LOS QUE SINCERAMENTE SIGUEN A CRISTO. Es algo espectacular e insólito, porque ninguna comunidad puede vivir sin divisiones, de una u otra forma; se necesita una acción del Espíritu Santo, que es el agente de la verdadera unidad. Al mismo tiempo, la convivencia de los primeros cristianos era discreta pues, aunque confesaban con valor su fe, la fuerza de su confesión venía de la unidad que vivían: Nadie llamaba “suyo propio” nada de lo que tenía.

Hoy es un día muy apropiado para repasar, en la memoria y en el corazón, cuántas veces y de cuántas formas Cristo me ha perdonado. Así seré más consciente de que la misericordia recibida es tan clara y poderosa que no puedo dejar de practicarla con quienes tengo al lado.

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Pero, además, Cristo les mostró sus heridas. Esto significa compartir lo más íntimo, la mayor preocupación, el mayor anhelo. Algo así como el dueño del automóvil robado, que no confía al malhechor sólo las llaves, sino la seguridad de sus hijos.

No es posible imaginar otra forma de éxtasis más poderosa. Arranca nuestra atención del sufrimiento que tenemos cada uno, por muy verdadero y profundo que sea, y nos hace mirar el dolor ajeno y la aspiración a hacer el bien que está oculta, a veces enterrada en el corazón de todo ser humano.

Cuando somos testigos de las heridas de los inocentes -sean niños, ancianos, enfermos, víctimas de violencia, personas descartadas- algo profundo se activa en nosotros. No es solo emoción: es una protesta profunda, que puede tomar caminos muy distintos.

La primera reacción puede ser la ira. Tal vez no una ira destructiva, sino esa indignación que nace del sentido de justicia que Dios ha puesto en el corazón humano. Es la reacción de quien dice: No es justo, no puede ser que el mal tenga tanto poder y la última palabra.

Puede convertirse en energía moral, en compromiso, en defensa del débil. pero también puede volverse amarga si no encuentra un cauce. A esto último nos ayuda el Evangelio.

Otra posible reacción es el desaliento. Cuando el mal parece repetirse sin fin, uno siente que nada cambia, que todo esfuerzo es inútil y que, ante la impotencia, es mejor cerrar los ojos para no ver más. Es el cansancio de quien ha amado y ha visto poco fruto. Pero se trata de un pesimismo que, si se instala en el alma, nos paraliza.

Quizá la reacción más profunda es la pregunta que atraviesa toda la Escritura: Si Dios es bueno, ¿por qué permite esto? Es la pregunta de Job, el grito de los Salmos, el clamor del propio Jesús en la cruz.

Se trata de la fe que se atreve a hablarle a Dios desde la oscuridad, pero que nos lleva a una compasión activa: No puedo eliminar el mal, pero SIEMPRE puedo encontrar el modo de estar al lado de quien sufre.

Es lo que hizo Jesús y, aún más, prometió y cumple que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos (Mt 28:20).

Cuando vemos sufrir a un inocente, no nos equivocamos por sentir rabia, tristeza o duda. Solo nos equivocamos si dejamos que esas reacciones nos cierren el corazón a una gracia que es más grande que nuestras reacciones inmediatas.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente