
Desde hace más de veinte años, una misión acompaña a jóvenes y comunidades indígenas en Ecuador, convirtiendo el encuentro en servicio, vocación y esperanza compartida.
Hay lugares donde la misión no se mide por lo que se logra, sino por lo que se aprende. Comunidades marcadas por la pobreza, el aislamiento y heridas profundas se convierten, paradójicamente, en una escuela de humanidad y de fe para quienes llegan a ellas. Es allí donde muchos jóvenes descubren que servir no significa “hacer algo por alguien”, sino dejarse alcanzar por la vida tal como es, sin filtros.
De esta experiencia nace la Misión Idente Ecuador: un camino que, desde hace más de dos décadas, acompaña a estudiantes universitarios y a familias en los pueblos andinos y amazónicos, poniendo en el centro la escucha, la presencia y el encuentro. Una misión que no pretende cambiar a las comunidades, sino que acepta dejarse transformar por ellas, generando vínculos, preguntas de sentido y, en ocasiones, auténticas vocaciones.
“No somos nosotros quienes cambiamos a las comunidades, son ellos los que nos cambian a nosotros”. Así Mónica Calva, misionera Idente y directora de las misiones universitarias de la Universidad Técnica Particular de Loja, explica la Misión Idente Ecuador. Una obra que “lleva esperanza, pero sobre todo ofrece a los jóvenes la ocasión de salir de las aulas para encontrar la vida en los pueblos indígenas, donde la fe sencilla de las comunidades se convierte en escuela y anuncio”, como cuentan Luis Mario, Karla, Luis Daniel.
Los orígenes
La misión hunde sus raíces en 2004, cuando algunas misioneras y misioneros, procedentes de España, Brasil, Perú y Colombia, regresaron de Chile junto con estudiantes universitarios tras haber participado en la Misión País. De aquella experiencia nació una pregunta decisiva: «¿Qué podemos hacer aquí, por nuestro pueblo?». A partir de ahí comenzó un proceso.
Pronto comprendieron que su acción no podía limitarse a la ayuda social ni a un voluntariado que, en ocasiones, sirve solo para tranquilizar la conciencia. Era necesario ir más allá: llevar el Evangelio a los pueblos más olvidados, uniendo evangelización y servicio.
Fue entonces cuando, durante la primera misión en Pangui, en la provincia de Zamora Chinchipe, un sacerdote que acogió a los jóvenes en su parroquia pronunció en la homilía una frase que marcó a todos: «Pangui, tu vida es misión». Aquellas palabras se convirtieron en una fuente de inspiración y, con el paso de los años, se consolidaron en el lema que aún hoy acompaña esta experiencia: «Ecuador, tu vida es misión».
Heridas que interpelan
Pueblos sin agua ni atención sanitaria. Territorios donde permanecen solo los ancianos. Familias que viven de lo que cultivan, otras marcadas por la violencia. Desde allí partieron las misioneras y los misioneros idente de Loja, Santo Domingo e Ibarra. No para colmar todas las carencias, algo imposible de garantizar, sino para estar: escuchar, acompañar, compartir.
Comprendieron que la urgencia no consiste en ofrecer soluciones inmediatas. Es de la presencia de donde nace el cambio.
Por qué los jóvenes
Involucrar a los universitarios no es un detalle, sino el corazón mismo de la misión. Los estudiantes no son llamados a “hacer voluntariado”, sino a implicarse de verdad: caminar por las periferias existenciales, poner sus competencias al servicio, compartir la vida cotidiana de las familias que los acogen.
Año tras año, cientos de jóvenes eligen dejar las aulas y las comodidades para descubrir que la universidad puede convertirse en lugar de anuncio y de misión. Y la experiencia no termina con el regreso. Muchos continúan con otras formas de servicio, mantienen el vínculo con las familias visitadas, solicitan acompañamiento espiritual, transforman lo vivido en proyectos de investigación o de innovación social. Algunos llegan incluso a reconocer su propia vocación. «Debo mi llamada a la Misión Idente Ecuador», confía hoy un sacerdote de Quito. Y una monja contemplativa escribe para dar las gracias: fue allí donde reconoció su vocación.
Las comunidades que evangelizan a los jóvenes
La misión no es un camino de una sola dirección. Los jóvenes llegan para ayudar, pero son ellos quienes reciben. Las comunidades, con su fe sencilla, enseñan que se puede vivir con poco sin perder la alegría. Es un impacto que deja huella: quienes provienen de contextos urbanos y seguros se encuentran con condiciones de pobreza y, al mismo tiempo, con una alegría que interpela y transforma.
Espíritu de familia y signos eclesiales
El secreto de la misión no está en los programas, sino en el clima que se genera. El espíritu de familia, cultivado en la oración compartida, en las comidas comunes y en la hospitalidad sencilla de las familias, se convierte en la condición que hace posible todo lo demás. «Si la convivencia es buena, todo avanza», repite Ruth, desde Ibarra. La misión no es un proyecto que ejecutar, sino una experiencia que se vive como comunidad.
En veintiún años, la Misión Idente Ecuador ha involucrado a más de 4.300 estudiantes, ha llegado a casi 500 comunidades y ha acompañado a unas 30.000 familias. No se transforman de un día para otro las condiciones materiales: «No podemos decir que todo se resuelva, ni siquiera con las jornadas médicas», reconocen las misioneras Mónica y Ruth. De esta experiencia han nacido vínculos duraderos con las comunidades visitadas, vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal, así como proyectos de investigación, de innovación social y de voluntariado que continúan mucho más allá de los días de misión.
En cada comunidad, la misión se inserta en el plan pastoral de las parroquias, colaborando con los párrocos y formando líderes locales que luego acompañan las actividades de la Iglesia. Es en este entramado donde la misión encuentra sentido y continuidad: la confianza de las diócesis, que cada año acogen a estudiantes y misioneros, ha hecho de este proyecto una parte viva de la vida eclesial del Ecuador.
Raíces y futuro
Hoy la misión tiene el rostro de consagradas y consagrados procedentes de todo el Ecuador: desde Loja y Zamora Chinchipe hasta Imbabura y Quito; desde la Costa hasta la Sierra, llegando al Oriente amazónico. Es una comunidad de hermanos y hermanas en Cristo que da testimonio de cómo una semilla plantada hace más de veinte años ha crecido, entrelazando historias y territorios. Ya no es la misión de unos pocos. Es una misión que pertenece a todo un país.














