Evangelio a mano

La moneda que Dios espera | Evangelio del 18 de octubre

de 14 de octubre de 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 22,15-21:
En aquel tiempo, los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Dícenle: «Del César». Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios».

La moneda que Dios espera

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 18 de Octubre, 2026 | XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Is 45: 1.4-6; 1Tes 1: 1-5b; Mt 22: 15-21

El origen de los impuestos se remonta a las primeras civilizaciones organizadas. Cuando aparecieron ciudades, ejércitos, templos y obras públicas, los gobernantes necesitaron recursos para sostenerlos, y surgieron los tributos o impuestos. En las antiguas ciudades de Mesopotamia, hacia el tercer milenio a.C., los habitantes entregaban parte de sus cosechas, ganado o trabajo para mantener los templos, los palacios y las obras hidráulicas.

En el Antiguo Egipto, los impuestos se pagaban principalmente en grano y otros productos agrícolas. Los recursos recaudados servían para sostener la administración del faraón y financiar grandes obras públicas. Con el tiempo, los sistemas tributarios se hicieron más sofisticados. En la Grecia clásica aparecieron contribuciones ligadas al sostenimiento de la ciudad y de las guerras; en el Imperio Romano existían impuestos sobre la tierra, el comercio y diversas actividades económicas.

El impuesto mencionado en el evangelio de hoy era el tributo al César, es decir, un impuesto que los judíos debían pagar al Imperio Romano. La controversia no era económica únicamente; también era política y religiosa. Muchos judíos consideraban humillante pagar tributo a una potencia extranjera.

Jesús no entra en esa controversia. Sabe que los impuestos son necesarios y también que -sin duda- siempre habrá gobernantes que los utilizarán de forma deshonesta y para provecho suyo, de sus familias y de quienes les apoyan.

Sin embargo, aprovecha para dar una fórmula sintética y expresiva de lo que ha de ser nuestra relación con Dios: entregarle lo que le pertenece.

Pero es verdad que ni siquiera somos conscientes de todo lo que está en nosotros y deberíamos poner en sus manos; otras veces nos negamos a hacerlo, como los viñadores malvados de la parábola, que mataron al hijo del dueño de la viña (Mt 21: 33-43).

El primer caso es el de un monje novicio, que tuvo esta conversación con su guía espiritual:

El discípulo preguntó: Maestro, ¿qué debo dar a Dios?

El maestro respondió: Primero descubre qué has conseguido guardar para ti.

El discípulo revisó sus bolsillos y no encontró nada.

Entonces el maestro señaló su pecho y dijo: Busca ahí.

Una interpretación algo simplista del Evangelio hoy sería decir que, al igual que debemos cumplir las leyes tributarias, hemos de respetar la Ley de Dios.

Y es que, en verdad, a veces no podemos sospechar la importancia que tiene el “dar a Dios” algunos elementos de nuestra intimidad: le damos algunas actividades, como un tiempo de oración, unas prácticas religiosas, algunas obras buenas, pero nos reservamos parcelas de la vida. En realidad, “darle algo” es ponerlo a su disposición, pero no terminamos de creer que Él está esperando hacer una obra de arte, algo único, con lo que entregamos. Nos sucede como a los discípulos, que se equivocaron al calcular y juzgar según el mundo: Cinco panes y dos peces para miles de personas… no son nada.

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Lo esencial es el deseo, la intención de que nuestro Padre tenga en sus manos la modesta materia prima para producir algo que hable del cielo, de su presencia.

La viuda pobre que entregó dos monedas (Mc 12: 41-44) es un ejemplo de cómo Dios se conmueve con la generosidad de sus hijos y responde haciéndola brillar como luz celeste ante todos.

En el relato de Juan (6: 1-13) de la multiplicación de los panes, aparece un muchacho que entrega su pequeña provisión. Lo que conserva para sí sigue siendo cinco panes y dos peces; lo que entrega a Jesús se convierte en alimento para todos. La multiplicación de los panes muestra qué sucede cuando realmente hacemos eso; lo que ofrecemos a Dios no desaparece; en sus manos, sino que adquiere una fecundidad inesperada.

En Lucas 5, Jesús pide la barca de Pedro para predicar. Pedro podría haber pensado: Es mi herramienta de trabajo y ahora tengo que reparar las redes. Sin embargo, se la presta y esa misma barca, ofrecida a Jesús, se convierte en púlpito, lugar de encuentro con la Palabra y finalmente escenario de una pesca milagrosa. Primero Pedro entrega una humilde barca y después descubre que Dios le devuelve una vocación sublime.

Pero quizás lo más cercano a la lección del Evangelio de hoy es la ofrenda de quienes se sienten incapaces de cambiar, de abandonar sus costumbres, su mediocridad y su orgullo y, aún así, se disponen a hacerlo en nombre de Cristo. De nuevo, las palabras de Pedro: En tu nombre echaré las redes (Lc 5: 5) reflejan perfectamente esta forma de entrega, que responde al deseo manifestado por el propio Jesús: Misericordia quiero, no sacrificio (Mt 9: 13), acogiendo las palabras sugeridas por Yahvé al profeta Oseas (6: 6). Eso es lo que Dios (¡no sólo el prójimo¡) espera recibir de mí, porque es el signo más inconfundible y poderoso de su presencia en mi pobre vida.

Desde luego, hay un detalle en el episodio que hoy relata Mateo, que muestra cómo a Cristo no le interesa otra cosa aparte de la misericordia: Cuando es interrogado por los fariseos y herodianos, les pide que le muestren el denario utilizado para pagar el tributo. Y así lo hacen, con lo cual quedaba demostrado que Cristo no tenía ninguna moneda, ni tenía lugar donde recostar la cabeza (Mt 8: 20), mientras que ellos no tenían inconveniente en almacenar y utilizar las monedas en las que estaba escrito algo que para los judíos era Tiberio César, hijo del “divino Augusto”, lo cual era ni más ni menos una forma de idolatría.

Muchas veces ciertos apegos, el orgullo, el deseo de controlar, heridas que no queremos entregar y las zonas de la conciencia donde seguimos diciendo: “esto es sólo mío”, nos impiden vivir el perdón y la paciencia con el prójimo y lo sustituimos por “el sacrificio” que Dios, en realidad, aborrece. Así, actuamos cruelmente, como los fariseos que se enojaron al ver a los discípulos de Jesús comer espigas que arrancaban del campo en día de reposo; sin embargo, el Maestro, poniendo la misericordia por encima de la Ley permitió que calmaran su hambre. En vez de permitir a Cristo subir a la barca, queremos seguir usándola como parte de nuestra zona de confort.

En muchas ocasiones, la misericordia vivida en nombre de Cristo será mal interpretada, como sucedió cuando, durante una cena, cuando María derramó sobre Jesús un perfume costosísimo (Jn 12: 1-8). Para Judas Iscariote es un desperdicio, pero para Jesús es una expresión de amor que sirvió de lección y modelo a los discípulos y a todos los comensales, quedando unida para siempre a la memoria del Evangelio.

También, cuando una mujer con fama de pecadora derrama un frasco de alabastro en los pies de Jesús, como gesto de suma veneración (Lc 7: 36-39), Simón, el fariseo que había organizado la comida en honor de Cristo, tuvo un pensamiento poco misericordioso, de condena, hacia la mujer y también hacia Cristo.

Pero, antes o después, el humo de nuestros pequeños gestos de misericordia alcanza el cielo.

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Cuando Dios creó al hombre, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza”, y creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó (Gen 1: 26-27). De la misma manera que Dios no se conforma con entregarnos “algo”, sino que es Él mismo quien espera inhabitar en nosotros, al tener nosotros su imagen, somos una moneda que ha de volver a sus manos. Entregarnos a Él significa poner todos los medios para amar a su manera.

Ocurre como cuando un amante dice a la persona amada “soy tuyo”, como sucede en la Divina Comedia. El amor por Beatriz transforma progresivamente al amante. Dante, donde no solo contempla a la amada, sino que se va configurando según ella: su modo de pensar, de sentir y de mirar la realidad cambia bajo su influencia. La amada se convierte en principio de transformación interior. En cierto sentido, el amante llega a hacerse semejante al amado.

La literatura ha explorado continuamente esta intuición; al entregarse con un amor auténtico el amante no queda intacto, sino que es configurado según aquello que ama. No todos los místicos han sabido explicar cómo esto sucede. Pero San Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, relata cómo el alma enamorada de Dios termina adquiriendo los rasgos del Amado. El amor produce una mutua semejanza que expresa así: “Amada en el Amado transformada“. Esta sentencia resume magistralmente la idea de que el amor perfecto conduce a entregarse a Dios, y la consecuencia es… llegar a ser verdadera imagen de Él.

San Pablo, hablando hoy a los tesalonicenses, les recuerda esta realidad, que nosotros deberíamos tener en cuenta al considerar que nosotros también hemos sido llamados de la misma forma: Cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Decía el Papa Francisco al comentar el texto evangélico de hoy el 22 de Octubre de 2017:

Pero ante todo – nos recuerda Jesús – tú perteneces a Dios. Es Él el que te ha dado todo lo que eres y tienes. Y por lo tanto, nuestra vida, día tras día, podemos y debemos vivirla en el re-conocimiento de esta nuestra pertenencia fundamental y en el re-conocimiento del corazón hacia nuestro Padre, que crea a cada uno de nosotros singularmente, irrepetible, pero siempre según la imagen de su Hijo amado, Jesús. Es un misterio estupendo .”

Esas palabras significan que normalmente estamos dormidos, anestesiados ante lo que es la realidad de nuestra existencia y por eso debemos “re-conocer”, volver a ser conscientes de quienes somos, de cuál es nuestra verdadera casa y nuestro auténtico destino. Sólo así dejaremos de proteger nuestro ego caprichoso y daremos a Dios lo que es suyo, a través de la misericordia vivida con quien tenemos al lado.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente