¿Qué es la Cruz?

By 10 abril, 2019mayo 17th, 2019Evangelio, Para leer

Yaundé, 14 de Abril, 2019,Domingo de Ramos (Isaías 50,4; Filipenses 2,6-11; San Lucas 22,14-71.23,1-56).

Por una buena razón, la cruz es el símbolo de nuestra fe. Fe en lo que Cristo hizo por nosotros y fe en nuestro programa de vida como cristianos.

Hoy, la lectura de su Pasión debería ser un desafío para abrazar esta Cruz, el mayor signo de salvación para toda la humanidad. Aprovechemos esta oportunidad, recordando que incluso un Santo como Pedro negó a Cristo tres veces en una hora.

  1. La verdadera paz tiene un alto precio. Cuando Adán y Eva traicionaron al Señor al comer el fruto en el jardín, Dios proveyó cobertura para su desnudez. Ellos sabían que su pecado necesitaba ser cubierto. Dios mismo proveyó su cobertura. Dios hizo vestiduras de pieles para el hombre y su mujer, Él mismo los vistió (Gen 3:21). Sí, Dios hizo sus vestiduras con piel: la primera sangre derramada en la creación no fue por un asesinato, sino el sacrificio de un animal inocente. El Nuevo Testamento confirma la Ley: Y según la Ley, casi todo ha de ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón (Heb 9:22).

No pensemos que esta realidad solo se refiere al ámbito de la moral o la religión.

En Atenas, poco después de la gran batalla de Maratón, un hombre condenado a muerte. En esa famosa batalla los atenienses habían preservado, con valentía, la libertad de su pequeño estado, contra las poderosas huestes de los persas; y entre los que se habían distinguido heroicamente, estaba el hermano del condenado, que había sido gravemente herido en el combate. Tras el juicio, la evidencia contra el condenado era incontestable; no había posibilidad de que el detenido se librara de la condena. De repente se apareció alguien que pidió ser escuchado. Era su propio hermano. Cuando le preguntaron qué pruebas tenía que presentar para demostrar por qué el prisionero no debía ser declarado culpable, simplemente levantó sus brazos mutilados: no eran más que muñones, las manos habían desaparecido por completo; sólo quedaban los muñones heridos. Era conocido como alguien que, en la batalla de Maratón, había hecho prodigios de valor y había perdido sus manos. Esas heridas eran la única evidencia que presentó, la única súplica que mostró por la que su hermano debía ser liberado. Y la historia dice que, por causa de esas heridas, por causa de todo lo que su hermano había sufrido, el prisionero fue absuelto. De inmediato, el reo obtuvo la libertad.

Ese es el precio de la verdadera paz. Todos necesitamos esta paz. En nuestra alma, que siempre padece los conflictos de las pasiones; en nuestras relaciones, deterioradas por nuestros apegos; en nuestra relación con Dios, perturbada por nuestro pecado e ignorancia. Una de las diferencias entre esta paz y la paz de este mundo es que la paz que viene de Jesús es contagiosa y puede ser transmitida. Esto explica por qué decimos en la Santa Misa: La paz les dejo, mi paz les doy.

La paz de este mundo es cambiante e inestable, por eso el pueblo de Jerusalén recibió a Jesús cuando entró en la ciudad santa aclamándolo como Rey de Israel y unos días después, la misma multitud lo rechazó: ¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo! La paz que Cristo nos trae tiene necesariamente el precio de la sangre. En la tradición judía, la sangre representa la vida y a menudo se la denomina “sangre de la vida”. Sí, la verdadera paz requiere una nueva vida, es decir, ofrecer la propia vida… no simplemente intentar convencer a los demás. La Cruz ha sido llamada con razón el Árbol de la Vida. La Primera Lectura nos dice cómo Dios dará, a aquellos que entregan su vida, una lengua bien entrenada, pero también la fuerza para no apartar el rostro y no huir de los empujones y salivazos.

2. El camino de la cruz. El Domingo de Ramos aclamamos a Jesús, quien nos señala el camino hacia esta paz y le pedimos que nos lleve con él en ese camino. En nuestro Examen Ascético encontramos reflejadas las condiciones establecidas por Cristo para convertirse en uno de sus discípulos: negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirle. Para ello, Jesús dio ejemplo y prometió que los que pierdan la vida por Él, la encontrarán (Mt 16:25). Esta actitud es más que un esfuerzo, representa la actitud de abrirnos completamente a la acción divina. Como la Segunda Lectura de hoy nos dice: Se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Cristo dice a sus discípulos que han negarse a sí mismos. En el Evangelio, la palabra que se traduce como “negar” es la misma que se usa para describir la acción de Pedro cuando se le reconoce como uno de los seguidores de Jesús. Cuando se le pregunta, Pedro dice que no conoce a Jesús; niega tener contacto alguno con Él. “Negar” es lo opuesto a reconocer. Quienes escuchan la palabra de Jesús están llamados a negarse a sí mismos en lugar de negar a Cristo. Deben dejar de ser la máxima prioridad o centro de su universo. En lugar de tratar de ser Dios, deben dejar que Dios sea Dios. Estamos llamados a poner el trabajo del reino de Dios por delante de nuestros propios deseos. Más bien, debemos dejar de lado nuestra atención a nosotros mismos, nuestros propios juicios (incorrectos o correctos), nuestros propios deseos de controlar. Hemos estar dispuestos a reconocer la presencia de Dios en nuestro prójimo y ser continuamente guiados por el amor de Dios al mundo y, en particular, a los que son pobres y vulnerables.

La abnegación intelectual y emocional (o abnegación del yo) es algo extremadamente exigente, porque requiere que acudamos el Evangelio precisamente en momentos críticos, cuando somos víctimas de nuestras pasiones o cuando no tenemos tiempo para reflexionar. Como dicen algunas personas, actuamos en modo automático.

Esto es cierto para todos nosotros. No acogemos fácilmente a las personas que desafían nuestros planes y nuestras decisiones. Tendemos a tomar sus opiniones personalmente y, como consecuencia, en lugar de sopesar el valor de sus argumentos, dedicamos más tiempo a encontrar la forma de contrarrestar sus objeciones. No estamos listos para escuchar o ver desde el punto de vista de la otra persona. Nuestra inseguridad y mecanismos de defensa nos ciegan. Cuando sentimos una violación de la justicia contra nosotros o especialmente contra nuestros seres queridos, nos sentimos indignados. Así que la autodefensa es la respuesta habitual hacia quienes nos lastiman. Por lo tanto, debemos aceptar que, en referencia a la abnegación, somos y siempre seremos discípulos, aprendices de esa asignatura.

Si somos fieles a la aceptación intelectual del Evangelio, estimándolo como nuestra guía diaria, como nuestro plan o manual para la vida cotidiana (Unión Formulativa), estaremos listos para afrontar las dificultades más concretas de nuestro Defecto Dominante, Apego al mundo y la divinización de nuestro ego (Unión Purificativa).

San Lucas añade un detalle que no se encuentra en el relato de Mateo o Marcos sobre las palabras de Jesús: Si alguien quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga (Lc 9:23). Seguir a Jesús es un asunto para nuestra vida cotidiana. Este es el Espíritu del Evangelio. Ser un discípulo fiel exige tomar decisiones todos los días para vivir a la manera de Jesús, no a la nuestra. Esto supone hacer numerosas elecciones y decisiones, incluso muy pequeñas, para servir a nuestros hermanos y hermanas necesitados, incluso si ello implica renunciar a nuestras propias necesidades y preferencias. Para tomar la cruz, a menudo tenemos que morir a nosotros mismos de estas formas aparentemente triviales y cotidianas.

Llevar la cruz no es una actitud pasiva. No significa ser aplastado o estar destruido, sino lograr caminar como Cristo en el camino de la cruz.

Llevar la cruz no significa sólo soportar las tribulaciones de la vida o el sufrimiento de la enfermedad, porque eso sería al fin mirarse a sí mismo. Además, todos, en un momento u otro, padecemos enfermedades, seamos cristianos o no. Y muchas personas no religiosas saben cómo sufrir con verdadera paciencia. Llevar la cruz significa más bien poder ayudar a otros en sus momentos de enfermedad, cuando también estamos enfermos y nuestras fuerzas no están en su mejor momento.

Llevar la cruz no significa que, cuando una tragedia golpea mi vida, sea esa mi cruz. Todo ser humano se enfrenta y choca con la tragedia en un momento u otro en su vida. Más bien, llevar la cruz significa conseguir ayudar a las personas que se ven afectadas por los desastres en su vida, a levantar a otras personas que está aplastadas por el peso del dolor, enjugar las lágrimas de quienes lloran, mostrarles la esperanza de una nueva vida por medio de nuestro amor entregado. Y todo esto en medio de mi mediocridad, mis pecados y mis propios límites … o los límites impuestos por la envidia, la persecución y los malentendidos.

Cristo pudo llevar la cruz porque siempre era consciente de estar acompañado por su Padre y nuestro Padre en cada paso de este viaje que llamamos vida. Esta es una gracia extremadamente importante que compartimos como hijos bautizados de Dios. Complementa la aspiración profunda de todo ser humano, sea creyente o no, consciente o no: dar su vida por el prójimo.

Cuando las tropas comunistas entraron en China, dirigidas por un teniente entrenado en el extranjero, un viejo amigo le dijo: ¿Cómo puedes pensar que vas a capturar la ciudad esta noche? ¿No sabes que tienen 10 veces más tropas que tú, que tienes que cruzar ese río y enfrentarte a las armas enemigas que son mucho más letales que las tuyas? El teniente comunista respondió: Estaré feliz si el comunismo puede así avanzar un kilómetro más.

¿Tengo yo la misma dedicación a Jesucristo?

Vivimos en un mundo imperfecto con personas imperfectas que toman decisiones imperfectas. Debido a esto, cada persona comparte igualmente una naturaleza caída e imperfecta. Y esto significa que cada uno de nosotros lleva una cruz de algún tipo. Llevar la cruz y seguir a Cristo significa seguir a Dios y confiar en Él, a pesar de las deficiencias que todos tenemos, que en muchos sentidos son más fáciles de aceptar si podemos culpar a alguien, y es a Dios a quien a menudo culpamos. Tomar la cruz y seguirle significa continuar confiando y glorificando a Dios, a pesar de nuestras dificultades.

Seguirle significa permitir que Cristo esté a la cabeza. A dónde Él nos conduce… no siempre lo sabemos; ni a dónde ni por qué. Los discípulos no están para guiar, proteger o poseer a Cristo, han de seguirlo. En este tiempo de Cuaresma, se nos pide que reflexionemos sobre lo que significa seguir a Jesucristo, cuál es el verdadero costo del discipulado. Jesús nos llama a ofrecer literalmente todo lo que tenemos. Y la experiencia de los santos y nuestra experiencia demuestran que ofrecer menos de eso no basta. Pero tomar nuestra cruz requiere un sacrificio que puede ser difícil de escuchar cuando estamos demasiado confiados y seguros de nosotros mismos … o cuando no es el mejor momento de nuestra energía y entusiasmo.

¿Cuál es la alternativa? Proteger mi vida y mi fama, no entregarlas a Dios, jugar a lo seguro, ganar el mundo… eso significa perder el alma. ¿Cuánto vale tu alma? ¿Qué puedes dar a cambio de tu alma? Estamos llamados a decidir si vamos a estar con Él, o huir, siendo simplemente espectadores de su muerte.

La gente vio en Jesús a quien viene verdaderamente en nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre nosotros. Esta es su victoria y nuestra victoria, este es su testimonio y nuestro testimonio. No sólo tener éxito en una actividad o un proyecto, sino acercarse a los demás en nombre del Señor, con un solo propósito y una sola intención: mostrar la realidad de su reino de paz en este mundo lacerado.

La cruz es el signo más elocuente de su amor misericordioso, el único signo de salvación para toda la humanidad. Que nuestra cruz personal sea, de manera semejante, un signo pequeño pero expresivo de lo que Cristo anunció: Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos los hombres hacia mí (Jn 12, 32).

La enseñanza final de Jesús es sígueme. En ello recordamos nuestro papel como seguidores de Jesús. Debemos observar, escuchar y entonces seguirle, debemos aprender de Él. Por eso la oración, la Palabra de Dios y la Eucaristía son nuestro alimento espiritual.

Hay momentos en que escuchamos el llamado de Jesús para ponernos en marcha y otros momentos en que debemos esperar. Hay muchas ocasiones en que Cristo envía obreros para que nos acompañen en nuestro trabajo. Él no nos pide que tomemos nuestra cruz solos. Tenemos la oportunidad de ser como Simón de Cirene, como nuestra Madre María, siempre a su lado.

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Tu hermano en los sagrados corazones de Jesús, María y José,

Luis Casasús

Superior General ;\�

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