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Miedo y paz

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 23-4-2017, Segundo Domingo de Pascua (Hechos 2:42-47; 1 Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31)

Cristo siempre utilizó símbolos y tradiciones de la cultura Judía para comunicar su mensaje de una forma comprensible: Celebraciones de Pascua, ayuno, inmersión en el agua, enseñanzas de los Profetas,…Quizás la más sencilla es el saludo tradicional (aunque no solo Judío): La paz sea contigo ¿Cuál es el nuevo significado que Cristo da a este saludo cuando llega en medio de los discípulos y les dice: La paz esté con ustedes?

Cuando hablamos de lo que más deseamos en nuestra vida, la paz ocupa un lugar muy especial en la lista: Paz y tranquilidad, Paz interior, Paz mundial, Sólo un poco de paz y calma,…y finalmente, Descanse en paz.

Podemos llevar a cabo muchas buenas acciones, pero ninguna de ellas nos dará un sentido de paz real, duradero y profundo en nuestra vida. Quizá encontramos una solución, algo que nos hace sentir bien por un tiempo. Pero no tardamos mucho en estar buscando de nuevo. Siempre buscando, pero nunca hallando ese sentido de paz que desearíamos tener.

El mundo sigue viviendo con miedo. Tememos nuestro futuro. Tenemos no tener suficiente y por eso acumulamos. Tenemos miedo de otras naciones y por eso compramos armas. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestro prójimo y también de Dios. Más que nada, tememos la muerte. Pero si hay miedo, no hay paz. La paz presupone que hayamos vencido el miedo. Por eso los discípulos de Jesús no tenían paz: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

El miedo es el fruto de la pérdida de la fe y la esperanza (en términos mundanos, algunos dirían miedo a lo desconocido). Y esa es la razón por la que nace el miedo, porque abandonamos la fe en Dios.

San Agustín lo expresó con precisión: Nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti. Él nos dice que no hay por qué tener miedo. Nos da una clase de paz que el mundo no puede dar. Primero, hace la paz entre tú y Él, quitando tus y mis pecados. El pecado con el que nacemos y el que cometemos en nuestras vidas. Como hemos celebrado en la Semana Santa, esto es el comienzo de un diálogo permanente, llamado oración, cuyo fruto más visible es la paz, según dice nuestro Fundador, Fernando Rielo, y nuestra experiencia.

Creyentes y no creyentes tendemos a pensar que la paz es simplemente un estado de nuestra mente o de nuestro espíritu…!Oh, no! De nuevo nuestra forma reduccionista de entenderlo todo….En contraste con esta forma de ver las cosas, deberíamos reflexionar sobre estas dos afirmaciones:

* Un acto de sinceridad, de bondad, de buen gusto hacia alguien, comporta una experiencia positiva, liberadora, cuyo fruto es la paz y la felicidad interiores. Afirma San Pablo que la felicidad, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, son fruto del Espíritu (Gál 5,22). (Fernando Rielo. Concepción Mística de la Antropología)

* ¡La paz de Jesús es una Persona, es el Espíritu Santo! El mismo día de su Resurrección, Él viene al Cenáculo y su saludo es: La paz esté con ustedes. Reciban al Espíritu Santo. Ésta es la paz de Jesús: es una Persona, es un regalo grande. Y cuando el Espíritu Santo está en nuestro corazón, nadie puede arrebatarnos la paz ¡nadie! (Papa Francisco. 20 Mayo, 2014).

En la medida que violamos la alianza con Dios, esto es, en la medida que somos injustos, quedamos privados del fruto de la justicia, que es la paz (Is 32: 17). Esta es la acción teantrópica: la acción de Dios (acción agente) en el ser humano con el ser humano (acción receptiva). La paz es no sólo un don divino, sino también una tarea humana.

Los apóstoles experimentaron la acción del Espíritu Santo de una forma explícita. Después, en Pentecostés, comprendieron cabalmente cuál es la misión del Espíritu Santo: morar en ellos permanentemente como Paráclito, o Consolador. Esta palabra significa “el llamado a estar al lado para ayudar”. En términos de la vida mística, el que lleva a cabo en nuestro espíritu la Purificación y la Unión con la Santísima Trinidad.

Como un ejemplo de ese deseable Canon continuo en nuestra relación personal con Dios, sabemos que la paz no se alcanza nunca de una vez por todas, sino que ha de ser construida continuamente. Esto explica por qué Cristo, como relata el Evangelio de hoy, fue por segunda vez a los apóstoles, cuando Tomás estaba con ellos. Jesús muestra así, con toda claridad, su misericordia y perdón incluso para los descreídos como Tomás y los ateos. Él les invita: Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no dudes, sino cree. Dios se identifica con los no creyentes en su vacío interior.

La paz es esencialmente un don de Dios, que transforma el hombre interior y que también ha de manifestarse al exterior. Por eso, el ser pacificador llega a ser una tarea de la Iglesia: Es más, como discípulos de Cristo: Hagan todo lo posible por vivir en paz con todo el mundo (Rom. 12:18). De hecho, la paz del hombre con Dios, consigo mismo y con los demás, son inseparables. Es más, como discípulos de Jesús, se nos concede la gracia de ser humildes instrumentos para iniciar esta reconciliación: A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retengan, les serán retenidos.

¿Por qué dijo Cristo a Tomás ¿Porque me has visto has creído. Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron? Puede parecer que éstos últimos tienen más mérito: algunos hablan de un meritorio “salto de fe”…Aunque esto sea cierto, es sólo la mitad de la verdad. Como hemos visto, y es nuestra experiencia personal, cuando recibimos el perdón de los pecados y cuando somos más conscientes de la confianza de Dios quien, a pesar de todo, nos da una misión. En esas circunstancias, no necesitamos ver, no necesitamos comprender muchas cosas; somos dichosos porque el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad (1Jn 5, 6).

Ese fue el caso de una persona religiosa, que me dijo que perseveraba en su vocación solamente porque algunas personas que le habían sido encomendadas necesitaban su apoyo y su testimonio.

La apertura es el puente entre nuestra débil fe y el poder del Espíritu Santo: apertura para buscar a Dios; apertura para ver a Cristo en los otros; apertura para encontrarle en los que no creen. Esta apertura es el instrumento de los que son humildes y mansos, los que se atreven a ser de nuevo niños en su relación con Dios. En palabras de S. Juan Pablo II: Hoy quiero añadir que la apertura a Cristo, que en cuanto Redentor del mundo « revela plenamente el hombre al mismo hombre », no puede llevarse a efecto más que a través de una referencia cada vez más madura al Padre y a su amor (30 Nov., 1980).

Sí; nuestra débil fe nos capacita para verle en aquellos que están llenos de su Espíritu y lo traen a nuestras vidas. Y también lo podemos encontraren el enfermo, en el débil, en el oprimido, en el pobre que está junto a nosotros y nos da la oportunidad de mostrar compasión por Cristo. Podemos incluso verle en los que nos son hostiles o nos hacen daño, en cuanto que nos retan a ser Cristo para ellos, con amor incondicional.

P. Jesús Fernández: “La vida y la resurrección tienen la última palabra, no la muerte”

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Por el P. Jesús Fernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes
Selección de la homilía impartida con motivo de la Pascua de Resurrección, en la Presidencia del Instituto en Roma.

El texto que sigue es una selección de la homilía impartida por el P. Jesús Fernández Hernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes impartida en la Pascua de Resurrección.

Resurrección y vuelta al Padre
Todo el misterio pascual de Cristo consistió en un itinerario de regreso al Padre, desde su nacimiento, hasta su muerte en la cruz, su posterior resurrección y, al final, su ascensión a los cielos. La cruz no fue, por tanto, el fin para Cristo, sino su regreso a la Derecha del Padre, a la plenitud de la gloria.
Resurrección y una nueva vida: honestidad, transparencia y responsabilidad
La Resurrección es un signo de vida. Cristo había dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). La sociedad de hoy, con sus crisis y con sus signos de muerte necesita más que nunca anuncios claros de vida y de resurrección. La vida no surge del ruido, sino del silencio de la oración. Hoy los anuncios crean deseos de tener: para disfrutar, para imponerse, para mandar, para ser feliz, para ganar dinero… Quien no tiene no cuenta. Este es el mensaje, el anuncio publicitario. Pero Cristo, con su resurrección, anuncia otro horizonte de fuerza, de lucha, pero con paz y serenidad. La fuerza está en la verdad, no en la apariencia. El anuncio de Cristo con su resurrección es un anuncio de una nueva vida de honestidad, transparencia y responsabilidad.
La resurrección de Cristo, vencedor de la muerte, es su gran victoria: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Esa es la verdad. La mentira, la falta de honestidad, la injusticia, no tienen futuro.
Resurrección en comunidad
Los discípulos encontraron a Cristo resucitado en la comunidad, recordando sus palabras: “donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Esto es, lo encontraron en la oración, en la Eucaristía y en la lectura de la Palabra, teniendo siempre presente que Cristo es el buen pastor que reúne a su rebaño.
¿Qué sucede ante el sepulcro vacío? Cada uno comunica al otro lo poco o mucho que ha visto, y juntos consiguen la luz necesaria para superar las graves dificultades que no faltan nunca, o las situaciones que crean confusión y nos desconciertan. Cristo se hace visible cuando nos movemos y nos comunicamos, no cuando estamos solos, quietos, preocupados por aquello que pensamos que es lo más importante, por aquello que creemos son nuestros derechos y libertades, despojando y debilitando las libertades de los demás.
Resurrección en proceso
¿Cuándo percibimos que Cristo resucitado está en nuestra vida diaria? Cada vez que resolvemos nuestros conflictos a la luz del Evangelio, cuando vivimos con sinceridad el espíritu que respira cada palabra del Evangelio, y sobre todo cuando reconocemos nuestras miserias humanas y pecados, nos amamos de verdad y nos perdonamos de todo corazón. Los que no aman no pueden perdonar. En el amor y en el perdón, que es lo más sublime del amor, está Cristo resucitado. La señal de que Cristo ha resucitado es que hay muchísimos actos de bondad y de santidad en el mundo. Si vivimos como Cristo nos amó, nuestra visión del mundo daría un cambio radical.
Han pasado veinte siglos y lo decisivo es “escuchar” en lo más íntimo de nuestro corazón la voz de Cristo resucitado y vivo en nuestros corazones, en la Iglesia, en la Institución, en nuestras comunidades; Él es la voz de nuestra Fe y de nuestra Esperanza.
Cristo resucitado es pura gracia santificante que vence en nosotros toda malicia o toda intención no sana. Ni en el sufrimiento ni en la muerte Cristo resucitado nos abandona. En realidad nos acompaña en el tránsito de este valle de lágrimas a la Jerusalén Celestial. La muerte no es lo último, solo la vida y la resurrección tienen la última palabra. Debemos apoyarnos y confiar en el Evangelio con una fe firme como la roca porque este donum fidei se apoya en alguien más fuerte que otorga la firmeza. Se trata de fiarnos de Cristo, de tener confianza en Él, porque Él es nuestra roca y nuestra salvación, como dice la Escritura (Sal 62,7).
Con las murallas de la soberbia del espíritu, causa de todos los males, es imposible comunicarnos con afecto y cariño con Cristo y con nuestro prójimo. Podemos creer muchas veces que hablamos con Él, pero si nos mantenemos detrás de la muralla no podemos oír o discernir su voz, y así nuestro corazón queda muy lejos de experimentar su misericordia.
Eucaristía: Agua Viva para mi resurrección continua
Necesitamos ser ayudados y escuchar las palabras de Cristo a la Samaritana en el pozo de Sicar: “Dame de beber” (Jn 4,7). Todo el diálogo parte del agua de nuestro bautismo que se transforma en gracia santificante en nuestro espíritu. ¿Está estancada en nuestro corazón esta agua de modo que sale turbia viendo solo en Cristo palabras fuertes, duras, sobre problemas importantes de la vida? Sin embargo, Cristo se acerca a ti y a mí con ternura, con afecto, con delicadeza, con una luz impresionante. Cuando leemos y vivimos el Evangelio, el agua turbia, llena de polvo y fango, empieza a moverse hacia la verdad y hacia la verdadera vida que es Cristo mismo. Se convierte en agua viva que salta hasta la vida eterna.
Esta agua viva, limpia, que sale del pozo de nuestra alma da el salto hacia un amor que no engaña, el Corazón de Cristo, que me ama como soy ahora mismo con mis defectos y debilidades. La Eucaristía es esta agua que forma parte de nuestra resurrección en proceso mientras caminamos en esta vida. Esta resurrección en proceso la expresa Cristo de diferentes modos, por ejemplo, en la conversación con Nicodemo, cuando le dice que: “Hay que nacer cada día de nuevo” (Jn 3, 1-21).

¿Podemos sufrir por los demás?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 9 -4-2017, Domingo de Ramos (Libro de Isaias 50:4-7; Filipenses 2:6-11; San Mateo 26:14-75; 27:1-66).

Cuando leemos en el Evangelio de hoy: Esta es mi sangre de la nueva alianza, que será vertida por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados, quizás no somos capaces de comprender todo el alcance de estas palabras.

  1. Como al buen ladrón, se nos garantiza que disfrutaremos eternamente de la compañía de Cristo en el Paraíso. Cristo murió por mí, personalmente, para que tenga vida eterna.
  1. Pero aún nos quedan años, días o quizás horas de vida en este mundo. Y el perdón de los pecados significa ser liberado de mi condición de esclavitud, en la cual no puedo dar fruto ni encontrar sentido a mi vida. De hecho, en la Epístola a los Filipenses, se nos dice que Jesús se vació de sí mismo, tomando la forma de un esclavo, tomando forma humana para salvarme de mi sufrimiento y de mi pecado.

¿Por qué decimos que la Cruz es una gracia? Porque tú y yo tenemos la oportunidad de ofrecer cualquier cosa que suceda en nuestra vida. Atención: estamos hablando de la oportunidad de ofrecer algo ¡no simplemente de soportar! Esto significa que podemos estar seguros que Dios aprovechará cada uno de mis esfuerzos, todas mis lágrimas y especialmente toda mi impotencia.

Hay ciertas cosas que podemos hacer por nuestros semejantes, pero eso es una pequeña parte de nuestra aspiración, un pequeño porcentaje de nuestros deseos generosos:

  • ¿Te gustaría poder detener todas las guerras del mundo?
  • ¿Te gustaría ver la curación de una persona que amas de verdad, después de orar por ella?
  • ¿Te gustaría ver la conversión de una persona por la cual estás orando?
  • ¿Te gustaría tener una respuesta al porqué del dolor y sufrimiento humano?

Tener esta conciencia cambia completamente la forma en que vemos el mundo y a nuestro prójimo; sí, estamos literalmente en manos de Dios y Cristo está intentando continuamente abrir nuestros corazones de manera que podamos recibir el don de la cruz.

Nuestra cruz no es una cruz abstracta, sino muy concreta. Mirando con atención a nuestras experiencias, comprendemos que la verdadera cruz es nuestra naturaleza caída, el deseo de pecar que mora en nosotros, como resultado del pecado original que separa la humanidad de Dios. Como nuestro fundador decía, nuestra cruz es…nuestra alma.

Por eso, nuestro ofrecimiento a Dios debe ser también concreto. Por ejemplo, cuando el sacerdote dice en la misa: Oren, hermanos, para que mi sacrificio y el de ustedes sea agradable a Dios, Padre Todopoderoso. La pregunta es: ¿De verdad estamos haciendo un sacrificio de algo?

Tomar la cruz significa una elección, sacrificar nuestras vidas en beneficio de los demás. Esto es un regalo, una oportunidad reservada a quienes creen que el Espíritu Santo, enviado por nuestro Padre Celestial e implorado por Cristo, es el dador de vida.

Para encontrar la fuerza para llevar la cruz, debo preguntarme si lo que hago satisface a Dios. ¿Daré gloria a Dios con esta acción? ¿Es lo que Él desea que haga? ¿Es su voluntad, su deseo y su plan?  Esta oración de súplica era en Jesús más fuerte que su cansancio: ¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? 

Una vez que somos conscientes de que todo lo que hacemos está verdaderamente de acuerdo con la voluntad del Padre, entonces tenemos asegurada la victoria final. Como escuchamos en la primera lectura: El Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

De igual modo, la Pasión no terminó en tragedia, sino en Gloria. La cruz sin resurrección es una tragedia. Por otra parte, la resurrección sin la cruz es una ilusión.

Hoy, por un lado, vemos a Cristo sublime y glorioso y, por el otro, humillado y sufriente. En su procesión, recibe honores reales y en la Pasión será torturado como un criminal. No hemos de sorprendernos por ello  ni perder la perspectiva cuando estamos sufriendo. El tono alegre de la festividad de hoy y de muchas alegrías diarias queda pronto empañado por la sombra de la cruz.

El Papa Francisco dijo en una homilía: Tampoco [queremos] una Iglesia que reniegue de sus mártires, porque no sabe que los mártires son necesarios a la Iglesia para el camino de la cruz. Una Iglesia que solo piensa en los triunfos, en los éxitos, que no sabe aquella regla de Jesús: la regla del triunfo a través del fracaso, el fracaso humano, el fracaso de la Cruz. Y esta es una tentación que todos tenemos (29 de Mayo, 2013).

El abrazar la cruz nos hace verdaderamente libres para Dios: la verdadera libertad es cuando sufrimos por los demás con amor incondicional; esto es un don, una gracia. Un amor sufriente tiene un poder que ningún otro amor posee.

Nosotros debemos unirnos a Cristo cuando dice: Esta es mi vida, esta es mi sangre entregada y vertida por ustedes. Si de verdad amamos a Cristo, hemos de estar listos para tomar nuestra propia cruz de cada día y seguirle.

Quisiera concluir con las palabras del Papa Francisco del mismo día: Recuerdo que una vez, que estaba en un momento oscuro de mi vida espiritual y le pedía una gracia al Señor. Luego me fui a predicar los ejercicios a unas religiosas y el último día se confiesan. Y vino a confesarse una monja anciana, con más de ochenta años, pero con los ojos claros y brillantes: era una mujer de Dios. Al final vi en ella a una mujer de Dios, a la que le dije: «Hermana, como penitencia, ore por mí, porque necesito una gracia. Si usted se lo pide al Señor, me la concederá con toda seguridad». Se detuvo un momento, como si orara, y me dijo: «Claro que el Señor le dará la gracia, pero no se engañe: lo hará a su divina manera».

 

Tres clases de muertos

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 2-4-2017, Quinto Domingo de Cuaresma (Libro de Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; San Juan 11:1-45)

El Evangelio del domingo pasado nos invitaba a ponernos en el lugar del ciego que fue curado por Cristo de su falta de vista. Creo que era una oportunidad única para aprender sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con Dios, en la que hay siempre posibilidades de mejorar. Hoy el Evangelio da una segunda vuelta de tuerca: ¿Estamos listos para identificarnos con Lázaro el resucitado?

Recordemos que Lázaro fue devuelto a esta vida. Todos hemos oído casos más o menos cercanos de personas que han sobrevivido a enfermedades o traumas extremadamente graves (por no mencionar el asunto polémico de las experiencias cercanas a la muerte).

– Algunos de ellos desarrollan el llamado trastorno de estrés post-traumático, otros se recuperan de los síntomas iniciales de forma natural.

– Una pequeña proporción de esas personas, que son egocéntricos e individualistas, reaccionan con actitudes irónicas y amargas.

Pero cuando esas personas son mínimamente conscientes de su deuda con quienes les han curado desarrollan un sentido permanente de gratitud hacia ellos y hacia todas las personas. No sabemos mucho sobre Lázaro, pero así ocurrió con la suegra de Simón (Mc 1: 29-39); su reacción natural después de ser curada fue servir a Jesús por la gratitud que sentía hacia Él. Esto es lo que he podido ver en dos hospitales diferentes: la mayoría de los voluntarios que cuidan y apoyan a los pacientes de cáncer han sufrido antes también esa enfermedad. Estoy seguro de que Lázaro también comenzó a ayudar con renovado entusiasmo a su generosa y dedicada hermana Marta….

Lo que es claro es que de los miles de personas que se han recuperado de alguna enfermedad grave y aguda y han compartido sus experiencias la conclusión es la misma: Comienzan a vivir con una comprensión profunda de lo que es el don de una nueva vida y muchos de ellos con la conciencia de que la vida no es nada “normal” para los que conocen a Dios.

Para muchas personas, la vida no tiene sentido porque no encuentran en ella finalidad ni propósito. No tienen ni idea de para qué viven y por qué viven. No tienen sensibilidad hacia su identidad de hijos e hijas de Dios. Están en una tumba.

En las tumbas hay tres tipos de muertos, envueltos en las vendas funerarias:

* Los que tienen el alma muerta por ser víctimas de sus malos pensamientos, deseos y acciones. Es lo que llamamos pecados.

* Los que están en un estado de total falta de energía, sin esperanza, por varias razones: un fracaso matrimonial, una infidelidad de su cónyuge, la enfermedad de un hijo, la ruina económica, la depresión, el alcoholismo, la drogodependencia…

* Y los que son prisioneros de sus buenas acciones, de su bondad natural y viven apegados a sus capacidades y a su generosidad de siempre, como le ocurrió a Marta cuando quería seguir prestando a Cristo toda clase de atenciones domésticas y dándole su hospitalidad.

Ya sé que resucitará en el último día. Marta no podía imaginar que Cristo quería dar un signo de su poder y su misericordia en ese mismo momento. Hay una resurrección del cuerpo y una resurrección del corazón; si la resurrección del cuerpo tendrá lugar “el último día”, la del corazón puede ocurrir cada día. Por medio de Ezequiel dice el Señor: Voy a abrir sus tumbas, voy a hacerles salir de la tumba a ustedes, mi pueblo.

En un milagro físico, como el devolver la vista a un ciego, o caminar sobre el agua, las leyes del universo quedan en suspenso por una intervención divina. En un milagro espiritual, como el perdón de los pecados o la expulsión de los demonios, Cristo purifica el alma. En Marcos 2: 1-12 Jesús realiza un milagro físico curando al paralítico para revelar un milagro espiritual, el perdón de los pecados. El mayor milagro que Dios puede hacer y hará siempre tuvo lugar en una cruz, cuando el Hijo cambió nuestros pecados por su justicia de manera que fuésemos librados de todas nuestras transgresiones y pudiéramos comulgar con Dios, comenzando ya en esta vida.

En los Hechos de los Apóstoles 16:25 se dice: Sobre la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios y los prisioneros les escuchaban. El mayor milagro que ocurre en este relato no es que Dios sacudiese la tierra, sino que sacudiera los dos corazones de los apóstoles encarcelados, haciéndoles orar y adorar a Dios incluso en las circunstancias más duras.

¿Quién más podría realizar en nosotros esa resurrección del corazón? Para algunas angustias, sabemos que no hay remedio humano. Las palabras de ánimo a menudo no bastan. En casa de Marta y María había judíos que llegaron para consolarlas, pero no fue suficiente. Hemos de experimentar un nacimiento espiritual para tener una auténtica nueva vida; un cambio en nuestra forma de vida (emocional o espiritual) no es bastante.

Esa nueva vida consiste en nuestra filiación, en ser auténticamente hijos. Y se logra por la acción del Espíritu Santo. Sentimos esa resurrección en forma de un flujo continuo de oportunidades. A esto llamamos Inspiración: lo que era un obstáculo, una dificultad, se transforma en una oportunidad. En el Libro de Isaías leemos: Trazaré un camino a través de todas las montañas y allanaré todas mis sendas. Por nuestra parte, esta nueva vida se manifiesta en una transformación constante y progresiva de nuestro amor limitado en el amor de nuestro Padre Celestial.

Estos milagros son absolutamente necesarios. Jesús manifestó hoy: El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza porque la luz no está en él. Lo que nosotros hemos de hacer es cooperar con esta gracia. Eso nos permite entender las palabras del Apóstol Tomás: Vayamos y muramos nosotros con él. Dispongámonos a morir a nuestros pecados y a nuestro pasado de manera que la Nueva Vida que está a nuestro alcance llegue a nosotros. Cristo, nuestra Luz, nos muestra el camino a la plenitud de vida si reconocemos que somos ciegos en vez de hacer como los fariseos del Evangelio en el pasado domingo. Los milagros de Cristo no son una demostración de poder, sino signos del amor de Dios, que se hace presente cuando encuentra la fe del hombre (Benedicto XVI).

Cristo levantó su mirada y dijo: Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Aquí Cristo ora a nuestro Padre Celestial agradeciéndole porque siempre le escucha. Esto es una señal clara de su confianza en el Padre. Continúa diciendo que lo que va a pedir es para darle gloria y hacer entender a la gente que ha sido verdaderamente enviado por Él. Jesús no sólo habla entonces a los testigos presentes sino a ti y a mí: ¿Estamos dispuestos a aprovechar la Inspiración transformando nuestros actos de oración en un estado de oración?

Permítanme concluir con unas palabras del Papa Francisco:

El acto por el cual Jesús resucitó a Lázaro demuestra hasta dónde puede llegar el poder de la Gracia de Dios y por tanto hasta dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero, escuchen bien: ¡tampoco hay otro límite para la misericordia divina que se nos ofrece a todos! Repito: ¡tampoco hay otro límite para la misericordia divina que se nos ofrece a todos! Recuerden esta frase.

El Ciego y el Método Científico

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 26-3-2017, Cuarto Domingo de Cuaresma (1 Libro Samuel 16:1b.6-7.10-13a; Efesios 5:8-14; San Juan 9:1-41)

  1. No es difícil sacar varias conclusiones válidas del Evangelio de hoy, especialmente para ser conscientes de nuestras varias cegueras:

– No podemos ver las consecuencias de nuestras acciones (buenas y malas).

– No podemos darnos cuenta de la superficialidad de nuestros juicios, como Samuel en la lectura de hoy.

– Necesitamos una gracia especial para distinguir la fuente de nuestros pecados: nuestro Defecto Dominante.

– Estamos convencidos de que el poder, el status y la buena fama nos harán felices, pero nos pasa como al pobre hombre que encontró un tesoro muy valioso: perdió la paz y la seguridad, porque todos estaban detrás de su vida y además codiciaban el tesoro.

– Especialmente, el orgullo destruye nuestra capacidad para ver la verdad. Como los líderes religiosos del Evangelio de hoy, el pecado de orgullo no se debe a la ignorancia, sino simplemente a no querer ver.

Esas son varias formas de ceguera moral.

En nuestro Examen Ascético tenemos el Apego a los Juicios, que es una ceguera de la mente y nos lleva a creer que lo que es la costumbre, lo que nos es cómodo y conocido, supone una base para nuestra vida que no puede ser cuestionada. Algunas veces estamos deslumbrados por la comprensión intelectual y creemos que todos los problemas tienen una solución racional, que es nuestra solución.

Nos aferramos a nuestras ideas e ideales y queremos que todos crean en nosotros, como nosotros mismos. Esto también ocurre en nuestra voluntad, cuando somos víctimas del Apego a Nuestros Deseos.

Pero hay una ceguera más esencial, reflejada en el milagro del Evangelio de hoy: No somos capaces de distinguir la presencia de Dios en nuestra vida y en la vida del prójimo. Y esta ceguera pasa por alto algo esencial a nuestra constitución humana:

El Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni Lo ve ni Lo conoce, pero ustedes sí Lo conocen porque mora con ustedes y estará en ustedes (Jn 14: 17).

He sido crucificado con Cristo y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Gal 2: 20).

Esa era la ceguera de los Fariseos. Una persona que decide no ver, es culpable y comete un pecado contra el Espíritu Santo. Algunas veces nuestra vida se parece a la de los Doctores de la Ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás y, al final ¡también juzgamos a Dios! Hoy se nos invita a dejarnos iluminar por Cristo en el Bautismo, de manera que, como dice San Pablo, podamos caminar como hijos de la luz (Ef 5: 8), con humildad, paciencia y misericordia. Esos Doctores de la Ley no tenían ni humildad, ni paciencia ni misericordia.

De hecho, como dijo C. S. Lewis: Podemos ignorar, pero no podemos evadir en ninguna parte la presencia de Dios. El mundo está lleno de él. Camina, en todos los lugares, de incógnito.

  1. He aquí, quizás, uno de los episodios más difíciles y dolorosos de ceguera: Muchas veces, no tenemos respuesta verdaderamente satisfactoria para nuestro sufrimiento. Sin embargo, el dolor nos puede acercar más a la misericordia y el amor de Dios. Esto no es siempre fácil de entender. Esta ceguera es nuestra condición como criaturas y como ciegos cometemos muchos errores, por eso en la cruz Cristo suplicó: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
  2. Una forma bella de aprovechar la presencia de Dios diariamente es en las interrupciones. Cuando nos interrumpan, hemos de decir a Dios: Estás ahí. En el momento que ocurre la interrupción, hemos de recordarnos a nosotros mismos que estamos en presencia de Cristo, quien tuvo tiempo para las personas que le interrumpían y le cuestionaban. Recordemos que algunos de sus milagros más misericordiosos tuvieron lugar cuando se le interrumpió ¿Cómo vives tu ofrenda personal a Dios durante las interrupciones?
  3. Esta no fue la única vez que Cristo curó a una persona usando su saliva. Recordemos cómo abrió los oídos de un sordo (Mc 7: 31-37) usando su saliva como agente curativo. Esto es bastante llamativo, porque el escupir tenía (y tiene hoy día) una connotación de desprecio. Pero Cristo nos está diciendo: Lo que ustedes piensan que es real, no es real y lo que piensan que es verdad, en realidad no lo es. Los “milagros-saliva” encajan en este tipo de didáctica. Esencialmente, Cristo nos dice: ¿Creían que escupir es un insulto, algo impuro? Bien, ahora les muestro de qué es capaz la saliva en el principio, antes de que el pecado llegase al mundo. El método pedagógico de Jesús señala para lo que hemos sido creados y cómo el Sacramento del Bautismo nos restaura.

De este modo, Cristo nos comunica la gracia divina de forma apropiada a nuestra naturaleza humana, que incluye cuerpo, alma y espíritu. Cristo desea entrar en nuestras vidas, ponerse a nuestro nivel, tocarnos, incluso físicamente. El tacto de Cristo dio al hombre ciego esperanza y confianza, haciendo un milagro a través de un contacto personal, no de un truco de magia.

  1. Hay una larga e intensa discusión entre el hombre recién curado, sus padres y los Fariseos, centrada en el tema de la personalidad y la autoridad de Cristo. Pero el factor decisivo, el suceso clave, fue la experiencia sanante del hombre ciego, una experiencia capaz de determinar definitivamente si una hipótesis o teoría es a las demás hipótesis. Este es un elemento clave del Método Científico…!el hombre ciego era bastante moderno! Por eso nuestro Padre Fundador dice que la Mística es una ciencia experimental (y experiencial): es más que creencia, más que fe, más que comprender.

Después de todo, es la misma situación en que nos encontramos nosotros.

Por eso, también el Papa Francisco subraya la importancia de la memoria espiritual, es decir, de tener presente continuamente lo que Dios ha hecho en mi vida, transformándome en la persona que soy ahora y guardándome en el camino.

  1. 6. ¿Cuál es el punto de partida de esta acción divina? El Recogimiento y la Quietud. Estas acciones o movimientos preliminares en nuestra alma no son estrictamente Purificación o Unión, sino cambios sucesivos en nuestra sensibilidad, algo así como un entorno limpio y una música suave nos invitan a una conversación o a una comida relajada; algo así como escuchar un fragmento de Beethoven puede despertar una pasión duradera por la música clásica.

El Espíritu Santo transforma nuestra sensibilidad y eso es suficiente para desencadenar cambios profundos e inesperados en nuestra vida. Inicialmente, el hombre ciego encontró a Cristo a través de Su misericordia y compasión y se dio cuenta que era un hombre santo, un profeta y el Hijo del Hombre. Como consecuencia de su fe y su comprensión crecientes, se postró ante Él.

Como el Señor manifestó al profeta Samuel: Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón. Esto es un verdadero cambio de sensibilidad, igual que cuando nos enamoramos.

Los que han sido curados por Cristo, han de dejarse gobernar por Él. El que fuera ciego volvió de la piscina maravillado y asombrado; volvió con vista. Hoy, tenemos que renovar nuestras promesas lavándonos en la piscina, haciendo una confesión sincera de manera que podamos ver la verdad sobre nosotros y sobre Cristo. El que fue curado nos pregunta también a nosotros: ¿Quieren ser sus discípulos también?

Concluimos con unas palabras del Papa Francisco, quien en una de sus inspiradas alocuciones, identifica la ceguera con la cerrazón y la auto-suficiencia:

Preguntémonos cómo es nuestro corazón, ¿cómo es mi corazón? ¿cómo es tu corazón? ¿Yo tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna clausura que nace del pecado, nacida de las equivocaciones, de los errores. No tengamos miedo, no tengamos miedo. Abrámonos a luz del Señor, Él nos espera siempre, Él nos espera siempre para hacernos ver mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. No olvidéis esto. Él nos espera siempre.

A la Virgen María confiamos el camino de la cuaresma, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos “venir a la luz”, renacer a la vida nueva (30 de Marzo, 2014).

¡Alguien como tú pidiendo agua a una chica como yo!

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 19-3-2017, Tercer Domingo de Cuaresma (Éxodo 17:3-7; Carta a los Romanos 5:1-2.5-8; San Juan 4:5-42)

Normalmente decimos que la oración es una diálogo o conversión con Dios. Lo que queda claro en el Evangelio de hoy es que Dios toma la iniciativa en la oración. Inmediatamente, Cristo comienza a hablar. Él inicia la conversación. Pide de beber a la samaritana, aunque ésta venía al pozo a buscar agua para sí misma. Jesús le dice: Dame de beber.

Actuando así, Jesús fue consistente con su pedagogía de maestro y médico de almas: como decía nuestro Padre Fundador, la caridad es la virtud más saludable, y por eso Cristo potencia la caridad de la samaritana como verdadero tratamiento inicial y terapia principal. Lo primero que hace Cristo no es ofrecerle algo, sino pedirle un favor. Le dice si puede hacer algo por Él.

La forma en que Cristo hace esto es pulsando la tecla de nuestra generosidad, pero de una manera singular que se llama Aflicción, que es una verdadera relación mística. Como nos revela el Evangelio de hoy, Cristo nos lleva a comprender tres verdades:

      1.Él necesita realmente ayuda en su cuidado de los seres humanos.

Cristo estaba cansado de su largo viaje, por eso se sentó junto al pozo. Para cumplir su misión, necesitaba y necesita ayuda.

  1. Puedo, realmente, ayudarle en esa tarea.

La mujer samaritana tenía un cubo para el pozo. Tenía los medios y la oportunidad de saciar la sede de Jesús.

  1. Aunque yo tenga muchas limitaciones y defectos, no puedo ser sustituido por otra persona.

Las mujeres del pueblo normalmente iban a por agua sólo al amanecer y al atardecer; la mujer de esta historia era probablemente la única que había allí a mediodía y podía ayudar a Cristo.

La Aflicción es una poderosa experiencia, capaz de transformar el corazón más duro en un corazón agradecido y confiado. Dios, compartiendo con nosotros su preocupación por su rebaño, demuestra una confianza renovada en todos nosotros, pase lo que pase. Como nos dice hoy San Pablo, la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Y el Espíritu ha sido derramado en nuestros corazones.

No sabemos nunca cómo pueden cambiar las personas con nuestras modestas acciones. No necesitan ser grandes cosas; pueden ser tan sencillas como acercarnos a un pozo a por agua. Y esto, al menos por dos razones; en primer lugar, la vida de nuestro prójimo es un milagro y segundo, no estamos solos; el Espíritu Santo está siempre listo para responder a nuestra generosidad. Un ejemplo “mundano” sobre la primera observación:

El Sr. Karnofsky era un hombre de negocios en Nueva Orleans. Se dedicaba a repartir carbón en la ciudad, ayudado por su hijo y el amigo de su hijo, que empujaban la vagoneta de carbón. Cada día pasaban por una tienda y el amigo de su hijo se quedaba mirando a una trompeta que había en el escaparate, algo que no podría comprar, pero le gustaría mucho tocar. Un día, el Sr. Karnofsky separó en la tienda, entró y salió con la trompeta. Se la entregó al amigo de su hijo y le pidió que la probase. El muchacho así lo hizo y resultó muy bien. Su nombre era Louis Armstrong.

El Salmo de hoy expresa perfectamente el origen de la Aflicción divina: Si hoy escuchan su voz, no endurezcan su corazón. Continuamente recibimos una llamada de ayuda la Santísima Trinidad, especialmente a través del sufrimiento y de los sueños de nuestro prójimo. Jesús estaba cansado, pero eso no le impedía ver las necesidades de la vida de los demás ¿Cómo actuamos cuando estamos cansados? ¿Nos hacemos irritables y perdemos sensibilidad hacia las necesidades de los demás? ¿O mantenemos nuestros ojos y el corazón abiertos a las ocasiones de amar a las personas como hizo Cristo? De igual manera, cuando la mujer samaritana oyó la voz de Cristo, no endureció su corazón. Cooperó con Jesús y prosiguió el diálogo, incluso cuando la conversación se volvió comprometida. Podría haber respondido rechazando lo que Cristo decía o podría haber abierto su corazón a la verdad, que es lo que hizo.

Una vez que se abrió por completo para recibir el agua, ese diálogo personal alcanzó su clímax, entrando de esa forma en un diálogo de dos vidas, un diálogo de la sed de Cristo y de su sed. Este diálogo (de hecho con cada una de las personas divinas) es sólo posible por medio de un compromiso renovado de oración. Empezando nuestros días con una ofrenda explícita, en nuestra oración de la mañana (Trisagio), preparamos nuestro corazón para el encuentro con Dios y con el prójimo. Como los israelitas, tenemos dudas sobre los planes de Dios: ¿El Señor está realmente entre nosotros, o no? Nuestros miedos, enojos, resentimientos, culpas y ansiedades, nos hacen prisioneros de nosotros mismos. Más que nada, nuestros prejuicios, como el odio entre Judíos y Samaritanos, nos separa y crean hostilidad entre nosotros.

Con seguridad, debido a nuestras preocupaciones y afanes, no hemos experimentado plenamente esta Aflicción, como la vivió Moisés: ¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas? La experiencia de Moisés y también la nuestra, nos dice que Dios responde siempre y normalmente de una forma muy inesperada: Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo.

Todos hemos observado cómo frecuentemente las personas son acercadas a Cristo porque alguien les invita a poner sus talentos y sus dones al servicio del prójimo.

Cristo dijo a la samaritana que él tenía mucho más para ella de lo que nosotros podemos dar a Él, pero nos da honor a nosotros y a ella pidiéndonos ayuda. Cuando estamos evangelizando, a veces olvidamos que Dios ha dado a las personas dones y que podríamos ampliar nuestro apostolado invitándoles a utilizarlos, a ayudar. Por supuesto, hemos de recordar todo lo que Cristo les ofrece, pero su movimiento inicial con la mujer del pozo fue una petición: ¿Puedes ayudarme?

En vez de mirarnos a nosotros mismos, hemos de abrirnos a las voces de la Santísima Trinidad, que nos habla desde lugares inesperados. Cuando escuchemos la voz del Señor, puede ser que no nos guste lo que nos dice. Puede que nos haga contemplar nuestros errores. Puede que nos pida abandonar una forma de vida que no es aceptable para Él. Por medio de este diálogo, Cristo lleva a la mujer samaritana a Dios con amor y compasión. No condena; pero sí la invita a otra forma de vida.

No toda el agua es agua de vida. Agua de muerte es ese pensamiento, ese razonamiento en el que caes cada día. Agua de muerte es ese pequeño hábito que sigues alimentando, ese hábito que en sí es pequeño, pero que te aleja de Dios. Agua de muerte es todo lo que has conservado desde hace tiempo, pero que hoy ya no te da gozo y vigor. Agua de muerte es especialmente nuestra soledad, nuestro sufrimiento (¡incluso espiritual!) cuando no es explícitamente ofrecido a nuestro Padre celestial, nuestras rebeldías contra Dios porque nono conseguimos lo que queremos cuando lo queremos.

La reacción de la mujer samaritana es admirable; deja su cántaro de agua, representando todo lo que la abrumaba y regresa a la ciudad, a las mismas personas que intentaba evitar, para darles testimonio de su encuentro con el Mesías. Empieza con una invitación abierta…Vengan y vean…Nuestro reto es proclamar el Reino de los cielos de una manera que sea atractiva y convincente, debido al testimonio de nuestra vida personal.

La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros? (Evangelii Gaudium).

¿Qué es lo peor que podemos decir sobre la Transfiguración?

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Por Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes. Comentario al Evangelio del 12-3-2017 (Segundo Domingo de Cuaresma) (Gen 12:1-4a; 2Tim 1:8b-10; Mt 17:1-9)

Cuando subes a una montaña, tres cosas llenan tu corazón: tus compañeros de escalada, las dificultades superadas y el horizonte que se abre a tus ojos. Me atrevo a decir que Cristo, como Maestro excepcional, aprovechó la fuerza simbólica de la montaña para grabar en sus discípulos que la Transfiguración constituye un puerta para una nueva relación con nuestro prójimo, un fruto de la purificación y una perspectiva diferente de nuestra vida espiritual y de nuestra misión.

La primera lectura presenta un ejemplo sublime de Transfiguración en la vida de Abraham, quien tenía 75 años cuando recibió una nueva llamada divina para dejar su patria y dirigirse a una tierra extraña, grabando en su corazón una profecía sorprendente: por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra; un nuevo e inesperado horizonte en su vocación, algo difícil de olvidar en el resto de su vida. La Transfiguración es la respuesta inmediata del Espíritu Santo a nuestro ayuno, a nuestra decisión de dejar nuestra zona de comodidad, nuestro terreno conocido.

En su carta al joven obispo Timoteo, San Pablo, que era anciano, enfermo y prisionero por el amor de Cristo, recibe una gracia muy especial y particular para ayudar a los demás, cuando él mismo está debilitado e indefenso. Esto no se explica meramente con la sicología humana. De nuevo, estamos ante un claro caso de Transfiguración.

Todos hemos tenido experiencia directa de esta Unión Transfigurativa permanente. Sólo tres ejemplos sobre los puntos mencionados:

– ¿Cómo es posible que siento amor hacia esta persona, a la cual temo y a quien casi no puedo entender?

– He oído muchas cosas bellas sobre la Cruz, pero sólo ahora, después de una aceptación completa de la Apatía, de vivir sin contemplar signos visibles de éxito, puedo entender el valor de mi humilde testimonio.

– Cada vez más, veo que la única razón para perseverar, incluso para estar vivo, es acercar las almas a Cristo, sobre todo de formas inesperadas para mí.

Una cosa es experimentar esta Transfiguración y otra muy distinta el hacer uso de sus dones. Esta es la verdadera apertura; esto es ser plenamente natural, fiel a nuestra condición de seres finitos, abiertos al infinito. El tiempo de Cuaresma está destinado a renovar nuestra filiación: necesitamos ser llevados a nuestra auténtica identidad, que es haber sido creados a imagen de Dios.

Por eso estas líneas se titulan ¿Qué es lo peor que podemos decir sobre la Transfiguración? Si creemos que la Transfiguración es algo ocasional o un regalo para unos y no para otros; o tenemos la vaga impresión de que fue una especie de espectáculo mágico…estamos realmente despistados. La Transfiguración se repite cada vez que escuchamos a Cristo y permitimos que ilumine nuestra vida; nuestra experiencia transfigurativa se renueva cada vez que aceptamos una misión más allá de nuestras posibilidades y de nuestro “estado espiritual”, como hicieron Abraham y Pablo, los fundadores religiosos y los mártires. La manifestación continua de la Transfiguración se refleja en un dominio impresionante de la fe, la esperanza y la caridad, que es percibido por los demás como algo consistente, algo que se da como una verdadera nueva personalidad, en medio de nuestra debilidad y nuestro pecado…y esta personalidad se va pareciendo cada vez más a la de Cristo.

San Pedro pidió a Cristo plantar tres tiendas en el Monte Tabor. Jesús no le reprobó por ello ni se rio de él, porque Pedro se dio cuenta que la Transfiguración debe ser algo permanente y su carácter impulsivo le llevó a proponer una solución descabellada para no perder ni un segundo de ese estado maravilloso.

Nuestro Padre Fundador llama Éxtasis a los momentos en que nos sentimos la sorpresa y la potencia de nuevas formas de fe, esperanza y caridad en nuestra propia vida, momentos que podemos describir y compartir, a la vez que sabemos que son únicos e irrepetibles; son como el desbordamiento de un río, los cambios fuertes en el ciclo de las aguas, el Régimen.

Lo duro es el contraste entre estos dones recibidos en la cumbre de la montaña y las dificultades que encontramos en el valle. Vemos todo claro y la presencia de Dios es muy real, pero la mayoría del tiempo en nuestras vidas lo pasamos en el valle, tratando con problemas intratables y personas difíciles.

Por eso, es fácil desanimarse. Pero en la oscuridad, no podemos dudar de lo que Dios nos ha mostrado en la luz. Estas impresiones de la gloria son un anticipo del cielo. Son mucho más reales que los disgustos y las dificultades. De este modo nos damos cuenta de quién somos realmente y de lo que Dios quiere mostrar por medio nuestro en este mundo. Nos recuerdan la presencia de Dios en nuestras vidas y su asistencia en los momentos ordinarios, turbios y frustrantes. Esta fue la experiencia de Pedro (Santiago y Juan): no se preocupaban de su propia morada ni de su alimento en la montaña.

El Papa Francisco está hablando estos días de nuestra memoria espiritual: como los discípulos, tenemos que recordar la experiencia de Transfiguración en nuestras vidas, especialmente cuando cargamos nuestra cruz. Sin una experiencia real de transformación divina de nuestras vidas, es difícil estar centrado simplemente con nuestro conocimiento intelectual de Dios. Tener una experiencia divina y recordarla es lo que siempre nos da fuerza en cada situación de nuestras vidas. Incluso más, en el Examen Ascético-Místico tenemos la oportunidad de confirmar y de ser confirmados por nuestras experiencias mutuas.

El camino a la gloria para un cristiano es el mismo que siguió el Maestro. Sólo habiendo visto la gloria de Dios, podemos imitar a Jesús, que pasó de su experiencia en la montaña a su ministerio de servicio y sufrimiento. Cuando hemos sido transfigurados por la luz de Cristo, tenemos que revelarla al mundo.

Nosotros, como discípulos, estamos llamados a seguir a Cristo no sólo escuchando su palabra, sino también compartiendo su experiencia de vida como la única y gran oportunidad para dar un definitivo consuelo y alegría a nuestro prójimo. Como decimos en nuestra Sacra Martirial: Vivir y transmitir el Evangelio (no sólo leerlo y hablar de él). Pero esto no es todo. No dejemos nunca de meditar en las implicaciones de la segunda parte: con el sacrificio de mi vida y de mi fama.

El mandamiento de nuestro Padre celestial, Escúchenlo, es similar a las últimas palabras que tenemos de María, en las bodas de Caná: Hagan lo que Él les diga. Estamos llamados a ser testigos de su gloria cuando escuchar a Jesús se transforma en un hábito, como nos dice el Padre.

En palabras del Papa Benedicto XVI:

He aquí, pues, el don y el compromiso de cada uno de nosotros durante el tiempo cuaresmal: escuchar a Cristo, como María. Escucharlo en su palabra, custodiada en la Sagrada Escritura. Escucharlo en los acontecimientos mismos de nuestra vida, tratando de leer en ellos los mensajes de la Providencia. Por último, escucharlo en los hermanos, especialmente en los pequeños y en los pobres, para los cuales Jesús mismo pide nuestro amor concreto. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: este es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor. (2006).

La oración era algo clave para Cristo; una dimensión permanente de su vida. Cada encuentro orante con su Padre revelaba lo mejor de Él. Tres de sus discípulos fueron testigos del poder transformante de la oración en el propio Jesús como hombre. Sin embargo, hubo un momento en la vida de Cristo, en otra montaña –el Monte de los Olivos– cuando el diálogo amoroso de oración pareció un monólogo angustioso. Pero, también en esa ocasión, Jesús concluyó su conversación como siempre había enseñado a sus discípulos: ¡Hágase tu voluntad! Entonces, un ángel apareció para consolarle en su aflicción. La presencia de ese ángel demuestra que la oración de nuevo “funcionó”.

Esa es la lección que podemos aprender para nuestra vida espiritual al reflexionar sobre la Transfiguración de Cristo cuando estaba orando. Si entendemos con claridad este aspecto, la oración no puede ser aburrida o rutinaria o un monólogo monótono. Puede ser que nosotros estemos orando con fervor, suplicando de corazón, pero aparentemente sin respuesta, como si Dios no escuchase. Pero sabemos que Él está siempre ahí; está siempre escuchando, incluso cuando no podemos verle ni oír su voz en ese momento. Su respuesta llegará en el momento oportuno –Su momento – que es siempre el mejor momento.

Ayunar de las pasiones

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes.
Comentario al Evangelio del 5-3-2017 (Primer Domingo de Cuaresma) (Gen. 2:7-9.3:1-7; Rom 5:12-19; Mt 4:1-11.)

El Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto después de ser confirmado por el Padre para su misión. Así, siguió el modelo de lo que hizo Moisés, David y Elías; ellos también fueron conducidos a un ayuno y oración de cuarenta días a fin de prepararse para su misión profética. Cristo también fue al yermo a prepararse para la misión que se le confiaba, pasando cuarenta días y noches en soledad y oración a su Padre celestial.

►Primera conclusión. Nuestro caso ¿es diferente? Quizás pensamos que nuestra misión se limita a sacar adelante un cuadro de actividades, soportando dificultades internas y externas. Esa sería una visión muy limitada de lo que significa la perfección y progresivamente degeneraría en rutina o decepción. Estamos llamados a salvar personas de los efectos más perniciosos del mal y a llevar los corazones a Dios; esto requiere una energía que no podemos alcanzar si no es por la oración y el ayuno.

El Diablo pensó que podría persuadir a Jesús de seguir su propio camino, en vez de seguir el que el Padre había elegido. Cristo tuvo que enfrentarse a la tentación de elegir su forma de hacer las cosas, dejando de lado la manera como su Padre deseaba que lo hiciera. Esta es la tentación fundamental a la que también nos enfrentamos cada uno de nosotros. Mi forma o la forma de Dios, mi voluntad o la suya. ¿No fue ésta la misma tentación de Adán y Eva? El hombre quiere conseguir la felicidad por sí mismo.

¿Era malo que Jesús cambiase las piedras en pan? Después de todo, transformó el agua en vino en una boda en la ciudad de Caná.

¿Era malo que Jesús comiese después de ayunar por 40 días? De hecho, acostumbraba a comer y beber muchas veces con publicanos y pecadores.

Habría sido malo; muy malo. Por supuesto, Él ni siquiera estableció un diálogo con el Diablo. Cerró la boca del acusador sencillamente recordando la voluntad de su Padre. Comer no es malo, pero era el momento equivocado y el lugar equivocado.

Como Adán y Eva, no terminamos de creer que el plan de Dios es que compartamos con Él su vida, su amor y su alegría. Por tanto, no creemos tampoco que Dios nos está pidiendo en cada instante hacer algo. De este modo, toda tentación es una mentira, una invitación a utilizar un tiempo libre que no existe. No experimentamos plenamente el Canon del acto del Espíritu Santo: Canon significa algo que hay que seguir, y por tanto, una regla. Como mucho, creemos en algunos “momentos especiales”, que se dan de vez en cuando (como un régimen de lluvias en una estación del año). Pero el Espíritu Santo está continuamente inclinando nuestro espíritu a las cosas de nuestro Padre. Cuando caminamos, cuando estamos de verdad agobiados, cuando disfrutamos de un momento con los hermanos,…nos está diciendo algo.

Un eremita vivía en una cueva, no lejos del monasterio, con una vida de mucha privación. Un día, algunos hermanos del monasterio fueron a visitarle. Según la costumbre, les ofreció comida para reponerse después del viaje. Los hermanos obligaron al anciano eremita a comer con ellos, diciendo que no podían hacerlo sin su compañía. Después, al darse cuenta de lo que habían hecho, le dijeron: Padre, sentimos haberle afligido porque, por causa nuestra, hoy ha comido más de lo que hubiera querido. Pero él replicó: Hermanos, no me preocupo por esas cosas; sólo me inquieto cuando actúo según mi propia voluntad.

►Segunda conclusión. En cuanto a la voluntad de Dios, quizás la pregunta más relevante no es ¿Qué puedo hacer? sino ¿Qué puedo hacer con esta hora, con este sentimiento, con esta alegría, con este vacío…? Somos discípulos. Una de nuestras asignaturas más importantes es entonces una especie de “Micro-agricultura Espiritual”: buscar continuamente la máxima cosecha para nuestro Padre celestial, especialmente en tierras áridas, posiblemente en la noche. Nuestra vida espiritual es una serie de continuos dilemas: ¿Mi forma o su forma? (No es simplemente “hacer cosas buenas o realizar acciones malas”). Esta puede ser una forma útil de comprender el Espíritu Evangélico.

Ayunar ¿es simplemente una metáfora? Más específicamente, Ayunar es sinónimo de Abnegación. Pero también es un concepto muy poderoso, pues tradicionalmente comprende tanto la negación de uno mismo (ahora digo NO a un instinto) como el abandono de alguna cosa del mundo.

La oración es nuestra apropiada relación con Dios; el ayuno la forma adecuada y sana de relación con nuestro ego. Tradicionalmente, el ayuno ha sido asociado con la Purificación; esto explica en parte por qué nuestro Padre Fundador llama Unión Purificativa al esfuerzo ascético que culmina con el ayuno de nuestras pasiones. La Purificación no es un destino que alcanzas, despertándote un buen día y diciendo: Mira, qué bueno, ¡soy puro! Es más bien una batalla diaria.

Ayuno y oración son medios para llegar a Dios y esta comunicación con Él es innata en nosotros, pues nos hizo a su imagen y semejanza. Hay un proverbio que dice: El alma no desea ni café ni una cafetería. El alma quiere compañía y el café es sólo un instrumento. Los esfuerzos ascéticos son una preparación para ofrecer toda nuestra vida a Dios y así unirnos con Él.

Podemos decir entonces que el ayuno y la oración son dos instrumentos sagrados para que el ser humano pueda romper el monólogo con su ego y su complacido encierro en él, a fin de humillarse y comunicarse con Dios, para recibir la bendición, la luz y la fuerza que manifiesten su presencia en nosotros.

Cuando el novio está con sus amigos, durante la fiesta nupcial, no es necesario que los discípulos ayunen. Llegará un día en que el esposo no esté allí. Ayunamos porque Cristo está ausente de nuestras vidas, porque queremos regresar a él y sentir su presencia. Cuando nuestra relación con Él es superficial, mediocre y fría, significa que el novio no está con nosotros. Esto sucede cuando somos presa de nuestro defecto dominante, del apego al mundo y del instinto de felicidad.

¿Por qué habla nuestro Padre Fundador del instinto de felicidad? Porque es el más penetrante e insidioso de todos. Está presente en nuestras actividades apostólicas, en nuestros actos generosos o en los momentos aparentemente neutros. Si piensas que comprendes el alcance de este instinto…entonces estás perdido. Continuamente infunde intenciones mundanas en nuestra oración y en nuestras acciones:

Lo que se supone que estoy haciendo Pero, en la práctica…
Me gustaría sacarle de su ignorancia. Necesito mostrar lo mucho que sé.
Sólo quiero poner los hechos sobre la mesa. Estoy chismorreando.

El Papa Francisco nos ha advertido vigorosamente que evitemos el cotilleo, pues es una de las tentaciones que usa el Diablo para corromper a las buenas personas.

Quiero corregir sus errores. Quiero que deje de molestarme.
Espero que muchos jóvenes asistan al retiro y se beneficien de él. La Diócesis se va a enterar de que somos los mejores.
Me voy a descansar un poco. Quiero evadirme de esta tarea difícil.

►Tercera conclusión. Cuando pensamos en la abnegación, la cuestión clave sobre las pasiones es si nosotros las poseemos…o ellas nos poseen a nosotros. Se dice que las pasiones son como el fuego y el agua: buenos siervos, pero malos amos.

Hay muchas pasiones y es una lucha muy dura; la única solución es ser fieles a todas y cada una de las gracias que recibimos: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra recibida de la boca de Dios.

3. ¿Qué es más importante, controlar nuestras pasiones o vivir una vida de amor? Cristo responde cuando curó al muchacho lunático y los discípulos le preguntaron: ¿Por qué no hemos podido echar ese demonio? Podemos realmente sanar e inspirar a nuestro prójimo después de ser transformados, después de una verdadera transfiguración, en la que la fe, la esperanza y la caridad ya son más un don que un esfuerzo. Si miramos con atención nuestra propia experiencia, todos reconocemos que el ayunar de nuestras pasiones nos ha permitido dar a los demás vida y consuelo.

En palabras de nuestro Padre Fundador:

¿Quién no posee experiencia de algún acto en el que está presente la verdad, la bondad o la hermosura del amor? ¿Quién no ha tenido la oportunidad gozosa de practicar la prudencia, la justicia, la fortaleza o la templanza? ¿Quién no ha realizado, en alguna ocasión, actos liberadores de humildad, obediencia, constancia, generosidad…? Cuando hemos hecho esto, ¿acaso no nos hemos sentido interiormente bien, contentos, libres? (Concepción Mística de la Antropología).

Morder el anzuelo

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes
Comentario al evangelio del 26-2-2017 (VIII Domingo del Tiempo Ordinario) (Libro de Isaías 49:14-15; 1 Corintios 4:1-5; San Mateo 6:24-34)

No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. No podemos quedarnos en una interpretación pobre de estas palabras de Cristo. No es una llamada a aceptar con resignación la realidad del mal presente en el mundo y en nuestra vida personal. No es para personas abatidas y deprimidas que aceptan pasivamente y con resignación la voluntad de Dios. Tampoco es un consejo de terapeuta o de un coach para vencer el estrés o la ansiedad. Cristo nos llama a una unidad con Dios. Una llamada a todos: flemático o colérico; melancólico o sanguíneo; tú o yo.

Su conclusión viene después de observar los pájaros y las flores. La creación es obediente al Creador, a través de las leyes de la Naturaleza. Así, las plantas y los animales no viven con temor respecto a sus necesidades, sino que ponen sus vidas, voluntariamente o no, en las manos de Dios. Da igual si se trata de algo microscópico o inmenso; las partículas atómicas o las galaxias masivas del espacio exterior son obedientes. En el caso del ser humano, se trata de alinear nuestra libertad con la voluntad de Dios. Esto es un verdadero diálogo, la interacción entre vida ascética y vida mística, que se puede describir también como una danza.

En la primera lectura, Dios nos confirma su deseo de tener esa relación:

¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! 

Es algo que se repite en el Nuevo Testamento:

Escuchen, yo estoy a la puerta  llamando; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo (Ap 3:20).

¿Qué nos impide disfrutar plenamente de esta relación? En términos clásicos de la Teología, el Mundo, la Carne y el Demonio.

El Evangelio de hoy habla del Mundo, de los cuidados del mundo y la seducción de las riquezas: Amamos lo que podemos hacer, lo que podemos tener, lo que podemos ver. Reflexionemos sobre la relación existente entre Mundo, Carne y Purificación:

Muchas personas religiosas (incluidos misioneros identes) tienen la idea de que la Apatía Purificativa es poco más que estar sometidos a una “prueba” de nuestra fidelidad. Pero, imaginemos que el Espíritu santo no ejerciera ese acto de moldear y dar forma a nuestra purificación ascética ¿Cuál sería el resultado? O un sentido patológico de la purificación (masoquismo, represión, sentimientos obsesivos de culpa,…), es decir, el resultado de una simpatía por la penitencia, o un desánimo y el consiguiente abandono del esfuerzo ascético, debido a la antipatía hacia esa penitencia. Esta purificación tiene que ver especialmente con “la carne”, con nuestras pasiones.

Nos puede ayudar el entender el Vaciamiento Purificativo como el esfuerzo del Espíritu Santo por cambiar nuestras inclinaciones, quitándonos previamente el gusto y la satisfacción que tenemos por los cuidados del mundo y la seducción de las riquezas. Esto conecta especialmente con las palabras de Cristo en el Evangelio de hoy: Las necesidades que nos impone el mundo, el sufrimiento y el dolor son demasiado profundos y el atractivo de los bienes del mundo demasiado seductor para que nosotros podamos trabajar por el Reino, a menos que seamos antes transformados. Esta purificación tiene que ver especialmente con “el mundo”, con nuestro apego “estructural” a él.

Evidentemente, el ser conscientes y el aceptar la Purificación, tiene como resultado inmediato la Unión Transfigurativa, que inclina nuestra alma al cuidado de las cosas del Reino, como un perro se inclina hacia un hueso jugoso. Esta es la mejor educación del éxtasis con el mejor educador, el Espíritu Santo.

Cuando Cristo dice que pongamos nuestros corazones a disposición del Reino y todo lo demás se nos dará por añadidura, no podemos suponer ingenuamente que ese “todo” se refiere a todo lo que queremos o deseamos, sino a todo lo que él desea para nosotros, especialmente paz, unidad y libertad. A través del Espíritu Santo, esta es su respuesta a nuestro esfuerzo ascético y a nuestra aceptación de la purificación.

Por supuesto, tanto en las trampas de la carne como en los cuidados del mundo, el Enemigo intenta aprovecharse distorsionando nuestra visión y ocultando las consecuencias y el alcance de nuestras acciones, la verdadera importancia de los acontecimientos y de las cosas. Ilustremos esta horrible ceguera con un toque de humor:

Había un hombre sentado en el suelo, llorando. Le preguntaron qué había pasado y respondió: Me acabo de enterar que el hombre más rico del mundo ha muerto. La otra persona le pregunta: ¿Y por qué lloras? Tú no eres pariente suyo ¿verdad? A lo que respondió: ¡Precisamente por eso estoy llorando!

Irónicamente, suele ocurrir que las cosas sencillas de la vida son las que nos alegran: unas gotas de lluvia, un libro, un atardecer, el humo caliente de una taza de café, compartir un fuego de campamento con los amigos,…cosas que el dinero no puede comprar.

Cuando meditamos en el mensaje del Evangelio de hoy, normalmente pensamos en el dinero, pero también mordemos el anzuelo del placer, los medios sociales, el consumismo, las doctrinas “modernas”,…

Un ejemplo: nuestro uso del tiempo. No se trata de “mejorar nuestra productividad”, sino más bien de abrir nuestros corazones, de gustar y ver al Señor.

— Mi tiempo libre y de descanso ¿es simplemente la finalización de mis actividades diarias? No era ese el caso de Cristo, quien aprovechaba las comidas, los paseos, cualquier momento informal, para dar un testimonio sencillo y concreto.

— ¿Estoy esperando acabar mis estudios o una época menos ajetreada para ser un apóstol? El que espera el tiempo perfecto, nunca sembrará; y el que mira a las nubes, nunca segará (Eclesiastés 11: 4).

— ¿Soy consciente de las tareas que tiendo a aplazar o a evitar? Algunas veces, después de escuchar el Evangelio y de reconocer nuestra necesidad espiritual, retrasamos nuestra respuesta. Este es el tipo más peligroso de aplazamiento. También es torpe el aplazar la restauración de una relación deteriorada o el resolver nuestra cólera: No debe ponerse el sol sobre vuestra ira (Ef 4: 26).

En Gal 4: 4, San Pablo dice que en la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo. En todo momento estamos viviendo la “plenitud del tiempo”. Es el tiempo de Dios, no el nuestro. Si nos falta sensibilidad para comprender el valor del tiempo, estamos robando a Dios y a nuestro prójimo. Como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios, nuestros talentos, nuestro tiempo y salud están a su disposición y al servicio de nuestros hermanos, especialmente de los pobres y necesitados.

De la misma forma que decimos que el orgullo es la fuente de todas las pasiones (la Carne), podemos afirmar, con San Pablo, que la ambición es la raíz de todo mal (el Mundo). Sí; la ambición representa los cuidados del mudo y la seducción de las riquezas, como dice Jesús en la Parábola del Sembrador. Muchos líderes religiosos, políticos y de corporaciones empiezan poniendo su confianza en Dios, pero al triunfar, se hacen orgullosos y arrogantes, confiando en su popularidad, su atractivo y sus métodos. Entonces, eso se transforma en algo crónico: Hay quien todo el día codicia lo que no tiene (Prov 21: 26).

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia: El reino es la nueva vida fraterna en común, en la cual cada uno es responsable de los demás. El contraste entre la ambición del mundo y el servicio del Reino está reflejado en la parábola del rico insensato que recogió una gran cosecha y construyó más graneros para guardarla. Así lo hace y luego reposa orgulloso, felicitándose por haber asegurado su futuro; pero justo en ese momento llega la muerte. Su riqueza no le ha hecho ningún bien. No puede salvarle la vida.

Esta parábola no explica cómo esa búsqueda de seguridad afecta a los demás, pero en la historia no se dice nada que sugiera que fuese un hombre generoso, interesado en compartir su riqueza con otros. La parábola sólo habla de él, porque sólo se ocupa de sí mismo.

Poner toda nuestra atención en lo que Dios está haciendo ahora mismo; la confirmación del Motus Christi en nuestro corazón, la oración y el consuelo del Espíritu Santo, la confianza de nuestro Padre celestial, nos ayudará a enfrentarnos a cualquier situación, por dura que sea, cuando llegue el momento.

Es difícil decir todo esto de forma más elocuente que San Agustín:

Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

Perdón y Genética

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes.
Comentario al Evangelio del 19-2-2017 (VII Domingo del Tiempo Ordinario) (Levítico 19,1-2.17-18; 1 Corintios 3:16-23; San Mateo 5:38-48)

 Todos amamos a alguien, alguna vez, de alguna manera. Pero es fácil hablar demasiado del amor. De igual modo, todos estamos de acuerdo en que perdonar es saludable, noble y todo eso… hasta el momento que tenemos que perdonar a alguien.

En la vida real, muchas personas se niegan a perdonar, sobre todo cuando quienes nos han hecho daño no se arrepienten o no están dispuestos a reconocer el mal causado. La dura realidad es que incluso aquellos que dicen perdonar (¿quizás tú, o yo?) en verdad perdonan menos de lo que dicen.

En muchos casos, quien ofende no se disculpa ni pide perdón y a menudo no está ni física ni emocionalmente disponible para hacer ninguna clase de reparación. Puede que sea narcisista, no arrepentido, incapaz de sentir o escuchar nuestro dolor, sin sentir ninguna consideración por nosotros.

En el Evangelio de hoy, Cristo dice algo muy notable: el amor es siempre posible y la única vía de salida posible.

Pero Él pone unas normas: Haz el bien, especialmente a tus enemigos, sin esperar nada a cambio y sé misericordioso, igual que lo es tu Padre celestial.

Es fácil encontrar justificaciones para no perdonar a nuestros enemigos, pero ese amor les hará conscientes de su pecado, ira, apatía, frialdad, odio,…y ANTES O DESPUÉS hará que vean su lejanía de Dios y sean llevados al arrepentimiento. En los Proverbios 19:21 leemos: Muchos son los planes en el corazón del hombre, pero la voluntad del Señor prevalecerá.

El amor no es un sentimiento sobre los demás, sino que es hacer bien a los demás. Debemos entender la diferencia entre sentirnos bien con alguien y hacer bien a alguien.

Nuestro enemigo puede ser cualquiera, conocido o desconocido. Cada uno de nosotros sabemos cuándo otra persona provoca una respuesta negativa dentro de nosotros y, en cierto modo, en este momento es nuestro enemigo.

Francis Collins es un célebre médico y científico especializado en genética. Fue director del proyecto del Genoma Humano, que registró, por vez primera, los tres mil millones de letras del código genético humano. Este trabajo es la base de una Medicina innovadora, que ha salvado y salvará vidas en lo sucesivo. Es también un cristiano abierto y activo. Fue educado como ateo, pero se convirtió tras contemplar el amor desprendido e incondicional de Cristo y de algunos cristianos hacia los demás, incluidos sus enemigos. Estas son sus palabras:

¿Cómo puede ser que nosotros y todos los miembros de nuestra especie, única en el reino animal, sabemos lo que está bien y lo que está mal? En cualquier cultura que miremos, ese conocimiento está presente ¿de dónde viene? Rechazo la idea de que sea una consecuencia de la Evolución, porque la ley moral algunas veces nos dice que lo que tenemos que hacer es algo muy auto-destructivo Si voy caminando por la orilla del río y veo que un hombre se está ahogando, incluso si no sé nadar muy bien, siento este impulso de que lo correcto es intentar salvar a esa persona. La Evolución me dice exactamente lo contrario: Protege tu ADN ¿A quién le importa el que se está ahogando? Es uno de los débiles, deja que desaparezca. El que tiene que sobrevivir es tu ADN. Y sin embargo, eso no es lo que está escrito dentro de mí.

No sólo eso. Más tarde, dio un testimonio contundente:

Christopher Hitchens, junto con Richard Dawkins, ha sido el portavoz más activo del ateísmo hasta su muerte por cáncer en 2011. Hitchens se burlaba habitualmente de la fe cristiana. Francis Collins tendió la mano a Hitchens y a su familia durante los últimos años de vida de éste. Los medios no airearon lo que Hitchens dijo de Collins poco antes de morir. De hecho, Hitchens se refirió a Collins como uno de los americanos más grandes del presente. Nuestro médico cristiano más generoso. Conozco a Francis de los debates públicos y privados, pero también de las visitas que me hizo, dedicando tiempo a buscar durante horas posibles tratamientos para mi cáncer.

Una nota doctrinal. Miedo y perdón son conceptos tan importantes y complejos que no pueden ser explicados sólo en términos de los modelos cognitivos o emocionales. Desde un punto de vista sicológico, la Facultad Unitiva, tal como la entiende nuestro Padre Fundador, será una guía para una comprensión completa de ambas nociones. Por favor, no pierdan de vista este punto.

¿Qué tenemos que perdonar? Algunas cosas son más fáciles de perdonar que otras. Veamos dos ejemplos difíciles:

* Podemos perdonar a quienes nos hacen daño, pero a veces no podemos hacerlo con quienes hacen daño a las personas que amamos.

Recuerdo el caso de una profesora, menuda, elegante y educada, que trabajaba conmigo en la universidad. Su hijo, de 18 años, jugaba al baloncesto y ella solía ir a ver los partidos, acompañándole discretamente. Un día lunes, llegó a la universidad e hizo una confesión:

Estoy afligida y avergonzada por lo que hice ayer.

¿Qué fue? Pregunté.

Pues que mi hijo chocó con uno de los jugadores del otro equipo y se cayó. Entonces me lancé a la cancha, aunque mi marido intentó sujetarme y salté sobre ese jugador [que medía 2.08 metros y es ahora un profesional] diciéndole palabrotas horribles y golpeándole con toda mi fuerza, mientras el árbitro, mi hijo y el joven gigante me miraban incrédulos…y ahora mi hijo me ha prohibido ir a los partidos con él.

Es una historia simpática y entrañable, pero la experiencia nos dice que cuando presenciamos una acción en contra de las personas que amamos, tenemos una reacción de rechazo, de distancia y separación. Esto explica en algunas personas el origen de pensamientos negativos sobre el sexo opuesto, sobre las autoridades políticas o religiosas, la xenofobia, la incapacidad de tratar a personas de diferente clase social o de diferentes creencias religiosas, etc.

* Cuando hablamos de perdonar, pensamos en insultos graves o en ofensas serias que no ocurren todos los días. Pero perdonar las continuas provocaciones de la vida diaria es ya bastante complicado: perdonar a un cónyuge dominante, un muchacho perezoso, un hermano o hermana que carece de empatía,…Tenemos que recordar que esas situaciones han de ser ofrecidas explícitamente a Dios: cuando decimos Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido, no estamos haciendo un trato, no estamos “negociando con Dios”, sino que estamos haciendo una oblación, una ofrenda de nuestro acto de perdón, un gozoso sacrificio presentado a nuestro Padre Celestial.

Un experimento.

  1. Cierra los ojos.
  2. Recuerda a una persona que te haya hecho auténtico daño.
  3. Ahora piensa cuál será su situación después de morir:

—Primero, tiene que cumplir sus obligaciones de Purgatorio, probablemente un doloroso sentimiento de vergüenza cuando sienta el abrazo de nuestro Padre celestial, bastante parecido a lo que ocurre en la parábola del Hijo Pródigo. La única diferencia es que TODOS los que estén allí acogerán felices a tu agresor (esto añadirá algunas lágrimas más a las que derrame por su rebeldía).

—Después, nuestro Padre dará a tu agresor una tarea eterna: alabar al Señor con gozo.

  1. Si estás leyendo estas líneas, quiere decir que sin duda Dios te ha perdonado ya, al menos no apagando la llama de tu fe, sino más bien alimentándola con el deseo del arrepentimiento. Antes de abrir los ojos, por favor intenta visualizar la parábola del Siervo Despiadado (Mt 18: 23-35).

Después de eso ¿Vas a seguir aferrado a tu resentimiento? ¿Hasta cuándo? ¿Contra lo que dices en el Credo, Creo en el perdón de los pecados?

Una de las dificultades del perdonar es que significa cosas muy distintas para cada persona. En el caso de Cristo, al menos dos rasgos están siempre presentes:

* Cristo siempre da a quienes le han ofendido una nueva oportunidad; decide cuidadosamente qué clase de relación con el ofensor es posible y viable, una nueva forma de caminar con él: después de la negación de San Pedro; después de la traición de Judas Iscariote, a quien luego llamó amigo; la promesa al buen ladrón en el Calvario, a quien le aseguró su compromiso de estar con él,….El perdón es como el amor. Podemos amar a alguien unilateralmente: Independientemente de cómo me trates, te seguiré queriendo. Si el ofensor rechaza o es incapaz de cambiar, por lo menos tiene que estar seguro de mi oración. Necesitamos saber que Dios nos ha perdonado y que nuestro prójimo también.

Pero, aparte de esos casos extremos, Su oración le lleva a encontrar cómo encender la generosidad escondida en el mendigo, en la persona poseída, o en cualquiera que esté enfermo.

* Siempre reformula la ofensa en términos de los conflictos personales del propio agresor: ¿Qué le sucedió para que me tratara así? ¿Cuáles son sus heridas de la infancia? ¿Qué cosas le producen tensión? ¿Qué fue lo que no entendió para que reaccionara tan mal? ¿Cuál ha sido el papel del diablo? Cuando alguien peca contra ti, has de saber que en su corazón está ocurriendo una tragedia: Por medio de sus acciones, está pidiendo ayuda. Un pecador es siempre un esclavo, como un alcohólico que no es consciente de cuánto está abusando de su cónyuge y de sus hijos. No hay mejor manera de decir todo esto que: Padre, por favor perdónanos porque no sabemos lo que hacemos.

Es notable cómo termina Jesús su exposición. Está hablando del perdón….y súbitamente comienza a hablar de nuestro Padre Celestial: Por tanto, sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto. Según eso, la perfección consiste, en resumen, en confiar en la misericordia y amor de nuestro Padre, de tal modo que nosotros podamos amar con el mismo amor y misericordia recibidos, en especial a nuestros enemigos y a quienes necesiten nuestra comprensión.