Vocación en tiempos de hastío

¿Qué sucede cuando una vida entregada empieza a vaciarse por dentro?
¿Qué sostiene una vocación cuando aparece el cansancio de vivir?
¿Qué ocurre cuando se debilita la vida interior y la esperanza deja de orientar?

Estas preguntas se abrieron en el Seminario Monástico que jóvenes misioneras y misioneros han vivido en Rancagua, en un tiempo de convivencia, trabajo compartido, oración y silencio, pensado expresamente para afrontar con lucidez cuestiones decisivas para la vocación y la perseverancia.

En este contexto se sitúa la reflexión de Juana Sánchez-Gey Venegas, Superiora General. Para abordarla, dejó que el pensamiento se apoyara también en voces que han sabido leer la condición humana con atención y sin concesiones. Filosofía y teología entran así en diálogo con una experiencia concreta, marcada por el tiempo que vivimos.

El punto de partida es claro: el ser humano no es un ser “arrojado”, sino alguien que se sabe mirado. Al evocar a María Zambrano, la reflexión desplaza el centro desde el abandono hacia la relación. La vida no comienza en la soledad ni en la autosuficiencia, sino en una presencia que precede. Pensar la vocación desde aquí cambia el enfoque: no todo depende de la iniciativa propia ni del esfuerzo personal.

Desde este mismo horizonte, Julián Marías permite avanzar un paso más. El hombre no es una realidad cerrada ni acabada, sino una vida que se va haciendo hacia el futuro. Vivir es permanecer abiertos. Cuando esa apertura se debilita y el horizonte se estrecha, el cansancio encuentra terreno fértil.

Ese cansancio tiene hoy rasgos reconocibles. Se vive rodeados de estímulos, tareas e informaciones que fragmentan la atención y dispersan la mirada. Se responde a todo y se habita poco. En este clima, la vida interior se resiente y la vocación puede empezar a percibirse como una carga.

Frente a esta deriva, la reflexión conduce hacia una propuesta precisa: una vida contemplativa. No como alternativa a la acción, sino como aquello que la ordena y le devuelve su sentido. Una forma de estar en la realidad que sabe detenerse, esperar, acoger lo pequeño y lo inesperado.

Cuando la reacción inmediata se convierte en norma, la experiencia se empobrece. La prisa constante conduce a lo ordinario y a lo brusco. El hastío no solo cansa: debilita los vínculos y refuerza el repliegue individual. Frente a ello, la esperanza aparece no como exaltación, sino como sosiego; no como entusiasmo pasajero, sino como permanencia.

Aquí se hacen presentes otras voces: la de Pedro Laín Entralgo, al hablar de la beata spes como confianza en un fundamento con el que se dialoga; la de san Agustín, recordando que sin esperanza no hay búsqueda de la verdad; y la de Benedicto XVI, al afirmar que solo cuando el futuro puede pensarse como un bien, el presente se vuelve habitable.

La reflexión se acerca entonces a una pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando se descuida la vida interior? Byung-Chul Han describe una sociedad que se explota a sí misma hasta el agotamiento. La tradición espiritual ha nombrado este desgaste con precisión: acedia, el “demonio del mediodía”, analizado por Dom Jean-Charles Nault y ya advertido por los Padres del desierto.

Evagrio Póntico, santo Tomás y, más recientemente, Joseph Ratzinger ayudan a reconocer sus efectos: inestabilidad, desgana, desánimo, una huida silenciosa de la cercanía de Dios. Perseverar, desde esta perspectiva, no significa endurecerse ni controlar el futuro, sino aprender una paciencia lenta, vivida bajo una mirada que no abandona.


A la luz de estos umbrales, invitamos a entrar en el texto de la intervención de Juana Sánchez-Gey Venegas, para una lectura atenta, pausada y en profundidad.



 

Vocación y perseverancia – Juana Sánchez-Gey Venegas, Curso Monástico – Rancagua, Chile, 27 Diciembre 2025 – 04 Enero 2026

La vocación es una llamada sobrenatural. No es antirracional, pero es sobrenatural, es una llamada de Dios que irrumpe en nuestra vida y la cambia.

Dios es el que llama y quien me habla primero, a nosotros nos cabe responderle.

“Lo entenderás todo”, con estas palabras de San Juan comprendemos un día que nuestro Padre tiene trazado para cada uno un itinerario que iremos comprendiendo hasta comprenderlo todo, pero mientras tanto hemos de recorrer este camino que Él nos traza, camino de diálogo y de esperanza y que hemos de interiorizar.

La vocación es siempre una llamada de sentido, con la vocación la vida, sea profesional o en su sentido más pleno, adquiere sentido. Por ello junto a la vocación hemos de pensar en la esperanza.

Pensar en la esperanza es situarse en el sentido más hondo antropológico, por tanto, en el valor de la persona humana como ser unitivo y en libertad. Y teológicamente en una virtud teologal que tiene a Dios como objeto. La esperanza es una virtud estructural del ser humano, que al ser un ser en relación le dispone en apertura al Creador. Con estas breves palabras, queremos señalar la importancia antropológica de la esperanza y su apertura relacional con Dios, como ser abierto al absoluto.

Frente a otros pensadores existencialistas como Heidegger (1889-1976) o Sartre (1905-1980) que propusieron la angustia o lo inútil como núcleo central de su pensamiento, porque se situaron en el nihilismo o el sin sentido de la vida; sin embargo, otros pensadores se separan del materialismo y del naturalismo para dar cabida a la trascendencia y a la importancia de la persona.

La vocación, la llamada de Dios, como la esperanza ponen su mirada en el Absoluto o en la trascendencia.

Aspectos filosóficos

En algunos autores aparece la figura del arquero que tensa su flecha siempre hacia la esperanza. Mientras la angustia se hunde en la finitud, la esperanza se abre a la trascendencia.

María Zambrano en su obra La Agonía de Europa (1945) y en su artículo Educación para la paz (1967) señala que el ser humano no es un ser “arrojado”, sino que se “siente mirado” por Alguien. Aquí radica el sentido de la esperanza. Igualmente señala Julián Marías en su Antropología Metafísica (1970) el carácter futurizo de la persona lo cual equivale a destacar que el hombre es un ser en apertura.

Marías subraya la importancia de la aportación cristiana a la idea de persona, pues el hombre no es una realidad acabada y cerrada, sino una realidad haciéndose hacia el futuro. Ni el nihilismo ni la trivialización tienen cabida en una persona que ha de ir creando un mundo que puede ser mejor, si se lo propone.

Esta ilusión o deseo por el futuro tiene que ver con la esperanza, pues la condición futura o ser futurizo del ser humano se contienen en deseo proyectivo o ilusionante, esto es la esperanza. La ilusión alberga un deseo permanente o perdurable, que se da incluso en la ausencia como esperanza de la presencia. La condición ilusionante está ligada a la condición amorosa del ser humano, pues vivir enamorado consiste en vivir ilusionado. No se ama sin ilusión y no hay ilusión sin amor. La creencia, la esperanza y el amor son relacionales entre sí. La ilusión es carácter de la esperanza. Llega a asemejar la ilusión con el “desvivirse”, la ilusión que mueve a dar la vida hasta conseguir la plenitud.

Laín Entralgo llama Beata spes a la esperanza propia de hombre que confía “ser siempre” y se apoya en el fundamento gratuito, creador de una realidad fundante con la que dialoga como un Tu[1]. Por ello llega a afirmar que “El acto religioso no es sólo esperanza, pero siempre es esperanza”[2].

La potencialidad de la esperanza aporta sabiduría, sin ella no sería posible la búsqueda de la verdad, como afirma San Agustín. Benedicto XVI dice en su encíclica Spe salvi, 2: “Solo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente”.

La esperanza vivida se transforma en fortaleza, mediante la cual el ser humano aún en el fracaso no siente decepción sino fuerzas para seguir en la lucha. Este es el ejemplo de los santos, de los mártires y aún en la misma filosofía de Sócrates que fue capaz de aceptar una muerte porque tenía fe y esperanza en la verdad que vivía.

En la esperanza nadie se siente decepcionado, pues la esperanza señala siempre un camino de compromiso en el que se gana en la voluntad y al mismo tiempo en templanza. La esperanza tiene como compañía la paciencia. La esperanza cristiana aporta confianza o fiabilidad de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Es un don de Dios que, no obstante, requiere del compromiso del ser humano. Sin la esperanza todo se vuelve vacío y sin sentido.

Cuando decimos don significa que la esperanza es una acción de Dios en nosotros, mientras que la tentación supone pensar que todo depende de nuestras fuerzas. Sin embargo, situarnos en el don nos pone en un estado de esperanza. Por ello el Papa Francisco afirma que la esperanza es más que el optimismo, “no es bullanguera, no le teme al silencio, se arraiga como las raíces en el invierno”[3]. Y, especialmente, desglosando el Magnificat advierte que la esperanza se curte en las contradicciones.

 “Esperar es una actitud enormemente radical en la vida de este mundo preocupado en controlar los acontecimientos. Esperar es confiar que sucederá algo que supera con mucho nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida… La vida espiritual es una vida en la que estamos a la espera, activamente presente en el momento actual, aguardando la novedad que acontecerá” (Nowen, 1995)

La sociedad del hastío

Sin embargo, hoy vivimos en “una sociedad del cansancio”. Dice León XIV: Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad ha de ser afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien”.

El hastío es sinónimo de aborrecimiento, aburrimiento, cansancio. Puede hablarse de hastío por un exceso de positividad, estímulos, impulsos, informaciones. Lo cual provoca una percepción fragmentada y dispersa. Se vive en mil tareas y con un déficit de atención. Las multitareas son propias de los animales que no son capaces de fijarse en lo superfluo o en lo pequeño.

La propuesta es

Una vida contemplativa frente a la activa.

Una vida ligada a la experiencia ontológica de la belleza y la perfección como realidades inmutables.

Una vida que genera asombro para mirar no sólo lo URGENTE, sino también lo fugaz y lo inesperado.

Anima a “una pedagogía de la mirada” para que “el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas lleguen.

La reacción contraria, la reacción instantánea a los estímulos es la caída en la brutalidad y la ordinariez.

 Resumen: el hastío destruye la comunidad porque subraya el individualismo. La esperanza es fuente de inspiración, de serenidad y el sosiego de no hacer nada.

Perseverancia

María es quien cuida la perseverancia final de cada uno de nosotros, como nos dice nuestro Fundador.

Una vida perseverante es fruto de una vida de oración.

Nos vamos a referir a un libro de Dom Jean Charles Nault El demonio del mediodía. La acedia, el oscuro mal de nuestro tiempo (2023).

Han finaliza su análisis considerando que el hastío no deja espacio a la vida espiritual, Nault comienza diciendo “qué sucede en la vida espiritual cuando se deja de poner la mirada en el bien divino”.

La acedia invade al ser humano cuando abandona la vida espiritual o cuando se despreocupa de su salvación. Santo Tomás dice que “La acedia es el pecado contra el júbilo que nace de la caridad”.

Los Padres del desierto y la Teología medieval señalaron este mal. Evagrio Póntico (345-399) (asceta y monje erudito) advierte sobre los malos pensamientos (logismos) porque su fuente es el demonio.

No hacer penitencia y entretenerse en los malos pensamientos provocan ocho males, como son : orgullo, gula, lujuria, acedia, ira.

En vez de amar a Dios con toda la inteligencia, la acedia oscurece esta visión y se abandona el recogimiento. Cuando la mente pierde esta dirección se provocan cinco ataques: 1. Inestabilidad interior; 2. Excesiva preocupación por la salud; 3. Aversión por el trabajo. 4. Negligencia en la observancia y 5. Desánimo general.

“Que todos estos pensamientos perturben o no al alma, eso no depende de nosotros; pero que se detengan en el alma y que desencadenen o no las pasiones, esto sí depende de nosotros” (Han)

Vivir la vocación y la perseverancia es haber hallado “la lenta paciencia bajo la mirada de Dios”. No es apazeia, no se refiere a ninguna clase de apatía, porque “la tristeza por el bien divino” surge siempre de no renunciar a otros bienes que son carnales y materiales, porque en la balanza pueden parecer mucho más que el bien divino.

“La acedia aes la tristeza, una reacción negativa frente a lo que debiera ser”.

Ratzinger se refiere a la acedia: “Su esencia es la huida de Dios, el deseo de estar solo consigo mismo y con la propia finitud, de no ser molestado por la cercanía de Dios” (Mirar a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor. Valencia, 2005, p. 76).

Conclusión

Ante la sociedad del hastío cuyas manifestaciones parecen observables y que la teología espiritual señaló desde los primeros tiempos mediante el término de la acedia o “el demonio del mediodía”, hemos tratado de meditar reconociendo que la verdadera alegría o desiderium reside en la posesión del fin último. Esta es la esperanza que no defrauda.

A ello hemos de comprometernos, porque la tristeza proviene de renegar del compromiso y elección de vida. Dios es fiel, hemos de interiorizar qué fidelidad estamos viviendo nosotros. Mas todo ello sólo puede comprenderse desde una actitud de confianza y apertura a quien nos llama a todos, a cada uno por nuestro nombre.

La filosofía en las obras de Byung-Chul Han, entre otros, sostiene que sólo una vida en la que se refuerce el elemento contemplativo puede sustraernos a la barbarie. La explotación de sí mismo va parejo del abandono de la actividad espiritual, sus secuelas las padecemos: la hiperactividad, la impaciencia, la desatención, el agotamiento.

La teología desde la obra de Don Jean-Charles Nault señala, aún con mayor precisión, que el hastío proviene del abandono por parte del ser humano del fin propuesto que es la participación en este mundo de la vida divina.

[1] Laín Entralgo, P. La antropología de la esperanza, op. cit., p. 191

[2] Ibidem

[3] Bergoglio, J.M. En Él solo la esperanza. Madrid, B.A.C, p. 4