
Aldeas aisladas, malnutrición y abandono escolar marcan la vida cotidiana en la Chiquitanía, donde las misioneras y los misioneros están presentes desde la década de 1980. Las consagradas han abierto espacios de acogida y de estudio. Así, fe y cultura se convierten en educación, música, juego y esperanza para niños, jóvenes y familias.
Heredera de la tradición jesuítica que supo entrelazar fe, arte y música, la Misión de San Miguelito, en la Chiquitanía boliviana, se remonta a 1998, cuando las misioneras y los misioneros Identes asumieron la dirección de un antiguo colegio agrícola fundado a comienzos de los años sesenta para los hijos de los campesinos. Con el tiempo, aquel colegio se transformó en una auténtica “ciudad monástica” y durante décadas formó a cientos de jóvenes en disciplinas técnicas y humanísticas.
En este mapa de distancias y fragilidades han ido tomando forma una orquesta juvenil que custodia la música chiquitana, una escuela de fútbol, actividades de apoyo escolar, un instituto de formación, becas universitarias y proyectos de protección del bosque y de la medicina tradicional. Una misión que se entrelaza con el desarrollo humano, donde la santidad se mide en los pequeños pasos de cada día.
La dignidad que comienza en el aula
Heredera de la tradición jesuítica que supo entrelazar fe, arte y música, la Misión de San Miguelito, en la Chiquitanía boliviana, se remonta a 1998, cuando las misioneras y los misioneros Identes asumieron la gestión de un antiguo colegio agrícola fundado a comienzos de la década de 1960 para los hijos de los campesinos. Aquel colegio se transformó con el tiempo en una auténtica “ciudad monástica” y, durante décadas, formó a cientos de jóvenes en disciplinas técnicas y humanísticas.
De esta experiencia han nacido una orquesta juvenil que custodia la música chiquitana, una escuela de fútbol, programas de apoyo escolar, un instituto de formación, becas universitarias y proyectos de protección del bosque y de la medicina tradicional. Una misión estrechamente vinculada al desarrollo humano, donde la santidad se mide en los pequeños pasos de cada día.
«Muchos niños que asisten a la escuela no saben leer ni escribir», explica Amy Barilla, misionera Idente. «Por eso los programas de apoyo escolar no son un lujo, sino una cuestión de dignidad: ofrecer a estos niños la posibilidad de partir desde el mismo punto que los demás». Numerosos niños entre los 5 y los 13 años presentan un retraso significativo en lectura y matemáticas, debido a la malnutrición, la escasa estimulación y la falta de acompañamiento familiar. En la adolescencia, el abandono escolar aumenta, impulsado por la pobreza, la violencia doméstica y el trabajo infantil. Las aulas multigrado, carentes de recursos y de estrategias adecuadas, amplían aún más la brecha. Aldeas dispersas, campos agrícolas frágiles y monocultivos vulnerables a la sequía hacen que la vida cotidiana resulte todavía más difícil.
La fe, hecha música, oficio y pan
«Nuestro sueño era acompañar a las nuevas generaciones sin perder las raíces de su identidad», afirma Deisy Choque.
La Escuela de Música Coro y Orquesta San Miguelito acoge a 35 niños y adolescentes procedentes de seis aldeas: violines, guitarras y violonchelos se convierten en instrumentos de crecimiento personal y de pertenencia cultural. «El violonchelo me ha ayudado a crecer, y ahora sueño con ir a la universidad», cuenta María Laura, una de las alumnas.
Junto a la música, la escuela de fútbol involucra a unos 250 jóvenes, transformando el deporte en una oportunidad de disciplina y de prevención de riesgos sociales. «En el campo aprendemos el respeto y la amistad: es como una segunda familia», dice Milos. A través de un instituto de formación permanente, los misioneros ofrecen cursos de artesanía, agricultura sostenible y medicina tradicional, con una atención especial a la autonomía de las mujeres.
«Para nosotros, la santidad también significa pan, escuela y dignidad», subraya Jean Djeling. «La fe no se anuncia solo con palabras, sino cuando una familia tiene alimento y un niño encuentra la fuerza para seguir estudiando».
Raíces que construyen el futuro
La Chiquitanía conserva aún la huella de las misiones jesuíticas que, desde el siglo XVII, dieron origen a una cultura única y resistente: procesiones, cantos y fiestas patronales siguen marcando la vida de las comunidades. «Cuidar nuestra tierra forma parte de nuestra fe», destaca Milos. «El bosque seco chiquitano no es solo naturaleza: es memoria, cultura y vida para quienes habitan aquí».
Por esta razón, la misión promueve la conservación del bosque, la educación ambiental, la recuperación de la medicina tradicional y prácticas agrícolas sostenibles. Al mismo tiempo, crece el compromiso con la comunicación digital, con el fin de dar a conocer el trabajo de San Miguelito y atraer el apoyo de universidades, voluntarios y benefactores.
La santidad, un destino compartido
«La santidad no es un ideal lejano, sino una posibilidad cotidiana que se refleja en el estudio, el trabajo y la vida comunitaria», afirman Milos y Jean. Una experiencia que enriquece no solo a las comunidades locales, sino también a quienes se entregan a ella. «Cada vez que un joven de la Chiquitanía recibe una beca, es como si toda la comunidad fuera admitida en la universidad», añade Jean. «No educamos solo a personas: invertimos en el futuro colectivo».
La dispersión de las comunidades, la escasez de sacerdotes, la crisis del combustible y la falta de servicios siguen siendo obstáculos cotidianos. «A menudo tenemos que reducir los desplazamientos de los niños hasta San Miguelito y somos nosotros quienes llegamos a las aldeas», explican los misioneros.
Y, sin embargo, la mirada permanece puesta en el futuro: «Con fe, compromiso y solidaridad, incluso una tierra remota puede convertirse en una fuente de esperanza».



















