
Hay hombres cuya obra solo se entiende cuando se conoce su herida. Antonio Gaudí pasó por la enfermedad, el ayuno extremo y la experiencia de sentirse dado por muerto. Y cada vez que tocó fondo, volvió a ponerse de pie con más claridad sobre lo que estaba construyendo —y para quién. No era un edificio. Era una oración en piedra, una respuesta viva a la acción de Dios en su espíritu. Por eso la Sagrada Familia no se puede explicar sin el hombre que, tras su conversión de 1894, lo abandonó todo excepto la voluntad de Dios; que en 1911, postrado por la enfermedad, concibió la fachada de la Pasión; y que murió en 1926 sin ver terminada su obra, con la serenidad de quien sabe que lo esencial ya estaba hecho.
En una conferencia pronunciada este miércoles 27 de mayo en la sede de la Conferencia Episcopal Española, el arquitecto Gabriel Córdoba, misionero idente, nos introduce en ese itinerario interior, pocos días antes de que,—en el centenario exacto de la muerte de Gaudí, el próximo 10 de junio —el papa León XIV inaugura la Torre de Jesucristo y el mundo redescubre que detrás del genio había, sobre todo, un místico.
A continuación, algunas partes de su conferencia o escucha la grabación:
Si nos fijamos en la vida de Antonio Gaudí en relación con Dios, encontramos tres etapas. La primera abarca desde su nacimiento hasta 1894, año en que se produce un momento decisivo: Gaudí realiza un importante ayuno, coincidiendo con el final de la primera fase de construcción del templo y el inicio de su reflexión sobre la parte alta. En 1894 llega a su punto crítico un proceso de conversión que supone la reorientación definitiva de su vida en relación con Dios: una vida ceñida a las bienaventuranzas, con una conciencia clara, lejos de toda autosuficiencia personal y en dependencia total de la voluntad de Dios. La conversión interior que experimenta, de la que es signo la radicalidad de ese ayuno, le supone un proceso de maduración en la fe que le lleva a una profundización del compromiso personal, en una nueva, libre y total disponibilidad hacia la voluntad de Dios, que implica un verdadero cambio en su comportamiento.
Decía Gaudí, según narra Joan Vergós: «La mortificación del cuerpo es la alegría del espíritu, como dice justamente el doctor Torres y Valles, y la mortificación del cuerpo es el trabajo continuado, persistente; este es el auxilio más poderoso contra las tentaciones. No se anda bien hasta que uno se ha caído y se ha dado un golpe, un topetazo. El topetazo es la puerta del convencimiento.»
Porque toda caída es por haber confiado demasiado en uno mismo. Estas caídas tienen el sentido de perfeccionamiento en la relación con Dios, y el castigo lo entiende como corrección evangélica: «No hay otra manera de corrección que el castigo. El hombre tiene la libertad de hacer el mal, pero paga inevitablemente las consecuencias de este mal. Dios nos tiene que corregir constantemente, nos tiene que castigar constantemente. Le tenemos que rezar: castíganos, pero consuélanos.»
Y a semejanza paulina del aguijón en la carne, comenta: «Yo soy, por temperamento, un hombre luchador. He batallado incesantemente y he tenido éxito en todo, menos en una cosa: dominar mi mal genio.» Y tiene muy claro en qué hay que ejercer la virtud: «Es muy provechoso en los fracasos darse la culpa a uno mismo, aunque no la tenga, porque se hace resplandecer la verdad, aunque parezca lo contrario. Eso es muy fructífero, ya que el enemigo del buen hacer es el amor propio. Hay que dominarlo y rebajarlo, persistiendo, aunque de momento no se obtenga resultado.»
Y añade: «La vida es una batalla; para combatir se necesita fuerza, y la fuerza es la virtud, y ésta solo se sostiene y aumenta con el cultivo espiritual, es decir, con las prácticas religiosas.»
Este es un primer momento de purificación. En la vida espiritual, según los grandes místicos, existe un proceso de purificación conocido como la noche del alma y la noche del espíritu. Este primer momento podría corresponder a la noche del alma.
La noche del espíritu, segundo grado de unión y de libertad, se da en la vida de Gaudí en 1911. Ya no se trata del progresivo alejamiento de las cosas terrenales propio de una noche de los sentidos, fruto de un radical ascetismo, sino del deseo de unión más plena con Dios, a la que accede a través de la cruz y el dolor de la enfermedad. En 1911 sufre unas fiebres de gran gravedad, hasta el punto de que, por prescripción médica, debe retirarse durante un tiempo a Puigcerdà. Allí concibe la fachada de la Pasión, que a su regreso a Barcelona plasmará directamente, sin borrador previo y sin interrupción, sobre una lámina de papel vegetal preparada por Juan Matamala Flotas, hijo de Llorenç Matamala, escultor del templo de la Sagrada Familia y amigo personal de Gaudí.
Es especialmente significativo el límite al que llegó Gaudí en su enfermedad. Él mismo lo expresó: «Me dieron por muerto.» La muerte es un paso ineludible en la vida espiritual para renacer a una unión diferente, mucho más consistente, más diáfana, más limpia con Dios. El Evangelio ofrece varios ejemplos en los que Cristo utiliza el símbolo de la muerte para renacer purificado en sí mismo. Muerte y resurrección en Cristo nos las anuncia san Pablo; muerte y resurrección que el propio Cristo nos enseña con su entrega personal.
En Gaudí esto es patente. Fue públicamente consciente de ello, y tras esa experiencia de muerte interior sobrevino una resurrección que provocó su definitivo centramiento en Dios, la consagración plena para la exaltación de la gloria de Dios y de la Iglesia a través de la belleza de su arte.

















