Evangelio a mano

Ídolos para todos los gustos | Evangelio del 25 de octubre

de 21 de octubre de 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 22,34-40:
En aquel tiempo, cuando oyeron los fariseos que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».

Ídolos para todos los gustos

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 25 de Octubre, 2026 | XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Éx 22: 20-26; 1Tes 1: 5c-10; Mt 22: 34-40

La respuesta de Cristo a la perversa pregunta del fariseo no parece muy original, pues repite una frase del Deuteronomio, que fue escrito siglos antes: Adorarás al Señor tu Dios y le servirás (…) no seguirán otros dioses (Dt 6:13-14).

Sin embargo, la respuesta dejó sin palabras a aquellos maestros de la Ley. Tal vez porque Jesús incluyó “el segundo mandamiento”, ante el cual los fariseos se sentirían acusados, pues su hipocresía y legalismo era mucho mayor que la escasa misericordia que sentían por los demás.

Si leemos el pasaje paralelo en el Evangelio de Marcos, concretamente en (Mc 12: 32-34), se detalla que el escriba no le discutió, sino que -desarmado y fingiendo conformidad – alabó la sabiduría de Jesús diciéndole: Bien, Maestro, verdad has dicho…, ante lo cual Jesús le reconoció que no estaba lejos del reino de Dios. Desde luego, parece que no le manifestó que estuviese “dentro del reino de Dios”, sino que sutilmente le acusó de que no había entrado, de ser uno de los invitados al Banquete que prefirieron dedicarse a su estilo de vida cómodo y privilegiado.

En realidad, la idea de “ídolo”, de “otros dioses” explica casi cualquier conducta humana, por intrascendente o neutra que pueda parecer.

A veces, el ídolo “se apodera” de un grupo o de toda una sociedad. Esto lo relata magistralmente la ganadora del Premio Nobel, Pearl S. Buck en su novela Otros dioses (1940).

La historia comienza en la cordillera del Himalaya. Bert, un joven mecánico rural, tosco pero atlético, participa en una expedición de montañismo. Debido a una serie de accidentes que dejan fuera al resto del equipo, Bert se convierte en el único hombre en alcanzar la cima de una montaña inexplorada llamada Therat.

Al regreso a su país, los medios de comunicación y el público masivo lo transforman de inmediato en un héroe nacional absoluto, una deidad viviente de la cultura popular y el deporte. Poco después, Bert conoce y se casa con Kit, una mujer culta, inteligente y de una sensibilidad profunda, perteneciente a una familia de élite.

El núcleo de la novela explora la dolorosa realidad del matrimonio puertas adentro. Kit descubre rápidamente la cruda verdad: el hombre al que millones de personas adoran como a un semidiós es, en la intimidad, un muñeco hermoso, un hombre vacío, egoísta, inmaduro y prácticamente carente de intelecto. Bert no posee ninguna de las virtudes heroicas, éticas o románticas que la prensa y las masas le han atribuido falsamente.

Kit se encuentra atrapada en un dilema moral devastador: aunque el amor inicial se transforma en decepción, se ve forzada a convertirse en el soporte invisible de su esposo. Sabe que no puede revelar la verdadera personalidad de Bert porque destruiría la ilusión de todo un país. Así, pasa a formar parte de una inmensa maquinaria comercial y social dedicada a proteger y perpetuar la mentira de su falso héroe.

El Evangelio y los textos del Nuevo Testamento enseñan que estamos obligados a elegir entre los ídolos y Dios como consecuencia de nuestra naturaleza espiritual y la libertad de elección. En la teología bíblica, el ser humano fue creado para dar gloria a Dios, pero debido a la inclinación al pecado, el corazón humano tiende a buscar sustitutos (ídolos) si decide apartarse de su Creador.

El pasaje evangélico más importante respecto a esta elección obligatoria se encuentra en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas (Mt 6:24).

Desde la perspectiva del Evangelio, la naturaleza humana es inherentemente adoradora. No importa que la persona se autodenomine creyente, ateo o agnóstico. Si el ser humano no adora al Dios verdadero, inevitablemente terminará rindiendo culto o priorizando realidades creadas (el dinero, el poder, el ego, el estatus), las cuales funcionan como ídolos modernos. Siempre estamos adorando algo.

En las Cartas del Nuevo Testamento se profundiza en este dilema; por ejemplo, Pablo (Rom 1:21-25:) argumenta que la humanidad, habiendo conocido a Dios, no le glorificó como a Dios, sino que se envaneció en sus razonamientos, cambiando “la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible” y cambiando “la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador“.

También San Juan, al final de su primera epístola (5:21) hace una advertencia directa que nos pone en guardia frente a esta tendencia: Hijitos, guárdense de los ídolos.

La “obligación” de elegir no proviene de una imposición externa arbitraria, sino del hecho de que el corazón humano no puede permanecer en un vacío espiritual; la naturaleza de nuestra voluntad nos lleva a ponernos bajo el señorío de Dios o bajo el dominio de aquello que convertimos en un ídolo. En este contexto, la adoración no se limita a arrodillarse ante una estatua de madera o asistir a un templo; se define como aquello que ocupa el centro de mi vida, lo que dicta mis decisiones y donde pongo mi máxima confianza o esperanza de felicidad.

Si alguien cree que no ha encontrado nada en qué creer (ningún dios, ideología, dinero o ambición), la experiencia señala que puede llegar a tres clases de situaciones:

֍ El Ego se convierte en el ídolo absoluto. Cuando una persona rechaza a Dios y siente que nada material o intelectual la llena, el vacío espiritual se vuelca hacia uno mismo. El individuo se convierte en su propio dios, su propia regla moral y su propia autoridad suprema. En la Biblia, el pecado original (Gén 3:5: cuando coman de ese árbol, a ustedes se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios) es precisamente este: la autonomía radical, donde el “yo” pasa a ser el centro del universo. Pero esto no sucede sólo una vez en la vida, sino que es una inclinación continua de nuestro ego, al cual -por supuesto- no podemos eliminar.

Eso explica por qué nuestro Fundador, Fernando Rielo, en el Examen de Perfección, coloca al final de la oración, como el esfuerzo orante más profundo, lo que llama “la abnegación del yo”, que sólo es posible si abrazamos la gracia que Dios nos ofrece.

Seguramente, los fariseos que interrogaban a Jesús con deseo de hacerle caer, se encontraban en esta situación y buscaban eliminar la luz que iluminaba su falsedad y su deseo de autosuficiencia y de ser admirados. Frecuentemente, la persona no se da cuenta del poder de ese ídolo, y aparece como hipnotizada ante su dominio.

֍ Ese vacío se experimenta como angustia o desesperación. Si una persona realmente logra vaciarse de todo apego exterior e intelectual pero no se vuelve a Dios, los santos y muchos pensadores (como la de Søren Kierkegaard o San Agustín) afirman que experimentará una profunda crisis existencial.

San Agustín lo resumió en sus Confesiones: Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Sin el verdadero Absoluto (Dios mismo) y sin falsos sustitutos (ídolos) que funcionen como anestesia, el ser humano experimenta el sinsentido, la apatía o la desesperación existencial.

Un ejemplo crudo y profundo de esta crisis existencial se encuentra en el Libro de Eclesiastés (Qohéleth). El autor se propone examinar la vida humana despojada de la presencia activa de Dios. Para describir esta perspectiva, utiliza la frase “debajo del sol” , es decir, la realidad puramente terrenal, sin conexión con el Absoluto.

A lo largo del libro, el protagonista decide probar y descartar sistemáticamente todos los falsos sustitutos (ídolos) para ver si pueden llenar su vida, y al descubrir que ninguno funciona como anestesia, cae en una absoluta desesperación existencial:

Así, descarta el ídolo del placer y los bienes materiales: Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con el placer… Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu (Eclesiastés 2:1-11).

También descarta el ídolo del intelecto y la sabiduría humana: Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría… entendí que aun esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor (Eclesiastés 1:17-18).

Finalmente, descarta el ídolo del trabajo y el éxito: Aborrecí la vida… Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol, el cual tendré que dejar a otro que vendrá después de mí (Eclesiastés 2:17-18).

El resultado es la dura experiencia del sinsentido. Al quedarse sin el Dios verdadero en su día a día (“debajo del sol”) y al haberle quitado la máscara a todos los ídolos (dinero, sexo, poder, fama, conocimientos), el autor experimenta una apatía y desesperación radical. La palabra hebrea que usa más de 35 veces es Hebel, que se traduce como “vanidad”, pero que literalmente significa “humo”, “vapor” o “un soplo”. Representa la frustración de quien intenta atrapar el viento: la vida se vuelve absurda, repetitiva y vacía. Su conclusión ante una existencia sin el Absoluto y sin anestesias es demoledora: Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2).

֍ El peligro del “retorno de peores males”. Jesús mismo abordó la psicología del vacío espiritual y la neutralidad en una parábola en el Evangelio de Mateo (12:43-45). En ella explica que cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, recorre lugares desiertos y, al no hallar descanso, regresa a su antigua casa. Al encontrarla “vacía, barrida y adornada”, va y trae otros siete espíritus peores que él, y habitan allí.

—ooOoo—

El mensaje de este pasaje es claro: la neutralidad o el vacío espiritual permanente no existen. Si el corazón humano se mantiene limpio y “vacío”, pero no se llena de Dios, terminará siendo ocupado por dinámicas o “ídolos” aún más destructivos (adicciones, nihilismo, cinismo, etc.).

Un ejemplo brillante de la literatura donde se demuestra la necesidad humana de adorar ídolos, si no se adora a Dios, es la famosa novela El señor de las moscas (1954) de William Golding.

En esta obra, un grupo de niños británicos se queda atrapado en una isla desierta sin la supervisión de ningún adulto. A medida que la estructura social civilizada se desmorona, el miedo irracional a una supuesta “bestia” que habita en la isla se apodera de ellos. Para apaciguar ese terror y dar un sentido a su caótico nuevo entorno, el grupo liderado por uno de ellos, llamado Jack, crea un ídolo físico: la cabeza de un cerdo salvaje empalada en una estaca, a la que llaman “El señor de las moscas”.

Los personajes recurren a este ídolo por varias urgencias psicológicas y sociales.

Una de ellas es el intento de canalizar el miedo. Al no poder comprender ni controlar sus temores internos y el aislamiento, personifican el peligro en un objeto físico al que le rinden tributo. En segundo lugar, buscan desesperadamente una cohesión social. El ídolo y los rituales violentos que se crean a su alrededor sirven como el “pegamento” que une a la tribu salvaje, creando una identidad común basada en la adoración compartida. Y, no menos importante, está la necesidad de justificar el poder que ansían. En este caso, Jack utiliza la figura del ídolo para consolidar su control sobre los demás niños, legitimando su tiranía a través de la superstición. Esto recuerda la actitud de muchos poderosos y políticos, a los que seguramente Golding quería criticar, y escribió El señor de las moscas como una alegoría política y social que desmiente la idea de que la humanidad es buena por naturaleza.

Roguemos con fe y seamos coherentes con nuestra oración, para que se manifieste en nosotros, en nuestras comunidades, lo que hoy dice Pablo de los tesalonicenses:

Abandonando los ídolos, ustedes volvieron a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente