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P. Jesús Fernández: “Nuestro padre Fundador nos enseñó a lanzarnos y arriesgarnos por amor a Cristo y a la Iglesia”

By 29 junio, 2017julio 1st, 2017Actualidad Idente

Publicamos una selección de la lección espiritual impartida por el P. Jesús Fernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor misioneras y misioneros identes, en Roma con ocasión del 58 Aniversario de Fundación.

Aquella mañana soleada del 29 de junio de 1959, doce hombres jóvenes se presentaron, con nuestro Fundador, también joven, al obispo de Tenerife, D. Domingo Pérez Cáceres. ¿Quién era el más joven de todos ellos? Se llamaba D. Fernando Rielo Pardal, funcionario de correos, y reconocido por todos como su fundador. Esta persona, conducida por una fe inquebrantable, se ofrecía al obispo, para cualquier misión que se le encomendara, especialmente con dedicación a la juventud alejada o alérgica a la Iglesia.

Nuestro padre Fundador fue hijo de su tiempo. Su amor a las Personas Divinas y a la Iglesia se alimentaba del Evangelio, de la oración continua y de la Eucaristía. Apasionado por crecer en la fidelidad a Cristo, su oración unitiva volaba a la Santísima Trinidad. Por eso, nos decía: «Os importa mucho adquirir aquel estado de súplica beatífica que, suprema expresión de la unitiva oración mística, forme vuestra conciencia filial, desposada con el Padre, concelebrado por el Hijo y el Espíritu Santo, en tal grado que, marcada ya en esta vida con la gloria eterna, contempléis la tierra desde el cielo más que el cielo desde la tierra»[1].

Los primeros misioneros que acompañaron a nuestro padre Fundador en aquella festividad de san Pedro y san Pablo, eran casados, y la mayoría funcionarios de empresas privadas. Él atendía a sus cosas materiales y espirituales. La dulzura y la firmeza, la afabilidad y el rigor, formaban parte de la formación de estos primeros misioneros. Con su palabra, con su ejemplo y su autoridad moral los sostenía, exhortaba y corregía con exquisito amor.

Enseñó de forma sencilla a los primeros misioneros a no asustarse por la palabra santidad y la palabra conversión. Para ser santos no tenemos que hacer grandes cosas, ni tampoco tener la gracia de los fenómenos extraordinarios. Conversión no es otra cosa que dejar de mirarse a uno mismo y mirar a Dios. Veremos de este modo que la mirada de Cristo es mirada de amor, de cariño, de afecto, de ternura. Así lo hizo con todos y, en especial, con el joven rico. La palabra conversión está contenida en la palabra sígueme. A la llamada de Cristo, debo responderle sin vacilación: “Sí, te sigo”. Y a su pregunta: ¿Me amas?, le tengo que contestar sin dudar: “Sí, te amo; Tú lo sabes todo”. Con este sí se abre nuestra inteligencia a una nueva visión, a un nuevo horizonte. La conversión es salir de una existencia egocéntrica, a otra llena de generosidad; de querer ponerse en el centro y por encima de todos, a poner a Cristo en el centro de todo y de todos, de tal modo que yo tenga que aparecer el último. La conversión nos conduce a amar a nuestros enemigos, y a tratar bien a los que nos odian y persiguen (Lc, 27, 29). Algunos dirán que es muy difícil. Pero tengo que decir que no se trata de hacer grandes esfuerzos, sino dejar hacer en nuestro corazón al Espíritu Santo que, con su fuerza, cambiará nuestros pensamientos y deseos y nos dará la auténtica motivación para realizar la voluntad de Dios aunque esta sea muy difícil.

También se caracterizó, en los inicios de su llegada a Tenerife, por su apostolado personal como nos narra en sus Leyendas de Amor: «Mi apostolado personal se extendió con rapidez inusitada. Este hecho exigió lugares más amplios en los que se congregaban multitudes de gentes que, sedientas de fe, imprimieron, ante mi confesión cristiana, nuevos rumbos a su vida; en ocasiones, las palabras fueron confirmadas por milagros emocionantes. El interés del obispo de la diócesis por este movimiento dio lugar a que formara, bajo su autoridad, un equipo de misiones populares que recorrió pueblo a pueblo la Isla de Tenerife. Del equipo de misiones, nació el día 29 de junio de 1959 el Instituto de Misioneros Identes. ¡Cuántas confesiones! ¡Cuántas conversiones! Llenábanse los templos de personas para, de una forma duradera, recibir la Eucaristía durante la celebración del divino sacrificio. Mi dedicación a la capital fue extenuante por causa de las necesidades religiosas: las conferencias a obreros y estudiantes producían, en términos de multitud, inmediata manifestación de la gracia. Uní en torno mío, para fin de dos movimientos, social y estudiantil, un número aproximado de 2.000 almas que, llenas de entusiasmo por la santidad intrínseca de la Iglesia, recibían, convencidas de su estado de gracia, la Santísima Eucaristía. Sería imposible la narración acerca de los problemas que tantas almas me planteaban. Solo puedo decir que había días y días que no tocaba la cama para poder reparar un poco el sueño que me abrasaba. Contemplaba, así, el amanecer marino con almas que junto a mí lloraban de amor a Cristo por ver que los nuevos horizontes, que divinos yo les presentaba, hacían de su existencia una vita nuova marcada por la fe, la esperanza y el gozo de unos bienes celestiales»[2].

Le caracterizó asimismo fomentar las vocaciones en sus diferentes estados, y ayudar a jóvenes y mayores a seguir el camino que Cristo les indicaba. No sabemos cuántas lágrimas le costó suplicar al Padre por nuestra vocación a la santidad. Nos enseñó con su vida el valor de la gracia, la oración suplicante y la llamada del Padre a ser regidos, más que a regir; a ser obedientes, más que a mandar; a pensar en los demás, más que en uno mismo; a ponernos de los últimos, y nunca de los primeros. Nuestro Fundador nos daba ejemplo de todo ello porque estaba desbordante del amor al Padre y con una paz serena que le duró, en medio de tormentas y mares agitados, hasta el último momento en que Cristo y María le vinieron a buscar para ascender con Ellos: «Toda mi vida –aseguraba él mismo– ha sido de un mendigo filial ante la puerta de la Celeste Jerusalén»[3]. Lo único que le importaba eran las almas en virtud de su inmenso amor a la Santísima Trinidad; de aquí, su vivir y transmitir el Evangelio a todos, hombres y mujeres, y en todo lugar y tiempo, para que fueran santos. Nos hacía ver que el Evangelio no era un canto a la tristeza o a la nostalgia, sino a la alegría expresada en las bienaventuranzas.

Nuestro Fundador, por otra parte, nos enseñó a razonar, reflexionar y argumentar sobre las Sagradas Escrituras, y nos exhortaba a que, después de orar en silencio ante el Tabernáculo, nos lanzáramos y nos arriesgáramos en la vida apostólica por amor a Cristo y a su Iglesia. Para ello, debíamos salir de nuestros miedos y angustias, intentando resolver los conflictos y dificultades, acudiendo al Evangelio, única fuente que nos podía dar luz y claridad, y trasmitirnos aquella paz que Cristo dice no la puede dar este mundo (Jn 14,27).

Los misioneros y misioneras identes podemos decir que hemos conocido en nuestro Fundador a un hombre inocente como un niño, con alma sacerdotal. Salió del convento de los Padres Redentoristas con la llamada a renunciar a todo, y a seguir al Padre con mística conciencia filial. Doce hombres de virtud probada, de diferentes órdenes religiosas, le confirmaron que fundara nuestra institución para vivir la santidad por medio del examen ascético y místico. No fue fácil la fundación. Encontró muchos obstáculos internos y externos. Nos decía, con toda sinceridad, que él no poseía las cualidades, no solo espirituales o místicas, sino ni siquiera humanas, para fundar y acometer la fundación. Se sentía muy débil, y solo la fuerza de Dios lo mantenía vivo. Le suplicaba al Padre una gracia para que los que se acercaran a él tuvieran confianza. Observaba que había tantos jóvenes y hombres de cultura muy lejos de creer y amar al Padre, que necesitaban de nuestro carisma para su conversión y santificación.

La lógica de la santidad no sigue la lógica humana. Subía y bajaba por la escalera casi simultáneamente. Parecía que subía un escalón y a continuación bajaba dos. Sabía que no podía dar marcha atrás una vez puesta la mano en el arado de la fundación. Surcos de sangre y lágrimas hicieron fértil la tierra que iba a fundar, y, como los grandes profetas del Antiguo Testamento, nunca vio del todo la Tierra Prometida en esta vida.

Sabía que el Padre le ofrecía siempre una solución conforme a su voluntad y no la suya. La cruz era para él signo de amor y de victoria según las palabras de Cristo: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

En septiembre del 2004 lo vi por última vez. Estaba cansado, muy cansado y con los ojos brillantes, no de fiebre, sino de lágrimas de felicidad al saber que su institución salía de un pozo oscuro: la Santa Sede había dado el reconocimiento del instituto a nivel diocesano como nueva forma de vida consagrada, y los sacerdotes identes estarían incardinados en nuestra mártir institución. Le dije: “Padre, regreso a Roma. ¿Quieres algo para tus hijas e hijos?” Me respondió: “Que sean santos y amen a la Iglesia fundada por Cristo”. Le dije: “Padre, me cuesta separarme de ti”. Me contestó: “A mí también. Sé dócil al Espíritu Santo”. Me miró con mucha ternura. Le di entonces el beso de un hijo a su padre espiritual. Por último, me dijo: “Cuida la caridad. No te olvides nunca de que un día sin cruz es un día vacío del amor del Padre. No te quedes con nada. Ofrécelo todo”. Vi en su última mirada la fecundidad de estar en Cristo. Su cuerpo, lleno de fatiga y con respiración difícil, albergaba unos ojos dulcemente penetrantes, con la transparencia e inocencia de un niño.

Os doy a todos mi entrañable felicitación en este 58º Aniversario de la Fundación del Instituto, festividad de dos grandes de la santidad, Pedro y Pablo, cuyo alimento era hacer la voluntad de quien les había enviado, Cristo (Jn 4,34). Ellos acometieron la voluntad divina que, a veces, nos resulta demasiado dura y llena de cruz, pues los planes de Dios no coinciden con los nuestros. Nuestra vida debe ser, a imagen de la de Cristo, “buscar y cumplir la voluntad del Padre”. Así fue la vida de nuestro padre Fundador.

[1] Codex orationis, Nueva York, 1996, inédito.

[2] Leyendas, Tercera Parte, Capítulo 2, LV, “Estela de un lucero”.

[3] Leyendas de amor.

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