ActualidadEE.UU.Norteamérica

Pedir, cuidar, alimentar y aplicar: los cuatro pasos para la fe

By 10 October, 2026No Comments

La espiritualidad de Fernando Rielo relatada en Brentwood. De los recuerdos directos de quienes lo conocieron —unidos a un silencioso y vasto recopilatorio de memorias— emerge la lección de un hombre que enseñaba a mirar el mundo de manera nueva.

Ugíjar, un pueblo de la Alpujarra granadina, llevaba meses de sequía. La parroquia organizó una rogativa y sacó en procesión la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. A la hora de salir llegó un funcionario de Correos con un paraguas bajo el brazo. Le preguntaron por qué lo traía con un tiempo tan seco, y contestó: «Si vamos a pedir al Sagrado Corazón de Jesús que llueva, pues lloverá». Llovió tanto que fue el único que no se mojó.

Aquel funcionario era Fernando Rielo. La escena aparece en una declaración jurada que un canónigo de la catedral de Granada firmó en 2007. Es uno de los casi 5000 recuerdos que se conservan sobre su vida. Lo leyó la Dra. Lourdes Grosso el 22 de septiembre en St. Luke’s, Brentwood, dentro de los talleres «¿Conoces el Corazón del Padre?». Estos talleres recorren el libro de Rielo En el corazón del Padre. Esa tarde intervinieron la Dra. Lourdes Grosso, procuradora general de las misioneras identes y asesora de postulación, y la Dra. Anna Pedretti, postuladora general, que vinieron desde Roma.

El requisito

Según Rielo, así Lourdes, en el Padre están todas las bendiciones y la solución de todas las dificultades. Pero hay una condición: la sencillez, la inocencia del alma, hacerse como niños.

Grosso aclaró que no se trata de una varita mágica. Recordó a una madre que fue a Lourdes a pedir la curación de su hija. Volvieron a casa y la niña seguía enferma. Aun así, la madre dijo que sí había habido milagro: «El milagro es que yo ahora la miro de otra manera».

Lourdes conoció a Rielo cuando tenía trece años. De él aprendió a guardar esa sencillez de niña, y lo resumió así: «esto funciona, pero te lo tienes que creer».

Cuatro verbos para la fe

Lourdes leyó también un texto inédito de Rielo de los años sesenta, cuando hablaba a jóvenes en España. Propone cuatro reglas prácticas para conservar la fe: «pedirla, cuidarla, alimentarla y aplicarla».

La fe se pide, porque es un don que nadie merece. Se cuida, y cuando aparece una duda se busca a alguien que ayude. Según el texto, el obstáculo más radical para la fe es la soberbia intelectual, la del que cree que puede salir solo de todo. Se alimenta con el Evangelio, el catecismo y la formación. Y se aplica, es decir, se vive con coherencia, hasta que uno piense, sienta y actúe cada vez más como Cristo.

Una palabra que lo cambió todo

Anna tenía 27 años cuando unas misioneras la invitaron a una actividad de la Juventud Idente en un monasterio del centro de Italia. En un grupo de diálogo, una misionera hablaba una y otra vez de Dios como «Padre celestial». Anna se dio cuenta de que nunca lo había pensado así, y desde aquel momento cambió su manera de mirar.

Más tarde descubrió algo que tampoco sabía: «El nombre de nuestro Dios es Padre». Para Anna, «celestial» no es un adorno: quien encuentra a Dios en su propia alma encuentra allí el cielo. Y ese Dios no es un juez lejano, sino alguien que ama y espera en cualquier rincón de la vida.

El fundador de cerca

Del público llegaron preguntas sobre Rielo. Lourdes contó que él tuvo que corregirla más de una vez: «Jamás me sentí humillada». Se sentía acogida y perdonada. Recordó también la pregunta directa que le hicieron de adolescente, «¿Tú quieres ser santa?». Entonces se la hacían pocos, porque el Concilio Vaticano II aún no había hablado de la llamada universal a la santidad.

Subrayó dos rasgos de Rielo. Uno, su fidelidad a la Iglesia: lo consultaba todo con Pablo VI. Otro, su miedo a que sus hijos se parecieran a él y no a Cristo. Por eso buscó para la institución un nombre que no llevara el suyo. Lourdes estuvo con él en Nueva York en el verano de 2004, el último año de su vida. «Yo sentía una gran seguridad siempre a su lado».

Anna destacó otra cosa: un hombre de gran cultura que, en su trato interior con Dios, siguió siendo «como el niño de siempre». Rielo vivió esa relación con discreción. Solo de adulto la contó, en las páginas de En el corazón del Padre.

Un hermano desconocido

Para terminar, Anna hizo una comparación. Si un día alguien descubre que tiene un hermano en algún lugar del mundo, no puede quedarse quieto. «Yo lo debo conocer», dijo. Con el Padre pasa lo mismo.

El taller preguntaba si conocemos el Corazón del Padre. Quizá la pregunta de Anna va antes: ¿sabíamos que nos estaba esperando?

 

Escucha toda la conferencia aquí:https://www.youtube.com/watch?v=XQ_ENNnSc_o&t=10s